Lisa y el patriosinson

Nathan Leaño nos habla del patriotismo y cine boliviano mientras destruye a Lisa Simpson en un artículo ideal para comprender qué es la “flanderización” y cómo mejorar la bolivianeidad.
Editado por : Adrián Nieve

¿Qué es, para mí, ser patriota?

Eres profesor de colegio, al tope con las tareas a revisar y tus propios informes de notas y detalles puestos en las jaulas de un archivo Excel. Es de noche y, por fin, terminaste con la tortura, así que tienes tiempo para descansar a la manera boliviana: viendo noticias mientras comes. La noticia del día es la siguiente: una niña fue violada por un grupo de policías, el padre, al realizar la denuncia, fue embaucado por la fuerza policíaca en un afán por protegerse entre ellos y así fue como el padre terminó siendo el acusado y principal sospechoso que pronto fue llevado a Chonchocoro. Como era de esperarse con este tipo de casos, el padre resultó mutilado y asesinado en prisión por supuesto “pedófilo”, y la cámara nos enseña a la madre de la niña, con una pancarta en sus brazos, implorando justicia. Sabiendo, muy en el fondo, que esta nunca va a llegar.

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Imagen: 88 Grados

Entonces, ser patriota significa asistir a clases al día siguiente y tener la suficiente sinvergüenza y falta de sangre en la cara para decirles a tus alumnos que: “Este es un país maravilloso y es su deber, como ciudadanos, respetarlo”.

Procedo ahora a sobreexplicarles un chiste:

El 13 de diciembre de 2015 se emite en Estados Unidos el episodio Barthood (o La Vida de Bart en Latinoamérica) de la temporada 27 de Los Simpson. Para ese entonces la serie ya estaba tan agotada en materia de chistes y esquemas que los guionistas se tomaron mayores libertades en cuanto a referencias de nicho o adaptaciones completas de materiales originales. Les hablo de una época en la que formaban Casitas del Terror sin que estas tuvieran terror, sino drama, romance, fantasía o alguna temática demasiado específica. Y en esta ocasión se tomaron la molestia de adaptar la historia de Boyhood al formato Simpson, una película cuyo único logro fue filmar en 10 años un guion mediocre que pudo ser escrito en 10 días.
 
En fin.
 
El final del episodio nos muestra un ápice de gracia en el futuro de Bart, pasando de ser un personaje de presente miserable a un emprendedor pequeño y artístico. No es la primera vez que Bart termina con un futuro mejor, cosa que los guionistas de la serie olvidan con frecuencia. Las cosas pintan bien en su negocio de bicicletas, y van todavía mejor cuando un Nelson maduro y adulto se reconcilia con el “pelos parados” y le entrega el total del dinero de los almuerzos robados como compensación. Cuando Bart le pregunta a Nelson el porqué de su accionar, Lisa aparece por detrás y sucede el siguiente diálogo:

—¡Nelson, vamos! —dice Lisa— Nos perderemos el día seis del festival de cine boliviano.
—¿Están saliendo? —pregunta Bart.
—¿Hay otra razón por la que iría a un festival de cine boliviano?

Lejos de ser un chiste del montón de mediocridades que exhibe la serie desde su deterioro, no tengo pruebas pero tampoco dudas para afirmar que algunos de nuestros paisanos que vieron el capítulo reaccionaron al chiste de la misma forma que un Chicken Jockey moderado ante la mención del cine del país. Recuerdo incluso un post de la difunta Taringa en el que se recomendaban algunas películas como consecuencia del episodio. No es para menos, las menciones más importantes de Bolivia dentro del esquema de Hollywood fueron meramente geográficos. En este caso, Butch Cassidy and The Sundance Kid y Scarface. Pero esta debe ser la primera (si no me equivoco) vez que se menciona el cine boliviano como la cuestión que resuena, y me parece muy interesante la contextualización del chiste para demostrarle a aquellos que vieron esto como una “bonita mención”. Hacerles entender que se engañan a sí mismos. No lo digo por parte del punchline de Nelson, para mí, él es el personaje más honesto en esta situación, pero para esa explicación aún hay tiempo de sobra. 

Enfoquémonos en Lisa...

Para quienes no estén familiarizados con el concepto de flanderización, se trata de un proceso narrativo, acuñado por la página TV Tropes usando a Ned Flanders como referencia. Es la exageración de las bases de un personaje a lo largo del tiempo, exagerando sus características hasta que ya no puedas asociarlo de vuelta con sus primeras apariciones. No hay mejor forma de explicar este concepto que usando a Flanders como su ejemplo principal. El vecinirijillo es un afable cristiano, hombre de familia, con un cuerpo envidiable a los 60, que aguanta las majaderías de su horrible vecino, Homero, y que busca salir adelante con su proyecto de vida: su tienda para zurdos. Como habrán notado, describimos aquí a un personaje complejo, con varios matices a apreciar y que dan pie a algunos de los momentos más interesantes de la serie. Como aquella vez que la maldición que le puso Homero va progresando, y el buen Ned cuestiona su propia fe, desesperado por haberle fallado a su familia al seguir su sueño. O aquel capítulo donde el buen cristiano demuestra sus dotes actorales en medio de la obra Un tranvía llamado deseo. O, mejor todavía, aquel capítulo donde el pobre hombre explota ante la ineptitud de sus vecinos, revelando un pedazo de su personalidad que nadie conocía por ese entonces: algo rebelde, turbio y, de cierta forma, triste. El potencial de Flanders como personaje daba mucho de qué hablar en su momento, pero, bueno, las cosas cambian. 

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Imagen: Fox

Si pudiéramos dar una descripción detallada del Flanders actual, diremos que es un afable cristiano y ya. E incluso ese “afable” estaría en cuestionamiento hipócrita, pues Flanders sobredimensionó su fanatismo religioso hasta priorizarlo por encima de sus hijos o de su negocio, el cual quedó en el fondo del bote de referencias simpsonianas conforme la serie decaía. Es más, la flanderización puede pasarle a cualquier personaje si se juega con este por mucho tiempo: transformó a Skinner, un ex boina verde perturbado, niño de mamá pero con un sentir noble por la educación, en un santurrón blando y puritano. A Moe, un tipejo rudo y feo, pero de nobles sentimientos en el fondo, en un pobre diablo depresivo y llorón. ¿Por qué se dan estos cambios tan groseros? Porque el tiempo consume las cosas, como el interés de los guionistas, que se conforman con el chiste fácil, ese que todos conocen, y es rápido de contar. 

El caso de Lisa no es distinto en lo absoluto...

Les confieso algo: a mí nunca me gustó Lisa. Pero el tiempo me hizo apreciarla un poco más durante la época de oro de la serie, porque me hizo comprender el sentido de su personaje dentro del núcleo familiar de la familia amarilla. Marge era una ama de casa sin mayor futuro que un par de emprendimientos por capítulo; Bart era el eterno rebelde, apartado de su realidad al ser un niño disfrutando de la infancia como si fuese un universitario; Maggie tenía un infinito potencial que ocultaba tras los chupones; y Homero era el pilar de la casa Simpson, un pilar frágil y torpe, demasiado simple como para volver loco a un trabajador real (aunque resentido). Lisa era el equilibrio dentro de la casa, una fuente de identificación para muchas niñas que se sintieron en cierto punto de sus vidas más inteligentes que muchos en su familia. A Lisa le gustan las artes, la ciencia, y tiene un interés bastante social y empático. El punto culminante de Lisa como personaje que representa todos sus matices y su sentido de existencia se da en el capítulo Lisa la vegetariana, donde Lisa toma la decisión que da nombre al capítulo por un sentido de empatía hacia los animales, pero recibe las burlas y las constantes presiones de su familia carnívora, hasta que toma la irreverente decisión de arruinarle la parrillada a su padre, deshaciéndose del platillo principal: un cerdo entero, haciéndolo volar mientras Bart y Homero lo persiguen ante la esperanza de que “todavía sirva”. El episodio pudo haber sido el principio del fin para Lisa, de no ser por un pequeño detalle, y es que sus acciones trajeron consecuencias, tales que llevaron a Lisa al lugar indicado, y de la mano de Apu y Paul y Linda McCartney, Lisa aprendió que lo que hizo estaba mal. Está bien ser vegetariana y pelear por tus ideales, pero no puedes cambiar a los demás a la fuerza, eso solamente crearía rupturas irreparables entre amigos o familiares. Vive y deja vivir... ¿O era “vive y deja morir”?

Pero, atrás quedaron los capítulos en los que Lisa siquiera aprende algo después de sus pachotadas. La Lisa de ahora es la eterna tortura de su hermano, quien siempre termina disculpándose de manera humillante, aun si carecía de culpa. Está bien, Homero y Bart siempre demostraron tener algo de genio oculto entre sus tonterías, pero tampoco necesitábamos rebajar a Lisa a su nivel, exponiendo a Bart con cada uno de sus secuenciales talentos ocultos (igual que Homero), todo para que Lisa, por envidia, lo destruya de la peor forma posible, quedando como la envidiosa y la torpe. La inteligencia de Lisa queda reducida a un maní y solo queda la máscara de aquella niña inteligente que alguna vez fue. Para compensar su deterioro mental, los guionistas se empecinan en hacerla más “culta” con cada capítulo, pero, ante la verdad de la mayonesa, a Lisa la sobrecarga la pretensión de aquellas cosas que dice haber visto, dice haber oído o recomienda como si le salieran del corazón. La Lisa de antes no se habría sentado en el sofá a ver la misma telebasura que su padre y hermano, pero sabía valorar la estupidez sosa de Tomy y Daly, y morir de la risa. La Lisa de ahora, se sentiría impura y repugnante recordando aquellas veces que se rió junto a su hermano viendo ese abyecto programa, en lugar de ver una película de Bergman y filosofar sobre la muerte. La flanderización de Lisa duele, porque sé que muchos llegaron a identificarse con ella.

Por otro lado, tenemos el asunto del orientalismo. Si bien el concepto de “orientalismo” fue concebido para los territorios asiáticos dominados por las colonias europeas, también se puede aplicar al resto de colonias en occidente, con menor rango, lo que nos servirá para el análisis. El objetivo del orientalismo era fomentar el turismo o mejor aún, la migración de europeos hacia los territorios colonizados, como mano de obra, o para ejercer el control privado de ciertas tierras o negocios, basándose en un sentido de aventura y desafíos, pues la manipulación se daba a partir de leyendas, historias o diferentes medios artísticos para magnificar las culturas locales hasta el punto del estereotipo. Desde todo punto de vista, para ese entonces, para los colonizados, el orientalismo se convertía en una falta de respeto hacia su cultura y sus tradiciones, siendo reemplazadas por modelos vagos de turismo. 

Sin embargo, hoy en día, tenemos una apreciación un poco más gris sobre la manipulación de las culturas en pos de una magnificencia falsa y exagerada. El orientalismo queda mucho mejor para cualquier país, o mejor que los nuevos modelos de turismo de interés extranjero. Atrás quedaron los cómics de Tintín, las novelas de Kipling o incluso Indiana Jones, cuando ahora, en lugar de transformar a un héroe local en un dios todopoderoso, nos encontramos ante la era del “orientalismo negativo”, como deseo llamarlo a partir de ahora. Porque, si el orientalismo usaba métodos que falsificaban la tradición local para hacerla atractiva, el orientalismo negativo busca el morbo de los turistas, ofreciendo una visión pútrida de los países vecinos. 

Lejos de Asia, el mayor ejemplo de esto puede ser México. La visión de los charros morenos, holgazanes y de bigotes frondosos dejó de ser un estereotipo negativo y se convirtió en algo nostálgico, porque el día a día nos ofrece canciones, películas, relatos y demás, de tonalidades naranjas, muerte y desolación por parte de los narcos, como forma nueva de admiración o una constatación malevolente de la realidad. No hay que negar el problema que ha plantado el narcotráfico, no solo en México sino en toda Latinoamérica, pero una cosa es aceptar la terrible realidad, y la otra es representarla de formas contraproducentes, ya sea glorificando a los responsables de los crímenes, o burlándose en general de la sociedad mexicana, como si de cada 10 mexicanos, 9 fuesen narcos y 1 fuese la víctima. Lo peor de todo, es que nosotros, como latinoamericanos, nos hemos tragado esa falacia y nos resignamos a ella en lugar de buscar soluciones o mejorar las cosas a nuestro alrededor. Advertimos a los turistas acerca de las calles peligrosas y sus horarios de peor tensión, como si fuésemos guías extremos, atrayéndolos de manera subconsciente para que graben su último aliento por las calles de El Alto a medianoche, o a las calles de Barranquilla, o de Palermo, o Juárez. Hoy en día, el orientalismo como tal, sería un disfraz bienvenido, porque tendríamos a un Chuñoman a quien los extranjeros bombardearían con autógrafos o con cuestiones acerca de su salud, y no tendríamos a Lisa Simpson interesada en el cine boliviano, no por el alto nivel de este, sino por todo lo contrario...

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Imagen: Fox

Lisa Simpson, en su flanderización, se ve fascinada por aquellos menesteres que puedan hacerla sobresalir del vulgo, tomando como principal ejemplo a su propia familia. Y se encuentra orientalizada de igual manera: una perfecta conjugación entre el esnobismo que radicaliza, y su “moralidad social” que es puro ruido y pocas nueces. Para Lisa, el ir a un festival de cine boliviano es un cupo de popularidad para demostrar que ella tiene la mente abierta hacia otras culturas, pero su interés no podría considerarse como algo real. Tenemos a Nelson, por ejemplo, a quien llamé como el más “honesto” en esta situación. Él está tragándose sapos para salir con la chica que le gusta y me los imagino, matándose a besos para no quedar dormidos con el tremendo somnífero que sería La Nación Clandestina. Nelson tiene un norte fijo que concuasa con la personalidad que ha ido demostrándonos desde los inicios de la serie, siendo uno de los personajes con menor rango de flanderización; para él, chuparse varias películas de un país desconocido es solo un medio para un fin mucho más interesante. La motivación es clara, y es entendible. Estoy seguro que muchos de los que están leyendo esto, habrán estado en algún tipo de situación similar: tragándose sapos para asistir a algo de mínimo interés, solo para contentar a sus parejas y, en el mejor de los casos, hallar un gusto nuevo. Las motivaciones de Lisa son más difusas, más interesadas.

¿Acaso está “culturalizando” al tarado de Nelson para que conozca lo que es “buen cine”?
¿Participa, como las grandes ONG, en proyectos vacíos y sin beneficio, solo para ganarse su terreno en el cielo? Springfield es la segunda peor ciudad en Estados Unidos (toma eso, San Louis), entonces me imagino que el festival terminará siendo un fracaso, se perderán los ingresos de los organizadores, y los realizadores o productoras no ganarán ni un peso de la inversión. Lisa Simpson gastando un par de dólares para “contribuir” al cine boliviano es una movida que no me sorprendería en ella, o en cualquiera de esas corporaciones que dicen “ayudar” al prójimo.

¿Es un simple morbo por probar el arte de países exóticos? Bueno, eso es la base del orientalismo y, en este caso, no se nos explica precisamente el motivo por el que tuvo que ser “cine boliviano”, cuando bien pudo haber sido cine congoleño, camboyano o neozelandés. Pero eso es parte del chiste. Podríamos, entonces, seguir preguntando sobre las intenciones que Lisa Simpson tendría por esto. Pero, creo que al final podemos asegurarnos de que la palabra de Lisa no es de fiar: no es un crítico de cabecera por el cual uno pueda sentir genuino interés en lo que promociona. Conociendo estos detalles, toca preguntarnos: ¿Qué dice esto realmente de nuestro cine?

Si Lisa Simpson hubiese asistido a un festival de cine italiano o francés, de igual manera, eso la habría mantenido en medio de sus pretensiones por “ser original” y no conformarse con la industria hollywoodense como principal medio de sustento artístico. Pero no. Para las pretensiones de Lisa aun así habría sido demasiado, porque ella es tan buena que decide “darle una oportunidad” a un cine que no tiene cabida entre los grandes festivales o el interés mayoritario de la industria. En resumen, somos demasiado locales para el público general como Nelson, pero somos exclusivos y atractivos para una pretenciosa superficial como Lisa y otro centenar de snobs, compartiendo el mismo interés por la cultura nacional que por nuestra cofradía política. 

Lo más triste, sin dudas, no es el hecho de que el cine boliviano esté fracasando hasta tal punto —cuando tenemos un potencial inimaginable en nuestras manos—, sino el hecho de que aún seguimos magnificándolo entre nosotros como si fuese nuestro propio proceso de orientalismo. Al César lo que es del César, Sanjinés fue parte de un movimiento que trajo cosas nuevas al mundo exterior, junto a otros directores latinoamericanos, formando lo más cercano a un boom en forma de películas. Pero el tipo perdió su gracia totalmente, como Goddard cuando se rehusó a aceptar que la nouvelle vague había muerto y se empecinó a quedar como un pretencioso experimentador, mientras otros directores del movimiento, como Truffaut, aceptaron la muerte del mismo y exploraron otros campos, para no quedarse con lo mismo. Todos los directores que formaron parte de un movimiento artístico, terminan abandonándolo por un sentido de aceptación y la eterna curiosidad por probar cosas distintas y espléndidas. En el caso de Sanjinés, pues este siguió ejecutando la fórmula que lo hizo popular hasta el hartazgo, desaprovechando su talento como realizador, ignorante de que el mundo pedía mejores imágenes cada década, cosa que aún sigue pasando. Los efectos que movieron al mundo en el Star Wars de 1977, hoy en día no podrían hacerse, no porque estuvieran mal, sino porque ya no es la época para jugar con ese tipo de efectos, cuando el mercado es dominado por efectos todavía más caros y de otro estilo. 

Pero para nuestros estándares, hablar de Sanjinés es el equivalente a hablar de Dios, hablar mal de nuestro cine en general, es una afrenta hacia nuestro nacionalismo, hacia nuestro vago y ruin sentido de “patriotismo” en el que nada puede cuestionarse, porque todo en este país es bueno, todo es sagrado. A falta de personas que apunten con el dedo y griten a los cuatro vientos: “esto está mal”, nuestro control de calidad como espectadores fue mermando hasta el punto de no retorno, donde seguimos la mala costumbre de otros países como Perú o España, y sacamos a la luz la porquería que fue Engaño a primera vista, creyendo que una comedia genérica iba a ser la solución contra nuestro pobre interés. Y las cosas van para peor, y en el mejor momento en el que podríamos hacer cine. Cada año se estrenan menos películas, se desaprovecha el talento de los jóvenes artistas, en cuyas manos —y gracias a las maravillas del internet, que nos conectan más allá de nuestra burbuja patriota— está el futuro del cine nacional. El futuro del cine no depende de las instituciones, ni de los políticos, esa es la horrible mentira que esos estafadores de almas intentan promover en el seso de la gente hasta que se convierta en una realidad escrita en piedra. Con un celular y un buen guion se puede hacer una película, la que sea, y ahora necesitaremos muchísimas para enfrentar la crisis cultural que estamos padeciendo. Muchísimas. Porque se aprende practicando con cada nuevo guion, se aprende mucho más de lo que uno sabía el día de ayer, y el cielo será el límite de los nuevos cineastas, prestos a mejorar el ámbito con películas que no sean solo para Lisas, sino incluso, para Nelsons.

Pero hay que empezar por abandonar los sesgos.

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Imagen: Nathan Leaño

¿Naciste aquí? ¡Qué bueno! Pero no por eso tienes que rendirle pleitesía hasta a las piedras de tu barrio, o a la acera meada de la autopista que te lleva al trabajo. El primer paso para curar una enfermedad no es fingir que todo está bien por un ego irreal, sino encontrar la enfermedad y aceptar su existencia.

El mencionado profesor del principio esperará que sus alumnos se aprendan el himno completo sin que sus mentes cachondas estallen de risa al escuchar: “De la patria, el augusto pendón”. No le den ese gusto, no confíen en el profesor, pues solo formará patriotas cantarines, “patriosinsons”, y no futuros “solucionadores” para aquellas noticias que a él mismo han de perturbarle, hoy y mañana, tragando frente a la tele.

En buena hora, a pocos meses de entrar a nuestro bicentenario como país, hemos de preguntarnos si el mismo patriotismo que llevamos estos 200 años nos permitirá sobrevivir otros 100. Para ello, consulten la cartelera nacional, averigüen sobre los libros que van a publicarse este y el próximo año, o simplemente, saquen la cabeza por la ventana, y revisen su entorno.

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