Neil Gaiman y el pervasivo sistema del abuso

¿Qué pasó con Neil Gaiman? ¿Cuál fue el rol del sistema heteropatriarcal en este asunto? Mariana Ruiz nos brinda un panorama muy completo de todo lo que pasó en este caso que ya forma parte del patrón de abuso que la sociedad necesita reconocer.
Editado por : Adrián Nieve

La noticia corrió como la pólvora: Neil Gaiman, el mimado de la crítica, multifacético y multipremiado, autor del cómic de culto Sandman y coautor de Good Omens, (ambos adaptados a series de streaming) ha sido acusado de abuso sexual y prácticas abusivas por al menos 8 mujeres. Las acusaciones se remontan hasta 18 años atrás, pero se concentran alrededor de Scarlett Pavlovich, una australiana de 22 años de edad que ha denunciado a Gaiman de violación y abuso repetido desde el primer día que llegó a trabajar a su casa como niñera de su hijo, Ash, el año 2022 en su residencia de Nueva Zelandia. 

En julio del 2024, cuando las primeras denuncias salieron a la luz, Gaiman negó ferozmente todas las acusaciones y desapareció de las redes. Sus fans, quienes lo siguen asiduamente a través de plataformas como X y Tumblr, tuvieron que conformarse con una nota escueta reproducida en los medios y poco más, hasta que estalló la bomba.

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Quien la detona es Lila Shapiro, este 13 de enero, en un extenso artículo para la sección de cultura popular Vulture del New Yorker. Shapiro se refiere a un Podcast llamado Master, donde 5 mujeres ratifican sus historias y experiencias alrededor de Gaiman, y conversa con 4 de ellas para la nota, además de conversar con otras 4 ex “parejas” del autor. Todas iluminan la práctica pervasiva del abuso: acuerdos económicos para no mencionar lo sucedido entre “la estrella” y las fans, condiciones humillantes a la hora de tener relaciones sexuales y, muchas veces, peligrosa dependencia emocional y económica.

De alguna manera, el artículo de Shapiro se las arregla para dejar limpio el nombre de Amanda Palmer (más o menos limpio), ya que la multifacética artista se ha divorciado del autor y mudado de Nueva Zelanda a Estados Unidos, guardando silencio respecto a las acusaciones. Me ha parecido que buscan precautelar el bienestar de su hijo de 10 años, Ash, y la relación con su padre, que a sus 64 años transita dos divorcios y 3 hijos de una relación anterior. Fuera de eso, Shapiro no se guarda nada. Compara a Gaiman con uno de sus personajes más detestables: Richard Madoc, quien viola repetidamente a una musa, Calliope, para obtener ideas para sus novelas y que en público se dice “aliado feminista” y saca a la luz la misteriosa relación que Gaiman tuvo con su progenitor, argumentando que la novela El océano al fin del mundo del autor, presenta una experiencia real de castigo abusivo por parte de su padre (un miembro de alta jerarquía de la iglesia de Cientología, conocida por sus duros castigos corporales) que lo deja cerca de la muerte, trazando paralelos entre las escenas descritas y el comportamiento (y tal vez las heridas psicológicas) del autor.

Los abogados de Gaiman se contactaron con Shapiro para decirle que algunos de los actos sádicos que detalla fueron realizados entre adultos de mutuo acuerdo, y que el bondage no es un crimen, (los detalles que proporciona en su artículo cuestionan duramente esta posición). Esto trae a la luz un argumento conocido: personas adultas que buscan relaciones con gente a la que admiran y que salen insatisfechas tras el desenlace poco afectivo de la misma, son responsables por haber dado su consentimiento. Ya volveremos sobre ese punto. 

Gaiman, horrorizado, rompe el silencio al día siguiente, 14 de enero, para decir que lo están presentando como un psicópata, que jamás ha tenido relaciones no consensuales y que no es un monstruo, solamente alguien, que, tras reflexionar, se ha dado cuenta que ha estado “disponible sexualmente” sin haber estado “disponible emocionalmente”. O sea, una respuesta blanda y pendeja, si me disculpan la expresión.

Esa respuesta no lo ayudará en absoluto a recuperar los numerosos contratos que adaptaban su obra a todos los formatos posibles: Disney ha parado su adaptación del Libro del Cementerio y Anansi Boys puede dejar de ser adaptada al cine, se canceló Chicos Muertos Detectives en Netflix y algunas otras están en pausa hasta que el embrollo pase. 

Pero mientras la prensa disfruta y la cultura de la cancelación se activa al máximo, hay otro tema que me interesa y que a la luz de lo sucedido con Gaiman y con Warren Ellis (otro maestro guionista, acusado de utilizar sistemáticamente su fama y su dinero para acostarse con más de 60 fans) me gustaría señalar: el patrón sistemático del abuso y el sistema heteropatriarcal que lo facilita.

No es la persona, es el sistema

Mientras leía con asombro la tropelía de atrocidades cometidas con cada una de las parejas de Pablo Neruda (en la fascinante novela escrita por Verónica Ormachea), no dejaba de preguntarme qué hubiese sucedido con el vate de la poesía en tiempos de redes sociales y cancelación pública.

Para empezar, cada una de las nuevas parejas estaría advertida por la experiencia de la anterior, y podrían haberse sabido cosas como el abandono completo a su hija con hidrocefalia, el hábito suyo de tener siempre más de una pareja y de hacerles casas a sus amantes y otras vivezas del autor de Canto General.

No creo que se deba cancelar la obra de un autor por causa de su conducta personal, porque, si fuera ese el caso, ¿a quién quedaríamos por leer? Lo que el autor desencadena como respuesta de sus lectores tiene mucho que ver con lo que ponen de sí mismos en su lectura, y tampoco creo que lo que se escribe es lo que uno es. Lo literal está separado de lo literario. 

Lo que sí creo es que la ley no tiene una respuesta adecuada a los casos de abuso basados en la fama, el prestigio y el dinero, porque el sistema no requería de una. Era natural que las fans se desvivan por acostarse con sus estrellas y solamente de esperarse que las estrellas las cosificaran, estando —por citar a Gaiman— “disponibles sexualmente pero no emocionalmente”. 

Como señalan los abogados, las mujeres escriben/persiguen a los autores, se sienten halagadas cuando las invitan a salir y pueden caer fácilmente en relaciones abusivas y codependientes, donde el dinero permite a una de las partes —siempre— salir mejor posicionado cuando esta relación acaba. Pero las cosas han cambiado y para mejor. Ahora, el debate se ha hecho público.

En el caso de Warren Ellis, las mujeres empezaron a atar cabos gracias a las redes, ya que el patrón de abuso es muy claro: se conocían en alguna convención o firma de libros, intercambiaban mails y conversaciones, rápidamente derivaban en encuentros sexuales y luego, silencio, la nada. 

En casos más espinosos, donde ha habido casos de coerción y daño emocional, sale a relucir el famoso NDA que en sus siglas en inglés habla de acuerdo para la no divulgación de detalles que podrían afectar a la “reputación” del poderoso a cambio de fuertes sumas de dinero. No sé para qué sirven esos acuerdos, la verdad, excepto como compensación monetaria sobre algo que no tiene valor económico intrínseco y que al final siempre terminará sabiéndose, a veces sin consecuencias, (ya vemos que Trump ha vuelto a la Casa Blanca, a pesar de su affaire con la artista porno Stormy Daniels).

Lo original fue la decisión que tomaron estas mujeres, en el caso de Ellis. Juntarse, hacer un manifiesto, y pedir justicia restorativa: marcar a Ellis como alguien que ejercía este patrón de abuso (sin cancelarlo) y pedir que rinda cuentas. 

Marcar el patrón, además de la persona, y decir que las prácticas abusivas, basadas en la fama y el dinero, que derivan el relaciones emocionales y sexuales asimétricas, abusivas y el grooming, son pervasivas y deben detenerse en la industria del espectáculo, es algo revolucionario que podría y debería afectar a las sociedades en general.  Ellis, por lo menos, inició contacto con este grupo y avisó a sus seguidores que estaba siguiendo una terapia restaurativa con ellas. Y si bien no hizo más esfuerzos y volvió a su rutina de onvre como si nada, la práctica en sí ayudó a estas mujeres en varios puntos, como ellas mismas afirman:

“Aunque es innegablemente decepcionante que, después de casi tres años de nuestro trabajo concienzudo, Warren Ellis no haya aprovechado la oportunidad que le ofrecimos, hay mucho que celebrar aquí. Hemos creado conciencia en la industria y en el público sobre el control coercitivo, en particular en situaciones de desequilibrio de poder. Estamos razonablemente seguras de que hemos impedido que Warren Ellis continúe con sus patrones nocivos a gran escala. Nuestro sitio web y nuestro proceso se utilizan ahora como modelos para que otras mujeres afectadas salgan a la luz. Muchas de nosotras pudimos comenzar nuestros propios procesos de sanación como resultado directo de la recopilación y el debate de nuestras experiencias, y del trabajo intensivo que realizamos entre nosotras. Estos logros representan un progreso para nuestras tres intenciones originales”.

Una práctica habitual de las relaciones asimétricas de poder es el negar que lo que te pasa, te pasa. Si además hay elementos de vergüenza asociados a relaciones no consensuadas, sentimientos ambivalentes y baja autoestima, puede quedarte la duda “¿será que el problema soy yo?” y la frustración y no saber qué ha sucedido realmente dejan toda la relación en entredicho. 

Gracias a las redes, sabemos que las prácticas suceden, y que no estamos solas. Esto se ha probado vital para conectar las prácticas de Gaiman a través de los años y cuatro continentes. 

En la novela de J.K. Rowling La tumba de los muertos, el inspector Cormoran Strike y su compañera Robin Ellacot se ponen de acuerdo para infiltrar una secta donde las mujeres son sistemáticamente abusadas de acuerdo a preceptos pseudoreligiosos. El peligroso líder de la misma, Jonathan Wace, Papa J, es el más carismático y seductor personaje imaginable, presente en numerosos videos y reels como afable, atento y espiritual. Su consorte espiritual, Mama Mazu, disfruta enormemente con el poder que deriva de él, y lo ejerce de maneras violentas y peligrosas. Detrás de la pareja se esconde una red de pseudoverdades y prácticas “secretas” similares a la Cientología, pero con tonos oscuros de abuso sexual y psicológico. Se argumenta que quienes ingresan a estos cultos están buscando una nueva forma de vida y que son susceptibles de manipulación por sus circunstancias personales, pero creo que todos y todas somos susceptibles y que debemos estar alertas para desarrollar herramientas que nos permitan identificar y salir de situaciones abusivas. En una palabra, debemos aprender a reconocer el patrón del abuso, y poder identificarlo por encima de la cuidadosa campaña de relaciones públicas que presenta a las personas famosas como incólumes e irreprochables. 

Para personas que resuenan con la obra de un autor, y que consideran que les habla de manera individual y única, existe una peligrosa debilidad que puede ser hábilmente explotada: confundir la obra con la persona, y el personaje proyectado en redes con el ser detrás de la fachada. Reconocer que este sistema abusivo existe, reconocer el patrón, no dejarse tentar por la persona mediática, requiere de cierta madurez emocional. Es por eso tal vez que quienes ejercen este tipo de abuso prefieren hacerlo con personas jóvenes y vulnerables, susceptibles a dejarse encantar por los atributos, reales o imaginados, que proyectan en su abusador.

Es ese sistema y patrón al que debemos señalar, constantemente, en ámbitos domésticos y mundiales. Mientras no reconozcamos el abuso, la historia seguirá repitiéndose, con distintos nombres y personajes, en “escándalos” por venir.  Y se reproducirá además en silencio en miles de hogares, donde los patrones de abuso continúan perpetuándose.

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