Ojeras, o la lynchificación del estrés post-traumático

Han pasado 71 días desde la muerte de Lynch y Nathan Leaño ha encontrado el 'feeling' perfecto para un panegírico que se siente como un filme del director fallecido.
Editado por : Adrián Nieve

Vivo en Amor de Dios, calle 3, o eso parece.

Apago mi computadora, ya es tarde como para seguir viendo aquellos videos tan extraños. Cuestiones sobre sugestión, sueños lúcidos, pesadillas inducidas o ritos budistas. Me acuesto en mi cama y, de repente, me viene una idea maravillosa: replicar lo estudiado a mi propio sueño. Mi mente ya estaba en el ambiente como para hacerlo, siento una perturbación en el subconsciente y eso me da pie para experimentar. No tengo mejor idea que llamar a BOB, y eso hago los segundos previos a caer de sueño por la pesadez de mis parpados; lo llamo.

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Imagen: Nathan Leaño

Su primera aparición es algo tímida, jala mi edredón, se pasea por el cuarto, pero solo cuando yo cierro los ojos y no lo veo en toda su expresión. Decepcionante para ser un demonio amerindio tan aterrador (o la metáfora metafísica de la malignidad de la televisión).

Abro los ojos… los cierro.

Dos viejos conducen por el desierto, abrazados. El auto se llena de luz violeta que cambia levemente de tono. Se dirigen hacia un autocine. ¿Cómo lo sé? No lo sé, solo lo sé. Nunca llegarán a su destino, porque me despierto del sueño y BOB ya está en mi cuerpo. No tengo voz para gritar, y más allá de mis extensos temblores, ningún control sobre mi cuerpo, para siquiera golpear la pared y hacer ruido, alertar a alguien. Mirar, solo puedo mirar...

Abro los ojos... los cierro.

Despierto satisfecho, el experimento ha sido un éxito, he llamado a BOB. ¿Por qué no intentarlo otra vez? Vuelvo a caer en brazos de Morfeo, con BOB entre mis últimos pensamientos despiertos. Papá llega al cuarto, llegó justo cuando BOB aparecía. Mi subconsciente lo ordena, yo no; BOB lo devora y me parece demasiado. Pero solo puedo mirar, solo me queda mirar hasta que los parpados se cansen y me devuelvan a otro espacio, y en el mismo lugar. Solo puedo mirar y mirar es lo que hago, hasta que…

Abro los ojos... los cierro.

Ya no es divertido, el hijo de puta ni siquiera me dejó entrar a la Logia Negra, para séver la ralbah y bailar al son del saxofón. Lo único que consigo de la experiencia, es una idea maravillosa para un cuento, de esas que solo aparecen por la noche como súcubos violadores. Se llamará “Ojeras” y narrará mi experiencia de la boca de un alter ego pretencioso, como los que le gustaban a Poe. 

Ahora bien, mi computadora viene del año 500, su Windows está desactualizado, algunos programas no funcionan ahí, su tarjeta gráfica esta viejita, y su RAM es insuficiente. Si algo le pasara por dentro, el suicidio solo sería una cuestión de tiempo. Así que, motivado por mi maravillosa idea y mi constante sobreprotección, me dirijo a la oficina de mi casa para encontrarme con una desagradable sorpresa: mi vieja amiga aún está encendida, lleva horas en acción y en un limbo. Me indica que un programa está ralentizando su apagado, y solo me quedan dos opciones: “Forzar apagado” o “Cancelar”. Elijo “Forzar apagado”, porque no quiero presionarla demasiado, aun si la idea era buena. Bueno, creí haber apretado “Forzar apagado”, pero, a una velocidad anormal, aquel pequeño letrero se transformó en muchas cosas distintas y términos que no entendía. Solo entendí uno, el del final, antes de que la máquina se apagase: “Formatear”.

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Imagen: Lynch/Frost Productions

El pánico se extiende, mis miedos se convierten en realidad y desconecto todo lo que podía desconectarse para evitar el final. De nada sirve, la computadora se reinicia y me da la bienvenida con imágenes del espacio exterior, pixeladas como un videojuego de 8 bits, acompañados por un coro ominoso. Me llena de mensajes sobre el “maravilloso” programa que ha de ser instalado, de cómo me cambiará la vida y la forma de ver el mundo, y el precio a pagar por ello. Es obvio, mi computadora morirá y no puedo evitarlo, por más que lo intente, el programa del espacio seguirá descargándose, por más que apriete el botón de apagado hasta causarme una llaga en el dedo. Entonces escuchó la música ominosa con mayor atención. Aquel no es un coro, apenas suena como una persona, y ni siquiera es música, solo un tono agotado repitiéndose hasta el hartazgo.

Soy yo, y estoy respirando.

Abro los ojos... los cierro.

Me quedo perplejo, sin entendimiento, ni sapiencia. Soy solo un zombie, porque el programa del espacio también me dejó lobotomizado. Mis últimos recuerdos se mantienen en mi propia respiración, el atroz soundtrack del programa...

Abro los ojos... los dejo abiertos. 

Hay algo que me perturba, y es que no sé si realmente sigo soñando o no, porque mis párpados pesan, nunca han dejado de pesar. Mi vieja amiga está durmiendo mucho mejor que yo, y la pobre luz de la matina me convence de que el sueño ha terminado, pero no para bien. Vivo en Jupapina, donde un pequeño derrumbe vecinal nos puso la vida patas arriba desde hace menos de una semana. De una pobre probabilidad de caer al vacío, a una abierta incomodidad por los conflictos con la tubería, la vida sigue ofreciendo, a mí y a los míos, situaciones cada vez más absurdas y horribles. Pero de eso no quiero hablar...

El día después del fallecimiento de David Lynch, le dediqué unas palabras en una publicación en mi canal de YouTube. El mensaje terminaba con la siguiente frase:

“Descansa bien, David Lynch, gracias por compartirnos tus sueños. Ten por seguro que aun habitas en los míos...”

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Imagen: Lynch/Frost Productions

Jamás creí que mi abuelo espiritual se lo tomaría tan en serio. Aun entre las orejas cortadas y los bebés amorfos, rufianes con los dientes podridos y demonios metafóricos, el mensaje siempre fue otro. BOB solo podía ser derrotado con un poco de café y un pie de cherry. A Frank Booth lo mató la luz que disipa la oscuridad latente. La voz dulce y refinada de Joseph Merrick era prueba de su noble humanidad tras la dolorosa mascara que la vida le ofreció. El balance es la llave, y Laura Palmer es dicha llave...

Siendo un ávido transmisor de la meditación trascendental como lo era, detrás de las cortinas rojas, el Sr. Lynch solo transmitía paz a quienes lo rodeaban. Libertad y paz por igual, para cualquier ámbito artístico o más allá de ellos. Nos mostró la oscuridad para que apreciáramos la luz, y si algo me transmitió aquel sueño extraño ayer por la noche, fue la oscuridad suficiente como para que despertase viendo la luz, aun si era tenue y tímida. No había coincidencias, no en un momento como este. Los terrores nocturnos, derramando las paredes con garmonbozia solo sirvieron para que el presente no se vea tan malo, incluso un presente tan malo como un presente sin David Lynch entre nosotros. Que no sea coincidencia tampoco que Hollywood ardiera y el mago hiciera la conexión entre ambos mundos justo en ese momento de tensión. El fuego ahora camina con el... 

O bien pudo haber sido solo un mal viaje producto del estrés y la preocupación constante. El cuerpo tiene muchas formas para rogarte un “alto al fuego”, y esa noche eligió una de ellas.

Solo una cosa es segura; él no querría que lo supiera.

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