Croniquilla carnavalera
Yastá, ya pasó el carnaval, esito nomás sería. Los saldos que deja recién serán conocidos en los próximos días, cuando las autoridades presenten las estadísticas sobre accidentes, peleas y delincuencia; cuando los ejecutivos de la Cervecería Boliviana Nacional reciban el informe de ventas y se chupen con Chivas Regal para festejar el éxito; cuando don Evo se haga un chequeo médico para verificar si su cadera no se ha descoyuntado por tanto baile; cuando algunas señoritas suden frío por el atraso menstrual; cuando algunos señoritos suden frío al recibir una llamada que les informe que son culpables del atraso menstrual; cuando...
En lo que a mí respecta, el carnaval me dejó tres amigos más, 15% menos de hígado, alrededor de 13.759 neuronas muertas y la desaparición de un celular que aún no termino de pagar. Poniendo todo en la balanza, debo decir que el saldo es positivo, ya que después de muchos años festejé el carnaval como se debe: transgrediendo.
Aparentemente, lo que voy a relatar en las siguientes líneas traiciona el propósito de este blog, pues no hablaré sobre las carnestolendas urbandinas, sino más bien sobre la inmensa e intensa fiesta que se vivió en Oruro (donde la vida es duro); sin embargo, creo que al final se notará que no soy ningún traidor y que la Ínclita sigue siendo la protagonista de mis garabatos.
En Oruro la fiesta comenzó el viernes por la noche. Una verbena popular recibió a los carnavaleros de todo el país y del exterior, quienes se concentraron en la plaza principal y sus alrededores para hacer un calentamiento necesario, previo a la maratónica jornada del sábado. El frío no fue impedimento para la algarabía general; cosa extraña, sin embargo, fue que no pudimos encontrar ni un solo puesto que ofreciera bebidas calientes, aunque el singani ayudó mucho para entibiar la sangre. A eso de la una de la mañana, una señora apareció ofreciendo “café calentitoooo, caféeeee”, pero su oferta no fue correspondida por la demanda, ya que a esa hora el alcohol había establecido el monopolio del mercadeo de líquidos. No pude menos que solidarizarme con esa noble doña que se esforzaba por ganar unos pesos trasnochándose en medio de borrachos bullangueros, por lo que me acerqué a su puestito para darle un consejo:
—Doñita, aquí nadie le va a comprar café, por qué mejor no se prepara un té con té.
—Nop’s joven —me replicó—, ustedes se farrean con cerveza y ron, nadies quiere té con té.
—Yaaaaaaaa —expresé, dejando aflorar mi paceñidad—, usted prepare nomás, yo se lo voy a conseguir clientela.
Aún escéptica, la señora tanteó el terreno preguntándome:
—Y usted, ¿cuántas botellas va a querer?
—Uuuuuuta, por lo menos doce —respondí con seguridad contagiadora—, y mis cuates y los cuates de mis cuates seguro van a querer igual.
—Yap’s —dijo, convencida y esperanzada—, ahoritita se lo preparo.
Así, doña Lurdes (ese era su nombre) se trasformó en la Luly y tuvo que llamar a su esposo, su hermana y su hija mayor para que le ayudasen en la preparación y distribución de las botellitas de té con té, que a un precio de diez pesos fueron demandadas con desesperación, llegando incluso a haber amagues de trifulca en la fila de clientes que se formó, pues algunos borrachos coladores no querían darle descanso a sus hígados ni siquiera un par de minutos. Por haber sido el ideólogo del negocio, fui eximido de hacer cola y solo tenía que gritar “Lulyyyyyyyyyyy”, haciendo la V de la victoria con los dedos, para que pronto me llegasen dos botellas calieeeeeentes de té con té. De ese modo, de dos en dos, mis neuronas fueron muriendo de cien en cien.
El sábado, sin haber dormido, tomamos posesión de nuestra gradería a las 9:30. El sol andino quemaba con furia, como incitando el comienzo de las batallas de globos. Como es tradición, cada gradería se convierte en un grupo unido y solidario durante las batallas, aun cuando al inicio todos sean desconocidos; por eso, cuando un certero y artero globazo impactó en la cara de un tipo que estaba detrás de mí, rápidamente compramos artillería para responder la afrenta realizada a nuestro compañero de grada. Los enemigos, cobardemente, estaban atrincherados detrás de tres ancianitas de dulce mirar y pacífica apariencia, cosa que nos perjudicaba en los intentos de ataque; sin embargo, cuando notamos que las pícaras viejecillas apuntaban con sus temblorosos índices a alguno de nosotros, señalando a sus compañeros de grada el objetivo del próximo globazo, nos dimos cuenta de que ellas dirigían la ofensiva de los adversarios, razón por la que, sin misericordia ni respeto, les hicimos tragar agua con un ataque coordinado y masivo, luego del cual las viejas mostraron sus verdaderas caras, hijoputeándonos de mala manera y amenazándonos de muerte.
Por suerte, la aparición de la siguiente fraternidad originó una tregua obligatoria. Era un grupo de caporales no muy numeroso, pero contaba entre sus filas con tres damiselas de carnes generosas y movimientos voluptuosos que respondieron al pedido de la gradería, “beso-beso-beso...”, con picardía alborotadora. El típico ritmo caporal, lógicamente, incitó el “Tigre-Tigre, Tigre-Tigre, ...” en los bravos estronguistas que allí estábamos, a lo que los cholis metiches contrapuntearon “chacra-chacra, chacra-chacra...”, hasta que divisamos, en la gradería del frente, a Carlos Fernando Borja, y señalándolo comenzamos el “que le paguen-que le paguen ...”, que calló definitivamente a la horda celeste y, tras dos horas de lo mismo, provocó incomodidad en el ex jugador y su esposa, quienes se alejaron del sector en medio de un atronador y sarcástico: “no se vayan-no se vayan, no se vayan-no se vayan...”.
Las rencillas orales entre cholis y tigres continuaron hasta altas horas de la noche, cuando, ya todos bien chispeados, invadimos la avenida para abrazarnos y saltar gritando al unísono: “La Paz-La Paz, La Paz-La Paz...”. Ese momento noté que los paceños éramos mayoría en Oruro; entonces, dado que una ciudad es sus habitantes, podríamos decir que los urbandinos trasladamos La Paz hasta la capital del folklore, de tal forma que esta croniquilla, a final de cuentas, sobre la Ínclita nomás ha tratado.
He dicho.

