Suspiro de Alasita
La tarde del 24 de enero de 1989 nos encontró temblando de frío. La multitud que se agolpaba en la avenida Tejada Sorzano llegaba como un vaho hasta nuestros ojos, que a la vez buscaban, entre los huequitos, escudriñar la vida en miniatura. ¡Cuántas cosas podríamos armar con esas cocinitas, los cucharones, las balanzas y sus piedritas casi como criaturas diminutas!
La emoción tomó forma, mi hermana y yo olvidamos que cada cinco metros tocaba remangarse las medias nylon transparentes que debían servirnos de abrigo, pero que a esas alturas, y en esas alturas, más parecían un par de grandes y arrugadas patas de elefante que poco arropaban nuestra humanidad recién llegada de Santa Cruz.
¡Billetitos, billetes, billetitos! Ahí estaban siendo anunciados por los vendedores que conjugaban y vociferaban la abundancia. Dos niñas, un fajo de dólares y todas las ganas de “jugarse” la vida.
Hoy, más de tres décadas después, descubro la tesis de María Antonieta Herrera, quien reconstruye maravillosa y emotivamente la historia del billete de Alasita y me presenta a una de las más emblemáticas vendedoras de la feria de la miniatura: doña Elsa Mendoza Quisbert. En 1957, con siete años de frescura, al grito de “¡Billetitos, llévese billetitos!”, Elsa bautizaba la suerte hecha papel que recogía de la imprenta de don Guillermo Argote, en la calle Murillo, uno de los primeros creadores y distribuidores de este amuleto atraefortuna, incluido algún tiraje que llevaba impreso su rostro.
“Cuando era chico, más o menos en 1962, vivíamos en la Murillo y mi papá trabajaba imprimiendo billetitos día y noche en su Heidelberg; miles y miles. Poco antes de las Alasitas llegaban los canillitas, parecía una manifestación con más de mil vendedores. No compraban uno a uno, se juntaban para negociar grandes cantidades a mitad de precio. Incluso traían cerveza para ch'allar” (Hernán Argote).
Al billetito se lo hace bendecir, ch’allar, sahumar, se lo cuenta, presta, regala, intercambia, se pagan deudas o se las adquieren ―escribe María Antonieta―, quizás dando sentido al sin sentido, o más bien confirmando que son los objetos los que nos devuelven al mundo y no al revés, o como afirma Alfred Gell, aludiendo a una mirada antropológica, los objetos fundamentalmente constituyen “índices” de las relaciones sociales que los originaron y son capaces de producir efectos o respuestas.
Y ahí están los billetitos. En los bolsillos, las carteras finas, las mochilas, las bolsas de mercado, las maletas, las billeteras multicolor; con subida de precios, con hambre, con tristeza, con virus, con ilusión, con agua bendita, con vinito dulce, con patriotas, con falsos golpistas o sin ellos. Cada 24 de enero, esperando que la suerte pegue el salto.
Volvamos al 89. Qué cerca se veía la adultez con un fajo de dólares en la mano y una manzana acaramelada en la otra. De las medias ya ni hablar. Casi más de treinta años después “en el puesto de doña Elsa se dan cita una gran cantidad de caseros leales, ellos indican que la buscan porque ´tiene buena mano´, ya que los compradores consideran que la señora les transmite suerte cuando se los ch’alla sus billetitos. Muchos incluso llegan a pugnas por estar lo más próximos a ella para estrechar sus manos adornadas con anillos y pulseras de oro, y realizar su transacción exactamente al medio día”1. Felizmente hay muchas “doñas Elsas” que impiden que los años nos distancien de los sueños.
¿Cuándo nos dimos cuenta que crecimos? Quizás cuando junto a la pequeña moneda compramos nuestro primer certificado de salud, o de no adeudo, y dejamos de pensar el mundo como un lugar lleno de cosas por las que suspirábamos claramente en la avenida Tejada Sorzano. ¿Cuándo la compra de billetitos de Alasita tomó el color del anhelo y dejó de ser un juego? No fue un día cualquiera. No lo es ahora, ni lo será en diez, veinte o treinta años cuando la vida siga siendo la fiesta en la que ponemos esa pequeñísima levadura a la masa y dejamos que el ekeko y la ekeka hagan su trabajo.
1 La vida social del billetito de Alasita. Tesis presentada por María Antonieta Herrera, La Paz, 2023.
