Doscien.tos kilómetros

Algo existe en nuestra naturaleza que nos mueve hacia la curiosidad y por más que intentemos aislarnos, nos es difícil ignorar las dinámicas sociales que ocurren a nuestro alrededor. Esta es la historia de un viaje, pero, sobre todo, es la historia de cómo dos personas pueden establecer un cierto vínculo social, necesariamente breve, pero también invariablemente intenso.

El bus interestatal Greyhound 8747 hace su ruta desde Filadelfia hasta Washington DC dos veces al día. El mío arrancaría a las tres y cinco de una tarde fría y soleada de domingo. Recorrería poco más de doscientos kilómetros en tres horas. Faltaban unos minutos y el chofer estaba en el andén recibiendo tranquilamente los boletos. Yo ya estaba sentada junto a una ventana en el lado izquierdo del bus. Era mi viaje de retorno; había ido a visitar a una amiga. A mi lado se sentó un adolescente rubio de unos quince años. Nos saludamos con la mirada y él bajó inmediatamente su gorra y se dispuso a dormir.

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Partir es asumir que todo puede pasar; el recorrido y hasta el destino pueden ser inciertos. / Fotografía de archivo.

A las tres, el chofer entró y cerró la puerta de pasajeros. Se acomodó en su butaca suprema y acercó un micrófono a su boca, cubierta por una mascarilla. El hombre era cubano. Habló primero en inglés y luego en español, y dijo:

—Este bus tiene vendidos todos sus boletos. Por favor, no use los asientos para sus pertenencias. Todos los boletos están vendidos.

Pero atrás del adolescente no había nadie. Alguien habría perdido el bus. El conductor encendió el motor.

Golpearon el vidrio de la puerta de pasajeros. Eran golpes de palma entera, aunque de manos livianas. El chofer abrió la puerta y entraron tres mujeres jóvenes.

Sorry. So sorry. Thank you. Sorry —dijo la que había entrado de primera. Las que la seguían solo sonreían con los ojos, barajando expresiones de la angustia por casi perder el bus y la alegría por haber logrado subir. Avanzaron hacia el interior con sus mochilas y carteras. En su camino hacia el fondo, buscando asientos, todas pasaron el asiento vacío de la fila detrás de la mía. Las dos primeras encontraron cada una un lugar casi al final del bus, pero la tercera, la última, tuvo que retroceder. El bus comenzó a moverse.

Hello. Can I? —La escuché decirle a alguien, apuntando al asiento.

Yes, yes.

Bastó una frase más larga para la revelación de un acento extranjero: antes de sentarse, trató de preguntar en inglés a su compañero de fila si tenía que poner su mochila en los compartimentos superiores o si podía ponerla debajo del asiento. Él, en lugar de responder la pregunta, hizo otra:

 —Do you speak Spanish?

Ambos eran argentinos. Yo me puse a hacer notas mentales de esta interacción, primero, luego las pasé por el cuaderno. Trataré de reproducir lo más fielmente que la memoria me permita  que pasó detrás de mí.

Ella puso la mochila debajo del asiento y se sentó riendo un poco, con ganas, pero tratando de controlar el volumen:

—Y yo acá intentando hacerme la que sabe.

—Ah, pero es normal que me confundan con gringos, no te preocupés.

—Mirá que casi no llegamos, ¿viste las otras chicas? También son. Ellas son de Córdoba, sí.

—Ah, ¿vos no?

—Soy de Corrientes. ¿Vos?

—Yo de Buenos Aires.

Habíamos comenzado a avanzar. Por la ventana pasaban las calles del centro de Filadelfia. Mucho cemento y muchos letreros de cadenas de tiendas y cadenas de restaurantes y cadenas de bancos nacionales.

—¿Viniste con ellas?

—Sí, bueno, es que coordinamos para viajar este finde porque todas trabajamos en Washington y solo tenemos sábado y domingo para pasear.

—Ah, ¿y de qué trabajan?

—No sé si conocés, ¿Au pair?

—Sí, sí.

—¿Que sos niñera viviendo con una familia? Eso.

—Ah, sí, ¿y qué tal?

—Y bueno, es medio explotador. Ponele que te pagan como cuatro dólares la hora. ¿Cuatro dólares, podés imaginar?

—¡Pero eso es poquísimo!

—Sí, es que como no pagás alquiler. O sea, vivís con ellos, comés con ellos. Te compran lo que quieras comer, digamos.

—Y sí, pero igual, acá es poco.

—Bah, en realidad yo creo que es una buena forma de salir de Argentina. Allá no hacés eso ni en pedo. Acá por lo menos puedo comprarme lo que yo quiera, ¿entendés?

—Claro, en Argentina ahora no llegás a eso, difícil. Ni con título.

—Sí, bueno, yo no saqué título todavía. Tengo veinte. Hice un año y no me gustó; me fue bien, pero no me gustó.

—Ah, mirá, rechiquita, claro tenés tiempo para explorar todavía.

—¿Vos, qué edad tenés?

—Treinta.

—¿Y qué hacés acá?

—Soy abogado, trabajo en una consultora. Es que hice mi maestría acá y aproveché para buscar trabajo. Estoy pensando empezar un doctorado, así me quedo más tiempo.

—Ah, mirá, te encanta estudiar a vos.

—Y, sí.

—No, la universidad, no sé; preguntale a cualquiera de mi edad ahora, no hay motivación, no sabés para qué te va a servir.

—Claro, sí, lo veo mucho eso ahora. Yo soy docente también, en la UBA.

—¿La UBA?

—Sí, la Universidad de Buenos Aires.

—No, sí, pero ¿acá?

—Es que son clases online.

—Ah, ya, por eso.

—Y sí, los veo preocupados de cómo usarán lo que aprenden ahora, después.

—Aparte, cero empatía algunos profesores. O sea, hacen sus lecciones aburridísimas, te pasan un power point y ya está. Todo muy frío.

—Claro, hay los que no actualizan ni complican sus temas.

—Peor con lo que no saben usar tecnología, pero no es solo eso. Es que de verdad no tenés ganas de estudiar si no sabés si vas a trabajar de eso. Ni sabés si vas a trabajar.

Mientras escuchaba, sentí una suave alegría de no haberles visto las caras; tenía que dibujarlas con las palabras y las voces. Él hablaba con una modulación monótona, muy porteña, si saben a qué me refiero. Si no lo saben, se trata de un tono de discreción y control de emociones. No pasa por la garganta más aire que un promedio constante y controlado. Elegante y distante. Esta voz solo gritaría por motivos futbolísticos, pero si me preguntaran a mí, podría jurar que no le gustaba el fútbol, no sé; no me lo imagino dejándose llevar por algo que se saliera de sus manos.

Ella era más transparente. Hablaba alto, sin pudor de que el bus entero escuchara. Sin pudor en general. Y cuando se reía, la forma del sonido me hacía saber que estaba echando la cabeza hacia atrás o hacia el costado al hacerlo.

DESTACADO: [En mi cabeza, él era un tipo de pelo corto, castaño y oscuro. Tenía una nariz prominente, pero recta. No era su característica más sobresaliente; no se me ocurría cuál sí era. Lo había visualizado delgado, pero no atlético; es más, le había imaginado un poco de panza, nada grave. Seguramente estaría usando camisa y cinturón.]

—Yo trato de darles estudios de caso en las clases. Tipo, vemos ejemplos de cosas ya resueltas y explico por qué se procedió de tal forma, y hablamos de cómo procederían ellos.

—Claro, vos, más joven, estás todavía haciendo tu material, te adaptás mejor.

—Sí.

—Y bueno, yo ya le perdí el ritmo al estudio. No sé qué haré al volver.

—¿No te pensás quedar por acá?

—No sé, ¿vos?

—Al menos un tiempo más, sí.

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La intimidad de algunos puede ser un espectáculo para otros. /Fotografía: Ann Shvetts.

—Yo estoy pensando… Para empezar, cuando me toque cambiar de familia del Au Pair (porque puedo pedir que me cambien, pero es medio complicado), estoy pensando en escoger una en Florida. Quiero estar cerca de Orlando y poder ir a Disney sin gastar en hoteles.

—Sí, aprovechá que estás acá. Divertite.

—No, pero también estoy pensando en el futuro. Algo se me va a ocurrir. No quiero que se me vaya el tiempo y ya sea hora de irme a Argentina y nada hecho.

—Vos disfrutá.

—No, ni idea. Tengo que ponerme las pilas. Vos lo decís porque ya hiciste cosas, ya con treinta y una carrera en la que trabajás. ¿Cómo decidiste?

—Bueno, vengo de familia de abogados. Mi abuelo, mi padre…

—Ah, claro. Yo no sé. Mi papá tiene una fábrica de ladrillos, pero no le da para mantenerme mientras estudio, ¿entendés? No en Córdoba al menos; ahí me fui a estudiar primero.

—Pero sos joven todavía, no te preocupés tanto.

—No, ni idea. Vos porque la tenías clara. Yo estoy pensando. No me quiero, ponele, casar con un gringo. No haría eso por quedarme.

La ruta dura tres horas. Íbamos por los primeros treinta minutos y el joven abogado porteño le preguntó a la niñera correntina si había conocido gente acá. Ella le contó que sí, pero que no le había gustado. Que había salido con un chico militar que en la segunda cita, prácticamente, le había pedido matrimonio. El joven abogado le dijo a ella que debía tener cuidado con los militares: todos estaban medio locos. Ella le preguntó si él acaso estaba en modo profesor en ese momento. Lo dijo en tono de broma, pero no era una broma. Él rió e insistió: de verdad tenía que tener cuidado.

DESTACADO: [A ella la había ido dibujando y corrigiendo durante las tres horas. Al principio era una chica delgada, fina, más bien, de esas que tienen los codos puntiagudos. Al principio, tenía cabello lacio y largo, con un flequillo, e iba vestida de jeans lycra y chaqueta acolchonada. Pero después, borré eso y la imaginé robusta y de buena postura, como una profesora de Educación Física. Finalmente, imaginé rulos anchos, una boca grande, ojos brillantes, llenos de chispas. Una chica alta, con tenis nuevos y manos frías.]

—¿Has entrado alguna vez a una base militar? —preguntó ella—. Te revisan e interrogan. Tenés que bajarte del auto y todo.

—No, no he ido. ¿Pero por qué estabas en una base militar?

—Ahí vive él.

—Ah, bueno, ¡fuiste a la casa!

—Y claro, sí, pero no fui a… o sea, era que nos íbamos a juntar para conocernos.

—Claro, claro.

—¡Obvio! Prefiero conocerlos así, más relajado, nos juntamos a charlar y vemos qué onda.

—No, no, para mí tiene que ser una cita de ir a comer a un buen lugar, una cena. Así veo cómo se comporta, cómo interactúa con otros y demás.

—¿Qué? ¡Qué aburrido! Muy formal para mí, no.

—¿Los de tu edad siempre van a la casa directo?

—No, bueno, depende; por lo general damos unas vueltas en el auto, algo así.

—¡Ah, para chapar!

Ella solo se rió sin confirmar o negar.

—Bah, pero es más relajado así. Una cena, ¡ugh!

—Bueno y fueron a su casa, ¿y?

—Y nada, ahí hablando me dijo eso de que se quería casar y demás. ¿Vos sabés que si tienen esposa bajan en la lista de los que van a pelear en las guerras? O sea, mandan primero a los que no tienen familia. Bueno, después me llevó a mi casa.

—Ah bueno, no pasó nada ¡y el pobre encima te tiene que llevar a la casa!

Él rió y ella no.

—Obvio, si él tiene el auto y era lejos. Un Uber me saldría carísimo.

—Claro, todas son iguales. Muy feministas hasta que toca abrir un frasco de mermelada.

—Es refácil abrir un frasco de mermelada, si querés te enseño.

—Y bueno, hacé lo que quieras. Andá con los militares.

—Nah, sí, no había pensado en eso de que tenían cosas raras en la cabeza.

—Sí. Hay más opciones.

—Sí, pero igual ni sé qué estoy buscando. ¿Vos usás Tinder?

—He usado.

—¿Y?

—Y nada, no sé, para mí tener pareja es más como compañía, yo estoy bien solo. Me encanta estar solo, tener mi rutina, ver mis tiempos.

—Ah, no pensar en nadie más, ¿eso?

—Sí, sí, soy un aburrido, egoísta.

—Típico porteño —se rió a carcajadas—. De todo el bus, me vine a sentar al lado de un porteño que tiene todo resuelto... Nah, estoy jodiendo.

—Las tres horas más largas de mi vida.

—Ay, ¡no me caés nada bien!

Se rieron. Ella diría eso dos veces más en otros momentos de la conversación, siempre con tono jovial y de jugueteo, pero siempre en serio.

—Bueno, entonces vos no creés en el amor —dijo ella.

—¿Tus padres están juntos?

—Sí.

—Los míos se separaron apenas terminé la universidad. Era como que estaban esperando eso.

—Ah. Yo sí creo que hay un amor para cada uno. Pero no aparece así nomás, lo trabajás.

—Yo creo que hay varios amores verdaderos, por etapas en la vida, no uno.

—Qué práctico. O sea, como algo malo lo digo.

—Es práctico, sí.

El chofer anunció que nos estábamos acercando a la estación final. Afuera ya era de noche; veíamos el barrio chino de DC. Desde la altura de las ventanas del bus, veía pasar restaurantes, luces de neón, basura y personas paseando a sus perros.

Mientras avanzábamos hacia el final, me emocionaba la idea de que podría, finalmente, ver a los argentinos a quienes había estado escuchando, palabra por palabra, durante doscientos diecisiete kilómetros de recorrido. En mi cabeza, él era un tipo de pelo corto, castaño y oscuro. Tenía una nariz prominente, pero recta. No era su característica más sobresaliente; no se me ocurría cuál sí era. Lo había visualizado delgado, pero no atlético; es más, le había imaginado un poco de panza, nada grave. Seguramente estaría usando camisa y cinturón.

A ella la había ido dibujando y corrigiendo durante las tres horas. Al principio era una chica delgada, fina, más bien, de esas que tienen los codos puntiagudos. Al principio, tenía cabello lacio y largo, con un flequillo, e iba vestida de jeans lycra y chaqueta acolchonada. Pero después, borré eso y la imaginé robusta y de buena postura, como una profesora de Educación Física. Finalmente, imaginé rulos anchos, una boca grande, ojos brillantes, llenos de chispas. Una chica alta, con tenis nuevos y manos frías.

El bus se detuvo y se encendieron las luces; el invierno de la costa Este estadounidense funcionaba así: cortante, anochecía abruptamente temprano, antes de que la jornada acabara, a las cinco. El adolescente a mi lado se desperezó y salió al pasillo. Yo me puse de pie y, con la excusa de estirar mi cuello, giré la cabeza a un lado, luego al otro. Ninguno de los dos se veía como los había imaginado. Me puse la mochila al hombro y pasamos un par de minutos en total silencio, todos, esperando a que el chofer abriera la puerta para que la gente comenzara a salir. Los argentinos no se dijeron ni una palabra más. Ni para intercambiar teléfonos. Ni para decirse sus nombres. Ni para decir “fue un gusto”.

Y todas las almas que habíamos estado dentro del bus avanzamos hacia la puerta vaciándolo, vertiéndonos de a poco en el andén, primero, y luego diluyéndonos expansivamente en las calles de la ciudad hacia distintos destinos.

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