En las pampas de San Andrés
Un remolino apareció como jugando en medio de la pampa. Daba vueltas aquí y allá, a la sombra de una nube o en pleno sol de la tarde, a mis espaldas o en mis mismas narices. Me agarré el sombrero, me abotoné el saco y de repente ya no había ni señas del embudo molestoso; solo vi que alguien venía por el sendero, con rumbo a la población. No era un joven, ni un niño, ni un viejo, era una chola sin edad, como inventada por el viento; a medida que se acercaba noté que era fea, no por sus achaques o por su mala traza sino por su semblante y el desorden de su indumentaria.
—Ay, ay —se me acercó diciendo—. Buenas tardes, joven. ¿O ya es buenas noches? ¿Qué día es hoy día? ¿Dónde estamos? Va a disculpar, yo no conozco.
Tanto habló de cualquier cosa que ya no supe qué responderle y por eso le pregunté:
—¿Por qué?
Llevaba, como prestados, aretes de oro, collares de plata, ¡y hasta algunos de sus dientes eran de oro! Su cara era de un color ceniciento y su sombrero tenía una capa de polvo. Sentí un escalofrío.
—Estoy perdida, joven —insistió—. ¿No me vas a ayudar? ¿Por qué no me contestas ni me reconoces?
Entonces le dije:
—Yo no te conozco. ¿De dónde eres?
Ella movió la boca y los ojos, en un imposible intento de sonrisa:
—El remolino me ha traído. ¡Soy hija del viento! Yo estaba queriendo que me veas bailar —y abría y cerraba los ojos como un fantoche.
¡Eso era! Un fantoche. Recién comencé a pensar: ¿de cómo vine a parar a este pueblucho en ruinas llamado San Andrés de Machaca? El fantoche daba un paso atrás y otro a un costado y se frotaba las ancas…
—¿No me reconoces siempre?
Yo seguí callado; mi mejor arma siempre fue callarme. Por fin se dio la vuelta y se fue alejando por la pampa tal como vino, sacudiendo sus polleras, seguro rumbo a alguna cueva oculta en las faldas del cerro.
A mis espaldas estaba el pueblo, de ahí había salido a darme una vuelta para conocer los alrededores. En cualquier momento iba a caer la noche. Me volví hacia las casas de adobe y piedra, más amables que el ventarrón y que esas polleras deshilachadas. Comenzaba a hacer frío, un frío que nunca antes había sentido, pero volvió a aparecer el sol, seguro era una nube la que lo había ocultado por unos minutos. Ya más tranquilo fui ingresando al pueblo. Remolinos, cholitas, fantasmas, tal vez el simple reflejo de mi aburrimiento. Ya estaba cerca de la plaza, y por tanto de la iglesia y de la casa parroquial donde yo estaba alojado. Escuché lejanas risas de niños, puertas golpeadas por el viento, el ladrido apagado de algún perro…
Yo era un recién llegado de la ciudad, anoche había dormido en la casa parroquial. El cura es siempre una puerta de salvación, de ingreso, de sensatez, para todo extraño que se anime a transitar por estos andurriales. Temprano habíamos almorzado un buen plato de comida: arroz, ahogado colorado, picante y sin cebolla, unas tiras de charque y bastante chuño. Después Javier, el padrecito, el tata cura o el pagre, como le llamaban, me dijo:
—Tengo que ir a la comunidad de Qonqo a arreglar unos asuntos. ¿Me quieres acompañar, o prefieres quedarte a conocer el pueblo?
¡El pueblo! Una plaza, un solo banco donde ahora yo estaba sentado. Se refería a este San Andrés de Machaca, no simplemente Machaca para no confundirlo con otro caserío llamado San Antonio de Machaca o Jesús de Machaca, ya no me acuerdo. Todo eso ya me lo había explicado.
—Me quedo —le dije—. Ya sabes, me gusta andar y descubrir por mi cuenta los atractivos de mi país.
—¡Claro!, ya lo suponía —sonrió mi amigo—; bueno, espero estar de regreso antes del anochecer.
Ahora estaba solo, a un costado de la plaza, al comienzo o al final de una aburrida aventura… Por eso me alegré de ver a un señor que apareció en la esquina del frente y miraba a un lado y otro. ¿Otro forastero? A ver si viene por acá, podríamos saludarnos y conversar del frío, del viento… ¡Vaya!, y parece que me está sonriendo, sí, es un señor mayor, un viejo panzón que…
—Buenas tardes, señor —me saluda con un lenguaje rápido y directo.
Respondo de igual manera y ya siento su olor de siglos, sigue sonriendo, mostrándome su panza, propia de los comedores de papa. Y esas ropas… no pido que esté a la moda, tampoco que sea un indio folklórico, pero este viejo parece disfrazado de Virrey. No usa sombrero, qué raro, menos ch’ullu de lana (querrá mostrar su falta de cabellos) y sigue sonriendo. Es de la misma calaña que la falsa chola. Ahora qué hago, ahora qué quiere.
—Un favor, señor; yo no soy de aquí…
Parece que aquí nadie es de aquí y todos andamos perdidos.
—El viento me ha robado mi sombrero allá en la pampa, y durante todo el día no he comido nada.
¡Vaya novedad! Como seguía esperando que abriera la boca, le dije:
—Yo tampoco soy de aquí. Va a disculpar.
—¡Pero señor! En realidad, yo conozco estos lugares, solo que no soy del pueblo. Simplemente le pido una ayuda para poder llegar a mi casa, allá, al frente…
—¿Cómo? ¿A cuál frente? ¿Qué tipo de ayuda?
—Es que, es que… a la salida del pueblo hay un perro endemoniado. Me ladra y me ladra y no me deja pasar.
—¡Ah!, ¿sí? —le dije—. Espere nomás un poco, aquí todo aparece y desaparece, ya va a desaparecer ese perro.
—¡Jo, jo! Qué chistoso es usted —y siguió insistiendo—: ¿Me puede acompañar, por favor? Vea, yo soy una persona mayor y… ya no tengo fuerzas. Sólo quiero que me acompañe, por si acaso el perro sigue donde lo dejé.
Pobre viejo. Sí, realmente ahora que lo miro, es un viejo indefenso y pura panza. Pero yo, ¿qué pito tengo que tocar aquí?
—No, señor —le digo—, no puedo, yo tengo que irme a mi casa también —le miento—. Y es lejos —miro a lo lejos como un desorientado—. Pregunte allá en la esquina, he escuchado unos chicos nativos, ellos saben manejar a los perros…
El gordito me miró con pena y desencanto. Esta vez sí que ya comenzaba a anochecer. Cuando de repente… el… ¿hombre?... pareció encogerse, su cara comenzó a llenarse de pelos, pelos, ya estaba de cuatro patas… Solo quedaba su sonrisa y su… ¡Era un zorro! Un zorro panzón… Se dio la vuelta como si huyera, de pronto era una bola de lana que se fue rodando en silencio hacia una de las bocacalles, y desapareció.
Di un profundo suspiro de mi parte. Ya ni miedo tenía. Lo que realmente me apenaba era no saber a quién preguntar y comentar sobre mis visiones y encuentros y desencuentros. Yo sólo tenía que cruzar al frente, al lado de la iglesia, donde me esperaba una cama en un cuartito y… ¿Por qué no llega hasta ahora el párroco? ¿Dónde era Qonqo? ¿Trastornando la loma negra o cruzando el río Desaguadero? Aunque yo tenía la llave, ¿qué iba a hacer solito en mi cuarto? No, esto no me gusta nada. Ya es de noche y no quiero moverme de aquí; ese cuarto donde tengo que dormir, con este frío, no me atrae ni un poquito. ¿Y quedaría algo de comida? Se acerca alguien, no, se acerca mucha gente del lado del norte, de la pampa donde apareció el remolino esta tarde… Mientras que el zorro desapareció por el sur…
Dos personas venían conversando con su santa pachorra. ¿Quiénes podían ser?... ¡Huf! El uno era mi amigo el cura, sí, con ese su tonito de voz inconfundible de los acostumbrados a tratar con Dios. ¿Y el otro? Algún sacristán o algo por el estilo… O un enfermo en busca de mejoría, sí, ya estaban a pocos pasos de mi banco y el acompañante era un viejo zaparrastroso que venía arrastrando los pies, ¡con razón se han atrasado!
—¡Padre Javier! Estoy aquí…
Nos encontramos y nos saludamos, cruzamos la plaza hablando lo mínimo: que yo la pasé muy solo y aburrido y lo único que pude ver fue la pampa y la plaza, sí, muy poca gente, bien raro. Como el viejito parecía en otro mundo pregunté despacito:
—¿Y él quién es?
—Ah —se sobresaltó Javier, y casi en secreto me dijo que se había encontrado con ese pobre anciano desvalido y pensaba hacerlo quedar por esta noche con nosotros.
¡Bueno! Entramos a “las oficinas” de la parroquia, tras un fuerte chirriar y golpear de puertas mal atrancadas que daban a un corredor, y luego a otra puerta de chapa moderna que se abrió en silencio. El cura encendió un mechero de petróleo, el viejo se quejaba, o tal vez sonreía, nunca se sabe.
—Esperame un rato —me dijo Javier, y se dirigió al anciano como a un ser del otro mundo—: Vamos, tío, vas a descansar hasta mañana en la sacristía…
Quejidos y agradecimientos en su aymara castellanizado, o viceversa; se perdieron con el mechero y yo me quedé solo en la oscuridad. Sentí frío, peor que en media plaza. La luna entró por no sé dónde a la salita e iluminó el moblaje: Tres sillas a un lado y una mesa vacía al rincón. (A todo este aparato tendríamos que denominar “casa de cura soltero”). Ya no escuché más quejidos, pero mi amigo no volvía, en fin, hasta que volvió.
—No quiso comer, ni agua quiso. ¿Sabes qué me dijo? “Yo solo tomo Cocacola, tata. Dulce me gusta”.
Debería haberme reído, pero solo suspiré.
—¿A quién has traído, Javier? —le dije.
—¿Qué dices, Fabián? —me dijo—. Yo no he traído a nadie que no hayas visto.
Bueno, si él se hace el misterioso yo me hago el que no escucho nada, lo que realmente quería era contarle mis aventuras en la pampa. Y le largué todo, desde los remolinos hasta la bola de pelos y el viejo panzón, y que ese su falso viejo tampoco me gustaba, y ya basta de cosas raras en este fatídico rincón del Altiplano.
—Esta tu parroquia debe estar embrujada —terminé diciendo—. No sé por qué estoy aquí.
No me hizo caso, se quedó callado un rato, ¿por qué no quiere hablar del tipo ese?... Con señas me pidió que lo esperase y se entró a la cocina —o la sacristía, que es lo mismo— a hacer hervir agua. Al rato volvió con una jarra olorosa a té barato (con canela, para disimular) y dos tazas descoloridas, pero recién lavadas:
—He estado pensando en esas tus visiones… —me dijo, sentándose, para después volverse a parar—. No hay duda. Has estado coqueteando con el Anchancho.
—¿Qué es eso? ¿Otro más? Ya me encontré con varios “chanchos”, y creo que tú también…
De un mueble que hasta ahora yo no había visto, detrás de la mesa y al nivel del suelo, sacó una botella transparente. Sirvió el té caliente, endulzado y cargado con un buen chorrito de alcohol de la botella, para el frío, el hambre y el cansancio, ¡el famoso té-con-té!, y comenzó a explicarme, a responderme, no sé si en serio o en broma:
—Esas sombras que viste eran las diversas manifestaciones de lo mismo. Como tú eres un extraño aquí, han querido darte la bienvenida…
—La mal-venida será, Javier. Pero a ver, contame, cómo es eso del chancho.
—An-chan-cho —silabeó—. El Anchancho es un pequeño demonio, pero muy peligroso. Se hace el torpe e ingenuo, pero ¡ay! si le sigues la corriente, si aceptas sus solicitudes. Tu ignorancia te ha salvado. Se sabe de gente que llega a morir tras esos encuentros.
—Che, Javier, no me vengas con cuentos y aumentame ese tu té-con-té… —desistí de preguntarle más del veterano que él mismo trajo, y si éste era también parte de mis “visiones”—. ¿Pequeño demonio, dijiste? A mí no me causan pavor ni los grandes… ¿Cómo era entonces la cosa?, seguime contando —di un nuevo sorbo a mi taza.
—Debes estar con hambre —mi amigo volvió a perderse en la oscuridad del corredor y trajo pan con queso en un paño no tan blanco. Nos sentamos, y mientras yo comía, él se puso a hablar, doctoralmente:
—En una estancia cercana a este pueblo, justo en las faldas del cerro Liki-Liki, había una casa de hacienda, cuyos patrones, una pareja de viejos, murieron repentinamente. ¿Cómo fue eso? Una noche había llegado un extraño y desvalido anciano al que alojaron. ¡Había sido un Anchancho!, el cual mientras los dueños dormían, les chupó la sangre… y no despertaron más. Eso fue en tiempos de la Revolución del 52; inclusive, durante bastantes años esa casa de hacienda quedó deshabitada… bueno, en realidad, habitada por los Anchanchos.
—Buen cuento. ¿Y después?
—Servite otro poco —me volvió a llenar la taza—. Con esto vas a dormir como un angelito —me serví con más ganas, realmente ya me sentía mejor; él siguió hablando—: Claro, la gente de por acá tiene miedo de encontrarse con alguno de esos seres. ¡Les tienen terror!, piensan que están por todas partes, en todas las cuevas y oquedades puede haber Anchanchos durmiendo, si pasas por ahí cerca se pueden despertar… Y si son “mirados por el Anchancho” (Anchanchu uñxata), mueren más temprano que tarde, con extrañas infecciones.
—¿Entonces qué hay que hacer?
—Si el caminante se encuentra con algún viento sospechoso, en la pampa o la montaña, los ancianos, es decir los sabios, aconsejan un ensalmo: “Pasa, pasa Anchancho, no me hagas ningún mal, el Mallku me protege”.
—Estimado Javier, eres un “chanchólogo”. Mientras aguante tu botellita, puedes seguir…
Parece que el trago ya me estaba subiendo, pero a él no se le movió un pelo y siguió con su disertación:
—Quedamos en que el Anchancho vive oculto en su cueva. De ahí sale disfrazado de gente. Viste ropas antiguas y luce extrañísimas joyas, ¡hasta su gran sombrero está bañado en plata! Siempre sonríe, sin mover los labios, como si fueran de piedra. Se hace el encontradizo con los viajeros, con los extraños y les lanza su discurso: “Yo tengo oro, yo tengo plata, yo no necesito, te lo puedo dar, si te animas vamos a mi casa… Muchas otras cosas tengo para vos en mi palacio…”. Pero su palacio es una cueva hedionda y sus riquezas basura y porquerías. ¡Salud, Fabio!
—¡Salud, Javo!
—Alguna gente creía que el Anchancho pasó de moda o se quedó en los tiempos pasados. No. En estos tiempos modernos, más bien ha reaparecido. Su labia y su eterna sonrisa siguen causando daño y desolación. Cuando uno menos piensa, incendia depósitos de paja o roba ganado como cualquier asaltante, y es causante de enfermedades extrañas; dicen que domina vientos y tempestades. Si escuchamos raros toques o arañazos en los vidrios, es el Anchancho que está rondando cerca de nuestros hogares.
Ya me estaba durmiendo. No sé si la botellita se acabó. Pero quería descansar. De repente ya estaba pasando puertas y cayendo en mi cama fría, con una ventana de rejas corroídas que desgraciadamente daba a la calle. Hasta mañana, hasta mañana…
Me dormí, pero a media noche me desperté escuchando un viento raro en la plaza, y eso sí que no me gustaba. Pensar que el viejo gustoso estaba ahí adentro me puso nervioso. ¿Por qué el cura lo quería negar? Pero se lo dije. ¿O no le dije?, ese viejo es un Anchancho, cómo lo has traído, Javier, ¡no! Estaba totalmente despierto. ¿Qué hago? Miré la ventana, una sombra, no puede ser. Afuera no hay luna ni luces ni nada. ¿Entonces cómo puedo ver una sombra? Escuché un raspar de vidrios… La chola, el viejo barrigón, el zorro, sus garras… ¡Javier! No, dónde será su dormitorio. ¿Aseguraste bien esa ventana? Y ahora qué hago, mierda, ¿a qué viene a este pueblo? No podía ser… “Pasa, Anchancho…”. Los vidrios rascando, los vidrios rayendo… ¿Qué horas serán? No, noche, noche, no hay amanecer, ¡ahí afuera está!, ¿qué quiere? Lo veo, estoy en media pampa, es un viejo andrajoso, petizo, de uñas y dientes afilados, se les ve porque sonríe, sonríe, y canta: “¿dónde está mi hermano?, ¿ha ido a la iglesia?”. ¡Carajo! Javier, no voy a poder dormir con ese tu alojado, ¡andá a ver!, ¡botalo, Javier! Sus hermanos lo están llamando. El tiempo no pasaba, pasaba, la noche no acababa, acabó… Me dormí. Me despertaron.
—¡Levantarse flojos! —Era de día y mi amigo el cura estaba sonriendo al lado de la ventana—. ¿Cómo has dormido?
—Mal. Bien. Solo que me he soñado feo —me senté y le fui contando mi sueño, porque sueño tuvo que haber sido.
Y el cura desgraciado me responde con una carcajada.
—¿Cuál es el chiste?
—Nada. Debe ser el agua bendita que te invité. Los ancianos, o sea los sabios…
—¡No me jodas, Javier! Era singani, del bueno.
Ya estaba de pie. En un rincón mi amigo me tenía preparado un bañador donde me lavé las manos y me mojé la cara. El sol entraba por la susodicha ventana.
—Ven a desayunar —me llamó Javier—. Creo que ya se te ha pasado el daño. Bien te has portado —me dijo, sirviéndome un café negrísimo de su caldera.
—¿Cómo?, ¿qué hice?, ¿cuándo?
—Aquí hay pan fresco, ¡recién salido del horno! Bien lo has tratado al Anchancho. El secreto está en es que no hay que hacerle caso. Por eso yo nunca me comprometo a levantar a gente extraña en mi camino.
—¡Javier!, ¿y el viejo que alojaste?
—¿Dónde? ¿Cuál viejo? Calmate a ver, Fabián, creo que sigues borracho. ¡Probá este queso que me han traído mis caseritas esta mañana!
Yo estaba sentado al lado de la mesa, quieto, mirando a la nada, no puede ser. Se sentó a mi lado, comenzamos a servirnos. El café estaba bastante dulcete, pero el pan… y el queso… ¡Eso sí era pan con queso!
—O sea —le dije—, hasta ahora yo no he visto nada ni a nadie en este pueblo.
—Como gustes —me dijo Javier—. El primer día siempre es así. ¿Qué quisieras hacer hoy?
—Nada. Solo quisiera saber dónde hacen este pan, y este queso…
—¡Ja, ja! ¿No lo trajiste de la ciudad, o sí? Porque llegaste solo cargado de tu ignorancia.
Conclusión final y definitiva: Nunca en mi vida comí, ni volveré a comer, algo más delicioso que el pan con queso de ese día.

