¿Querías jugar en primera? Hablemos de Okupas

Caminando por Buenos Aires, Alan Santos piensa en Okupas, la miniserie dirigida por Bruno Stagnaro, y relaciona la realidad con la ficción.
Editado por : Adrián Nieve

Es casi mediodía, me sabe a media lunas y a café instantáneo con edulcorante. Cerca del Obelisco, aún retumban los cánticos de Argentina campeón del mundial de fútbol de 2022 en Qatar. Un billete de cien dólares convierte a quien sea en una especie de jeque. El peso argentino, y no de forma figurativa, se desploma a cada hora. En más de un espacio sin dueño de la calle, hay afiches pegados, tienen la cara de Emiliano el Dibu Martinez a lado de una hamburguesa con la leyenda: Mega Dibu. Mirá que te la como, hermano.

Los años de este milenio no le han sentado bien a la ciudad. Es imponente, sí: como Borges en agonía, el cuerpo de un anciano frente al Aleph. En más de un local comercial la antipatía es regla hasta que el empleado de turno recibe una propina, es entonces cuando nace un brillo en sus ojos y es posible establecer una conexión real, entre pares. 

1498
Foto: La Nación

En un teatro sobre la avenida Corrientes, se anuncia una obra protagonizada por Guillermo Francella: Pablo Sandoval en El secreto de sus ojos de 2009. Un muchacho se acerca y pide una moneda para el bondi, lo hace no de forma muy gentil. Mi esposa y yo nos alejamos con prisa. Por favor, no mires atrás. Él comienza gritar y nos lanza amenazas que no me intimidan. ¿Por qué? Cada quién busca la manera de sobrevivir, la mía, en ese momento, es la indiferencia. Las cosas funcionan así: de manera incierta, los sueños se agotan y se renuevan permanentemente, Walter. 

—Che, ¿no estaremos metidos adentro de una película argentina, nosotros?

***

Corré, Ricardo. Corré derecho que no tienes margen de error. Corré que rompiste los códigos y eso se cobra con tarjeta roja. Corré y mejor no mires atrás. Corré que este puede ser tu último juego. Corré que ahora no puedes dejar de hacerlo. 

Okupas es una miniserie argentina de 2000, escrita y dirigida por Bruno Stagnaro. Una historia que bien podría haber sido inventada por Victor Hugo Vizcarra de haber sido él porteño. El campo de juego es Buenos Aires: Capital Federal y el Conurbano. Cuatro titulares y cerca de dieciséis millones de espectadores. 

Sin esquema de juego, sin la mínima posibilidad de ganar. 

Cuatro senderos convergen en una casa tomada que tiene un vitral con la imagen de una virgen como un ser ultraterreno que vigila y protege. La casa tiene abierta la llaga de un violento desalojo, tiene por vecinos a los otros: los que, sin ser porteños, son actores secundarios en la ciudad de la furia: la okupan

Ricardo es un personaje difícil de masticar, tragar y digerir; un personaje que cree ser el principal. Apenas consecuencia de sus malas decisiones, apenas un polluelo que ha roto el cascarón en el momento y el lugar equivocados. Su primer contacto con la calle es Walter: un paseador de perros que tiene como faro a los Rolling Stones y a Severino, un perro mestizo que se puede considerar el quinto miembro de este equipo. 

Pollo y Chiqui aparecen poco después. Ambos forjados en una fragua callejera, con cicatrices queloides que no se molestan en ocultar: las exhiben en cada diálogo, en cada pequeña acción. Ricardo se acerca a un estrecho callejón que inicia en la puerta de emergencia de la casa. 

Una primera batalla se da contra aquellos otros. Una pared es destruida, quizás una cuarta pared. Pollo —con un fierro con el percutor limado— contiene una paradoja, deja cada elemento en el lugar que le corresponde. Sin embargo, Ricardo queda en medio, seguro de comprender y poder habitar en ambos lados de la pared, sin pertenecer a ninguno.

***

El día después de año nuevo, Buenos Aires ha sido abandonada por los locales. Algunos turistas se aventuran a recorrer sus calles. El cielo está encapotado, ¿viene una tormenta o es un eterno día gris? El día anterior se acercó otro muchacho para pedirme una moneda. Vi a Chiqui en esos ojos. Guarda unos billetes. Gracias, Loco.

Los otros están en la ciudad, siempre están: el vendedor asiatico del barrio, los pibes que paran siempre en la misma plaza, los migrantes —nacionales o no— que no van a Mar del Plata en el verano. Pago por una Mega Dibu en Mostaza. La cajera es una adolescente, sonríe forzada: lo sé por la forma en la que aprieta los dientes.

Después del almuerzo, camino por Corrientes. Aprovecho que por la calle no circulan motorizados para tomar una fotografía al ras del asfalto. Está agrietado, el fondo queda desenfocado. No hay mucho más que hacer. Queda, apenas, volver para esperar a que el día termine. La catedral está a pocas cuadras, no se oye ruido que provenga de esa dirección. 

Alguien que salió de una cloaca corrió por allí. Sin rumbo, como una piedra rodante. 

***

Después de una noche de excesos en Quilmes, después del ataque de un pescado rabioso, después de un alejamiento temporal de Pollo, Ricardo va a cruzar una frontera que no requiere pasaporte para hacerlo y que, a la vez, no permite el retorno a casa, al menos no sin pagar un precio. 

En busca de un reencuentro con Pollo, Ricardo encalla en una isla hostil que es invisible a los porteños. Sin desearlo, se convierte en el más capito. El más capo allí es el Negro Pablo, el Mulo está a su sombra. 

¿Guason o Simpson?

Salvado por Chiqui, Walter y Pollo. Ricardo es incapaz de olvidar y queda marcado por un intento de venganza. 

—Mira, es como cuando sos pendejo, que te creés que el pesado del colegio es el más malo del mundo. Hasta que llega otro de otro colegio, le mete un cachetazo y te das cuenta de que el tipo también se podía comer los mocos. 

Esta acción determina un cambio en el juego: sale Pollo y entra Miguel. 

***

Aún faltan algunos minutos para que amanezca. Es difícil conseguir un remís al aeropuerto. De camino, observo la periferia. Un paisaje que no aparece en postales, una sombra que guarda historias que pocas veces son contadas. Ya ha amanecido a la llegada. Los espacios de las dos paredes quedan detrás y bien delimitados por un nuevo muro construido por los otros. El avión despega y dejo de ser un okupa.

***

Miguel no es el pollo, es evidente. Ricardo parece no notar esta diferencia. 

—Está bien, loco, matar para comer. Igual que para que no te maten, ¿no?

Walter y Chiqui comienzan un viaje secundario con una semilla de faso que germina. Pollo, desde la sombra, cuida a quienes aún considera parte de su tribu. Tiene  el corazón en Clara, la dueña de la casa tomada, y la cabeza en una trampa para el Negro Pablo. Clara observa la casa, sus habitantes y el hueco en la pared desde otro plano, muchos pisos por encima. El Negro Pablo ha sido humillado en el rescate de Ricardo y en su fallida venganza. 

Ricardo se convierte en musgo pegado a la oscuridad de Miguel. El mató a un policía motorizado. La casa debe ser entregada, una luz tenue aparece con la salida de Miguel. Una última cena, un ajuste de cuentas liderada por el Negro Pablo, el quinto miembro muerto y con una pipa amarrada en el collar.

Se va a jugar el partido final de vuelta. De visitante, Ricardo dispara y el Negro Pablo cae muerto. No puede asimilar lo que le dicen los ojos del enemigo. Chiqui pone el pecho por él, recibe un tiro del Mulo. El pecho ensangrentado, el alma cerca del Aleph. 

—Llévame a la casa.

El vitral con la imagen de la virgen se quiebra. Chiqui está bajo tierra, el arbusto de faso sobre su pecho. Los senderos se bifurcan debajo de la tormenta de un día siempre gris:

​​I got sunshine, on a cloudy day.

55 me gusta
490 vistas