Mamá cruza la puerta
“Ojos que no ven, corazón que no siente”, me dijo como quien saca la ficha quitapenas y la entrega como regalo. La idea me aterrorizó. Acababa de darle un abrazo en tres tiempos a mi hijo en su primer día de guardería, y esa mujer no tenía una mejor frase para hacerle juego al tinte salino de mis ojos.
Pero la vida tiene esa vieja costumbre de ponernos frente a un salón de espejos en un circo, donde no sabemos si reírnos o espantarnos de nuestro reflejo y devolvernos, sin pedir permiso, a lo que somos, o a lo que tememos.
Carmen también es mamá. Una grada de cemento y el sol de invierno sostienen nuestra charla en el Centro de Orientación Femenina de Obrajes de La Paz. “La última foto que tengo es de hace tres años, cuando me trajeron acá. Esa foto está en mi cabeza nomás. Mi familia no la trae, no quieren que me vea. A veces pienso que es mejor así, qué le voy a decir a ella sobre este lugar, qué va a pensar mi hija; todos los días la extraño, ni una foto he vuelto a ver”.
Cuando dice “hija” parece que la tierra se quiebra bajo sus pies y la palabra se le queda en la garganta; se esconde en un lugar que el tiempo ha diluido. “Cómo estará su cabello ahora, estará sanita o no, siempre pienso”, dice. No puedo evitar volver a Lagarde, a ese libro que habla de cautiverios, de mujeres tristes, porque acá, entre paredes descascaradas y horarios de visita, el encierro no es solo físico. La cárcel tiene otras cárceles que parecen más sutiles: sentirse “mala madre” es un dolor profundo entre otros dolores.
El estigma, esa expresión vieja inventada por los griegos para marcar cuerpos con cortes y quemaduras, para que todos supieran quién era el esclavo, el criminal, el manchado. Hoy el estigma es más discreto, pero no menos cruel. Carmen lo sabe bien, esa etiqueta la nombra, la encasilla, la encierra en el molde de las buenas y las malas. No hay tregua con el ojo acusador. Lo pienso mientras cambiamos de lugar.
Caminamos hacia el teléfono público en el lado izquierdo del penal. “¿Has hecho tu tarea, hijito?”, pregunta Lucía. Trabaja en la lavandería, su voz se hace un poco más pequeña, pero no se detiene: “El domingo te voy a esperar”. En esas frases parece que se conjugara todo el amor. Carmen apoya su mano sobre el hombro de Lucía. Afuera la vida sigue su curso, pero aquí adentro se sostiene de otras maneras, en fragmentos, en llamadas.
Me despido de Carmen, de Lucía, de Mercedes, de Cecilia. Es casi el final de la tarde y la palabra “mamá” no me suelta. A veces parece un susurro, un “duerme, duerme negrito”, y otras surge esquiva, como si la lengua creyera que puede descartarla, como si por superstición quisiéramos que no esté para no arriesgarnos a que el dolor siga creciendo, y sin embargo la palabra “hijo” pesa en el aire, pesa en el cuerpo, pesa en la memoria y en el silencio. Carmen lo sabe, y la tierra se sigue tambaleando bajo sus pies.
Quizás haya que creer en las palabras como en la resurrección; a veces llegan antes de que la boca las pronuncie, como si supieran el camino de memoria. “Mamá” cruza la puerta y se esparce por Obrajes.
Suspiro
Bonustrack. Ni la imaginación ni la sospecha alcanzan a adivinar lo que pasa dentro de la cárcel de mujeres. Daniela y Matilde hicieron un maravilloso trabajo sobre el contexto carcelario desde sus propias experiencias. Aquí una invitación a escuchar el podcast: “La cebolla atrapada” en sus dos temporadas.
