¡Última!

En esta crónica, Ramiro Araoz narra la historia de Daniel Simón, un basquetbolista cubano que dejó La Habana para seguir su pasión en Oruro. Un relato de lucha, pero también de resignación.
Editado por : Juan Pablo Gutiérrez

“Las reglas no fueron hechas para seguirlas
Los finales felices no están hechos para ser contados”

Lucía Carvalho

Mirar desde fuera 

Entonces cayó. Empujado por un rival, Daniel miraba desde el suelo el último lanzamiento de su compañero. El balón volaba a través del coliseo paceño, con el único anhelo de convertirse en un triple que calle a los pocos presentes y regrese la calidez al alma del jugador cubano que yacía en el piso, rendido por el esfuerzo. El partido hasta entonces había sido largo, estuvo repleto de errores y a poco de finalizar colocó al club Saracho de Oruro en una posición complicada para lograr clasificar a los play-off de la liga boliviana por primera vez. Bastará decir que en ese momento el club buscaba el último cupo para estos y que le bastaba con perder por no más de ocho puntos aquella noche. Perdían por nueve cuando un jugador, de esos que la historia suele olvidar cruelmente, hizo el lanzamiento donde se depositaban muchas esperanzas. Quizá, en el imaginario de algunos aficionados se esperaba que el tiro emulara al de Kawhi Leonard en 2019 o a algún otro que haga estallar voces y abrazos hasta fundirlos en un solo vitoreo. Lástima que esta historia fue hecha en Bolivia y, como tal, debe contener cierto fatalismo y desilusión al final. Contrario a un tiro ganador, el balón chocó contra el aro varias veces y salió para ser atrapado por un rival. Daniel se levantó y vio cómo el tiempo en el reloj se consumía mientras los rivales festejaban. Era julio de 2024.     

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A pesar de los obstáculos, la lucha sigue siendo la única libertad posible. / Fotografía: Martin Kenny (Flickr).

Una mañana de mitades de septiembre de 2023, en un lugar cercano, pero diferente; Daniel caminaba por la calle, convertida en el mercado Fermín López, alargando sus pasos y ralentizando sus pisadas. Parecía que estaba bailando. Andaba entre los estrechos pasillos en los que solo se escuchaba el murmullo de la venta, hasta que él pasó. Entonces, se atravesó el silencio. Era como si se paseara “el rey de Oruro”. Él me diría tiempo después que luego de ciertos partidos se podía sentir así. Como si en la ciudad rondara el vientecillo de voces que le felicitaban por la victoria. 

Cuando se encontró a cierta distancia prudente de la gente, el sonido volvió con varios “uh” y un “has visto a ese negro”. Se trataba, sin duda, de una persona poco usual. Después de todo, Oruro era una pequeña ciudad, circundada por cerros, casi escondida entre las arenas y el viento. Esencialmente emanaba, todavía lo hace, cierto secretismo similar al de su gente. La misma que solía ocultarse bajo el abrigo y la expresión mustia. Siempre expectante a poder soltarse a través del baile y la fiesta, su único escape aparente. No es de sorprender que esta ciudad sea un estallido de febrero a marzo. La contención del pueblo se libera de golpe en una sola toma. Ante este contexto, no resultaba tan llamativo la habladuría de las personas. Era mucho más alto que el promedio, su cabello enredado se levantaba con el viento, igual que él. Su sonrisa no se camuflaba en una mueca ni se ocultaba por el frío.

Daniel contrastaba con el lugar. Por ello, resultaba sorprendente verlo ahí. Más allá de los murmullos, había que preguntarse ¿qué lo llevó hasta ese punto? En la actualidad, el mundo deportivo nos tiene acostumbrados a un cosmopolitismo incomparable. Atletas de todas partes del mundo moviéndose a través del mapa sin aparentes restricciones. Contando con todas las comodidades, cargando una única maleta de talento para mostrar. Ante esto, la respuesta de la situación de Daniel parece obvia, pero eso nos llevaría a desconocer por completo la situación actual del baloncesto boliviano. Un deporte más cercano a un partido entre amigos que a una disciplina profesional. Para entender esto último, lo mejor sería ir de a poco.

Una carrera de contrastes para el niño que se enamoró del juego

Se dice que las decisiones importantes deben tomarse a una edad madura con pleno uso de razón, pues ellas te colocan en la cara el papel en blanco de la vida por primera vez. Una hojita que resulta atractiva para el jugueteo, al poder rayarla o doblarla al gusto, pero que oculta una fragilidad casi imperceptible; lo suficientemente microscópica para arder en cualquier momento y consumir todo a su paso. Considerando el alto riesgo que esto implica, escoger el futuro muy temprano es una apuesta completamente a ciegas a favor de lo desconocido, de alguna manera imprudente. Pocos jugadores que hayan apostado así pueden atribuirse éxito. La mayoría se queda en la mesa a seguir jugando hasta la muerte.

Entre aquellos que se adentraron en lo incierto y salieron con vida para narrarlo, tenemos a Daniel Simón. En aquel entonces era un niño que, a sus cuatro años, había decidido su destino al tomar un balón de baloncesto ante la atenta mirada de sus padres en la sala de su casa en La Habana, Cuba. Aunque insignificante en muchos contextos, ese acto marcó al infante para siempre. Le señaló su historia y su temperamento. Desde entonces apostaría siempre hacía la sombra de la incertidumbre a la que todos temen y lo haría por el doble. Aquella vez le plantó cara al destino al decantarse por el basquetbol como su forma de vida con un “claro que quiero”, como respuesta a una figura no menor para él y el deporte de su país: Roberto Simón quien era exbasquetbolista cubano y padre de Daniel.

El gimnasio en el que Daniel entrenaba en Oruro era una especie de subterráneo pequeño, las máquinas estaban muy juntas y había demasiado ruido. El eco del lugar hacía que la música de fondo se escuchara el doble. Luego de saludar y sonreír a la chica del mostrador, él comenzó con sus estiramientos y empezamos a hablar. Se le notaba calmado. Las preguntas de rutina para alguien de fuera son las mismas que le haría cualquier periodista deportivo. Se rio y empezó a recordar sus inicios. Una escuela sencilla, horarios para el deporte, amigos con los que jugaba. La tranquilidad paró al hablar de su padre. Para todos, una figura emblemática del deporte cubano. Para él, el hombre que lo inició en todo esto, un referente, una roca.  

Aunque no se encuentre mucho registro en internet, sobre todo porque estamos hablando del baloncesto cubano de los noventa, se dice y se sabe mucho de Roberto Simón. Su figura pesa por sus hazañas haciéndolo un atleta consagrado para su país: 18 años en la selección nacional, grandes actuaciones en su liga y fuera de ella, muchos logros deportivos conseguidos. En un video del recuerdo de algunos partidos, lo poco que se puede recuperar de aquellos años, se ve a un Roberto hambriento de balón esperando bajo el aro con una mirada propia de aquellos que dejan todo en la cancha, sin desenfocarse. Él, al igual que Daniel, era pívot. Una posición dura, pues conlleva mucho juego físico al intentar rescatar rebotes y anotar puntos. “La Piedra”, como lo apodaban, se muestra duro y atento en la grabación, con el aro entre los ojos cada vez que agarra la pelota. Una técnica que muchos, distantes de este deporte, juzgarían como brusca, pero que es preciosa y bastante pulcra. Sin duda es entendible la grandeza de este hombre a partir de lo poco que se puede mirar. Una jugada a veces muestra demasiado. 

Más allá de las canchas, a Daniel le sorprendía la facilidad con la que Roberto Simón era reconocido en las calles de La Habana, o eso recuerda. Cuenta que nunca vio jugar a su padre, pero sabía que fue importante porque a los lugares que iban siempre sabían quién era y le saludaban. Ese reconocimiento y respeto lo llevaron a iniciar sus entrenamientos con su padre. El lugar en que este practicaba no tenía un equipo masculino. Entonces, le tocó jugar con chicas mucho mayores que él. En los partidos de práctica Roberto no solía señalar las faltas que Daniel recibía. Aunque este último se enojaba mucho por ello, consideraba que gracias a esto pudo potenciar más su juego. Entendió, además, que su proceso sería duro. Sobre todo, al crecer en la sombra de un gran basquetbolista. 

Así, su camino hacia el profesionalismo comenzó en la EIDE. Aquella era la institución encargada de formar a las jóvenes promesas deportivas de su país. Todo aquel que quisiera ser parte debía pasar una primera evaluación para ingresar y una serie de controles anuales para continuar. Daniel estuvo en “Mártires de Barbados”. Lugar que había sido inaugurado por Fidel Castro en 1977 y que llevaba ese nombre en honor a un grupo de jóvenes que había muerto en un accidente aéreo. Uno más de los caprichos del destino: si se revisa la definición de mártir, se expresa algo cercano a “persona que sufre grandes padecimientos por sus convicciones o creencias”. Una frase muy cercana a la carrera de este basquetbolista, quien inició soñando con ser boxeador, aunque después no pudo por sus problemas de la vista, y que se declararía como alguien bastante flojo, pero realmente talentoso en ese momento. Tanto que se sentía el mejor en lo que hacía. La vida no tardaría en ponerlo a prueba, a él y a lo que creía. Aunque no dentro de ese tramo específico.

Caminábamos en el mercado y él recordó lo que, al saltar al profesionalismo, pueden ser tres acontecimientos que le pusieron los pies en la tierra, los que lo hicieron padecer como mártir. Su carrera había comenzado con un excelente campeonato nacional el 2015, obteniendo el título y un sobresaliente rendimiento individual. Esto hacía pensar en una única posible trayectoria victoriosa. Dejando lo malo como algo poco esperable, pero la fatalidad siempre llega. La temporada siguiente a este gran comienzo, atravesó dos lesiones. En los años posteriores a estas, se enfrentó a una mala racha con la selección de su país y a la muerte de su abuelo.

Lo primero lo cuenta después de una risilla a modo de anécdota como la primera vez que pensó en dejar el basquetbol. Narra de su primera lesión que el doctor que lo operó le había dicho a su mamá que un huesecillo debía moverse luego de la cirugía; si no lo hacía, Daniel debía dejar de jugar. La señal para saberlo era el pulgar del galeno. En caso que este apuntara hacia arriba había buenas noticias. Si lo hacía hacia abajo, el resultado era de suponerse. Al final la señal fue positiva y él cuenta que su mamá, una figura que siempre lo apoyó, se largó a llorar. Su segunda lesión le llevó al hastío y pensó en renunciar, pero recalcó que: 

—No sabría qué sería de mí sin el baloncesto, es mi vida.  

La relación con su selección nacional también lo hizo dudar sobre su juego, porque es algo que siempre había soñado, pero que no pudo concretar. No por decisiones suyas, sino por los entrenadores. Siempre lo dejaban en preconvocatoria, nunca lo llevaron a jugar con el equipo y eso le pareció injusto. Las personas con las que había convivido eran geniales, el problema era quienes no apostaban por él desde la dirección del equipo. Un ciclo que se fue repitiendo y le cambió la perspectiva al punto de no saber si algún día jugaría ahí. Quizá no lo haría nunca, pero, como dice, no cerró esa puerta. 

Si bien esos dos acontecimientos fueron duros, nada se iguala a la muerte de su abuelo:  soltó una risilla a modo de último aliento para su permanente sonrisa antes de contarlo. La misma que se ocultó entre sus dientes que mordían la punta de su lengua para evitar el sollozo. Los ojos se le iluminaron como el cristal recién pulido. Entonces, su voz se agudizó y dijo: “Mi abuelo lo era todo”. Intentaba recordarlo en su papel de zapatero, los días que le daba dinero a escondidas o las veces que salía de paseo con su familia y su casa era una marca permanente en la ruta. Sin embargo, eligió comenzar a rememorarlo en sus últimos días: 

—Yo tenía que jugar un torneo, mi abuelo se había puesto mal, pero me dijo que no me preocupara por él, murió por cáncer en el hígado. Tenía que concentrarme en los partidos. Todos me decían eso, pero no me calmaba. Quería escuchar al médico y, cuando hablé con él, me dijo que mi abuelo no pasaba la noche y, si lo hacía, moriría al día siguiente.

Para Daniel este no fue un acontecimiento menor, debía disputar un torneo importante los próximos siete días con la idea de que al volver su abuelo moriría. Quizá no lo pensaba durante los partidos, pero esa idea sin duda lo acompañaba. Sabía que no quería enfrentar ese momento, no aún. Reafirmó esto último al negarse a volver a La Habana ante la sugerencia de su entrenador. Había entendido todo, el acuerdo implícito entre su abuelo y él. Ese en donde lo esperaría hasta el final para poder dejar este mundo. “Cumplió con lo que quería”, dijo Daniel con la voz algo más serena. 

Aunque la herida aún está presente, el basquetbolista recordaba la vida de su abuelo con mucho cariño: 

—Me decía mafimba, y era alcohólico, —Daniel dudó si llamar alcohólico a su abuelo, entonces especificó— realmente no era alcohólico. La gente en Cuba es muy sociable y ves personas en la calle que te ofrecen mal alcohol. Él lo recibía y le hacía daño. Cuando tomaba en casa estaba tranquilo. No era el padre —biológico— de mi madre, porque él murió cuando ella era una niña. Este señor, sin embargo, me crió y para mí era mi abuelo. Lo apodaban Juan sin miedo. 

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Daniel Simón, con la rojinegra del Saracho, persistiendo “cual Sísifo y su roca”. / Fotografía: Club Saracho (Facebook).

Este episodio reafirmó su convicción por el deporte que tanto amaba. Ese que le había dado a su abuelo un par de días más. Claro, desde ese momento, por los episodios ya narrados, nada fue sencillo. Pese a ellos, Daniel logró sacar una carrera relativamente fructífera coronando un bicampeonato nacional antes de salir de Cuba. 

Con todo lo narrado, la pregunta de por qué Daniel eligió ir a Oruro se hizo más intensa para mí. En ese momento, se podía extraer una hipótesis interesante: crecer ante personalidades tan importantes puede ser duro para muchos atletas, por el hecho de quedar eclipsados. Es más, en muchos casos eso puede limitar bastante su proyección y les puede llenar de frustraciones. En el mundo del deporte los contrastes suelen ser duros. Lo que no necesariamente indica que ellos sean malos deportistas, solo que tuvieron carreras distintas. 

Aunque siempre se espera que el hijo tenga los mismos resultados que tuvo el padre. En el caso de Daniel esto pudo haberle afectado. Además, su situación era diferente. Si con una figura destacada en la familia los ecos suelen ahondar profundamente en el espacio, hay que pensar que dos serían un torbellino de ruido similar a una fiesta infinita. Para Daniel, Roberto Simón no sería la única personalidad que se proyectaría en su horizonte más próximo como una posible sombra. En su caso también estaba su hermano.

A diferencia de su padre, Daniel no tuvo que enterarse de la grandeza de su hermano a través del trato de las personas. No, él vio todo su proceso y evolución, pese a que en un inicio no eran muy cercanos. Hijos de un mismo papá, los hermanos siguieron sus pasos al dedicarse profesionalmente a los deportes. Solo que a Robertlandy el destino le trazaría un camino algo diferente. Le negaron la posibilidad de practicar baloncesto en la EIDE y eso lo llevó a jugar voleibol. 

Un error que pudo haberle dolido en principio, pues él era hijo de dos ex basquetbolistas famosos en Cuba y soñaba con jugar en la NBA para los Boston Celtics; pero que tuvo un desenlace repleto de honores. En su palmarés de títulos se contemplan ligas italianas, brasileras, triunfos con la selección de su país y mundiales de clubes. Todos estos acompañados de reconocimientos individuales —como mejor defensor, armador y jugador en los torneos que disputó— que llegaron acompañados de la etiqueta de “mejor central del mundo”. Un jugador de esos que aparecen cada cierto tiempo para romper con los estándares de juego, uno diferente.

Me preguntaba entonces si el éxito de sus seres queridos afectó para mal a Daniel. Para él, Robertlandy era otra gloria del deporte como su padre. Las comparaciones con ambos siempre han estado. Por ello él sintió presión todos los días que vivió en su país, hasta hoy la siente.

Daniel prefiere recordar a su padre en su papel de entrenador, el mismo que lo hizo iniciarse en este deporte cuando entrenaba con chicas. Ese que no le pitaba las faltas en los partidos de práctica para obligarlo a sacar todo su potencial, porque siempre supo que estaba para cosas muy grandes. También trata de acordarse de su papá en bicicleta, cuando los llevaba a él, de 9 o 10 años, y a su hermana de 7 a la escuela haciendo un gran esfuerzo para recorrer una distancia semejante a la que hay entre la terminal y la zona sur de Oruro (5,5 km aproximadamente). Finalmente, se refiere a él con mucho cariño como “su piedra”, uno de muchos motivos para seguir adelante. En cuanto a su hermano, Daniel lo toma como un ejemplo de profesional y, más que eso, se siente el cariño que le tiene cuando me enseña una foto suya en su primer entrenamiento. Su sonrisa sigue intacta cuando lo hace. No se siente eclipsado, sino orgulloso. No son sombras, él los toma como inspiraciones. Aunque, claro, la comparación siempre estará y esto le obligó y motivó a buscar su propio camino. Un primer paso para hacer su propia historia cuyo final debería culminar igual de alto. Como dice:

—Ojalá hacer una carrera como la suya. 

Permanecer en Stockton  

El deseo de crecer más allá de las sombras, y algunos factores económicos, llevaron a Daniel a buscar un equipo fuera de su país. Las negociaciones se hacían a través de un intermediario así que fueron prácticamente a ciegas para él y los clubes que lo querían. Lo buscaron en Argentina, Perú, Venezuela y Bolivia. Finalmente se decantó por este último país. El presidente del club Saracho le habló del proyecto y de lo que ofrecían. Era más que solo dinero, le prometieron un estilo de vida. Fue esto lo que le convenció. El club realizó un trámite de cuatro meses para traerlo al país. Se logró y pese a que llegó afectado por la altura, se presentó con la intención de mostrar su mejor baloncesto. Claro que, su única afección podría no ser solo esta, pues la adaptación suele ser difícil lejos de casa. Para él no lo fue tanto y se llevó una sorpresa más allá de las condiciones climáticas. Se trataba de una liga en perpetua formación.

El reglamento de la liga boliviana de basquetbol establece que la firma de contratos de jugadores extranjeros no debe exceder los dos mil dólares americanos. Teniendo en cuenta esto, son varios los basquetbolistas que hacen un paso fugaz por la competición para luego marcharse e intentar suerte en otras ligas que ofrecen mejores ingresos. Pensar en esa cantidad parece poco, considerando las grandes cifras que ofrece el panorama mundial. Sin embargo, hay que tener en cuenta la impopularidad del baloncesto en el país. Haciendo que los ingresos sean reducidos y que los equipos deban ajustarse a esas realidades. Por esto existe un baile de jugadores extranjeros en la liga. No es el caso de Daniel. Para su primera temporada en el equipo, el año 2023, los resultados del club no fueron los esperados. En su lugar cualquiera se hubiese marchado en busca de otros objetivos. El basquetbolista cubano eligió permanecer y hacer una parada por tiempo indefinido en Stockton.

Haber mencionado a Stockton y no a Oruro no es una cuestión accidental del texto. La referencia recae en Soldados de Salamina del autor español Javier Cercas. Esta, como se define dentro del mismo libro, intenta ser una novela que narra hechos reales. En la misma se cuenta la historia de un escritor, quizá el mismo Javier Cercas como personaje, que intenta escribir un libro sobre Rafael Sánchez Mazas quien fue escritor e ideólogo del partido Falange Española. La historia de este escrito se centra en un momento preciso de la vida de Sánchez Mazas: este se encontraba preso y estaba a punto de ser fusilado junto con otros prisioneros. Cuando la muerte lo tiene de frente en forma de un arma de fuego, Sánchez Mazas logra escabullirse y escapar. Es perseguido y cuando cree haber perdido de vista a sus ocasionales asesinos, se encuentra de frente con un soldado que le apunta con el arma y, posteriormente, lo deja vivir. 

Esto se cuenta en una áspera segunda parte, que enseña cómo el personaje de Cercas consigue escribir un libro al que, se nota, le falta algo. De esto mismo se da cuenta el personaje quien cae en una profunda desesperanza ante la pieza faltante. Lo importante, sin embargo, llega en la tercera parte del libro en donde el deprimido personaje principal de Cercas, se encuentra con el chileno Roberto Bolaño. Este último le cuenta la historia de Miralles, un militar de esos que la historia suele olvidar cruelmente, y este encaja con el posible soldado que le perdonó la vida a Rafael Sánchez Mazas. El personaje principal se aventura en la búsqueda de este sujeto a través de casas de retiro. Luego de un arduo trabajo logra dar con él y este último se niega a concederle una entrevista. Antes de despedirse, Miralles le envía un recado a Bolaño: “Dígale que nos vemos en Stockton”.

Es en este punto todo cobra sentido. Stockton, la ciudad que se muestra en el filme Fat City, ese que Miralles y Bolaño veían en un camping en verano, es el lugar donde lo único que es posible es el fracaso, pero no el fracaso que suele venderse a través de los comerciales, ese que lo muestra como aprendizaje para seguir y siempre apuntar alto hasta alcanzar grandes objetivos. En este caso no, se trata de un fracaso absoluto. Ese al que una mayoría estamos encaminados y contra el que luchamos persistentemente cual Sísifo y su roca. Daniel Simón, como muchos de nosotros, estaba en ese punto. 

Aunque este panorama podría parecer devastador, era todo lo contrario. Tanto en el libro como en la vida de este basquetbolista, Stockton se presentaba como ese panorama inevitable contra el que todavía se podía luchar con la más absoluta de las libertades. Si el desenlace era inevitable, valía la pena, al menos, intentarlo. En el libro esto se presenta en el último encuentro con Miralles, donde el escritor protagonista se quedaba tranquilo pese a haberse enterado que este soldado no era el mismo que buscaba para su novela. De la misma forma, Daniel Simón había comprendido su destino tras una inevitable sombra, en búsqueda de una grandeza que probablemente no llegaría por las circunstancias del baloncesto boliviano. De todos modos, siguió intentando al ver ese balón en el coliseo paceño y, posiblemente, seguirá intentándolo en un futuro. Por ello, no queda más que esperar un saludo de su parte desde el lugar del más absoluto de los fracasos. ¡Nos vemos en Stockton!

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