Anat Pacha, tiempo de juego, y de ejercitar la memoria
“La tarqueada es lo mío, no la logro con la Phala”, me repetía mentalmente mientras, en pleno ciclo de Chakan Pacha (rumbo a la fiesta de la Chakana, que se conmemora el 3 de mayo), me frustraba al descubrirme incapaz de ejecutar con cierta pericia la Phala o pífano andino. “Es que la Anata es pues otra cosa”, había dicho alguna vez alguno de los chicos del grupo, y tenía razón, Anat Pacha (Carnaval) es juego, es alegría, es travesura, es un tiempo distinto, con un aire que se aleja de la solemnidad de los otros tiempos.
“Solo quieres justificar tu incompetencia”, me decía, por otro lado, esa vocecita extraña, esa que todos tenemos y que está destinada siempre a intentar sabotearnos…
***
“¿Por qué nunca me han enseñado a tocar ningún instrumento?”, solía preguntarles a mis dos tíos, Alberto y Jorge, ambos miembros por varios años del Centro Cultural Jatun Jallp’a Tinkunaku, uno de ellos incluso cofundador. Y por años evadieron la pregunta, dejándome con apenas algunos recuerdos de mi yo niña, fascinada viéndolos tocar y bailar en la Entrada de Carnaval.
***
—Una vez, don Fortunato nos llevó, a un amigo y a mí, a la verdadera celebración de compadres, que ni siquiera es el jueves que dicen —empieza mi tío Nacho (Jorge, para los ajenos a la familia), mientras yo trato de memorizar cada una de sus palabras y de anotar en mi celular, disimuladamente, pedacitos de su historia—. Yo tocaba las percusiones (el tambor, en ese caso) y mi amigo fue llevando su tarka.
Se detiene, piensa un poco y silba suavito una melodía que parece venir de otra dimensión. Yo aprovecho y procuro tomar más apuntes, recordar que don Fortunato era luriri (un fabricante de instrumentos), que mi tío alguna vez me ha contado que él le enseñó que había que cambiar la boquilla de la tarka cuando dejaba de sonar como debía. Intento que mi memoria retenga sus palabras lo más posible porque sé que si supiera que mi intención es contar sus historias por escrito, o se encerraría en su ya conocido hermetismo, o, en un intento por seleccionar las mejores historias de su vida en el Centro, omitiría todo aquello que verdaderamente representa para él la música andina.
—Airampito nos invitó —continúa—. El sabor es dulce, es de color bien rosadito.
—Pero debe ser bien traicionero.
—Sí, le aplicas un poco y terminas “indio en tierra”. Justo mi amigo tomó de golpe y luego no se podía parar.
Se ríe recordando, me cuenta entonces cómo los amigos de don Fortunato lo gozaban, le decían que cuando se llevaba invitados tenía que atenderlos bien, que debía comprarles cerveza a “esos jóvenes”, algún otro trago, que no era bueno que les diera el traguito de airampo. Y algo en su narración parece desprender la extrañeza que los dos chicos despiertan, no era ningún secreto que ambos eran citadinos y desconocidos para los comunarios.
—Nos fuimos rápido, caminando, seguimos las vías del tren para orientarnos…
Y aunque no quiere ahondar mucho en la historia, no puede evitar narrar cómo comenzaron tocando en la placita, un grupo reducido, tarkas, tambor, bombo, y cómo de a poco, más y más músicos se fueron aproximando. Cómo las tarkas sonaban, bajando desde los cerros cercanos, aparecían por las calles y envolvían casas y personas en un ambiente casi místico difícil de comprender, pero potente, tanto, que décadas después, cuando me lo cuenta, me parece escucharlas, sentirlas en la piel y rodearme de esa sensación que a mí me suena a hogar, a cura, a espacio seguro y confortable.
***
—Yo era del grupo de investigación; te ubicas, ¿no ve? IN-VES-TI-GA-CIÓN —mi tío Beto (Alberto para los ajenos a la familia) se asegura de marcar muy bien el énfasis—; yo no era de los que andaba tocando, yo no sabía.
Y tengo ganas de decirle que es un mentiroso cara de oso porque tengo recuerdos de infancia en los que él efectivamente ejecuta música con una tarka; que sí, que es cierto que ya en mi adolescencia y juventud lo ayudé a transcribir las fechas de las fiestas de los pueblos en ese proyecto de calendario que nunca terminó de actualizar, junto a anotaciones diversas y referencias de publicaciones, pero que eso no quita que haya tocado y bailado. Y que además haya llenado la casa de pellejos de animal que hacía secar para luego tensar en bombos precisos para la ejecución de determinados ritmos. Y mucho menos elimina el grupo de niños que, con ropa andina e instrumentos autóctonos, se presentaron en el velorio de mi abuela (y en Amay Pacha, la mesita de Todos Santos) para tocar una ronda, eso por el cariño a su yatichiri, Alberto (ahí nos enteramos que enseñaba a niños y jóvenes lo que nunca enseñó a sus sobrinas: la ejecución de instrumentos nativos).
“Beto, mañoso”, le diría, pero aprovecha que la gata hace alguna de sus gracias y se va, evadiendo de nuevo mi reclamo de por qué nunca me enseñaron a tocar ningún instrumento nativo.
***
Es verdad que el sonido de las tarkas blancas parece suave cuando uno está cerca, pero a distancia se oye con una potencia tremenda. Lo aprendí el 2023, cuando, en un claro gesto traidor a mis raíces orureñas, uní mi caminar al ayllu Pacha Ajayu y toqué con el grupo de phusiris por primera vez.
Ya había tocado tarka el 2012 en Oruro, en carnaval, y el 2022 en la entrada universitaria con los chicos de Arquitectura de la UMSA, pero no había prestado tanta atención a esas particularidades sonoras. El 2012, con el corazón destrozado, la tarka fue la que me ayudó a sanar. Ocupada en mi propia sanación, no me quedó mucho espacio para nada más. En cuanto a los chicos de Arquitectura, su instrumento era la tarka roja, más aguda, menos exigente, más precisa y con un sonido que reventaba en la cercanía y se iba difuminando de a poquito en la distancia.
La tarka blanca es otra cosa. Se templa con el uso, un instrumento nuevo emite ciertas notas, pero el phusiri tiene que aprender a sacarle su verdadera voz, a usar las mismas pisadas para obtener notas distintas, a conseguir alargues y adornos que vienen de la forma de soplar, de aprender a manejar la respiración, a acomodar la boca y los dedos, en una relación casi romántica entre phusiri e instrumento.
Y si bien amo muchísimo el folclore, y todo el trasfondo cultural del Carnaval en Oruro, la ejecución de la tarka en Anat Pacha es verdaderamente otra cosa: el despertar de otra fuerza, de casi volver a nacer.
***
—No dejan tocar a las mujeres —empieza mi tío Beto mientras almorzamos—. Los mismos tíos, las tías en el campo, se marean y te empiezan a insultar, son bien cerrados.
Me cuenta también los problemas que tuvo porque nunca se casó ni tuvo hijos. Cómo la soltería lo hizo blanco de ciertas sospechas y dificultó su proyecto de registro.
Voy entendiendo de pronto por qué me fueron cerrando espacios que ellos mismos amaron muchísimo. Voy entendiendo que la vida en comunidad está muy lejos de la romantización en la que a veces se cae y como no quiero pensar en esas cosas, me dedico a tomar mi tarka y sacar un tema que siempre me ha gustado, pero que nunca antes he podido tocar.
***
—Estás chalequeando —se reía mi tío Nacho, viéndome soplar infructuosamente la Phala, viendo cómo lograba sacarle apenas algo que no lograba consolidarse como una nota musical.
—No es tan fácil —le dije—. Tal vez sería, si alguien me hubiera enseñado desde chiquita.
Me miró sin responder, eso me dio valor para intentar:
—¿Tú puedes?
Recibió el instrumento y lo midió con la mirada, lo revisó con cuidado, lo giró, observó la boquilla, ensayó algunas pisadas.
Casi pude saborear el triunfo cuando aplicó el instrumento a sus labios y no salió ningún sonido. Sin embargo, lo acomodó con un pequeño giro y comenzó a tocar una melodía que yo nunca antes había escuchado. Tocó durante un momento, con una precisión que ha logrado evadir el transcurso del tiempo y, por un segundo, pensé en los Carnavales de mi infancia, en cuando escuchaba la tarqueada de los Jatun Jallp’a acercándose y soñaba con algún día poder tocar yo, poder sentir eso que los bailarines estaban sintiendo, esa fuerza, esa comunidad; pensé en cuando, aún muy pequeña, lloraba espantada con la puesta en escena de una wilancha y las voces de los actores acompañando el ritual (“Cómo vas a tener miedo”, me había dicho mi tío después, “si la llamita no era más que un actor disfrazado”); pensé en cuando me metía a la sala, donde mis tíos estaban con sus amigos, y revisaba con ojitos curiosos las tapas de los vinilos acomodados sobre la mesita ratona, mientras mis oídos se acostumbraban a la música de Boliviamanta, de Ñandamañachi, de Luzmila Carpio y mi voz se esforzaba por repetir (aunque aún no entendía su significado): “Ama sua, ama qhella, ama llullakuychu. Jina yuyarinsun, Inkaj parlayninta”.
Mi tío detuvo de pronto su ejecución y dijo, suavito, como quien no quiere la cosa:
—Ya no me acuerdo más.
Me devolvió el instrumento y se fue a hacer alguna de las cosas que siempre anda haciendo por la casa.
***
Algo fue mutilado en mí cuando supe que las autoridades del ayllu habían decidido que la tarka no sería el instrumento principal de anata. “No me mando sola”, me repetía, “hay que nomás hacer caso”; pero fue imposible. “Todo pasa por algo”, me dijo uno de los hermanos y la aparición de nuevos trabajos repentinos, la enfermedad de uno de mis tíos, mis gatos requiriendo atención, de pronto fueron demasiado. Y si ya en Amay Pacha había sentido muy cercana la presencia de mis ancestros, encontrar los pañuelos de china supay de mi tía, fue revelador. Los pañuelos con diablitos bordados en lentejuelas, de cuando ella bailaba en la Diablada Ferroviaria y, en la misma caja, el botón de Jatun Jallp’a, recuerdo de alguno de mis tíos, parecieron decirme que mi lugar era otro, que mi camino estaba cambiando y que los sonidos querían llevarme por otros derroteros, solo tenía que aprender a escucharlos.
Soy mujer de símbolos, de performances, digamos. Y qué podía hacer una mujer de ese tipo con el alma mutilada, pues mutilar también el cuerpo y cortarse el cabello lo más corto que podría soportar sin ponerse a llorar (soy un cliché).
Porque el Anat Pacha es tiempo de juego y de travesura, pero también la Anata cae en Jallu Pacha, en tiempo de lluvia, en donde sí tenemos permiso (y capaz hasta excusa) para ponernos a llorar.

