Tinta roja: un cambio en la percepción personal

Rememorando los años en que por primera vez leyó Mala onda de Alberto Fuguet, Humberto Pinto nos reseña esta poderosa novela de la literatura chilena.
Editado por : Adrián Nieve

Por aquellos años de rebeldía absoluta e indecisión sobre mis deseos de elegir una profesión, me encontré con una extraña recomendación. Había acabado de leer Mala Onda de Alberto Fuguet y mientras hablaba de mi reciente lectura, recibí ese invaluable empujón que me lanzó a decidir sobre lo que haría posteriormente: el periodismo y los libros.

Tinta roja, del mismo autor que líneas anteriores mencioné, es un libro sobre la prensa amarillista y la realidad que existe en el mundillo periodístico que, hasta el día de hoy, vislumbro con pleno acierto a la descripción de Alberto. La frase célebre de Saúl Faundez, extraño personaje que recorre las páginas del libro y jefe del área de policiales de El Clamor dice: “el periodismo, como la prostitución, se aprende en la calle, carajo”, tal diálogo quedó enmarcada —diría que estampada— en mi cabeza, pues para redactar hay que leer, observar y relatar un hecho; sin embargo, este extraño, agresivo e impulsivo periodista, no es más que la muestra viviente de la vieja escuela, donde esta labor no había sido institucionalizada y menos trabajada en las universidades, tal como lo es hoy en día.

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Fragmento de la novela Mala onda / Foto: Pinterest

Esta novela relata, en cierta parte, el peligro que existe en la prensa, pero también demuestra una labor que se fomenta a través del pulso, la dedicación y la tinta en las venas que recorre en cada periodista. Aunque la exesposa de nuestro protagonista, Alfonso Fernández, haya esparcido el rumor que no corre tinta por sus venas, sino más bien un líquido espeso, frío y viscoso. Aquel rumor da paso para que nosotros, los lectores, vayamos observando ciertas similitudes con Saúl desde el primer párrafo y afectando, por demás, a la formación periodística de Alfonso Fernández Ferrer, quien incluso, en sus inicios, duda si firmar con el primer o segundo apellido cada nota del periódico.

Como futuro periodista creo que nuestra formación está ahí, en la calle, observando, aprendiendo de los diminutos detalles que suceden alrededor. Además, esto también dio hincapié a mis deseos de entrar en el mundo de los libros, un detalle no menor y que hasta el día de hoy ha sido artífice de que haya publicado dos libros, uno en Chile y el otro aquí en Bolivia.

Si me preguntan si un libro puede cambiar vidas, diría que sí, pero no solo eso, también puede salvarlas o condenarlas, causar cambios radicales que se aferran a un punto extraño y cuasidelicado en donde la ficción puede transformar la realidad en efímeros espacios de vida o, en mi caso, puede condenarla a seguir aquí, aferrado al periodismo, a la escritura y redacción de historias que, en cierto punto, puede cambiar a alguien más.

Es la dicha de un libro, pues, al leer revives esos símbolos inocuos forzados en una plancha de aluminio y colocados a presión en un papel ahuesado, llamada impresión offset, en alteraciones químicas cerebrales que logran traer consigo recuerdos vívidos de autores incluso ya fallecidos a esta realidad.

Dentro del análisis que revivo de Tinta roja, una frase célebre y digna de rescatar es: “En Santiago todos los días muere alguien. Ocurre todos los días. Ya no es novedad. Esa es tu misión: lograr que el fiambre ese parezca el primero”. Este fragmento radica solo en la premisa que siempre le digo a los estudiantes a la hora de dar un taller: para poder escribir claro hay que leer, leer y volver a leer.

Han pasado años desde que leí por última vez Tinta roja, y aunque sí le he dado un par de hojeadas, no lo he vuelto a revisar de principio a fin; sin embargo, la prensa del periódico El Clamor dejó en claro un objetivo en mi vida, ser un periodista ético, priorizando la verdad y sin miedo a ella porque la prensa es “el cuarto poder, pero como en este país la justicia no es más que un montón de edificios mal calefaccionados, en el fondo somos el tercero. Tercero, ¿te queda claro? Y, si nos esforzamos, a veces somos el segundo”.

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