Todos brindan, menos Avaroa
Lejos de resultarnos como simple pedantería o una inflación de egolatría mayor a su actual inflación económica, lo cierto es que para nosotros, los bolivianos, la soberbia argentina debería servirnos de ejemplo, pues somos lo opuesto. Si Argentina es el país de la ultra-autoestima, nosotros somos el de la anti-autoestima. ¿Por qué los bolivianos no nos queremos lo suficiente? Razones, hay muchas. Hoy solo trataré de darle sentido a una.
Argentina es el país más soberbio de Hispanoamérica, sí. Pero el país más soberbio (o uno de los más soberbios) del mundo, sin duda son los Estados Unidos de América. Un país tan acostumbrado a ganar en varios rubros —y sin mayor presión que una mortal depresión que terminaron superando—, que Vietnam cayó tan mal como un ají mal cocido y diarreico.
La pregunta clave, sin embargo, para comparar el orgullo herido de los norteamericanos, con el orgullo inexistente de los bolivianos es la siguiente: “¿Existe algún día de recuerdo o revancha contra los vietnamitas allá?”
La respuesta es un rotundo “no”. Si bien existen formas para recordar a los caídos y devolverles a los veteranos la dignidad que su misma gente le arrebató en su tiempo, no existe como tal un día de recuerdo, un mea culpa para latiguearse por la enorme pérdida, producto de una absurda guerra. En Bolivia, tenemos el Día del Mar y esta es solo la punta del iceberg…
En las fechas soy fatal, así que no podría comprobar con claridad el año en el que leí el guión. Sí sé que era un niño para ese entonces y que el famoso juicio en el tribunal de La Haya aún no había acontecido, pero no estaba lejos de suceder, ofreciéndonos un ápice de esperanza que terminó en nada. El guión fue un detalle de un tío cineasta para mi padre, por motivos que no comprendo y tampoco importa comprender. Sobre la identidad de mi tío y el nombre del guión no pienso dar detalles por un motivo sencillo: este proyecto aún no ha sido filmado, y no quiero ser parte del grupículo de artistas pesimistas que opinan que un proyecto de ese tamaño nunca se podría realizar en este país —otro punto de nuestra falta de amor propio—. Así que, a riesgo de spoilear el guión de mi tío; que este documento sirva también como un vistazo a ese potencial inacabado y motive a quien sea.
El proyecto era una épica que contaba de manera escueta ciertos eventos acontecidos durante la Guerra del Pacifico, pero cuyo plato fuerte iba a ser el enfrentamiento final en el puente del Topater. El guión tenía sus falencias, pero la idea era muy buena, épicas así no se hacen todos los días. Y recuerdo, al leer el guion de mi tío, que por un lado yo fantaseaba la idea de actuar como el héroe nacional Eduardo Avaroa, el protagonista de la película y dador de grandes escenas, acompañado de un Ladislao Cabrera, quién podría ser un secundario interesante, quizás Kike Gorena u otro. Pero por el otro, mi fantasía se derrumbaba ante la obvia idea de que Avaroa era un viejo y yo era un niño, y me tendría que conformar con el cameo final de Juancito Pinto; quién toca su tambor, ve a un compatriota morir, tira su tambor, recoge su fusil y salta furioso hacia la cámara en ese orden, como si del final de Braveheart o 300 se tratase.
Pero, aparte de aquellas impresiones que tenía por la opacidad y la acción de la historia, me acuerdo de cierta escena que nunca salió de mi memoria, y que me obliga a escribir sobre esto…
Quiero recalcar que era un niño cuando leí el guion, no en un intento vano y tonto por creerme superior o pretensiones de ese estilo, no, sino para compartir una pequeña filosofía: los niños entienden todo. Bajo el riesgo de joderles la inocencia, un niño podría comprender de una mejor forma los mensajes ocultos de Lolita, de Filosofía en el Tocador, de Saló o los 120 días de Sodoma, o de Clímax mejor de lo que podría hacerlo un adulto, y mucho más que un adulto de hoy. El adulto (¡Y el joven!) actual posee la absurda tendencia de sentirse ofendido ante la confrontación y la mugre, y tiene el atrevimiento de menospreciar al autor y a su obra solo por los insignificantes sentimientos que reverberaron en su estómago y lastimaron su ego. El niño carece de un ego tan endeble y atiende a los mensajes de aquello que ve, lee o escucha, con una atención sencilla, determinada por solo unas cuantas palabras o frases, en lugar de las críticas pretenciosas y alargadas de los adultos. Peco de ello con este artículo, pues soy un adulto, estoy seguro que el mensaje de este material quedaría más claro si, como niño, escribiese cuatro o cinco palabras que no me llegan a la cabeza y ya nunca lo harán.
En fin, detalles de la escena no puedo recordarlos con claridad, solo sé que Avaroa se encontraba en una reunión con una amiga (¿o esposa?) y un empresario extranjero. El empresario hablaba maravillas sobre la industria chilena, o sobre Chile en general. La mujer estaba gustosa y Avaroa trataba de contraatacar al empresario de varias maneras que pudiese ofrecerle la verborrea. Como sea, la conversación era alargada y aburrida, pero la parte final, eso es lo importante.
MUJER CUYO NOMBRE O PROCEDENCIA NO RECUERDO.
¡Oh, cómo me gustaría conocer Chile!
Todos brindan, menos Avaroa.
¿Era así la frase?
¿O era: “Los dos brindan, Avaroa no”?
¿A este artículo doy un título que no recuerdo con claridad?
Mea culpa, el archivo del guión lo perdí, o mi padre lo perdió, o quizás aún esté archivado por ahí. El punto, sea cual fuese la frase original, era que, de niño, esa frase me resultó... falsa.
La idea de centrar la cámara, con la mujer y el empresario brindando por los lados y Avaroa en medio, quizás interpretado por Cristian Mercado, en pintas que hagan recuerdo a los actuales comerciales de Tigo, pero con un toque viejo y refinado, dando una sonrisa cansina, riendo con sarcasmo y repudiando a esos dos traidores de una guerra que no se manifiesta hasta la página 34... había algo de falso en eso.
Resulta ser que, efectivamente, perdimos una guerra y, efectivamente también, perdimos un territorio importante, una salida al mar. Pero el odio creciente —una xenofobia que todos hemos compartido en cierto momento— es un odio falso, inculcado por los gobiernos y la peor de sus instituciones para hacerlo: el colegio.
¿Marchan los estadounidenses al son de una “Marcha Vietnamita” que les inculque que “algún día” recuperarán Vietnam? Entre el canto lerdo de los estudiantes despreocupados que creen que “Mejillones” es un pésimo nombre para un departamento —en efecto, lo es—, existe el lado de los futuros fanáticos que cantan “Marcha Naval” como si de un cántico nazi se tratase. Recuerdo el video de ese noticiero chileno, en el que se filmó un encontronazo entre un transeúnte chileno con un anciano beligerante que lo insultaba primero y resaltaba, en su ignorancia, las bondades bolivianas que Evo Morales nos ofreció.
En resumen; un helicóptero.
Recuerdo a Amargo Mar, película vendida como un clásico de nuestro cine y una exploración épica sobre la Guerra del Pacifico. Sin nada más que ofrecer que el mismo lloriqueo sesgado, orientado hacia la representación propagandística de los chilenos según la narrativa boliviana y ofreciéndonos una simple victoria al final de la película como un último punto catártico; migajas de oro en un cerro viejo.
Recuerdo también leer la Historia de Bolivia de Carlos Mesa y sentir una fatigoso sesgo en las páginas que narraba la Guerra del Pacifico, con los “rotos” como los malos malosos y los bolivianos como los buenos bondadosos, prefiriendo perfilarnos como las víctimas que “se dejaron mamar” como los responsables de nuestra caída por la incompetencia presidencial del oso de carnaval Hilarión Daza. Eso, sin contar cómo utilizamos a los peruanos como escudo humano mientras, acobardados, preparábamos la rendición.
Con esto no quiero redimir de ninguna manera a los chilenos, pero tampoco quiero seguir con el bajo afán del odio entre vecinos. Un odio paceño, caracterizado por su absoluta inacción, aun si nos quema la bilis con cada “¡March...!” y el recuerdo del mar perdido, mar que ninguno de estos niños conoce, mar que ninguno de estos chicos anhela realmente, más allá de la imagen idílica de una playa que leyeron en algún libro de texto. Un odio falso y mutuo.
En Sudamérica somos naciones jóvenes, pero eso no es excusa. Israel —una nación parida de la compensación judía y la incompetencia árabe— es mucho más joven y se embarca en un odio feroz entre ellos y todo Oriente Medio. Una guerra estúpida que atrae cada año a montones de fanáticos de ambos bandos que creen que le harán un bien al mundo con sus pancartas y sus protestas, pero solo avivan el fuego para la siguiente guerra de aquí a algunos años, con cameo de Stan Lee confirmado.
¿Hemos de alimentar el odio falso e inculcado hacia los chilenos, hasta que terminemos como Israel y los palestinos?
¿Tendremos una hinchada internacional que diga: “Bolivia libre”, cuando ya éramos libres antes de que el odio formase parte de la rutina escolar?
¡Y qué gol a traición recibimos en nuestro pasado partido de eliminatorias! Que esto sea prueba de ello, al igual que la inacción desvergonzada de Lampe y su “conciliación” en cama de hospital. Traición chilena, resignación boliviana; una de las pocas veces que el fútbol nos puede ofrecer una imagen relevante, y en este caso; la imagen de una segunda Guerra del Pacífico —porque sí—, así probablemente se vería. ¿Tenemos que quedarnos como Lampe, derrotados y en el piso, por recordarnos como un país patético que perdió una playa?
Lo peor de todo es que esta falsedad se incrustó tan profundo en nuestros cerebros, que ni siquiera la notamos presente. Y mientras el pendejo de turno siga adoctrinando y condicionándonos bajo la política del resentimiento —y cada década nos ofrezca una mera playa como promesa de campaña—, seguiremos siendo Avaroa y nunca brindaremos...

