La Chaleca
Estaba muy loca hasta para ser una cabra. Se resistió a ser parida, sujetándose con terquedad a las entrañas de su madre. Doña Gertrudis tuvo que tirar de sus patas traseras para traerla al mundo. En cuanto puso una pata sobre la tierra, corrió descontrolada y tambaleante, arrastrando su viscosa placenta sobre la bosta del corral. Una curiosa mancha que se asemejaba a un chaleco cubriendo su espalda le valió el nombre: Chaleca. Nació con uno de sus cuernitos desarrollado, afilado como estaca. Doña Gertrudis supo que esa chiva le iba a dar más de un dolor de cabeza. La chaleca, no era el macho cabrío, aunque en poco tiempo, los apacibles comunarios de Villa Providencia comenzarían a tener sus dudas.
No había pasado un día antes de que huyera por primera vez del corral: volteó de un topetazo la piedra plana que hacía de puerta. Menos tardó doña Gertrudis en juntar a todo el rebaño, que en atrapar a la Chaleca que huyó a brincos por la quebrada, dejando caer afiladas piedras a su paso. Desde ese día, la Chaleca viviría amarrada a un árbol, aunque nunca por mucho tiempo: mordisqueaba la soga hasta romperla y doña Gertrudis se quedaba sin soga ni cabra.
La Chaleca era el terror de los perros pastores y de las gallinas. A patadas alejaba a los perros para robarles la lawa y estos escapaban aullando para quejarse a doña Gertrudis. Asustaba a las gallinas, con gestos dignos de estudiarse por demonólogos medievales para robarles los huevos y comerlos sin culpa en el techo de la casa. Doña Gertrudis comenzó a pensar que la Chaleca era hija del chupacabras.
La cosa se puso peluda cuando la Chaleca desarrolló gusto por las bebidas espirituosas: comenzó a robar manzanas de las chacras vecinas para enterrarlas en la bosta hasta que el azúcar se convertía en alcohol. Después de comerlas despreocupada, se ponía de buen humor y con su áspera lengua lamía a los sapos multicolores del río buscando otros placeres. Después de irse de parranda, la Chaleca regresaba al corral, brincando el muro cubierto de churkis espinosos para dormir la borrachera y pasar la cruda del día siguiente.
No está demás decir que la Chaleca era un mal ejemplo para todas las cabras de Villa Providencia y las quejas comenzaron a lloverle a doña Gertrudis. A punta de topetazos, había destrozado la puerta de la escuela para robar la sajraora de los niños. El profesor Chávez había sido derribado al intentar detenerla y no contenta con eso, le escupió y trató de orinarlo.
La Chaleca, aunque ya tenía la edad suficiente para ser preñada y era casi del tamaño de un becerro, se amamantaba a la fuerza de las vacas que pastaban libres por el campo, destrozándoles las ubres a mordiscos.
Doña Gertrudis, en un acto heroico y auxiliada por dos valientes reservistas, resolvió llevar a la Chaleca hasta la iglesia del pueblo. Al verla, el tata cura no pudo recordar si Cristo había expulsado a la legión de demonios hacia los cerdos o hacia las cabras, tampoco logró encontrar su biblia para aclarar la duda. En una escena equivalente a la de un ritual de magia negra, con las cuatro patas extendidas y boca arriba, la Chaleca fue exorcizada, o eso es lo que todos querían creer. Parecía que el bien había entrado en su cuerpo, la Chaleca dejó de zarandearse furiosa, le soltaron las patas y se quedó quietecita un instante. De pronto, comenzó a dar arcadas que se elevaron en intensidad de ligeras a muy violentas. Después, vomitó sin más ni más los sagrados evangelios mezclados con bilis y pelos de quién sabe qué desafortunado animalejo.
Doña Gertrudis fue condenada por el tata cura a rezar seis mil quinientos setenta padres nuestros y seis mil quinientos setenta avemarías —sin glorias—, y a limpiar de por vida la iglesia los domingos y días festivos después de misa.
Del incunable libro sagrado, quedaron apenas olorosos retazos y bosta. Aquel mismo día, doña Gertrudis preparó picante de chiva, sin imaginar que la Chaleca, aún hecha picante, le patearía el hígado por el resto de sus días.

