Roer el mismo hueso

En su columna para 88 Grados, a pocos días después del día del padre, Cecilia Terrazas recuerda al suyo en un texto que no dejará a nadie indiferente.

“Él no volverá” repetía mi cabeza. Siete horas de carretera altiplánica. Un camión, otro; una flota, otra más veloz, y aquellas luces que danzaban furibundas en contracorriente. Del frío ni hablar, se ajustaba perfectamente a esa noche de agosto en que la vida  se refugiaba y congelaba al mismo tiempo. 

“Está en el cuarto” fueron las primeras palabras al llegar a destino. Está, qué palabra confusa para el tiempo fuera del tiempo; casi una encrucijada verbal en la que la muerte se va acomodando como un cubo Rubik hasta que encuentra su lugar, el que cada uno, cada una decide darle sin necesidad de alinear los colores. 

Mientras eso pasa, es un titubeo imperceptible y circular que se conjuga. Es presente, la muerte está, llega, es; es pasado, ese alguien que estaba, que era, con quien éramos; es futuro, estará con nosotros, será siempre; luego, mansamente y contra cualquier voluntad, vuelve a posarse como un colibrí en el presente, se vuelve a estar.  

Tras varios minutos de incertidumbre y sollozos, entramos todos juntos, como cuidando que no se muevan las piezas de aquella casa que atestiguaba el paso del tiempo y los amores que se cosechan. Sobre la mesa de noche, aún con la página marcada, la novela “Todos los nombres”: La soledad, (...), nunca ha sido buena compañía, las grandes tristezas, las grandes tentaciones y los grandes errores resultan casi siempre de estar solo en la vida. Saramago había sido nuestra última complicidad literaria, al menos eso creía yo. 

Treinta años atrás, en medio de conversaciones y a la espera de la comida, los almuerzos familiares servían como escenario perfecto para intercambiar versos en servilletas de papel. De ida y vuelta, tomándonos el tiempo necesario, haciendo de la complicidad un oficio, o dando a Cesare Pavese la razón: “el poeta, por grande que resulte, será siempre un aprendiz”. Su mirada paternal me pedía que complete algunos versos, que inicie otros, que marque el final de la estrofa, casi concediéndome el jaque mate. 

“Bajo aquel… bajo aquel…”, no encontrar las palabras nunca fue un problema; su caligrafía delicada se mezclaba con mi mano temblorosa de niña para que el juego nunca dejara de ser eso, un juego, y que la vida “en serio” llegara lo más tarde posible a ponerle nombre y alcance a las cosas.
 
Y es que nombrar las cosas, las emociones, los silencios, es más que una búsqueda de significados; las palabras nos marcan cuando alguien nos nombra, nos imagina o nos intuye; volvemos a ellas para preguntarles o pedirles explicaciones, para habitar el mundo y darle sentidos, quizás por eso somos insistentes y siempre volvemos a roer el mismo hueso.  

El intercambio de servilletas continuó, pero como en toda historia, en esta también había ocasiones especiales.  La navidad de 1990, junto a un CD de Ricardo Montaner, me hizo un regalo maravilloso: Saludo al mundo y otros poemas de Walt Whitman, una edición preciosa con poemas en inglés y español que mis ojos apenas podían sostener (el combo Montaner - Whitman es extraño), pero finalmente tenía aquellas páginas ahuesadas y rugosas entre las manos. La complicidad estaba sellada. 

Cuando pienso en la niña que recibió los regalos, la adulta en la que me he convertido la mira, sonríe y encoge los hombros como diciéndole que en esos versos hay una voz, un alguien que siente, unas manos que prometen algo detrás de las letras; que de eso se trata la lectura: de una conversa entre los que llegaron y quienes llegan luego, y que de rato en rato optan por el silencio. 

El viso del otoño y el olor a resina del mediodía despidieron al hombre que me regaló las palabras. Fui hija; leí, lloré y volví a leer. Supe que uno no termina de morir.

Suspiro. 

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