El ocho es un cero con cinturón

¿A qué nos remiten las dorsales de los fútbolistas? Alberto Zuñagua nos cuenta la historia detrás de todos los números que utilizó en la espalda y cuál fue el significado e impacto de cada uno en su vida.
Editado por : Adrián Nieve

A Lucía Arévalo, que con su voz y su arte devolvió luz a mis días nublados y armonizó el caos que yo creía irreparable.

¿Saben? A pesar de mi físico de lombriz desnutrida, mi exquisita misandria cultivada con años llenos de traumas y esta manera tan artísticamente afeminada de existir, amo con todas mis fuerzas aquel deporte que consiste en pegarle a una inocente pelotita. Fútbol, creo que le dicen. Así que, si me ven gritándole a una pantalla, rabiando porque los jugadores no me hacen caso y, sobre todo, chillando luego de que mi equipo hiciera el ridículo otra vez, déjenme, ahí es exactamente donde quiero estar.

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Imagen: 88 Grados

Lo curioso es que no me conquistó del todo el balón, ni las gambetas (porque siendo sinceros, jamás supe hacerlas sin sacarme la mugre al intentarlas). Lo que me atrapó fueron los dorsales. ¡Ah, los dorsales! Esos números mágicos estampados en la espalda, como si con ellos pudieras engañar al mundo haciéndole creer que sabes lo que estás haciendo. Yo también los llevé, aunque, claro, mi carrera como futbolista fue más corto que el prime de Benzema: algunas enfermedades —que no sé si son hereditarias o un capricho del karma— me retiraron temprano. Pero los números, esos sí se quedaron conmigo.

El primer número que usé fue el 3, porque jugaba de defensa central y, para ser sinceros, era un leñero de primera. No había necesidad de técnica cuando podías meter la pierna con toda la fuerza del universo. Mi regla de oro era clara: o pasaba el hombre o pasaba la pelota, pero jamás los dos. Eso y además me encantaba patear (inserte imagen de Patricio pateando a Arenita sin motivo).

Lo raro es que nunca me sacaron una amarilla. Nunca. Ni una advertencia. Y no porque no hiciera méritos, porque, ¡vaya que los hacía! De niño no entendía por qué, pero ahora que crecí lo tengo clarísimo: era mi carita de niño bueno. Esa cara angelical que parecía pedir disculpas hasta por respirar. En el campo, saludaba al árbitro de manera muy respetuosa, jamás me exaltaba si nos clavaban un gol o alguien me gritaba. 

Siempre dicen que en este mundo hay que ser malos, porque el mundo es cruel y no dudará en serlo contigo. Yo refuto eso a medias. Es cierto, el mundo no siempre será un paraíso, pero, por alguna razón que no termino de entender, he logrado salirme con la mía manteniendo una actitud relajada y respetuosa. Básicamente, siendo yo. De hecho, todavía mis tías me ponen de ejemplo para torturar a mis primos, diciendo que deberían ser menos como ellos y más como yo. Y, a donde voy, siempre termino siendo recordado como alguien bueno y responsable a quien deberían darle alguna oportunidad más.

Otro número que usé fue el 27. Lo elegí en mi adolescencia, aunque su origen no es precisamente épico. En realidad, fue porque en algún videojuego del FIFA, mientras jugaba el modo carrera, me hicieron debutar con ese dorsal. Era el número que te asignaban automáticamente como canterano en algún equipo random, y, aun así, le agarré cariño. Me gustaba imaginar que, al defender ese número, también estaba defendiendo una identidad, algo que parecía mío, aunque fuera impuesto por un algoritmo. Sin embargo, el 27 terminó significando mucho más para mí. En el colegio, yo era el corcho de la clase, y no del tipo “ay, qué listo, vamos a admirarlo”, sino más bien el que hacía que todos quisieran inventar una ley anti-corchos. Además, tenía la peculiaridad de amar el arte más que la vida misma, algo que resultaba rarísimo para todos… incluyendo a los profesores.

La guinda del pastel llegó cuando empecé a hacer teatro y aprendí que los hombres también tenemos que maquillarnos para las presentaciones y que el delineador se queda ahí, firme como soldado, durante días. No me molestaba, pero a mis compañeros y profes sí. La conclusión colectiva era obvia: “Este chico es gay”, hasta me atrevo a afirmar que los mismos profesores se encargaron de esparcir ese rumor luego de que varios me dieran un sermón sobre mi “rareza”. La cosa es que yo no era gay. Pero eso no evitó que las chicas que me gustaban usaran mi rareza como excusa para rechazarme. No era solo el maquillaje, claro. También estaban los clásicos: pobre, feo, raro, raro muy raro. Básicamente, yo era un paquete completo de lo que no querían. Y yo ahí, con mi amor no correspondido, acumulando rechazos dignos de una telenovela de las tres.

El 27, entonces, se convirtió en mi amuleto de escape. Me decía: “Aguanta, que a los 27 años ya habrás cumplido todos tus sueños y entonces verás cómo esos mismos que te miran por encima del hombro ahora te aplauden”. Era mi venganza poética, mi promesa personal de triunfo. Esperaba que todas esas chicas tuvieran que decirles a sus hijos: “Cambié al mejor artista de Bolivia por tu papá” 

Ja ja ja.

Pero el 27 sigue ahí, como ese recordatorio incómodo y a la vez motivador. Es mi símbolo de terquedad. Porque, a pesar de los obstáculos, sigo luchando por ser un gran artista, con esa misma terquedad adolescente que tenía cuando jugaba al FIFA con el número 27 en mi espalda. Mi mente sigue aferrada a la idea de que cuando llegue ese día, miraré hacia atrás y veré que, a pesar de todo, sí hice algo bien. Y si no lo hago, pues me lo invento, porque esa terquedad es la que me ha mantenido a flote, y no pienso abandonarla ahora.

Cuando entré a la universidad, decidí cambiar de número por uno nuevo: el 11. ¿Por qué? No lo sé. Tal vez porque sí, o porque mi cerebro decidió que era hora de empezar una relación simbólica con dos palitos juntos. Pero debo admitir que mi devoción inicial por el 11 tuvo un detonante: tres jugadores de fútbol que lo llevaban en la espalda. El primero de esos jugadores es Marco Reus, la encarnación del romanticismo futbolístico. Este hombre amaba tanto a su equipo que rechazó ofertas millonarias de los clubes más grandes del mundo, todo por quedarse con el amor de su vida: un equipo que a veces parecía más una relación tóxica que otra cosa. Y, no sé, creo que eso me representa un poco. Así es como amo yo: con una fidelidad que asusta, con esa intensidad casi irracional que hace que lo dé todo, aunque nadie me lo pida. Mi versión enamorada es, probablemente, lo mejor que le puede pasar a alguien y lo peor que me puede pasar a mí. Porque cuando me enamoro, me convierto en una máquina de hacer detalles, de dedicar mis triunfos y logros, de estar ahí incondicionalmente, aunque no seamos nada oficial. Incluso soy capaz de sacrificar mi propia felicidad solo para asegurarme de que esa persona esté bien. Es lindo, supongo, hasta que no lo es.

Pero volviendo al 11, este número también me hace pensar en cómo quiero que sea una relación ideal. Lo miro y veo algo claro: dos entes iguales, independientes, que están juntos no porque se necesiten, sino porque quieren estarlo. El 11, con sus dos líneas paralelas, me recuerda que en una relación sana debe haber algo en común que conecte a las personas: tal vez amor al arte, un gusto compartido por el fútbol, o incluso algo tan simple como reírse de los mismos memes. Lo importante es que ambos sepan que siempre pueden contar con el otro, empezando por esa conexión genuina que los hace funcionar como pareja.

No hablo del Gareth Bale del Real Madrid, sino del héroe galés que llevó a su país a las semifinales de la Eurocopa y a un Mundial, recordándome que, sin importar el origen, siempre se pueden lograr grandes cosas.

Siempre he estado orgulloso de ser boliviano y alteño, y cada vez que he representado a mi país, he intentado hacerlo bien para desafiar los estereotipos, aunque a veces llegue tarde o prefiera dormir antes que entrenar.

El tercer jugador es Neymar. Lo conocí en su época en el Barcelona, donde parecía un niño feliz jugando con sus amigos en el parque, bailando a defensores al ritmo de su samba. Lo admiraba mucho… hasta que decidió irse al PSG. Para todos fue un movimiento tan acertado como meter la mano en una licuadora: un desastre anunciado. En el Barça se veía pleno, querido por todos, pero su ambición (o un mal consejo, quién sabe) lo llevó a ese equipo que parece diseñado para ser odiado por la mayoría de los fanáticos del fútbol, (incluyéndome por supuesto). Y así nació su apodo: “El Príncipe que no quiso ser rey”.

Muchas veces siento que he desperdiciado mi potencial tomando decisiones que, en su momento, parecían las correctas porque las seguí con el corazón, pero que con el tiempo terminaron volviéndose en mi contra. Por eso siempre recomiendo pensar biencito las cosas antes de actuar, porque todo, absolutamente todo, tendrá sus repercusiones, sean buenas o malas.

El 11 es, sin duda, el número que más he usado en mi vida. Tengo un arsenal de camisetas con ese número y mi nombre estampados, y la cosa no acaba ahí: hasta una chompa y una camisa formal tienen bordado el 11 junto a mi nombre, incluso pensaba tatuármelo en grande en toda la mano como chico malo, es eso o hacerme tatuar un “¡Mi gato manda!”.

Ya expliqué lo que significa el 11 para mí, pero hay algo más. Este número también me recuerda que, como en todo equipo, hay 11 jugadores en la cancha, y detrás de ti siempre hay otros 10 que te están apoyando. Nunca estás solo, ni en el juego ni en la vida. Si lo piensas, detrás de ti siempre habrá alguien: tu papá, tu mamá, el abuelo, la tía que te manda memes, tu padrino, tu gato que te ignora, el perro que siempre te entiende, tu pareja o incluso ese amigo que te manda audios de cinco minutos como si fueran podcasts. Ellos creen en ti, incluso en los días en que tú no crees en ti mismo. Y por eso, no puedes decepcionarlos. Tienes que dar ese extra, aunque te duelan las piernas, aunque el marcador esté en tu contra, aunque la vida te haya metido un gol en el último minuto. Sí se puede, aunque tu cabecita diga que no.

Por un breve tiempo usé el dorsal 14, pero no diré ni por qué ni por quién. Tal vez algún día escriba algo al respecto, pero por ahora solo diré que fue por una mujer.

El dorsal que he elegido para empezar este 2025 tiene toda una historia detrás, y siento que ya puedo hablar de esto sin ponerme a chillar en medio de la historia. A principios del año, pasado me obsesioné con un solo objetivo: consolidar, por fin, mi carrera como escritor y, de paso, encontrar a la mujer con la que me casaría. Todo empezó cuando encontré un video de 2014. Ahí estaba yo, con 14 años, siendo reconocido como “mejor promesa artística del año”.

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Imagen: Archivo

Recuerdo perfectamente lo que dijo ese niño ingenuo: que para los 24 ya no sería una promesa, sino una realidad. Además, aseguraba que a esa edad tendría su título universitario colgado en la pared, una mujer bien macanuda a su lado y un gato naranjoso llamado Mandarino. Pero, sinceramente, creo que el Alberto de 2014 estaba bien pendejo. Aunque, siendo honestos, más pendejo es el Alberto de estos últimos años.

Con tal de cumplir esa meta, mi versión más reciente decidió obsesionarse hasta niveles ridículos. Me dije: “Si no logro consolidar mi carrera este año, no sirvo como artista, y mejor lo dejo todo para siempre”. Una especie de ultimátum existencial que solo alguien tan dramático como yo podía inventarse. Por algo también soy dramatarugo, digo dramaturgo.

Decidí que la mejor manera de consolidar mi carrera era ganar algún premio nacional importante, de esos que hacen que la gente te mire con respeto y no solo con lástima. Así que me puse a escribir cuentos, poemas, crónicas, cartas a mi ex… cualquier cosa que pudiera calificar como “arte”. Luego, como buen desesperado, los envié a todos los lugares posibles, convencido de que en alguno de ellos iba a dar el golpe sobre la mesa y, de una vez por todas, entrar en ese círculo artístico que tanto anhelaba, cueste con quien me acueste.

Y entonces llegó una oportunidad inesperada: Este año se reabrió el concurso de teatro “Aldo Velásquez”, donde, en mi quinto intento, logré cumplir mi sueño de estar en el cuadro de honor al ganar la estatuilla al mejor guion, como si el universo hubiera decidido que, tras tanto insistir, ya era hora de darme un premio. Incluso empecé a pensar que el 5 era mi número de la suerte.

Claro, con ese reconocimiento debería estar conforme… pero no lo estaba. Porque, aunque yo había escrito el guion y armado la obra, no sentía que el logro fuera completamente mío. Necesitaba algo en solitario, algo que dijera: “Esto lo gané yo, nadie más”. Y, para ser sincero, también quería un premio más grande. Porque, sí, la estatuilla estaba bonita, pero no era exactamente el trofeo dorado que imaginaba al empezar el año.

Aun así, ganar en el “Aldo” me dio un empujón de confianza. Pensé: “Si hice algo bien aquí, seguro me fue genial en los otros concursos”. Especialmente en un certamen nacional de escritura dramática al que le había puesto todas mis esperanzas. Y entonces, llegaron los resultados.

Perdí.

Esa primera derrota me pegó tan fuerte como el cabezazo de Zidane. Pero bueno, uno aprende a lidiar con estas cosas, ¿no? O eso creía… hasta que llegó otra derrota. Y también dolió. Ahora que lo pienso, cada golpe fue como esas repeticiones en cámara lenta que te ponen en el FIFA después de meterte un gol bien humillante.

Recuerdo que cuando vi los resultados del primero, me quedé ahí, paralizado, con los brazos en jarra y mirando al vacío durante 10 minutos. Literalmente, en mi cabeza solo resonaba: “¿Qué pasó? ¿Por qué no se dio?” Me sentía como Roberto Baggio fallando ese penal decisivo en el Mundial del 94. Así me quedé: inmóvil, decepcionado y esperando a que alguien viniera a consolarme… pero ni eso.

Esperen. Sí había alguien.

A mediados de año me obsesioné con conquistar a la chica más guapa de mi carrera, a quien llamaba “Mi Mariposa de Inspiración”, convenciéndome de que, cuando me dijera que sí, todos mis problemas desaparecerían, al punto de imaginar hasta la foto perfecta con una leyenda sentimental. Algo así como: “Fue un año horrible, pero menos mal llegaste tú.”

Pero la realidad era que este año no estaba siendo simplemente “horrible”; era como un torneo de desgracias sin descanso. Entre los concursos perdidos, también se sumaron problemas económicos. Cada vez que tenía algo de dinero en mis manos, pasaba algo que me obligaba a gastarlo en chingaderas inesperadas.

Debo admitir también que me pegaba el síndrome del primo comparativo. Miraba a mis primos, casi de mi misma edad, y pensaba: “Ah, mira, pareja, trabajo estable, la vida resuelta… ¿y yo?” Mientras tanto, yo seguía jugando a ser auxiliar de docencia en la U, a pesar de ya haber egresado. Ya hasta me sentía dino de la U, aunque legalmente todavía no lo era.

Así que, claro, esa Mariposa era mi gran escape. Me aferré a la idea de que, si lograba que ella estuviera conmigo, sería la prueba irrefutable de que algo había hecho bien este año. Porque, sinceramente, cuando la vida te golpea tanto, cualquier pequeño logro —así sea romántico— se siente como un premio a la perseverancia. 

Creo que la abrumé con tantos detalles y cursilerías, llenándola de regalos, poemas y canciones hasta sofocarla, así que, obviamente, encontró la forma de mandarme a la mierda sin quedar como la villana.

Todo se vino abajo el día que, al preguntarle inocentemente por animales exóticos, me mandó a rodar con una despedida poética: “Tu corazón está lleno de basura si piensas así de los animales”, dejándome destrozado como un perrito mojado sin refugio.

Esa frase fue la gota que derramó el vaso de un año ya desastroso. Todo lo que me había guardado explotó de golpe, y ahí me tenías: llorando como Magdalena y terminando en terapia psicológica diagnosticado con ansiedad y depresión severa.

Jajan’t.

En teoría, la terapia debía ayudarme a sobrellevar todo esto, pero, honestamente, con cada sesión sentía que cavaban un agujero más profundo en mi cabeza. Salía de ahí sintiéndome peor que cuando entré. Después de unas semanas, decidí dejarla bajo la frase de “No quiero terapia, quiero venganza”.

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Imagen: Archivo

Entonces recordé algo fundamental: el arte siempre ha sido mi refugio. Cuando la vida me aplasta, mi mejor respuesta es crear. Por eso me puse a buscar alguna actividad artística que me sacara del hoyo. Esta vez, opté por algo diferente. “Voy a aprender a cantar”, me dije.

Como no quería lidiar con gente (porque mi humor social estaba por los suelos), busqué algo personalizado. Me lancé al ciberespacio, abrí Facebook y, en el primer clic, encontré justamente lo que buscaba. El detalle era que quedaban re lejos, casi del otro lado de la ciudad. Pero pensé: “Bueno, peor está mi vida, ¿qué más da un poco de transporte extra?” Así que me lancé, con la esperanza de que al menos esto me ayudara a olvidarme de mis problemas un rato. Y ahí fue donde conocí a… ni siquiera sé cómo llamarla. Es tan especial para mí que ningún adjetivo parece suficiente. Lucía es su nombre, pero para mí representa muchas cosas más. No sé si el destino o el algoritmo me llevaron a ella, pero me hizo sentir algo que hacía tiempo no sentía: paz.

Lucía no solo es una excelente artista, sino también una docente increíble. Desde el día uno, me sentí cómodo en sus clases. Ella tenía una paciencia infinita conmigo, algo que, para ser honestos, no es tarea fácil porque mi sentido del ritmo está como mi vida: desordenado. Pero lo importante es que cuando salí de esa primera clase, algo había cambiado. Me sentí un poquito mejor, como si me hubieran reconstruido una pieza perdida. Lo que Lucía no sabía es que, sin proponérselo, me estaba sanando con arte. Cada clase era como pegar con cinta las partes rotas de mí mismo. Estaba logrando lo que la terapia y otras actividades no pudieron: devolverme la sonrisa que había perdido y, más importante aún, mi confianza.

Pero hubo un día que lo cambió todo: un miércoles. Recuerdo que llegué temprano a clases y llovía, y la lluvia siempre me pone en un modo extra sensible. No sé si fue el clima o simplemente la confianza que ella inspiraba, pero esa tarde no fue una clase normal. En vez de practicar vocalización, terminamos hablando de la vida. Le conté todo, absolutamente todo. Desde mis errores más idiotas hasta los pocos triunfos que podía presumir. Le hablé de cómo había puesto en juego mi carrera solo por intentar consolidarla y de cómo me había derrumbado al no lograrlo. Lucía no solo escuchó, sino que entendió. Creo que nadie antes me había entendido así. Y entonces me dijo una frase que me marcó para siempre:

“El arte te va a soltar de algún lado, pero siempre te agarrará de otro”.

Esa frase se quedó resonando en mi cabeza. Algo en mí despertó ese miércoles lluvioso, algo que había creído perdido. Esa misma tarde, con un impulso renovado, escribí al colegio Salomón. Les pedí que me dejaran participar en su festival de teatro porque, por primera vez en mucho tiempo, quería volver a hacer arte de verdad.

Volví a practicar en casa, y poco a poco algo dentro de mí empezaba a sanar. Por fin podía dormir sin que mi cerebro jugara a recordarme todos mis fracasos justo antes de cerrar los ojos. Además, empecé a esperar con ansias los miércoles y viernes, los días en los que tenía clases con Lucía. Era curioso, pero esos días tenían algo especial, como si por un par de horas todo lo malo quedara en pausa.

Pronto llegó el festival de teatro, y decidí invitarla. Tenía planeado dedicarle mi presentación, porque si estaba ahí, de pie y con ganas de actuar y ser yo, era gracias a ella. El festival estuvo hermoso. No solo participé con mi monólogo, sino que también se presentaron otras historias que había escrito, y, para mi sorpresa, logré recuperar mi mejor nivel en el ámbito actoral. Estaba en mi prime nuevamente.

Lastimosamente, Lucía no pudo ir. Se enfermó justo ese día. Y aunque debería haberlo tomado como algo casual, no voy a mentir: me dolió y me dolió mucho. Ni siquiera entiendo por qué me afectó tanto, pero ahí estaba, en el camerino, extrañándola por demás. Por suerte, grabaron todo el festival y, días después, Lucía pudo verlo. Cuando me dijo que le había encantado, sentí que todo había valido la pena.

Con el tiempo, empecé a escribir otra vez. Poemas, cuentos, lo que saliera, pero esta vez no por obsesión o para ganar algo, sino porque simplemente quería hacerlo. Fue liberador, como reencontrarme con una parte de mí que había perdido en el caos de este año. También me inscribí en clases de conducción, algo que siempre pensé que haría solo cuando estuviera casado (porque en mi mente casarme venía con un auto incluido, no sé por qué). Además, empecé a asistir a talleres de arte, solo y sin miedo. De a poco entendía que no necesitaba una pareja para disfrutar las cosas que me hacían feliz. Incluso llegué a conseguir un trabajo muy bueno después, diría que es el trabajo de mis sueños, pero solo el tiempo lo dirá.

Claro que no todo era color de rosa. En ese tiempo perdí otras dos competencias, pero curiosamente ambas malas noticias llegaron justo antes de mis clases con Lucía. Así que dolieron menos. Es como si esas horas de canto y risas fueran un escudo contra el desánimo.

Pero llegó una quinta competencia, esta vez organizada por la Editorial del Estado y la premiación sería en el Hall del Palacio Quemado. Cuando recibí la invitación, lo primero que pensé fue en invitar a Lucía, pero luego recapacité. Hace un año había participado en este mismo concurso y también me habían invitado… solo para terminar recibiendo una mención de honor. Una. Mención. De. Honor. ¿Y saben qué? Nada humilla más que eso: suficiente para no ganar, pero tampoco lo bastante malo como para ignorarte del todo. Así que, esta vez, decidí asistir con expectativas bajas. Bajísimas. Ni siquiera me esforcé en vestirme como ganador. Pero, para mi sorpresa, esta vez la suerte decidió acordarse de mí. Logré un tercer lugar, nada menos, con una de mis crónicas. ¡Un tercer lugar! Para un concurso nacional eso ya era algo bueno. Por primera vez en el año, sentí que había logrado algo verdaderamente importante.

Me dieron un certificado de reconocimiento y un celular nuevecito, que terminé regalándole a mi mamá porque ella lo necesitaba más que yo. Y, aunque podría haber usado ese momento para inflar mi ego (que para entonces estaba en cuidados intensivos), lo único que sentí fue gratitud. Este triunfo, pequeño o grande, se lo dediqué a Lucía.

Sin ella y su apoyo constante, no lo habría conseguido. Literalmente. De no haberla conocido, este año habría sido un infierno todavía más horrible. Ella no solo fue mi maestra de canto, sino también un faro en la tormenta, una razón para no dejar que mi barco artístico se hundiera del todo. Por eso es que la quiero un montón y haría cualquier cosa por verla feliz. 

En nuestra última clase le pregunté por su número favorito y, con una sonrisa cómplice, me dijo que el 8. “El 8 es un 0 con cinturón”, me explicó. Y fue en ese momento que decidí que mi número de ahora en adelante sería el 8.

Podría elegir el 5, considerando mis recientes experiencias en las que parece que recién a la quinta vez logro hacer algo bien. Sin embargo, prefiero honrar a la persona más maravillosa que he conocido hasta ahora, aquella que ve un 8 como un 0 con cinturón y que me recuerda que, aunque todo parezca oscuro, siempre hay esperanza. Al final, todo estará bien.

Así que usaré la 8 con orgullo, recordando lo que significa para mí: perseverancia, esperanza y la promesa que le hice a ella, ser fuerte.

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