Demencia Senil Canina

¿Cómo es la vejez perruna? A través de varias pequeñas entrevistas, Carlao Delgado nos acerca a esta realidad en un desgarrador texto que explora la vida de varios perros en sus años ancianos
Editado por : Adrián Nieve

(algunos nombres de perros y dueños fueron cambiados)

—¿En serio te mordió un mono? 
—Sí. Fue horrible y chistoso. Pero, sobre todo, fue traumático. No quería saber de animales. Por eso mi esposo pensó que sería bueno tener un perrito, para que yo pueda entender el lenguaje de los perritos. Yo no quería que ni se me acerquen. Ahí es donde lo trajo al Chivi. Dijo que era para que renueve mi confianza en los animales. Y el Chivi siempre fue el último de su camada en hacer todo. Sus otros hermanos lo bulleaban y siempre lo dejaban atrás, eran unos bandidos. Cuando lo elegimos, nos dijeron que ya lo habían adoptado, y dije “bueno”. Pero pronto nos volvieron a llamar y nos dijeron que la otra familia lo había rechazado. Siempre le fue mal al pobre Chivi.    
— ¿Funcionó el plan? ¿Entendiste el lenguaje de los animales?
—Al principio no. No me gustaban los animales. La primera noche del Chivi en casa fue catastrófica. Me mordió en la cara. Me asusté y lloré demasiado toda la primera noche. Le escribí a la que nos lo dio en adopción y le dije “creo que no voy a poder”, me dijo que lo intente, que le dé al Chivi una semana más. 
—¿Y qué cambió? 
—Un día llegué del trabajo y el Chivi estaba saltando de alegría. Se alegró tanto de verme que dije «bueno, te quedarás aquí querido amiguito».

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Imagen: 88 Grados

Natasha

Necesitaba saber cómo calcular la edad de los perros. Opté por preguntar a un amigo, veterinario, que era una fuente autorizada. Me dejó acompañarlo mientras evaluaba a Natasha, una chapicita salchicha que le dejaron encargada. Comenzó con la explicación médica: “Son varias cosas para medir la edad de un perrito. El peso, el tamaño, el grado de desgaste dental y, en algunos casos, el pelaje, anuncian cuándo comenzó el envejecimiento”, decía distraído mientras levantaba el hocico de Natasha y veía sus dientes. Levantó los mofletes del perrito y pude ver que Natasha tenía la carita salpicada de blanco. No era parte de su pelaje, café tirado a naranja, sino surcos de canas que le emblanquecían el hocico.

—Pero en todo caso —ayudó a Natasha a pararse en las patas traseras mientras le palpaba el cuello—, su vejez es como la nuestra. Necesitan cuidado y necesitan paciencia. No hacen las cosas con la misma facilidad que antes. Y como nosotros, también se enferman de la memoria.
— ¿Les da Alzheimer?

Terminó la revisión acariciando la cabeza de Natasha. El perrito lo miraba confundido, como si esperara su diagnóstico.

—Les da demencia senil.    

En nuestro silencio, lo único que se escuchaba era el click click que hacían las patitas de Natasha sobre la camilla metálica. La chapi salchicha miraba a izquierda y derecha, desorientada, gruñona. Su colita estaba caída, torcida y apuntando al suelo. Todo lo contrario de los perros felices. El amigo veterinario no me dijo su diagnóstico en voz alta. Se limitó a acariciar la cabeza de Natasha que nos veía toda desorientada.

Milo

—Me acuerdo la primera vez. No me asustó. Pero fue feo. Fue triste. Todos dormíamos. Y ahí andaba el Milo. No corría. Solo iba y venía por los pasillos, de ida y vuelta, por donde pudiera. Como si se hubiera perdido en la misma casa. Y cuando encendí la luz y le dije "qué ha pasado", me miró y se hizo pis. Luego ya no volvió a dormir. Se quedó sentadito en su cama nomás, a oscuras. 

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Foto: AnimalKind

Los hijos de José Miguel fueron los que se dieron cuenta. Le dijeron que Milo permanecía todo el día metido en su camita dormido, dándoles el lomo a todos, envuelto en sí mismo y mirando el centro de su cucha. Pensaron que era por su edad. Que estaba muy cansadito para salir a corretear como antes. Pero Milo no se levantaba ni para comer. Prefería quedarse durmiendo encima de las chompas viejas que le asignaron. Luego sucedieron los desvelos nocturnos. Milo había cambiado de rutina, durmiendo de día y caminando de noche. Despierto, el perrito recorría la casa sin rumbo, de la cocina al living, luego a los cuartos de José Miguel y sus hijos, sin ladrar ni hacer ruido. Ya no empujaba puertas con la pata, como era su torpe costumbre de hace años, sino que se escurría por el entre abierto, achicándose para pasar. Aunque la sentencia fuera cruel y triste, José Miguel y sus hijos no tenían dudas. Milo buscaba su comida de noche. Había olvidado el lugar de la cocina donde tenían sus platitos de agua y comida. 

El veterinario les confirmó el diagnóstico. Y les dio un tratamiento que, si bien no sería una cura, ayudaría a que Milo no se sienta tan mal. Porque sufría lo que le pasaba. Su olfato no era el de siempre. Vagaba porque no entendía la idea de haberse olvidado algo tan obvio. Y su cura instintiva, su sabiduría canina, le decía que tenía que seguir buscando, aunque no supiera dónde.

Desde entonces en la familia de José Miguel entendieron la importancia de la rutina de Milo. Despertar en la mañana, pasear, volver, jugar, comer al mediodía, jugar de nuevo, comer en la tarde noche, y dormir con el resto de la familia. Si omitían algún paso u olvidaban algo, Milo esperaba a que sucediera. Y así podía quedarse hasta la noche esperando un paseo que nunca llegó. Luego venía el insomnio.

José Miguel no terminó de aceptar nunca que el perrito hubiera olvidado cosas que hacía toda la vida. O que su rutina fuera tan importante. Hasta que un día se dio cuenta de que sus hijos ya le decían "abuelito" a Milo, y comprendió que no era diferente a un anciano, pero en perrito. Su rutina lo anclaba a la vida que antes tenía, y que ahora la parecía un poco menos clara. 

Chispa

El ritual era de tres pasos. La miraba a los ojos y le decía "¡sentate!" con voz firme. A veces estiraba el dedo índice y lo usaba como batuta para darle énfasis a la orden. Y Chispa se sentaba en sus cuartos traseros, obediente. Para Lorena esa era la prueba definitiva de que Chispa la entendía. Tenían un diálogo real. 

Luego seguía la otra instrucción. Lorena extendía su mano derecha con la palma abierta hacia arriba: "la patita". Algo que se guardará para toda la vida era que Chispa le daba siempre la pata correcta. Si la Lore le extendía la mano derecha, la perrita respondía levantando la pata derecha. Y luego la segunda parte de la instrucción: "la otra". Y Chispa respondía con la patita izquierda en alto. Ahí no había nada de entrenamiento o de comportamiento condicionado. Reconocía las manos de Lorena. 

Finalmente, daba vueltitas en el aire con su índice, conjurando un hechizo invisible, y Lorena le daba la orden final: "vueltas, ahora vueltas". Chispa se levantaba y caía de espaldas, con las cuatro patas en el aire. No giraba por completo, más bien parecía nadar en el piso de la cocina levantando las patitas como si flotara en la piscina. Pero el ademán ya era suficiente para que Lorena le celebrara con un sonoro "¡bravo!" y le extendiera la galleta. Para eso Chispa no necesitaba instrucción. Se levantaba en un brinco y sujetaba la galleta en el aire. Se la había ganado.

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Foto: Vets4pets

Eso fue hace seis años humanos, la última vez que sucedió. Ahora Chispa ya no reacciona como siempre a los ademanes ni a las instrucciones. Mira a Lorena en silencio. No abre la boca ni saca la lengua, ni mira atenta sabiendo que al final de la rutina le espera una galleta. Simplemente la observa, abre los ojos y mira las manos, escucha las palabras, pero permanece quieta. Lo único que parece entender es que falta algo. Algo más pasaba entre ambas. Algo que evita que su dueña se ponga a llorar mientras repite “sentate, sentate, sentate, por favor”. Pero no sabe qué falta. Baja las orejas y mira al suelo, cansada de buscar en los rincones de su cabecita una respuesta que ya no puede dar. 

—Por eso le puse Chispa. Se encendía como una chispa. Era un perro pilas, y por eso saltaba o daba vueltitas cuando nos veía volver a la casa. Ahora parece que la chispa se ha acabado. Ya no había la Chispa. Y solo se quedaba ahí paradita sin saber qué hacer. Sin saber cómo ser una perrita.

La Lorena probó con otros juegos. Ya no de ida y vuelta, de instrucción y reacción con recompensa al final. Sino juegos sencillos de seguir acariciando a Chispa, de no ponerla nerviosa, de no pedirle algo que ya no le puede dar. Aunque ya no tengan la chispa de antes, el fuego no se ha apagado. Chispa sabe que su dueña sigue ahí, y así como se dio cuenta de que faltaba algo, también se dio cuenta de que pueden tener una nueva vida juntas. 

Roni

Las mañanas en la plaza eran quietas a esa hora. No parecía nada raro. Su hocico se movía en el aire siguiendo la ruta de los pájaros que cortaban el cielo. Daban unos pasos más y luego seguía la ruta del señor de los periódicos, el que gritaba el nombre de los matutinos en su ronda diaria de las cuatro esquinas. Luego una sacudida de todo el cuerpo, haciendo sonar la medalla de su collar. Para Horacio, esa rutina del Roni era la de cualquier perrito sano, que reconoce el terreno diario, cuida su espacio físico o da vueltas por donde siente el olor de otros perros. Era así todos los días, y nunca pasaba algo que lo hiciera diferente.

Se dio cuenta recién en casa, cuando el Roni dejó de frecuentar su lugar favorito: sentado junto a la mesa cerca del Horacio a la espera de que caiga comida. Lo encontraron en uno nuevo, uno del que no quería separarse ya: al lado del sofá, mirando por la ventana. Eventualmente, el Roni pasaría en ese nuevo lugar la mayor parte del día, saltándose almuerzos o desayunos. Aunque en un principio pensó que finalmente decidió obedecer la cansina instrucción de que no puede haber perros en la mesa a la hora del almuerzo, Horacio llegó a extrañarlo. Ya estaban acostumbrados a darle siempre alguito. Así, ya fueron sumando los días en que el perrito se pasaba todo el día en su nuevo lugar al lado del sofá. 

—Era horrible. Como si no supiera dónde estaba. Por eso lo llevamos al veterinario. Y su tratamiento fue de dieta y medicinas. Es algo para lo que no hay cura. 

Descubrieron que el plato del Roni se quedaba con comida hasta el día siguiente, y esa fue la señal de que algo andaba mal. El perrito se había estado saltando comidas. Tenían que sacarlo de su nuevo lugar favorito y llevarlo a la cocina, acercarlo a su platito de lawa y convencerlo de que era hora de comer. El Roni parecía despertar, olía su comida y comía como si de repente recordara que tenía hambre. Luego se quedaba en la cocina parado un buen rato, mirando el plato vacío. No volvió al sofá. Lo encontraron en una esquina de la casa, mirando las dos paredes en el punto en el que se juntaban, con el hocico inclinado. Como si quisiera seguir caminando, pero no pudiera salir. El Roni estaba atrapado.     

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El Chivi, en su nueva casa / Foto: Carlao Delgado

—Lo que lo ayuda es su rutina. Tiene horas para salir y horas para comer. Y él solito come o pasea. Es cierto, se olvidó cosas. Pero cuando lo llevamos y le ayudamos se acuerda como era el perrito de antes. El Roni sigue ahí.

Chivi

— ¿Estarías preparada si algo así le pasara al Chivi? ¿Como a todos esos perritos con demencia senil?
—Sí, estaría preparada. La rutina es muy importante en un abuelito. A los perritos no les puedes cambiar la rutina. Saben cuándo juegan, cuándo pasean. Es super importante. 
—No me imagino en esa situación. Ni siquiera sabría qué hacer.
—Es bueno asesorarse con un buen veterinario. Invertir, no solo plata sino tiempo. Porque envejecen rápido. Son un pestañeo los animalitos. Un capítulo en nuestra vida. El Chivi va a cumplir seis años, y al año cumple siete. A partir de esa edad ya es un perrito adulto mayor por su tamaño. Y con mi esposo le mantenemos una rutina estricta. Todo va cambiando. Ya no es un cachorro que juega igual, ya no socializa igual, es más caprichoso, más selectivo. 
—Cómo lo cuidarías.
—Teniéndole paciencia. Y mucho amor. Todos vamos a llegar a eso. Y si el Chivi está bien, no tiene dolor, no sufre, entonces todo es posible. Todo se puede. Al final, se vuelven como niños viejitos, ¿no ve?

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