El fantasma de Louis B. Mayer: cómo funcionan Hollywood y los premios Oscar
¿Qué es mejor? ¿Ver la ceremonia entera de los premios Oscar o enterarte de los resultados al día siguiente? Se ha hecho costumbre que los premios de la Academia brillen más por sus controversias y equivocaciones que por sus aciertos. Tanto así que, al día siguiente, las noticias que más se viralizan no son las de qué películas ganaron sino de cuáles perdieron y el chisme de lo que pasó durante la premiación.
El resultado son las redes sociales llenas de opinólogos que en videos o por escrito se lamentan o se vanaglorian de los resultados, además del predecible grupo de gente que dicen que los Oscar ya no tienen ninguna relevancia y que no son más un festejo de la industria cinematográfica yanqui. A ellos ahora se suman los muchos que dicen que la Academia es racista y sexista y los otros que dicen que la Academia se ha vuelto demasiado progre.
Entonces en el fondo ya no se trata tanto de la ceremonia, los resultados y la gente involucrada sino de una excusa para opinar. Todos los años salen noticias de que los televidentes ven menos y menos la premiación, pero de que las tendencias de la ceremonia se mantienen virales por al menos dos o tres días. Ya partiendo de eso es difícil decir que los Oscar no tienen impacto, peor aún cuando te das cuenta que tanto los cines como las plataformas de stream se valen de poner en sus anuncios “película ganadora/nominada al Oscar” para atraer más público. Por mucho que la imagen de la premiación haya caído, igual sigue siendo influyente y, por lo mismo, vale la pena tratar de entender qué sucede con la Academia. ¿Son progres poseros o son racistas/sexistas desvergonzados? ¿Cómo es que películas mediocres como CODA ganan premios? ¿Por qué es tan posible que Emilia Perez se lleve al menos una estatuilla cuando, claramente, no merece ni siquiera la nominación?
A ver, a ver, ¿qué pasó?
Desde el 2014 que la gente empezó a perder interés en los premios Oscar. Ese año el show, conducido por Ellen DeGeneres, alcanzó a tener 43.7 millones de espectadores solo en Estados Unidos, una cifra no muy lejana del récord absoluto de audiencia de esta premiación de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas (AACC), la de la ceremonia de 1998, conducida por Billy Crystal, cuando el número de televidentes alcanzó a los 55.25 millones de espectadores en E.E.U.U, durante aquella noche en que Titanic se llevó TODOS los malditos premios.
Entonces 2014 no fue tan bueno como 1998, pero lo que la AACC no sabía era que 2014 iba a ser su último gran año. Porque, de 2015 en adelante, los números de audiencia iniciaron una caída libre que los llevó a tener a solamente 10.6 millones de yanquis viéndolos en 2021. Lo mismo podría decirse de la audiencia a nivel mundial: cada vez menos personas estaban interesadas en ver quienes eran los y las mejores de la industria hollywoodense según la AACC.
Hay muchas teorías y motivos de porqué pasa esto, pero hay tres que, para mí, tienen más sentido:
- Al buscar ser excesivamente comercial, el cine Hollywood se ha vuelto demasiado mediocre
- La capacidad de atención y concentración de la gente se ha visto afectada por el doomscroll (o sea, el zapping moderno)
- Entre la pandemia y la aparición de muchos servicios de stream, decidimos quedarnos en casa para ver películas, abandonando a su suerte a las salas de cine.
En otras palabras, el consenso de una gran mayoría del público en general es: “más vale quedarse en casa, en pijamas, volviendo a ver algo que ya viste y conoces de memoria, que pagar un dineral en entradas y pipocas para ver una película que no sabes si te gustará o no”, y eso a pesar de que la mayoría de los estrenos actualmente son remakes, secuelas y cine pipoquero que busca agradar a un público masivo, un público que no quiere pensar y que cree firmemente que el cine es un escapismo al mundo real y nada más. A eso hay que sumarle que, en general, como público, nos hemos acostumbrado a las comodidades del stream y al formato corto de los videos de TikTok o Instagram, lo cual ha dispersado nuestra atención, que ya no aguanta estar solo concentrada en una cosa sin la posibilidad de tener la famosa pausa para ir al baño o la chance de sacar tu celular y ver videos a todo volumen sin que nadie te putee por hacer ruido —como pasa en la sala de cine—.
¿Es algo de eso verdad? Sí. Definitivamente. No se aplica a todo el mundo y no son los únicos motivos por los que menos personas van al cine o consumen películas en general, pero son problemáticas que están afectando al modo en que consumimos películas. ¿Y de quién es la culpa? En parte del público, que no solemos tener nociones de consumo cultural, pero más que nada de la mismísima AACC. En realidad, de muchos de sus miembros que tienen una prioridad por encima del arte, la misma prioridad que tiene casi todo ser humano inmerso en las estructuras sociales modernas, independientemente de su raza, clase social y género.
El dinero. Obvio.
Érase una vez en Hollywood…
A ver, hagamos un poco de roleplaying.
Es 1929 y eres el legendario Louis B. Mayer, jefazo máximo y fundador de la Metro-Goldwyn-Mayer (MGM, la del leoncito). En pocas palabras, eres la persona que básicamente dirige la industria del cine. Tus producciones fascinan a la gente y tus competidores hacen todo en base a lo que tú, Louis B. Mayer, haces. Pero —y este es un enorme “pero”—, eres un tremendo desgraciado. Un cretino de primera clase.
¿Por qué? Te explico. Eres un tipo al que solo le interesa tener el control absoluto sobre MGM y sobre cada una de las estrellas de esta productora. Para ello ejerces un dominio tiránico sobre la vida de tus actores y actrices bajo contrato, al punto que les dices qué trabajos deben tomar, con quién deben casarse, de quién deben divorciarse y hasta decides qué médicos pueden visitar. Para que te acepten sin chistar, les dices que en MGM todos son parte de una gran “familia” y con ese discurso los manipulas emocionalmente para poder explotarlos con impunidad. Si no te hacen caso, lloras y te victimizas para que se sientan culpables. Y si eso no funciona, recurres a tus amigos de la mafia para que intimiden a quienes no pudiste doblegar.
Si aún no te queda claro, ponte a pensar que entre 1935 y 1950 explotarás a la legendaria Judy Garland con largas horas de trabajo, condiciones peligrosas de vida, dietas estrictas y todo tipo de drogas para que siga produciendo sin descanso. De hecho, Garland es solo una estrella del firmamento que fue sujeto a tus prácticas laborales abusivas, donde lo usual es que tú te quedes con todo el dinero y tus actores, actrices, guionistas, directores y todo tu personal técnico vivan de migajas después de, prácticamente, trabajar todo el día.
En la Bolivia de 2025 serías un jefe más del sector formal e informal, uno entre los muchos que mantienen a la explotación laboral como una problemática cada vez más profunda. Pero no estás en la Bolivia de 2025, estás en Hollywood de 1929 y eres Louis B. Mayer. Para ti el cine no es arte, sino un negocio. Todos en MGM son tus empleados y deben adaptarse a lo que tú digas y hagas. No hay eso de “libertad creativa”, solo más y mejores medios de conseguir dinero.
El tema es que igual hay gente entre tus empleados que se creen tus iguales o que juran que tienen derechos y te exigen cosas. Ese hato de vanidosos sedientos de atención no te la hacen fácil con sus constantes caprichos y pasas las horas pensando en cómo cerrarles la boca de una vez. Y un día se te ocurre: los vas a callar con elogios. Para ello fundas la Academia de las Artes y las Ciencia del Cine, todo para darles una membresía exclusiva a productores y actores de Hollywood que puedan ostentar para darse importancia. Y la movida te sale bien, terminas ganándote el apoyo casi incondicional de una gran mayoría de la industria y estás tan contento que decides organizar un banquete anual para celebrar a la Academia; ya sabes, dales un título y un montón de comida para mantenerlos callados. Pero ya en el banquete te das cuenta de algo más: hay una mejor manera de hacer esto cada año. Además del título y de la comida, vas a aprovechar este banquete anual para darles medallas. No, mejor estatuillas. Sí. Eso harás. Cada año harás que la Academia premie con estatuillas a “lo mejor de lo mejor” en Hollywood.
Y la movida te saldrá de maravilla. Tanto así que ya es 1953, eres Louis B. Mayer y en cuatro años más morirás, pero tu legado continuará. Ese año la fiesta de los Oscar dejará de ser un evento privado y, de repente, el brillo del glamour hollywoodense estará en las casas de la gente a través de la televisión. Y esta es otra movida magistral: de pronto la premiación ya no será una celebración interna de la industria, sino que ahora la gente común se sentirá parte de la misma. Ya lo hacían por la radio, pero el glamour entra por los ojos y viendo la ceremonia se van a sentir tan cerca de ese mundo que serán felices… porque ninguno de ellos tendrá que soportarte, Louis B. Mayer, quizás ni siquiera saben quién eres. Nadie en el público sabe la diferencia entre técnico de Dolly y técnico de Foley, pero igual se sienten parte de la premiación, tal como en el fútbol los fanáticos dicen “hemos ganado” pese a que con suerte se levantaron de su sillón para gritar un gol.
¿Cómo funciona la votación de los Óscar?
Louis B. Mayer fue una figura más negativa que positiva, pero no vamos a negarle que la industria del cine moderno es como es gracias a él. Fue él quien convirtió a los actores y actrices en íconos globales, pero lo hizo mediante el sistema de control abusivo sobre estos y también sobre los trabajadores del cine; hizo de las películas un espectáculo de masas con grandes valores de producción, pero lo hizo priorizando la rentabilidad sobre la innovación artística; más que nada, estableció el modelo de producción cinematográfica que se usa actualmente, pero lo hizo normalizando prácticas de manipulación y explotación, imponiendo rígidos estándares físicos de belleza, y sentando las bases para el dominio de grandes corporaciones sobre la industria.
Igual los grandes productores de hoy lo siguen imitando y, más importantemente, mantienen vivos la filosofía y el modelo de producción que él legó porque en el fondo todo se trata de dinero. Los sueños hollywoodenses dependen de la estabilidad monetaria que puedan generar al ser realizados. Es decir: si no hay ganancia, tampoco hay películas. Por lo mismo, las películas más taquilleras, mal que mal, establecen qué tipo de películas serán producidas el siguiente año, lo cual determina qué será premiado en la siguiente temporada de premios y así en un ciclo sin fin cuya principal preocupación es el dinero.
Tal vez por eso que la estructura de la AACC no cambió demasiado con los años desde su fundación en 1929. La idea de Mayer de convertir el banquete privado en una ceremonia de premios para manipular mejor a los artistas y la idea de Harry Cohn, Ralph Edwards y Fred Freed de televisar la ceremonia hizo que el recibir un premio Oscar no fuera solo un tema de aplausos internos de un club privado, sino tambien una plataforma para actores, directores y productores, un espacio para mostrar su valor, para decirle al mundo que son personas con ciertos intereses humanitarios y políticos que pueden darles (o quitarles) popularidad y así tener más trabajo en el futuro.
En ese espíritu, los miembros de la Academia siguen siendo un club exclusivo al cual solo accedes por invitación: o fuiste nominado a un premio Oscar o hay dos miembros de la AACC dispuestos a nominarte para que seas parte del club. Fuera de eso, tienes que tener ciertos otros requisitos técnicos más para ser parte de los actuales 10 mil miembros. Y no, no hay una lista pública que te diga quiénes son todos y cada uno de esos miembros. Lo que sí sabemos es que son, más que nada, hombres blancos y heterosexuales. Es más, en 2012, según el LA Times, 77% de los miembros eran varones y 94% caucásicos, lo cual, hasta esa epoca, era lo normal, y que desde entonces ha empezado a diversificarse.
Y para quienes digan que eso no afecta en nada, solo acuérdense que hubo un momento de la historia del cine en que la gente juraba que Do the right thing de Spike Lee iba a arrasar con los premios Oscar de 1990, pero ni siquiera terminó siendo nominada a Mejor Película. Ese premio se lo ganó ese bodrio aburrido de Driving Miss Daisy, que es la Green Book de ese año, es decir la típica película conservadora que se anima a decir que el racismo es malo, pero sin nunca profundizar ni arriesgar nada.
Hoy por hoy sigue existiendo esa exclusividad, aunque con una fachada de apertura y diversidad. Cada categoría tiene su propio grupo de votantes dentro de la Academia: los actores nominan a actores, los directores a directores, los guionistas a guionistas y así sucesivamente. La única categoría que se diferencia es la de Mejor Película, pues ahí votan todos los miembros de la Academia. Por eso hay tanto revuelo alrededor de este premio: es la categoría que mejor refleja cuál es el pensamiento mayoritario de la AACC y sus miembros. El ganador representa lo que la AACC será a lo largo del siguiente año.
Para Mejor Película se utiliza el sistema de voto preferencial en el que los votantes clasifican las películas nominadas por orden de preferencia. En una primera ronda, la película con menos votos es eliminada y sus votos se redistribuyen según la segunda preferencia de sus votantes. Esto se repite hasta que una película alcanza la mayoría requerida (más del 50%), asegurando un consenso en lugar de una mayoría absoluta.
No es un mal sistema, pero usarlo implica que muchas veces gane la película “menos odiada” y no necesariamente la mejor. Lo cual puede significar, en la lógica de la industria que creó Louis B. Mayer, que gana la película que más dinero pueda generar a futuro, pero también que gana la película que muestre lo que los miembros de la AACC quieren que nosotros, como público, creamos de ellos. Ahora, esto es especulación y para nada una forma de despreciar a las ganadoras de años recientes, pero esto podría explicar cómo es que Green Book le ganó a The Favourite o BlacKkKlansman; o CODA le ganó a The power of the dog y Belfast; incluso a cómo es que Everything Everywhere all at once se impuso a The banshees of Inisherin. Siempre gana la película más ligera, más comercial, más optimista. En otras palabras, ganan las películas cuyas narrativas favorecen al tono pipoquero hollywoodense. Gana la filosofía de Louis B. Mayer.
Y no. Que Parasite haya ganado en 2020 no es un signo de cambio, es más bien la prueba de que esa peli es tan buena que ni la Academia pudo lograr que Martin Scorsese, Greta Gerwig y Quentin Tarantino le ganen a Bong Joon-ho.
El lobbying de Hollywood
Entonces, ¿todo es pose? No exageremos: entre 10 mil personas debe haber gente que vota de verdad, que intentan ver todas las películas y toman decisiones en base a criterios técnicos y no solo emocionales o politiqueros. Insisto, para que Parasite se llevara tres premios en la ceremonia de 2020 tuvo que pasar algo más que la AACC buscando ser más inclusiva eligiendo un ganador extranjero. Parasite es un filme objetivamente superior, después de todo. Pero eso no quita que en los premios los intereses políticos y monetarios de los miembros de la AACC jueguen un rol importante. Peor aún que prácticas como el lobbying se hayan vuelto norma.
El lobbying es cuando una persona, empresa u organización trata de influir en las decisiones de políticos, funcionarios públicos o instituciones, siempre en favor de sus intereses. Es una práctica bastante común que no siempre es visible y en muchos países es regulada pues hay una fina línea que evita que el lobbying devenga en intentos de manipulación o corrupción.
El ejemplo más emblemático de ello es la campaña de Harvey Weinstein para Shakespeare in love en la premiación de 1999. Weinstein, uno de los herederos espirituales de Louis B. Mayer, en su época fue uno de los productores más poderosos e importantes de la industria y hoy está convicto por numerosos casos de acoso sexual. Bueno, pues ese mismo hombre fue quien convirtió al lobby en los Oscars en una guerra descarnada de publicidad sin parar, acoso constante a los miembros de la AACC para influenciar en sus votos y propagación de narrativas negativas acerca de la calidad y producción de las competidoras de aquel año. Weinstein traspasó los límites de las reglas de promoción de la Academia y logró que Shakespeare in love —ese bodrio de comedia romántica— le ganara a películas legendarias como La vida es bella, The Truman Show y Saving private Ryan.
El legado de Weinstein, además de sus crímenes sexuales y sus osadas movidas de distribución que cambiaron cómo y en qué tipo de películas invierten las productoras, es el haber creado este parámetro de lobbying dentro de los Oscar. Por eso es que ya no se trata de que los miembros de la Academia vean la película, sino de seducirlos con publicidad y acosarlos con promesas y plataformas políticas hasta que apoyen la película “indicada”.
Aprender a mirar las dimensiones
Quizás los Oscar buscan más establecer tendencias y no necesariamente premiar leyendas. Es por algo que Kubrick y Hitchcock nunca recibieron premio alguno pese a ser un par de directores del re carajo. O que filmes como Vertigo, Citizen Kane y Goodfellas tampoco obtuvieron reconocimientos de la Academia.
El tema es que en la actual industria hollywoodense ya no se trata de hacer películas que sean relevantes, interesantes o arriesgadas, sino que cumplan ciertas características que las hagan más promocionables, como para que la gente pueda decidir su posición sobre ellas sin verlas, solo consumiendo la publicidad. Eso, a mis ojos, es una película mediocre, pero eso le viene de mil maravillas a los miembros de la AACC que no tienen tiempo para ver todas las películas o que tienen intereses específicos en que cierta película gane para favorecer a sus propias carreras y plataformas políticas. Lo mismo podría decirse de los espectadores. En la guerra de opiniones parcializadas que son las redes sociales, que gane cierta película con cierto mensaje es bueno para unos y malo para otros. Cada post de apoyo o desprecio al ganador de una estatuilla se vuelve en munición para los bandos que buscan maras para despreciar a quienes no piensan como ellos.
Suena mal, pero es bastante inevitable. Somos seres humanos, nuestra tendencia, especialmente desde la popularización del internet, es polarizar. No significa que estemos en lo correcto, solo que encontramos algo que despierta pasiones contradictorias. Y de alguna forma, pese a todos los intereses políticos y monetarios, eso significa que las películas se siguen tratando de las emociones, solo que de la manera más fea posible.
Igual eso no responde si los ganadores de esta noche realmente se merecen los premios que ganaron. Pero esa pregunta es una trampa. Hay películas que son objetivamente horribles como Emilia Pérez, pero que igual tienen fanáticos que la defenderán a capa y espada por diferentes motivos; políticos, sociales, artísticos, incluso por trolleo. Bien por ellos, hay de todo en este mundo. E igual si ese bodrio se lleva un premio, no cabe duda de que tendrá gente que lo celebre y no creo que eso esté mal. Sea cual sea el motivo por el que recibió esta validación enorme que son los Oscar, hay que aceptar que a partir de ese premio se creará una tendencia que afectará al modo en que consumimos cine a lo largo del próximo año. Es el fantasma de Louis B. Mayer riéndose porque Hollywood sigue siendo un negocio. Su filosofía jamás morirá.
Por eso creo más importante que nunca aprender a tener un ojo más crítico, eso que los gestores culturales llaman “formación de públicos”. Porque sí está bueno ver una película y olvidarte de todo, pero también lo está el ver una película y pensar. Mejor aún: tener las herramientas para analizar sus diferentes dimensiones, sus aciertos, sus errores, y así tener una noción más amplia de qué pelis consumir en el mar de tendencias que se creará a partir de los ganadores de esta noche. Poder ser capaces de aceptar las diferentes dimensiones dentro de un filme y amarlo aunque sea objetivamente malo y subjetivamente bueno (o viceversa), pero más que nada ser capaces de hablar con otros sin recurrir a la polarización opinóloga.
¿Cómo hacerlo? Todo siempre empieza con hacer preguntas. Sencillas. ¿Por qué la cámara se mueve así? ¿Por qué la luz viene desde la izquierda? ¿Cómo lograron enfocar ese reflejo sin que el camarógrafo aparezca en plano? Y después: investigar. Hay videos, hay artículos, hay libros que explican cómo es que una película es realizada, cómo leer la semiótica de un filme. Están todos en internet y, con paciencia en tu tiempo libre, los puedes encontrar gratuitos. La cosa es investigar sin miedo, a sabiendas de que cada que no entiendas algo, puedes pedirle a la AI que te lo explique en términos super sencillos hasta que, en tu propio ritmo, logres ver diferentes dimensiones en un solo filme y de repente puedas ver qué hace que la gente y la crítica aclame pelis como A real pain y Anora, así como también se te hará obvio que los premios y nominaciones a Emilia Perez son parte de esos intereses hollywoodenses que no pasan por lo cinematográfico.
Hazlo. Es divertido. Pero hazlo sabiendo que no va a cambiar nada del gran cuadro. Hollywood seguirá siendo la tierra de Louis B. Mayer, pero al menos nuestras vidas se volverán más interesantes porque la forma de ver películas, cualquier película, y compartirlas con otros cambiará. Ganaremos algo que quizás suene intrascendente, pero que en la oscuridad de la sala de cine (incluso en la cómoda calidez de nuestras pijamas frente a la pantalla del stream) significará más de lo que podemos imaginar.

