Un día de estos

En su columna para 88 Grados, Carmen Beatriz Ruiz nos narra su odisea —mejor dicho: vía crucis— que comienza con un bloqueo de transportistas en una ciudad llena de protestas como es La Paz.

Salgo de casa “perdiendo los zapatos”, es media mañana y mi lista de quehaceres es larga: mercado, farmacia, banco, un regalo cumpleañero, recoger un sobre expreso de la flota y certificado de vivencia en la Gestora. Todo puede hacerse en el centro de la ciudad y sus alrededores. En fin, pienso que si me pongo en modo ejecutivo quizá logre hacer todo y llegue al mediodía para almorzar en casa. Decido ir en minibús, hay muchas líneas que pasan cerca de casa y, como los caminos a Roma, todas las rutas recalan en alguna esquina cercana al centro.

Primera estación. En las cuadras cercanas a casa no hay minibuses, nada, “pirdiu”; tampoco hay taxis, ¿qué pasó? A duras penas logro que un transeúnte afligido y apresurado me informe que parte del transporte está haciendo paro porque no hay suministro de gasolina, pero caminando unas cuantas cuadras podría encontrar alguna línea rebelde o pirata que me lleve. Le hago caso y camino ocho cuadras castigada a ratos por un sol inclemente y otros por una llovizna tan helada como sorpresiva para la cual, obviamente, no estoy preparada (y mi peinado tampoco).

Segunda estación. El taxi pirata me dejó en la mera esquina del mercado, pero decido que es más razonable dejar las compras para el final, cuando esté regresando a casa. Así es que camino decidida hacia una farmacia. No hay el producto que necesito, tampoco algo parecido. La encargada me lo informa con una mezcla de placer (¿por qué solo ella tiene que sufrir? ¡hay que compartir las penas!), y con un suspiro de agria resignación me aconseja que no peregrine por otras farmacias porque probablemente no encontraré lo que busco. Camino estoicamente hacia el banco.

Tercera estación. A dos cuadras del banco hay tres marchas enfrentadas, luchando por el espacio y su derecho a protestar bloqueando el paso. ¿Con quién se puede hablar para pedir por favor, por favorcito, que nos dejen pasar? Algunos líderes espontáneos explican que no, rotundamente NO, no se puede. Ni autos particulares ni transporte “público” (en Bolivia el transporte privado se auto proclama generosamente así) ni personas “particulares”, ¡ni un alfiler”, nadie puede pasar, y me recita el rosario de sus demandas. Para ratificar que la decisión es férrea inmediatamente varias personas se sentaron en el piso en una línea inconmovible.

Cuarta estación. El banco cierra inmisericordemente sus ventanillas a las 12 del día, ya no me es posible llegar. No vale la pena buscar un camino alternativo hasta el mercado porque, no habiendo paso, hubiera tenido que cargar mis bolsas a pie… y no sabía hasta dónde. ¡Iluminación! Busco otro taxi pirata para que me lleve a la Gestora. A estas alturas más que el trámite deseaba la sombra y la silla que allí me ofrecerían. 

Quinta estación. ¡La Gestora gracias a Dios atiende en horario continuo! Ficha con número para la atención, silla, sombra y jubilada agradecida. Por el altavoz, una voz desabrida anuncia los números que siguen. Miro aterrorizada mi ficha y mis temores se confirman: tengo que esperar diez turnos. A estas alturas solo me queda resignación y me conformo, al menos estoy bajo techo. El impredecible clima cochabambino convirtió la mañana soleada en un mediodía de tormenta. A estas alturas agradezco que me toque mirar la lluvia y no estar bajo ella. 

Última estación. Derrotada, regreso a casa, sin medicina, sin mercado, sin regalo y sin sobre. La lluvia, corta y torrencial, convirtió las calles en un enloquecido cruce de aguas, las que cayeron del cielo, las que emergen de los sumideros del centro con basura acumulada y las que salpican a los transeúntes desprevenidos cuando los carros pasan cerca suyo a toda velocidad. 

¡Es mediodía!, el almuerzo no puede esperar. Al menos, el mío esperó.

Carmen Beatriz Ruiz, 23 de febrero de 2025

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