Pero
La palabra “pero” es una palabra increíble cuando la primera parte del enunciado es negativa, pero cuando la frase es positiva, ese “pero” se transforma en lo más desagradable de la vida.
Estos días de la pandemia destapar un vino Casillero del Diablo de 70 bolis es caro. El precio de la vida es alto, comparado con un par de años atrás. Tuve los huevos de comprar seis botellas de este encantador jugo de uvas. El cabernet sauvignon siempre fue mi favorito. Tiene cuerpo, como dirían ciertos enólogos, pero para mí tiene alma. Siento ese feeling dentro mío. Siento su combinación. Dicen que el alma y el cuerpo crea vida. Me emborracho de vida.
¿Por qué tomo solo Casillero del Diablo?
Para mí, su sabor me hacía recordar la última noche que pasé con Diana. No podía recordar cómo era ella, ni su contextura ni su cara. Aprendí a apreciar los momentos y no la forma. Después de pensar en ella empecé a recordar ciertas cosas, cosas que no quería, cosas que me forzaban a sentirme mal. Me sentí como una llave atascada en una cerradura.
Buscaba su perfil en Facebook, pero no lo encontraba. En mi cabeza ella hablaba, dirigía mi inconsciente y decía que me tenía bloqueado. Traté de pensar que no era así e imaginar que no tenía Facebook. Pasaba ideando planes para sentirme bien. Me mentía a mí mismo para quedar feliz, pues mi cabeza me jugaba malas pasadas.
Cuando bebía me sentía mejor. Ese vino que tomamos la última noche fue maravilloso. Cantamos karaoke, reímos, bailamos e hicimos el amor. Eso sentí, pero mentiría diciendo que fue por amor, porque para ella solo fue sexo. Solo para mi bienestar emocional hicimos el amor. Nada salió mal esa noche. Recuerdo que dormimos juntos y abrazados.
Cuando desperté, la vi llorar.
Diana no sabía por dónde empezar. Ella tenía a alguien, alguien que quería más que a mí. Yo me sentí triste, no me podía mover, quedé rígido y solo pude abrazarla y animarla, pero por dentro me sentía mal. En ese momento Diana vomitó las palabras que muchas veces me persiguen en mis sueños.
—¿Andrés?
—Tranquila, Diana, está bien, de verdad.
—Puedes estar enojado, ¿está bien?, todo fue culpa mía, no lo niego. Eres una buena persona, me caes bien, eres atento y trabajador, incluso más que Fernando. No podemos estar juntos. No puedo permitir esto. Te amo, pero me voy. Lo siento —dijo entre lágrimas.
—¿A dónde?
—¿No comprendes?
—No. No estoy molesto contigo, pero Fernando va a estar muy mal cuando sepa todo esto.
—No puedo, es que te juro que no puedo. Con esto no, lo siento, te hice daño. Entiende, Andrés, Fernando no existe, solo intento irme lo antes posible de aquí, pero no puedo. Contigo ni las mentiras funcionan, solo que —tomó una pausa, tomó un vaso de agua y suspiró— estoy enferma y, me avergüenza decirlo, no cuento con nadie. No está mamá o papá, como cuando tenía once años. Tengo 29, me hice responsable de mí, tengo dos hijos que van a quedar solos.
—Llevamos siete meses, me deberías conocer, o por lo menos haberme contado.
—Me voy, Andrés, mañana viene el médico a verme, a desahuciarme. Nunca quise tratamiento, solo pensé que iba a durar más y mírame, no tengo nada, solo estos parches de morfina que aguantan un poco más el dolor —pronunciaba mientras sacaba unos parches de su cómoda.
Me quedé mirándola. Yo no tenía un gran trabajo, no tenía nada, solo podía darle la seguridad de que todo estaría mejor y cada día mejoraría, pero. ¡Otra vez ese “pero”! Enloqueceré con esas dos silabas.
[***]
—¿Vino? —decía el chueco Manolo.
En ese momento, luego de esa pequeña llamada de atención, desperté. Estábamos en un pequeño bar en la zona céntrica de Santa Cruz. Por ciertos artistas de este lugar, El Cuervo representa, más que cualquier otro bar, la escena independiente cruceña. Eran muchos los personajes que tocaban y se ganaban la vida en aquellas noches de desenfreno. El éxtasis de la música que se registraba ahí era tan motivante que los sueños de ser músico se hacían realidad. Tocar en El Cuervo era equivalente a tocar en Wembley después de Queen.
—Nunca vine aquí con Diana, ¿le habría encantado?
—¿Qué crees?
—Que sí. Le gustaba los sonidos que producía el buen rock, aunque no supiera quién era Axl Rose o Kurt Cobain. Ni siquiera sabía quién era Jorge González. Recuerdo una noche que tuvimos una discusión por eso, se veía hermosa. La quería, Manolo.
—Pues, invítala.
—Sí, algún día, cuando esté de vuelta. La podría ir a buscar al cementerio público —decía entre carcajadas melancólicas.
—Invítala, hombre. No necesariamente tiene que estar en cuerpo.
Fue ahí que recordé la historia del vino: a veces tiene cuerpo, pero para mí es alma, y Diana era pura alma.
Ella me bloqueó de Facebook, pero cuando murió, la red social eliminó su cuenta porque no había quien la controlara. Ella no tenía nada, solo estaban algunas publicaciones de sus amigas en las que la etiquetaban.
—Huevón, pero qué buena banda son Los Ciudadanos. La van a romper en unos años más.
—Sí, estos chicos están cada día más locos y obsesionados, incluso le rogaron al dueño por tocar —comenté entre risas—. Es más, si llega la policía van a cerrar esto, estamos con restricción, que no se te olvide.
—Es que, Andrés, la música es un bien de primera necesidad. Primero está la música, después el cloro y luego el alcohol gel.
—¿Tú crees?
—Solo escucha al tipo de la guitarra. La siente, siente cómo de su boca salen orgasmos, siente cómo disfruta al cerrar sus ojos e imaginar que es Jimmy Page. Disfruta eso, lo hace, se siente vivo. De eso se trata, Andrés.
—Claro, comprendo, de vivir —decía mientras comía mi pollo broaster.
—Hay gente, y mucha diría yo, que se la pasa comprando iPhones, Smart TV o la última consola de videojuegos, pero este tipo está totalmente crazy, está viviendo el momento y nada más. Los demás que pasan comprando esos bienes de consumo están muertos, muertos en vida.
—No es morir en vida, Manolo. Creo que morir tiene otra connotación. Fíjate en Diana, ella no conocía el mundo como nosotros, que somos expertos en la noche. Ella era un pollito, recién salía de su cascarón a sus 29 años, pero estaba repleta de vida; tenía privilegios, pero, ¿quién no los tiene cuando uno ama a alguien?
—Estamos de acuerdo que tenía el amor más grande a tu lado, pero tenía Smart TV y un subwoofer bien caro.
—Sí, ahí escuche uno de los conciertos de Roger Waters.
—Ese tipo está cagado de la cabeza, cuántas oportunidades ha tenido para mejorar su relación con el otro… ¿Cómo se llama? ¿Syd Barrett?
—Qué huevón más grande. David Gilmour, Syd Barrett está muerto.
—Sí, ese —comentó Manolo ya borracho.
—La cosa no es si quieren tocar juntos o no, Pink Floyd como banda murió, pero su esencia no.
—¿Entiendes?
—¿Qué?
—Predicas y no captas —murmuró.
—Aún no entiendo.
—Diana como persona murió, pero su esencia está aquí presente.
—…
—Ahora, fíjate. Ese tipo de la guitarra está entusiasmado, no comete errores, se nota que está borracho, pero está extasiado, tanto así que ni con diez copas de ron va a equivocarse.
—Está jalado.
—No, fíjate. Está en perfectas condiciones, se nota que no está jalado, está bien, está en sintonía. Fíjate que lo hace de maravilla. Mañana posiblemente no recuerde la gran noche que tuvo, pero la tuvo.
—¿Qué quieres decir?
—Diana tuvo su gran amor, tanto como tú lo tuviste junto a ella. Ambos se amaban, esto se trata, de recuerdos, de que viva ahí, de saber qué es lo que te diría al salir de aquí. Se trata de que pienses cómo ella quiso verte. Mira, ese tipo de la guitarra tiene su Les Paul. Es su vida y viven juntos, y por más que no recuerde su Les Paul, ella seguirá. No necesita recordar la noche que tuvo para saber que siguen juntos, en cambio tú sí.
De pronto se apagaron las luces y empezó a sonar la batería. La gente comenzó a aplaudir al compás de la percusión; el bajo sonó y le dio vida a la canción. Ya estaba el esqueleto de la canción y de repente sonó la guitarra, reproduciendo lo que hacía el bajo. El público enloqueció y la voz de la canción se hizo notar. El éxtasis y las luces se sintieron. Bienvenidos a la jungla.
—¿Qué canción será? —dije, algo atónito.
—“Mi decadencia”.
—¿Cómo es posible ser decadente siendo tan vigente? Esta canción es incoherente con el nombre, ¿no crees?
—Sí, la verdad es así. Hay un libro buenísimo de un autor argentino, nadie lo conoce, creo que puede llegar lejos. No recuerdo bien el nombre, pero es un relato bien crudo, a veces cuesta digerir, pero es un excelente libro. Lo que pasa que a veces confundimos lo malo con lo bueno y lo bueno con lo malo, cuando ambos funcionan en perfecta sintonía. Puedes tener el mejor libro o la mejor canción con un ritmo melancólico, pero el resultado es exquisito. No subestimes un libro por su portada.
—No subestimes una canción por su nombre.
—Pero es buena —dijo muy feliz Manolo.
—Sí que lo es.
—Hay bandas que cambian vidas.
—Y vidas que cambian bandas.
—Almas que curan vidas.
—¿Qué?
—Dilo.
—¿Vidas que curan almas?
—Exacto. Cura esa alma arraigada de Diana y déjala libre. Ella te ama desde donde está y no te abandonó. Recuerdo que en los últimos momentos ella me habló, ¿sabes?
—¿Qué?
—Me habló de ti, me dijo que te bloqueó de Facebook para que no tuvieras tanto dolor. Ella moría por estar a tu lado, te necesitaba, pero creía justo lo que hacía.
—¡Para! Me estás haciendo mal.
—No, no voy a parar, porque lo único que quiso es esto: salvar una vida. Ahora te toca, te toca dejar este mal paso. Ella hizo todo lo que una mujer buena hubiera hecho: no te abandonó.
—Lo hizo.
—No lo hizo, escucha.
—No quiero, huevón, por favor.
—Ella notó que te quebró ese “pero”. Todos sabíamos de esa crisis que te da al escuchar eso.
—Claro, me duele aún.
—Mira.
Sacó un papel de su vieja billetera y me mostró un pequeño dibujo que contenía un mensaje. No pude leer por la borrachera que tenía en ese momento, pero sí reconocía esa letra, era de Diana. Al final lograba divisar un escrito que decía: Te quiero, pero la verdad es que te amo con locura.
Me cambió toda mala vibra que sentía con ese tal “pero”. Fueron dos años en que me sumí en lo más profundo que puede hundirse un ser humano.
Más tarde, cuando eran las 12:30 a.m. empezaron a sonar las sirenas. Eran los pacos, venían y no sabíamos dónde escapar. Cerraban las cortinas del bar para que no entraran y Los Ciudadanos tocaban con todo el fervor “Pesadilla Verde” mientras la policía se parapetaba.
—Cometimos un error, ¿no? —le pregunté a Manolo.
—El único error hubiera sido no haber venido.
—Me siento increíble.
—Diana también.
