Extinguirnos

En su columna para 88 Grados, Mariana Ruiz Romero nos habla de las muchas extinciones propiciadas por la mano del hombre y las potenciales consecuencias que esta característica humana puede llegar a tener.

Yuval Noha Harari lo dijo primero: El homo sapiens es el arma más mortífera del planeta. En nuestro impresionante recorrido por la Tierra, desde que salimos de África hace unos 120 mil años atrás, nos hemos dedicado a cazar de manera coordinada y a comernos, vestir con sus restos y acabar con: mamuts, casuarios, caballos enanos, armadillos gigantes y cualquier bestia superior a nosotros en número y tamaño.

Somos una extinción en movimiento, un virus adicto al TikTok y las alitas de pollo, que ha logrado en estos milenios (un parpadeo en tiempos geológicos) lo que no lograron eras glaciales y grandes terremotos, creando en el camino una era a la medida del hombre, el Antropoceno.

Herbert Wendt, en 1980, publicó un curioso libro al respecto, que realiza una cartografía extraordinaria de todo lo que aún existía en recónditos rincones del planeta, hasta hace apenas 200 años atrás. El Descubrimiento de los Animales, de la leyenda del unicornio a la etología me llegó de pura casualidad, y agradezco infinitamente a Giovanni Guerra por regalármelo, porque leerlo ha sido transportarme a una época en la que la biodiversidad de nuestro único planeta habitable no solamente era mega diversa, sino, también, mágica y llena de misterios.

Desde el toro primitivo Rimu, que quizás es el verdadero unicornio, hasta el hambre voraz de los ornitorrincos, que hace imposible transportarlos o criarlos en cautiverio (devoran como aspiradoras, toneladas de moluscos y bichos variados, no hay heladera que aguante); nuestra relación con las aves, los  orangutanes y los peces; las corzas que viven en Inglaterra y que fueron rescatadas de los jardines exóticos de la era del Gran Khan, pasando por pandas, kiwis, demonios de Tasmania y lemúridos de Madagascar, este libro genera dos cosas en el lector: asombro y también tristeza. Una enorme tristeza.

Lo que en nuestro mortífero recorrido hemos perdido es inconmensurable. Aves que podían matar de una patada a un hombre, y que se extinguieron fritas en aceite como el Dodo de Alicia en el país de las maravillas. Corzas enanas, aves hermosas, peces abisales. No hay, ahora, dónde no hayamos colocado una cámara, una bala, un cuchillo. No hay pluma, piel escamosa, grasa fraganciosa o pedazo de cuero que no adorne casas y palacios, junte polvo en museos de Historia Natural y adorne a influencers en las redes. 

Los pocos animales que quedan están bajo amenaza constante: cazamos a los jaguares por su piel y sus colmillos, perseguimos a los tatuses, freímos grillos y hormigas culonas, vestimos para bailar con los cadáveres de lo que se nos ocurra o esté de moda. 

Algunas cosas, por suerte, han cambiado para mejor: a nadie se le antoja pasear con un abrigo de piel que tenga ojos de vidrio en las cabezas de los dueños originales del armiño, y se han encontrado alternativas a cosas que casi precipitaron la extinción de las ballenas, como el ámbar gris. Hay canales como National Geographic y Animal Planet que saben que no se protege lo que no se conoce, y esperamos que la capibara-manía ayude en algo a la protección de esta simpática especie de roedor de agua.

Sin embargo, lo que más me sorprende es la extensión y sistematicidad, nuestra avidez por destruirlo todo. Creo que nuestra fascinación con los velociraptores y monstruos carnívoros de antaño pasa por ahí: ellos eran los reyes y señores, los paraguas de los ecosistemas bajo los cuales poblaciones enteras se devoraban unas a las otras, sirviendo su rol para equilibrar ecologías ajenas a nuestro cotidiano.

Las nuevas iteraciones de Jurassic World nos hablan desde una nostalgia distraída: qué pena que no tengamos seres más veloces, más inteligentes, más mortíferos, para extinguir. Quizá deberíamos revivir alguno, a ver si da la talla. Las pelis alienígenas hablan de lo mismo, nosotros somos los aliens, los depredadores de este planeta, y estamos aburridos. Tras apenas unos milenios, hemos coleccionado todo lo que había que coleccionar, a veces sin darnos ni cuenta. 

Aparte del cambio climático, ¿quién podría extinguirnos? ¿Contra qué utilizaremos nuestra gigantesca capacidad de movimiento y comunicación? Me temo que muchos de nosotros podemos adivinar la respuesta.

41 me gusta
678 vistas