La duda como ejercicio intelectual
“Hay hombres en los que los trajes hermosos lloran”, el filósofo, escritor y representante más destacado del renacimiento francés, Michel de Montaigne (1533 - 1592), legó razonamientos de ese calibre. En sus ensayos combinó la reflexión filosófica, la ironía y el buen sentido del humor, ideales para quienes gustan de lecturas ingeniosas. En el ensayo titulado “De los vehículos” brinda una de sus propuestas intelectuales mejor logradas, valorar la duda como ejercicio intelectual. Actividad que, dada la proximidad de las elecciones nacionales, convendría recordar a fin de no volver a caer en las penosas redes de la polarización política.
Evadiendo el relativismo infinito, el peor de los defectos de las corrientes posmodernas actuales, Montaigne escribió en un momento crítico para la intelectualidad europea del siglo XVI. La conquista de América, el “descubrimiento” de un nuevo continente, puso los cimientos de imperios ultramarinos como España e inició el proceso de acumulación de capital necesario para volver al capitalismo un sistema económico planetario. Pero ese “nuevo” mundo también descolocó el lugar que las emergentes naciones europeas creían ocupar en el universo. Desde Aristóteles hasta Tolomeo, Europa era representada en mapas y trazos cartográficos como el centro del mundo. Geógrafos, aventureros y filósofos creían que África, Asia y los mares circundantes existían como extensiones de Europa. Todo ese conjunto de creencias entró en crisis desde finales del siglo XV paralelamente a la progresiva colonización castellana y lusitana. Los europeos de esa época empezaron a entender que el mundo era mucho más grande de lo que habían imaginado, comenzaron a dudar de la universalidad de sus saberes, de las verdades absolutas de su teología y filosofía. Cincos siglos antes que Boaventura de Sousa y Enrique Dussel, Michel de Montaigne dio cuenta de esa crisis cognoscitiva, identificó los límites del conocimiento de su tiempo. Límites que eventualmente fundaron el género de la Utopía. “Descubrir” América permitió imaginar otros mundos, más allá de los referentes conocidos, obligó a complejizar el concepto universal de hombre, interpeló los límites del sentido de la historia vigente hasta ese momento. Tomás Moro fue un producto de ese proceso histórico de perplejidad y asombro, en el que imaginar otros mundos, radicalmente diferentes al propio, fue finalmente posible.
Recordando la grandeza de la antigua Grecia y el extinto poder del Imperio Romano, Montaigne reconoció la chatura de sus contemporáneos: “[…] descubrimos cómo aquellos siglos pasados eran fértiles en otros espíritus distintos de los nuestros. Con esta clase de fertilidad sucede como con todas las demás producciones de la naturaleza […] nosotros no marchamos, más bien rodamos y giramos aquí y allá, paseándonos sobre nuestros propios pasos; no alcanzamos a ver muy delante ni muy hacia atrás; nuestros ojos abarcan poco y ven lo mismo: es nuestra vista corta en extensión tiempo y materia”. Desconcierto, desconfianza y duda de un pasado que sobrepasa el presente de conquistadores, aventureros y navegantes del siglo XVI. Escepticismo sobre la universalidad del conocimiento, sobre las certezas absolutas. Sentido de empequeñecimiento de la “verdad”, preludio de las posibilidades infinitas abiertas por el repentino ensanchamiento del mundo, por la aparición de “otros” mundos.
Al vislumbrar América, Montaigne lleva esas dudas a límites sorprendentes y reconoce que Europa también es inferior a las civilizaciones prehispánicas: “En cuanto a magnificencia y pompa, que fue por donde comencé mi discurso, ni Grecia, ni Roma, ni Egipto pueden, ya sea en utilidad, ya en dificultad o nobleza, comparar ninguno de sus portentos al camino que se ve en Perú, construido por los reyes del país, que va desde la ciudad de Quito hasta la del Cuzco (mide trescientas leguas). Recto, unido, ancho de veinticinco pasos, empedrado, revestido a ambos lados de murallas elevadas y hermosas, por cuya parte superior corren arroyos perennes bordeados por robustos árboles, que llaman ‘molli’ los naturales del país. Donde había montañas y roca, las cortaron y allanaron llenando los huecos de piedra y cal. En el límite de cada jornada hay palacios soberbios provistos de víveres, vestidos y armas, así para los viajeros como para los ejércitos que los transitan”. Abundancia, organización social, tecnología agrícola, el “nuevo” mundo parece superar en varios aspectos a los orgullosos conquistadores. En lugar de brindar alegatos chovinista o arrebatos negacioncitas, Montaigne cita a Horacio y Lucrecio: “Muchos héroes vivieron antes que Agamenón, pero, enterrados en las sombras, hoy no nos hacen derramar lágrimas. […] Antes de la guerra de Tebas y de la ruina de Troya, muchos poetas cantaron otros acontecimientos”. La duda como ejercicio intelectual, la relativización de lo que sabemos, nos permite entender la magnitud de nuestra ignorancia, lo incompleto de nuestros conocimientos, lo insensato de pretender comprenderlo todo de manera absoluta y definitiva. A Montaigne le enseñé a mirar a sus congéneres en talla humana, lejos del eurocentrismo que caracterizó el pensamiento occidental hasta el siglo XX.
A nosotros, escandalizados por la organización de un seminario en HARVARD y prestos a tomar armas para defender a uno y otro político durante el periodo electoral, nos convendría recordar ese notable aporte de Montaigne. Aprender de su escepticismo, renunciar a encontrar explicaciones y verdades absolutas. A dudar de quienes se nos presentan como salvadores, redentores y refundadores de la “patria”, pues sus capacidades son notablemente limitadas pese al carácter incendiario de sus discursos. La economía de nuestro país está irreversiblemente dañada y no puede repararse en 100 días o con simple fuerza de voluntad. Las fuerzas políticas en disputa están dispersas, fragmentadas y lideradas por políticos viejos, difícilmente podrán gestar escenarios de concertación. Pero la lectura pesimista de nuestro presente no es una invitación al desaliento, sino todo lo contrario, a reconocer nuestras limitaciones en un escenario de promesas mesiánicas.
