Errantes: la desaparición de Todos Santos

Emma Sánchez Castro nos adentra en las tierras en las que fluye el río Chapare para contarnos acerca de un pueblo errante, casi desaparecido, pero aún vivo en los recuerdos de las muchas personas que hablan con ella —y con nosotros— de cuál es la historia del pueblo Todos Santos y cómo fue que desapareció.
Editado por : Adrián Nieve

Algunos nombres han sido cambiados para proteger la identidad de los entrevistados.


—Somos los sin tierra como ahora llaman. Se la llevó el río todita, no hay ni para el recuerdo ni para mostrar a nuestros hijos donde uno nació, donde uno vivió y todo lo que había —me comenta Elise Bortolini, nacida en Todos Santos en el año 1953.

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“De pronto nuestro chofer detiene el vehículo y señala un cementerio: en él solo son perceptibles cuatro tumbas. Si hay más, han sido cubiertas por la maleza que crece en y alrededor”. / Fotografía: Emma Sánchez Castro

Cada año el río Chapare lamía las orillas de Todos Santos con persistencia, volcaba en él sus aguas turbulentas en verano, se quedaba y remojaba los cimientos, engullía pedacitos que se hacían inhabitables y el pueblo se hacía chiquito, se iba vaciando. Así, a ese ritmo, le arrebató su hogar a los todosanteños, o todosantinos, ambos gentilicios son válidos.

Todos Santos, también conocido como Puerto Todos Santos, fue un pueblo fundado a la ribera del río Chapare —Cochabamba, Bolivia— en el año 1920, sobreviviente hasta aproximadamente el 82 o el 97. Fue erigido en una época en que su existencia resultaba un halo de esperanza: surgió como una ruta alterna a mercados extranjeros —por su conexión con los ríos Mamoré y Madera—, tras la pérdida catastrófica de los accesos al mar producto de la guerra del Pacífico, pero también como una forma de protección del territorio oriental tras la guerra del Acre y la constante amenaza de países vecinos que ambicionaban las riquezas de nuestro territorio.

Al interior del país, fungió como una ruta comercial que unía el oriente y el occidente. Un puerto, al cual arribaban y del cual se despachaban múltiples mercaderías, ya fuera por vía fluvial, terrestre o aérea, porque sí, contaba con un aeropuerto del Lloyd Aéreo Boliviano. Sus habitantes fueron sobre todo inmigrantes atraídos por el gobierno boliviano, dato notorio en los apellidos de aquellos que lo poblaron: Vignaut, Bottega, Dametto, Bortolini, Ehrmantraut, Schultze, Turcinovic, Fox, Morató, Cazzol, Renner, Nericcic, Giamatey, Alcocer, Gruél, Bramini, Galdo, Letelier, Norland, entre otros. Muchos de ellos eran europeos, norteamericanos, latinoamericanos, pero también bolivianos —provenientes de todas partes del país— incluidos entre ellos los Yuracarés, grupo étnico originario de estas tierras.

Pero, más aún, esta tierra fue un cúmulo de imágenes y anécdotas que habitaron mi infancia en forma de múltiples narraciones contadas en tiempos dispares. Historias relatadas por mi madre, Emma Castro, quien nació y creció allí. Barcos a la deriva que demandaron llegar a puerto cuando en una conversación con mi tía, Salome Castro, surgió el siguiente comentario:

—La última vez que fui, se veían todavía la cruz de la iglesia y los techos del hospital en el monte.

Vestigios, pruebas tangibles de la existencia de Todos Santos.

***

Mi viaje rumbo a esta tierra enigmática inicia muy temprano caminando por las calles aún soñolientas de una Cochabamba que apenas despierta. Nos dirigimos —mi madre y yo— a la Av. Oquendo, donde se encuentra la parada de minibuses, surubíes, trufis y buses que tienen como destino el Chapare.

Ambas buscamos algo distinto. Mi madre busca una tierra que pisó por última vez cuando tenía 18 o 20 años, el lugar donde se desarrollaron su infancia y su adolescencia, el espacio que la vio nacer un 29 de septiembre de 1963. Yo, en cambio, busco una prueba, algo tangible que me permita evidenciar de alguna manera la existencia —para mí siempre mítica— de un pueblo que conozco únicamente de forma oral.

El viaje lo realizaremos en tres tramos, tomando una movilidad distinta en cada uno de ellos:

1. Cochabamba (Av. Oquendo) - Senda III
2. Senda III - Puerto Aurora
3. Puerto Aurora - Puerto Todos Santos

En estas tres oportunidades, y es importante esta comparación, estaremos sentadas en asientos de cuero o de tela, resguardadas del clima frío de la carretera, del viento, de la lluvia y del sol por la estructura metálica y los cristales de una movilidad diseñada para el transporte de pasajeros. Nos tomará un máximo de 6 horas pisar suelo todosantino.

En el pasado, cuando ya estaba construida la carretera Cochabamba – Chapare, los todosanteños más jóvenes recorrían este camino en camiones. Cada año salían a la ciudad a proseguir sus estudios y regresaban en épocas festivas como navidad o año nuevo. El viaje duraba prácticamente todo el día y viajaban, en muchas ocasiones, sobre la carga, la cual dependía de si la ruta a recorrer sería Todos Santos - Cochabamba o Cochabamba - Todos Santos.

—Yo me acuerdo una vez, cuando ya estaba muy lleno el camión, vinimos encima de las papayas. Nos atamos los pies a la cumbrera para no caernos. En esa época, puro camión nomás era, no había flotas ni trufis como ahora. Los caminos eran feos, puro barro, no había mucha piedra. Delgaditos eran, para un solo auto: un día era la entrada y otro la salida. No era como en estas épocas que las carreteras son anchas y los autos pueden ir y venir —me cuenta mi tía, nacida en Todos Santos en el año 1956.

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Mapa del pueblo originalmente realizado por Leonilda Alcocer y digitalizado por la autora de la crónica. / Fuente: Emma Sánchez Castro

En años anteriores, aquellos que quisieron pisar suelo todosanteño debieron hacer este viaje por medios aún más complejos:

En 1926 Luis, Emilio, Angel y Mario Bottega, Mario Bortolini, Felix y Rafael Cazzol y Antonio Dametto —todos de nacionalidad italiana— viajaron en mula por el camino de herradura durante una semana para poder llegar a Todos Santos desde Cochabamba. En 1928, Celedonio Alcocer e Inocencia Terán —pareja de origen orureño y cochalo radicada en el Beni— eligieron la vía fluvial: recorrieron, desde Trinidad, el río Mamoré y el río Chapare en un batelón movido a remo hasta pisar suelo todosantino. En los años 50, Agapito Castro —quién se enamoró del pueblo tras hacer ahí su servicio militar— y Angela Bustamante —mis abuelos—, ambos cochalos recién casados, transitaron la misma ruta que los italianos, pero transportados por una carreta. Muchos como ellos, viajaron durante días para poder llegar a “la tierra del edén” como la llama José Guillermo Torrez, columnista que otrora escribió sobre este destino.

Al llegar a Puerto Aurora conocemos a Víctor Escana, taxista perteneciente a la empresa de radio móviles: Isla Todos Santos, pero también habitante del lugar desde el año 2007. Más exactamente, su chaco y su casa se encuentran ubicados en Villa Fátima, uno de los sindicatos que forman parte de Isla Todos Santos. Él nos aclara que para llegar a Puerto Todos Santos no existen movilidades como minibuses, trufis o surubíes: “no se llena —el auto—. En la zona solo hay chacos, sembradíos”. Es necesario contratar una movilidad: taxi o mototaxi. Accede a llevarnos como “carrera” por un módico precio de 50 bs. Un mototaxi, con el mismo destino, cobra alrededor de 15 bs (este dato en su momento lo desconocíamos).

En la actualidad, el área recibe el nombre de Isla Todos Santos, pertenece al municipio de Villa Tunari, provincia Chapare del departamento de Cochabamba y está conformada por veinte sindicatos entre los cuales se encuentran Puerto Todos Santos, Todos Santos Viejo, Villa Fátima, Nueva Estrella, Nueva Colomi, Mejillones, Ibaricito, Carahota, Simón Bolívar, entre otros.

Hagamos aquí una aclaración. Todos Santos, hoy extinto, se fundó en Puerto Todos Santos. Esta área conocida como puerto —valga la redundancia— existió antes del pueblo y existe aún hoy, conserva el nombre, aunque ya no necesariamente cumpla con la función que tenía en el pasado. Actualmente, es uno de los sindicatos de lo que se denominó Isla Todos Santos, llamada de esa manera porque está rodeada por los ríos Chapare y 24.

Para llegar a Isla Todos Santos desde Puerto Aurora es necesario únicamente cruzar un puente: el puente Puerto Aurora. Desde ese punto, el viaje hasta Puerto Todos Santos toma alrededor de 20 minutos en carro. El camino es de tierra, con escasos cascajos: residuos del ripio con el que en pasado se cubría las vías. Alrededor abundan y priman los sembradíos, sobre todo los platanales.

—El plátano es lo más rentable, lo más vendible. También siembran papa holandesa, cebolla y tomate, pero más que nada el plátano y la coca —esto me lo aclara Ronald Rojas, mototaxista nacido en Isla Todos Santos en el año 1981.

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Según el libro Cruz y arado, fusiles y discursos de Pilar García Jordán, tras las guerras del Acre y del Pacífico, Bolivia había perdido una gran cantidad de territorio nacional. En este contexto, el gobierno con el objetivo tanto de resguardar las fronteras de países vecinos y proteger la soberanía del país como de explorar vías alternas hacia el océano —las cuencas de la Plata y del Amazonas— tomó la decisión de colonizar el sudoeste y el noroeste del oriente boliviano. Para llevar a cabo este proyecto, se aprobó una amplia legislación que propiciaba no solo la colonización de dichos territorios, sino también la explotación de sus recursos naturales.

A lo largo de los siguientes años, se patrocinaron viajes exploratorios a esos parajes para entonces inexplorados y, posteriormente, con los resultados de las mencionadas exploraciones, se implementaron como instrumentos de colonización las misiones católicas y las colonias militares, civiles e industriales. En 1886 se aprobó el Decreto del 22 de febrero, gracias al cual se creó la Oficina de Tierras y Colonización. Esta tuvo como fin recabar información sobre zonas susceptibles de ser colonizadas, fundar colonias y adjudicar terrenos baldíos. El 13 de noviembre de 1886, mediante ley, se le otorgó, a la mencionada entidad, el permiso para conceder tierras de forma gratuita a nacionales y extranjeros que deseaban establecerse en ellas.

Además del gobierno, los principales interesados en la colonización del oriente —más específicamente de las tierras del Chapare y de Chimoré— eran las élites de Cochabamba y Santa Cruz que buscaban una vía de comunicación que los enlazara con el mercado beniano, el cual se expandía a pasos agigantados como consecuencia del boom del caucho.

Justo en esa época, a mediados del siglo XIX e inicios del siglo XX, de acuerdo con el artículo La época de las grandes migraciones: desde mediados del siglo XIX a 1930 de Blanca Sánchez Alonso, se registraron las tasas más altas de emigración en el continente europeo. Muchos de esos emigrantes eligieron como destino América Latina teniendo en mente países como Argentina o Brasil.

Bolivia, por su parte, poniendo una vez más como referencia a Pilar García, no solo enviaba circulares a sus consulados en el extranjero para que dieran a conocer las riquezas del país y las ventajas y garantías que ofrecía a aquellos que deseaban venir a colonizar las tierras y trabajarlas, sino que también ordenó por Decreto Supremo del 21 de diciembre de 1896 el establecimiento de una oficina de Inmigración, Estadística y Propaganda Geográfica que tenía como fin la divulgación en países foráneos de la importancia de los recursos naturales existentes en suelo boliviano.

En este escenario, nació por Decreto Supremo del 02 de octubre de 1920 la colonia civil Todos Santos fundada en el Puerto de Todos Santos —situado en territorio Yuracaré, al margen izquierdo del río Chapare— por el Coronel Federico Román.

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Fotografía referencial de Elise Bortolini tomada en Puerto Villarroel. Los barcos que llegaban a Puerto Todos Santos, según sus palabras, eran los mismos. / Fuente: Emma Sánchez Castro

Entre las facilidades que se les brindó a aquellos que buscaban colonizar la zona estaban las siguientes:

1. Al arribar a Todos Santos se les otorgaba dos meses de alojamiento gratuito; seis meses de acceso, también sin costo, a semillas y herramientas indispensables para el cultivo; y un cuarto de hectárea cultivada en estado de cosecha.

2. Se les adjudicaba gratuitamente un lote en la zona urbana y otro en la zona suburbana. Si en el plazo de un año los colonos habían edificado en el lote urbano y sembrado —en el plazo de dos años— dos hectáreas de terreno en el lote suburbano, se les otorgaba los títulos ejecutoriales o de propiedad. Si en el futuro esos colonos deseaban vender las tierras debían esperar un año después de haber sido entregados los títulos.

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Avanzamos entre platanales y la espesa vegetación de Isla Todos Santos, de pronto nuestro chofer detiene el vehículo y señala un cementerio: en él solo son perceptibles cuatro tumbas. Si hay más, han sido cubiertas por la maleza que crece en y alrededor. Justo ahí, en el km 1, en donde solía haber una laguna llamada El Pozo, comenzaba Todos Santos y justamente ese era su cementerio. El puerto y la zona central del pueblo estaban en el km 0: es ahí a donde nos dirigimos.

En el cementerio también conectamos con la Ruta 24, la cual, al llegar al pueblo, en el pasado, recibía los nombres: General Román o Terraplén. Esta no solo era la calle principal del poblado sino también la única carretera que permitía el acceso al mismo.

—Se llamaba Terraplén porque era más altito para que no se remoje tanto cuando llovía. También porque le ponían cascajo para que no se enfangue —me cuenta Martha Dieck, nacida en Puerto Todos Santos en 1953.

Hay una particularidad que encuentro en los todosanteños a los que tuve la oportunidad de entrevistar personalmente: cuando me hablan de Todos Santos, a medida que evocan esos recuerdos, desvían la mirada como buscando la imagen en el pasado para poder narrarla.
¿Será común hacerlo cuando recordamos algo que buscamos revivir?

Durante los años en los que existió Todos Santos pasaron por él muchas familias. El 11 de junio del año 1925, Marius del Castillo, tras visitar lo que entonces se conocía como la colonia Todos Santos, afirmaría en una nota del periódico El Republicano que para ese año el poblado contaría con por lo menos 1500 almas. Para el año 1934, Daniel Alcocer Terán
—nacido en Todos Santos el año 1929— contaría, en sus memorias, 5000 habitantes. En un mapa incluido en el texto Memorias de mi pueblo escrito por Leonilda Inocencia Alcócer de Bortolini y publicado en el año 2014, se contarían 150 familias. Se fue vaciando por las riadas que modificaban constantemente la geografía del pueblo, que obligaban a reconstruir y trasladar las edificaciones, que orillaban a la gente a marcharse o a cambiar de dirección. El Todos Santos que conoció la generación que fundó y construyó el pueblo no es el mismo Todos Santos que conoció la generación del 50 —mismo que me dedico a reconstruir en esta crónica.

Mientras recorremos ese camino —cuyo cambio de nombre no puedo evitar preguntarme si seguirá siendo recordado—, entre el ruido que emiten las llantas al contacto con la tierra y lo poco que queda de ripio, se cuela un sonido que ha hecho un viaje en el tiempo. Es el POM POM POM de algún tacu que en el pasado molía el plátano o la yuca para el desayuno en Todos Santos y que despertaba a aquellos que aún navegaban las aguas del sueño.

—El pan diario era el masaco, cuando no había harina, claro, porque cuando había inundación no llegaba nada, no entraba camión —me comenta Elise Bortolini.

Ese POM POM POM se colaba curioso, entrometido por las ventanas de los todosantinos, siempre precedido por el amarillo opaco con que el astro cálido develaba, delataba las cinco cuadras de largo y cuatro de ancho construidas con casitas de madera y alguna que otra edificación de cemento y ladrillo —la Naval, la artillería y las últimas construcciones de la iglesia y el hospital—. A su paso brillaban las calaminas, se revelaban el color de las tejas o los cortes finos de los techos de chuchio en los hogares más humildes. Pero también se rebelaban a aceptar ese gesto de revelación los girados de un metro de altura que separaban las casas del suelo (precaución necesaria ante las inminentes inundaciones del río Chapare, precaución con la que no contaban las viviendas de familias con pocos recursos, las cuales eran construidas directamente sobre el suelo de tierra). Poco a poco la estrella dibujaba en los suelos la forma de las iglesias —católica y evangélica—, el hospital, la escuela “18 de noviembre”, la alcaldía, la artillería, las siluetas de las flores, de las palmeras en la plaza “14 de septiembre”.

Esa luz necesaria, incontrolable activaba el movimiento, el sonido de los habitantes. La radio “La Marconia” empezaba sus primeras transmisiones, se movían las siluetas de los soldados que recorrían el interior del Comando Militar de la Naval. Las tiendas de abarrotes abrían sus puertas. Las cambitas ofrecían en las calles el cuñapé, la paraguaya. Se observaban a las vacas, a los chanchos siendo acarreados por las calles. Algunos todosanteños ya desyerbaban, desmontaban la tierra, sembraban, cosechaban en sus chacos, a los cuales habían llegado a las cinco o seis de la mañana. A las 10 u 11 detendrían esta actividad debido al calor que se hacía insoportable.

Mientras el astro dibujaba la C habitual en el cielo, se escuchaba repetidamente el TuDuDuTTuRuTu de los ires y venires de barcos que tocaban sus sirenas anunciando su llegada o su partida. Llegaban por lo menos quince al día entre grandes y pequeños y eran recibidos en la playa por los soldaditos que dependiendo de si era invierno —en esta época el nivel del agua era bajo y se formaba un barranco de por lo menos 4 metros de altura— o verano —el nivel del agua estaba casi al nivel de la tierra— ubicaban tablones para descargar o cargar las embarcaciones. Podríamos aquí imaginar un muelle de madera o de piedra, sin embargo, no era el caso. Las mercancías se embarcaban y desembarcaban a la orilla del río, no había un espacio formal en el cual anclar los barcos. La carga variaba dependiendo de la procedencia y el destino. Del Beni y Santa Cruz solían traerse el chocolate, el caucho, las cabezas del ganado y los cueros saurios y vacunos; del Brasil solían llegar telas, conservas; de Puerto Todos Santos se solía despachar combustible y víveres a Trinidad y Guayaramerín.

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Fotografía: Emma Sánchez Castro

Se escuchaba también el FIIIIIUUUUUJJJJJJJJJJ de las alas de los aviones junker que llegaban o partían cortando el aire. Aterrizaban en el aeropuerto cuyo suelo era de cesped —segado todos los días—. Solían darse dos vuelos semanales —aunque en algún pasado de esta enrevesada historia, probablemente en la época de la fundación del aeropuerto (1953) llegaron a darse hasta 6 por día contando aviones junker de uso comercial y de uso netamente militar— los cuales tenían como ruta establecida Cochabamba - Todos Santos, Todos Santos - Cochabamba —aunque algunos todosantinos aseveran que estos también tenían como destino Santa Cruz y Trinidad—. Estos partían o llegaban cargados de mercadería, pero también transportaban pasajeros.

En algunas ocasiones se veían y escuchaban algún helicóptero o algún hidroavión que se posaba ya sea en el lecho del río —cuando el agua estaba en calma— o en las lagunitas que había entre las casas del pueblo. También se oía el ronroneo áspero de la entrada y salida de los camiones que al igual que los aviones partían y llegaban cargados de pasajeros y mercaderías.

Antes de que se volviera una vez más misteriosa la existencia del astro cálido, era habitual que los todosanteños, debido al fuerte calor —clima natural del trópico cochabambino—, jugaran, nadaran y se bañaran en el río.

—A veces cruzábamos nadando, hacia una playita que había al frente: jugábamos con la arena. El río era bastante anchito, pero desde chiquititos ya sabíamos nadar muy bien
—me cuenta Elise Bortollini.

Era lógico, debían saber nadar en una zona en la que vivían al acecho de un río que se desbordaba y cubría todo.

La noche llegaba y solo titilaban a través de los cristales los mecheros que funcionaban a kerosén o las linternas que iluminaban la oscuridad en que se sumía el pueblo carente de energía eléctrica.

Carente también de agua potable y de alcantarillado.

—Agarrábamos el agua de la lluvia en turríles o íbamos por ella al río. También teníamos bombas, de ellas sacabamos el agua para lavar la ropa o darles a los animales —me cuenta mi madre mientras con sus brazos emula el acto de bombear el agua.

Al respecto Elise Bortolini me aclara: “como no había alcantarillado, cada casa tenía su pozo séptico”.

—Aquí ya es el río —indica Victor Escana frenando el vehículo.

Su voz me arranca de mis divagaciones y el paisaje en frente mío se dibuja como si hiciera el camino inverso en un embudo: la espesa vegetación se abre y hace su aparición un río amplio de aguas que parecen inmóviles, pero que corren casi sin emitir sonido. De vez en cuando se dibujan unas ondas en el agua: peces me digo. Cruzando los por lo menos 8 metros de ancho del cauce del río hay una playa extensa que rodeada por un anillo de arena, del color del corazón de la madera recién cortada, está poblada de una vegetación variada: árboles y hierbajos de múltiples alturas y anchuras se mezclan y superponen como en una acuarela en la que se funden sus contornos volviéndolos, en su indefinición, una masa de diversos tonos verdes. Las palabras: “parece inhabitada”, se me escapan en un murmullo y mi chofer me responde: “lo están convirtiendo en sembradíos”. Los agricultores de la zona suelen cruzar en canoas hasta allí para poder sembrar.

Se hace un silencio entre las tres personas que estamos en ese espacio. Miro a mi alrededor y mi madre también lo hace: platanales, chacos.

Decendemos los tres metros de altura que separan la tierra, donde nos encontramos paradas, de la orilla del río. Mi madre, aún de pie, fija la mirada en la playa basta de enfrente. Yo, me siento justo en el borde —en la tierra húmeda en la que se marcan y entremezclan huellas de hombres descalzos y de zapatillas— y me parece imposible imaginar que alguna vez esas aguas que corren lentas hayan podido desaparecer, aunque gradualmente, un pueblo entero.

Todo empezaba de esta manera: una semana antes o varias, llovía torrencialmente, días enteros, noches enteras. Llovía con esa lluvia espesa, de gotas grandes, de esas que al tocar la tierra abren pequeños cráteres donde se acumula el agua formando charcos. Llovía tanto que no se salía de casa en días enteros. Llovía tanto que el agua del río que avanzaba lenta en invierno corría arrastrando ramas, troncos y árboles enteros. Pero no, no arrasaba con todo con una lenguetada violenta, corría rápido, pero no formaba olas.

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Fotografía: Elise Bortolini

Leonilda Alcocer, nacida en Todos Santos el año 1933, escribiría en sus memorias lo siguiente: “Cada época de lluvia inundaba todo el contorno del pueblo, cuando rebalsaba el río era terrible para las casas (...), pero para la muchachada era alegría (...) [sic.]”.

Cuando el pueblo amanecía inundado el agua al reflejo del sol brillaba entre los pilotes de los girados. En esas circunstancias, las familias se dedicaban a limpiar, a recuperar sus animales, sus pertenencias. Recorrían el pueblo en canoas, muchos niños en barquitos improvisados con bateas para lavar ropa. Algunos incluso aprovechaban para pescar desde sus ventanas. Este recuerdo es atemporal, las inundaciones se daban cada año de la misma manera.

—No nos asustábamos. Era la cosa más feliz porque de repente amanecía, te levantabas y tu patio estaba lleno de agua. Era como si el río se hubiera trasladado, ahí, a tu casa. Nos llegaba el agua casi a la cintura y más allá, donde era más bajo, hasta el cuello —me cuenta Elise Bortollini.

Dependiendo de si las lluvias persistían o no, el agua podía bajar rápidamente o permanecer varios días o incluso semanas. “Cuando permanecía por mucho tiempo, se calentaba por el sol y las plantas se secaban. Se perdían muchas cosechas”, me cuenta mi madre.

Sentada en esa orilla, ensimismada, rodeada únicamente de vegetación y agua, mis ojos envidiosos anhelaron ver una imagen en específico: una Virgen del Carmen que navega las aguas del río Chapare acompañada de una flotilla de barcos que tocan alegremente sus bocinas en señal de celebración.

En Todos Santos se celebraba a la Virgen cada 16 de julio y cada celebración constaba de tres etapas: la misa, la procesión y la fiesta.

—Las fiestas de la Virgen eran las mejores de todas. Primero, celebrábamos la misa. Luego se hacían dos procesiones: la primera alrededor de la plaza y la segunda —como esta imagen de la virgen también es de los marineros— en el río. La subían a una embarcación y todas las otras embarcaciones la seguían: había como unas 15 y todas iban tocando sus sirenas. Después nos llevaban en el mismo motor (otra denominación para los barcos) a un chaco, un campo y ahí se llevaba a cabo la fiesta. Cada año se elegía un pasante y estos donaban una vaca, una mamona le decían, y hacían una especie de parrillada. En hojas de plátano, nos servían un pedazo de yuca, llajua y su porción grande de asado. El pasante invitaba a todo el pueblo, a todos por igual: no había distinciones ni preferencias —me cuenta Elise Bortolini.

—¿Y se bailaba también?

—Claro.

Esas mismas aguas donde nadaban los todosanteños, las mismas que traían los barcos desde puertos lejanos y desconocidos, esas aguas que se convertían en el escenario donde una Virgen del Carmen y sus creyentes celebraban. Esas mismas aguas dieron tanto como quitaron.

“(...), pero después nos dimos cuenta que iba desbarrancando de a poco el río con sus turbulentas aguas que arrasaba con los árboles y todo lo que encontraba y no nos imaginamos que en cada riada el río se estaba acercando al pueblo poco a poco [sic]”, diría al respecto Leonilda Alcocer en sus memorias.

—Cuando inundaba a fin de año, tiempo de lluvia, se traía todo el río: casas, árboles grandes, animales: los chanchitos con su cuellito arriba pasaban, las vacas igual. Ǫue vas a agarrar si está volando el río. Cuando come así se lleva todo lo que está en su camino —me narra mi tía.

Martha Dieck, nacida en Puerto Todos Santos en el año 1943, al respecto me cuenta lo siguiente:

—Era así: venía el río como se dice “de banda a banda”, el barranco era grande, pero cuando llegaba en turbiones —decíamos: “llegó el turbión”— esa avenida de agua comía y comía e iba comiendo. Desbarrancaba la tierra, los árboles y seguía y seguía.

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Mapas obtenidos en la oficina de catastro y urbanismo del Gobierno Autónomo Municipal de Chimoré y editados por la autora de esta crónica / Fuente: Emma Sánchez Castro

El río Chapare se llevaba cada año un metro de tierra o dos, cada año, poco a poquito. “Cuando yo era chiquitita, teníamos que recorrer varias cuadras para traer agua desde el río, pero con el tiempo se empezó a acercar hasta que llegó a pasar por mi casa” me dice al respecto mi madre.

—Cuando empezó a venirse, venirse, desbarrancar, avanzar el río y las casas estaban al borde, ya esa gente tenía que salir de ahí y hacer en otro lado su casa. Al último se lo fue comiendo todo, las casas caían al agua —me cuenta Elise Bortolini, y esa imagen busca una referencia en mi memoria: encuentro algunas que he visto únicamente a través de la pantalla del televisor.

—Hubo inundaciones bastante fuertes que prácticamente hicieron que el pueblo se trasladase tres veces de lugar. O sea, iba comiendo las orillas e iba ingresando hasta la plaza y a otros lugares. El hospital lo han reconstruido tres veces, la iglesia tres veces, la escuela también. Han modificado la plaza, una vez por lo menos. El espacio donde antes estaba el pueblo prácticamente se lo fue llevando el río —me comenta Carlos Hoffmann, nacido en Todos Santos el año 1958, nieto de Erich Hoffmann, ingeniero de minas alemán, quién habría ayudado a construir y diseñar el pueblo en 1925.

Mi madre al respecto recuerda que mientras vivió en Todos Santos el río se llevó una vez la plaza, una vez la escuela, una vez el hospital, una vez la iglesia. “He debido tener unos 14 o 15 años. Lo primero que recuerdo que se llevó fueron todos los hoteles que había en la orilla del río”.

Pero el problema no fue solo el río Chapare y sus constantes inundaciones, lo fueron también el arroyo 16 y el río 24, los cuales inundaban la única ruta de acceso a Puerto Todos Santos: la Ruta 24. Esto impedía el paso de los camiones, haciendo muy difícil seguir trasladando las mercaderías provenientes del oriente al occidente y viceversa. Los barcos se trasladaron entonces a Puerto Villarroel y Puerto Todos Santos empezó a hacerse pequeño, condenado por los ríos que parecían empecinados en desolarlo.

—El 72 o 70 todavía se manejaban las embarcaciones en las que se llevaba combustible, se traía ganado, esas fueron las últimas fechas que se ingresó —me cuenta Carmelo del Águila, nacido en Todos Santos en el año 1959, cuya familia solía tener embarcaciones.

Esto también afectó el ingreso y utilización de los aviones junker del Lloyd Aéreo Boliviano, los cuales detuvieron sus operaciones aproximadamente entre los años 60 o 70.

—Pienso que el año 1965 dejó de funcionar el aeropuerto o la pista como la llamábamos —me dice Elise Bortolini.

Mi tía me comenta lo siguiente:

—El aeropuerto dejó de funcionar hace unos 50 años más o menos. El río se lo llevó, dos metros cada año. Las fechas no las recuerdo.

Poco a poco los todosantinos empezaron a irse, ya no tenían nada, ya no tenían terreno, ya no tenían casa. El río comía y comía. Esas cuadras que bañaba la luz dorada del astro emergente se hicieron “indibujables”. Numerosas familias optaron por irse al Beni o a Santa Cruz. Otras, aceptaron la ayuda del gobierno que les otorgó tierras en Chimoré. Muchos todosantinos decidieron colonizar terrenos en Puerto Aurora y algunos otros se mudaron a Puerto Villarroel. Entre los años 1970 y 1972, de acuerdo con los recuerdos de Elise Bortolini, el gobierno llevó a cabo una evacuación. Entre los hogares evacuados se encontraba el suyo:

—Lo que el gobierno hizo, como una “solución” digamos, fue evacuar. El Comando del Ejército ayudó con sus camiones —caimanes les llamaban— a trasladar todas las pertenencias. Ahí cargábamos todas las paredes, tablas, todo e íbamos a votarlas a Chimoré, prácticamente fuimos los fundadores de Chimoré. Ese tiempo mi mamá ya estaba sola, yo estaba estudiando música en la normal.

Todo debió ser trasladado, las familias, los hogares, el campanario de la iglesia —que fue primero a Tocopilla, luego a Villa 14 y finalmente a Chimoré, pero en Chimoré ya no está—, la Virgen del Carmen —que estuvo por un tiempo en una capilla de un lugar llamado Bolivar, y que ahora está en la parroquia Señor de Exaltación en Chimoré. Se volvieron errantes: en busca de alguna tierra que los alojará, pero que saben que no es su tierra, que no es el Todos Santos que dejaron atrás.

No todas las familias abandonaron en ese entonces Todos Santos. Aquellos hogares cuyas casas se mantuvieron intactas durante las inundaciones permanecieron. Entre estos se encontraban los Castro —mi familia—, quiénes abandonaron el pueblo en los años 80.

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Casa-de la familia Bortolini / Fuente: Elise Bortolini

—Había dos manzanos en frente de mi casa, cuando esos manzanos se cayeron y el río empezó a correr justo al lado del terraplén sobre el cual vivíamos, mi papá —Agapito Castro— tomó todas nuestras cosas y salieron de ahí. Yo estaba en Cochabamba para entonces —me cuenta mi madre.

***

Regreso los tres metros descendidos y Víctor Escana viéndome escudriñar con la mirada todo ese paisaje sembrado, verde, a ratos agreste, solitario, me dice:

—El pueblo era todo esto dicen —y forma con su brazo un círculo que parece encerrar toda la playa que se encuentra a nuestro frente y un poco de la tierra donde nos encontramos parados en ese mismo instante.

El cauce del río se modificó a lo largo de los años, la playa que se encuentra al frente es la playa deshabitada que los todosanteños conservan presente en sus recuerdos, hacia la cual se dirigían nadando en las tardes calurosas. Pero la tierra no es la misma, la proporción no es la misma. Solo entre los años 2002 y 2019 el río dibujó una curva prominente en la tierra donde nos hallamos parados. “Sigue comiendo”, me dice Víctor Escana.

La fecha de la desaparición de Puerto Todos Santos es un dato difuso, difícil de definir o establecer, varía dependiendo de a quién se pregunte. Según datos de bautismo encontrados en el libro Once años en el Chapare 1969 - 1980, los últimos bautizos en el pueblo se registraron en el año 1987. En cuanto a matrimonios, estos se inscribieron por última vez en 1977.

Preguntó a los todosantinos: ¿En qué año desaparece Todos Santos? Y recibo respuestas variadas:

—Totalmente habrá sido pues el 71, más o menos, porque seguía la gente. Poca gente. Se iban. 1970, digamos, es el número que tengo en mi cabeza. Esas cositas no tuve en cuenta
—responde Martha Dieck.

—Yo tenía 18 o 20 años cuando me fui. El 80 y pico ha debido ser, el 81, 82, por ahí más o menos era —me asevera mi madre.

—Las últimas veces que yo estuve fueron justo antes del año 1980, cuando todavía había una parte del pueblo. Pasado 1982 ya no había el pueblo. Se acabó definitivamente Puerto Todos Santos —lamenta Carlos Hoffmann.

—La gente habla como el 82, 97, por ahí, algo hablan —me comenta Víctor Escana.

—Al final solo quedó una lenguita de tierra habitable, ahí todavía vivía gente —me dice mi tía, Salome Castro.

Existen fuentes, sin embargo, que aseguran que el epílogo de este pueblo fue en 1965, otras que fue en 1961. El caso es que lo que muchos denominaban el fin de Todos Santos quizá fue en realidad un asunto más personal, el fin de cada uno de sus mundos en esa tierra. El pueblo siguió, pero si el río se llevaba tu casa, si no tenías un techo que te ampare, un terreno que te nutra, que te aloje ¿qué te quedaba? Nada. Esa nada era la desaparición personal de su propio Todos Santos, del Todos Santos que reside en cada uno de los todosanteños. Y así fue hasta que el lugar objetivo y real desapareció por completo.

—Me dijeron que seguían la cruz de la iglesia y el hospital —le comentó a Víctor Escana.

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Fuente: Emma Sánchez Castro

—Existía si, en el monte. Sin techo nomás ya era —el hospital—, paredes nomás: tenía así ladrillo, cemento, el piso de cerámica grueso. Eso nomás ya había, eso he visto todavía yo. Cuando yo he llegado estaba comenzando a comer los ladrillos, estaban así en la orilla.

—El agua ha seguido avanzando hasta ahí —comenta mi madre.

—Sigue comiendo el río, el agua se lo ha llevado. Nada siempre, el único sería el cementerio, el del km 1, eso está —le responde el señor Escana.

—Más o menos ¿cuándo desapareció? —indago yo.

—Eso se veía en 2008, hasta 2010 se veía todavía. De ahí totalmente se ha desaparecido, todo ya se ha ido al río —responde una vez más el señor Escana.

Miro a mi madre y me dice:

—¿Dónde quedaría mi casa, no? Pensé que iba a encontrar alguito, pero han pasado tantos años… Ya no existe mi pueblo querido, se perdió.

Al adentrarnos una vez más entre los chacos sembrados de plátano que ocupan hoy la extensión de Puerto Todos Santos, siento que me deslizo sin resistencia por el embudo: se alejan todas las imágenes de Todos Santos. Miro hacia atrás, entre la frondosa verdosidad se vislumbra, como a través de una pequeña ventana, un horizonte conformado por un río Chapare que castiga, un cielo gris nostálgico y una porción de una isla que es reclamada por el hombre. Mi madre también mira, sus ojos buscan, reconstruyen, pero alrededor solo hay fantasmas, si ella ve algo son solo líneas punteadas que contornean formas y figuras invisibles. Me invade un dolor al mirarla, ambas percibimos esa ausencia que se quedará depositada como una pregunta sin respuesta. Nos alejamos en un silencio que es quizá un adiós o un pésame que llega a destiempo.

El río sigue atacando y sigue atacando y no dejará de atacar. Es una tierra condenada al cambio, a la errancia de sus habitantes. Rebelde, indomable, impasible. Tierra de aguas enfurecidas.

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