Kynodontas: Morder la burbuja

¿Por qué es tan fácil encerrarse en burbujas? Adrián Nieve explora los posibles motivos de este encierro y lo que esto significa para Bolivia a través de la película 'Kynodontas' del director Yorgos Lanthimos.
Editado por : Fernanda Verdesoto Ardaya

Después de la pandemia, nadie quería siquiera escuchar la palabra “encierro”. Aquí y allá, las calles se llenaron de gente que, con o sin barbijo, interactuaba desesperadamente con lo que fuera que estuviera disponible entre otra gente, boliches y actividades en las que imperaba el distanciamiento social; todo para retrasar el retorno a casa, a esas muy palpables paredes entre las que conocieron lo que es la desesperación de un mundo limitado. La restricción del encierro, el desamparo del aislamiento, la frustración de verse coartado. 

No poder salir de casa fue un suceso revelador para un montón de personas: algunos descubrieron lo poco que conocían a sus familias, otros se descubrieron a sí mismos en el silencio de la soledad y absolutamente todos tuvieron que redefinir sus conceptos y formas de habitar sus hogares, interactuar con sus familias y valerse del internet.

1440
Imagen: 88 Grados

Si les das a elegir, muchos dirán que prefieren morir a volver a vivir el encierro y, cuando a alguien se le ocurre acordarse del 2020-2021 en alguna charla, la mayoría condenarán esa temporada como la peor de sus vidas porque ya no se sentían vivos: salir a la calle, al trabajo, a tomar un café, a chuparse la madre todo un fin de semana, todas o algunas de esas actividades se revelaron como algo más que la cotidianidad que dábamos por sentada; eran también formas importantes de ampliar nuestras perspectivas y dimensiones. Más simple todavía: no es lo mismo el encierro impuesto que el voluntario; si yo quiero estar encerrado, todo bien, si alguien me lo impone, aunque sea “por mi bien”, ahí tenemos un problema.   

Pero, ¿por qué no pasa lo mismo con las burbujas?    

Como siempre, el contexto es lo primero

La burbuja es más que nada un espacio simbólico de aislamiento. Sí, puede ser también literal, pero a esos espacios se los conoce por otros nombres: cárcel, secta, oficina, etcétera.  Entonces, mejor digamos que la burbuja es un espacio simbólico en el que las personas buscan aislarse de realidades externas o de perspectivas ajenas a la propia, manteniendo entornos que refuercen solamente sus ideas y se vea limitada la posibilidad de interactuar con perspectivas opuestas.

No siempre conocida bajo la idea de “burbuja”, esta forma de aislamiento ha sido estudiada por un montón de pensadores clave de la humanidad. Baudrillard hablaba de espacios con versiones artificiales de la realidad creadas por los medios de comunicación; Arendt señalaba a comunidades que evitaban la confrontación con la diversidad al retirarse de la esfera pública hacia la privada; Bauman calificó a las burbujas como un refugio de la incertidumbre en un mundo globalizado; Byung-Chul Han habló de espacios de autoafirmación en redes sociales que limitan el diálogo y fomentan la alienación; Durkheim criticó a las sociedades tradicionales por cohesionarse en creencias homogéneas que los aislaban de la diversidad; Gooffman equiparó a las burbujas con la imagen social dentro de lo digital donde solo mostramos ciertos aspectos de nuestro ser; Castells subrayó el rol de la segmentación algorítmica en lo digital para crear un aislamiento basado en intereses compartidos; y McLuhan habló de las burbujas mediáticas y cómo los medios de comunicación nos vuelven cerrados al moldear nuestra percepción del mundo.

Podría decirse, entonces, que las burbujas son encierros voluntarios que no se sienten como encierros, porque todo en el entorno nos hace sentir que tenemos la razón. Quizás es por eso que no podemos ver nuestras burbujas, porque están constantemente reforzando nuestras creencias al evitar que alguien nos contradiga, porque nos dan la ilusión de que nuestras ideas y opiniones son universales lo cual, a la vez, nos hace considerarnos más inteligentes de lo que en realidad somos.

Ver las cosas de otra manera puede ser difícil y lo difícil es incómodo. Las burbujas nos permiten evitar estas dificultades y nos ofrecen un mundo donde no hay nada más allá de lo que ya conocemos. Un mundo cómodo, en otras palabras. Si ya conozco algo, no tengo que entenderlo; si no tengo que entenderlo, no tengo que esforzarme; si no tengo que esforzarme, puedo dedicarme a la masturbación una vez y otra vez y otra vez y otra vez y… 

En nuestro presente —este 2025 que huele a guerra sucia política e invisibilización extrema del otro—, las burbujas son, a mi entender, uno de los obstáculos que más deberíamos superar, pero que menos logramos siquiera reconocer. Nuestras vidas están condicionadas por la globalización, las redes sociales y el capitalismo, por eso es que las burbujas se han convertido en la ley que refuerza visiones parciales a través de algoritmos que priorizan contenido en redes sociales que nos mantiene atentos e interactuando, sin pensar demasiado. Es decir, contenido viral, memero, gracioso, ligero, contenido cuya prioridad no es fomentar el pensamiento crítico y la cohesión social sino mantenerte en el doomscroll hasta que te das cuenta que son las tres de la mañana, tienes que despertar en unas horas, pero no puedes dejar de ver (inserte tendencia viral de moda —término que grita redundancia— aquí).  

1441
Escena de la película Kynodontas

El cruel minimalismo de Lanthimos

Kynodontas (Dogtooth en inglés, Canino en español) es una película griega de 2009 dirigida por Yorgos Lanthimos, quien también escribió el guion junto a Efthymis Filippou. Es un drama psicológico de 94 minutos que costó alrededor de 260.000 dólares y, por encima de todas las cosas, es una película acerca de las consecuencias de perdernos en nuestras burbujas. 

En la película seguimos a una familia que vive aislada del mundo exterior bajo las estrictas reglas de los padres, quienes redefinen el lenguaje para construir una realidad paralela que mantenga a sus tres hijos (dos mujeres y un hombre) bajo control absoluto. Los padres cambian el significado de las palabras para evitar que sus hijos deseen establecer cualquier contacto con el exterior. Para mantenerlos tranquilos y sedada su curiosidad, los padres también le dicen a los hijos que podrán salir al mundo cuando se les hayan caído por segunda vez sus dientes caninos.

De la larga y brillante filmografía de Lanthimos esta es, para mí, la mejor de sus películas. Con diálogos cortos de tono seco y casi robóticos, una producción sencilla, de dos o tres locaciones, que se centra en todo lo que ocurre en un entorno cerrado (la casa), mismo que se convierte en un microcosmos para explorar temas de control, aislamiento y manipulación. Es una historia con una premisa perversa: dos autoridades mienten sin escrúpulos para mantener ignorantes a quienes cuidan. Quizás lo hacen con buenas intenciones o simplemente están locos, pero eso no importa. El caso es que los hijos son víctimas del encierro: adultos infantilizados que en la trama de la película terminan en incesto y dolor.  

Lanthimos refuerza mucho las distancias emocionales en la película con una paleta de colores apagada, planos largos y poco dinámicos y composiciones donde prima la geometría, todo para que realmente sintamos a los personajes como fríos y nada interconectados entre sí. Los momentos en que este estilo visual varía un poco es cuando aparece la sangre, en esos momentos de crisis en los que falla la dinámica de poder y control de los padres, cuando la violencia no puede ser contenida por las mentiras perversas de la burbuja. 

Cuando fue estrenada, inmediatamente se convirtió en una película muy divisiva, lo cual es algo que le sucede mucho a Lanthimos. Algunos la vieron y dijeron “¡qué genio este llokalla!” y otros opinaron que era demasiado perturbadora y violenta; no tantos fueron los que vieron la película por lo que es: una pieza que explora la perturbadora sensación de vivir en una burbuja.   

Bolivia 2025, el año de la polarización

Sí, suena terrible, pero de verdad que Kynodontas es una película inolvidable, razón por la cual es muy recomendable. Es una experiencia de verdad, es arte que te cuestiona, es un momento que se quedará contigo por un rato y que te hará sentir cosas cada vez que lo recuerdes.  

1442
Escena de la película Kynodontas

Pero, además, Kynodontas puede llegar a generar preguntas importantes acerca de la seguridad, la estabilidad, el desarrollo personal y nuestra forma de interactuar con el mundo exterior. Es difícil ver la película y no preguntarte cuáles fueron las mentiras que tú le creíste a las autoridades de tu mundo: puede ser algo tan inocente como el dichoso Ratón Pérez o algo más grave como el valor de una persona a partir de sus rasgos físicos o la cantidad de dinero en su bolsillo. 

Esto es de terror porque plantea la posibilidad de que nos preguntemos —peor aún, nos demos cuenta— de qué tan cerrados son nuestros entornos, lo cual no le conviene a las autoridades que nos rigen pues viven con la idea de que una vez que veamos el brillo de la burbuja que nos rodea, intentaremos morderla para reventarla. 

Por lo mismo hay tanta censura, tanta prohibición, tanto algoritmo definiendo qué mostrar a cada usuario. No por nada mi TikTok y mi Instagram saben qué mostrarme y cuándo hacerlo: tengo que estar distraído para no pensar en reventar mi burbuja, tengo que odiar a quienes están en el exterior porque no tengo las herramientas para comprenderlos, tengo que desconectarme de todo lo que esté afuera para que ellos puedan seguir ostentando el poder de controlarnos.   

Si las burbujas son peligrosas en general, lo son más en año electoral en Bolivia pues los extremos ideológicos se vuelven todavía más tercos, rígidos e idiotas —la redundancia ataca otra vez—. Ya lo deben haber notado: gente energúmena mandándose a la mierda los unos  a los otros solo porque los unos son masistas y los otros son pititas y viceversa, además de otras variaciones que ya aparecieron o irán apareciendo a medida que más caballeros de la tercera edad decidan anunciar que se van a postular para ser presidentes de Bolivia. 

No está mal que la gente piense lo que le dé la gana y se pelee a los insultos con quien se le antoje, el problema es que ahí nos quedamos. Pareciera que odiar al que está fuera de nuestras burbujas es el único truco que tenemos y lo repetimos tanto que lo que podría ser un sano odio que se extiende a lo largo de una sola discusión, se convierte en un ataque continuo a quienes no piensan como tú. El resultado: reducción de los espacios de diálogo, aumento de la hostilidad, proliferación de líderes populistas y reducción del pensamiento crítico. Si a eso le sumas que los medios bolivianos son terriblemente mediocres y notablemente partidistas, tienes la fórmula perfecta para que prolifere la desinformación y la gente polarizada se vuelva más extrema todavía.

Morder la burbuja

En Kynodontas, una de las hijas se hace tanta ilusión de salir al mundo exterior que termina por utilizar una mancuerna para, mirándose al espejo, golpearse el canino hasta arrancarlo. Pese al extremo dolor y la sangre, la chica sonríe, feliz, extasiada, completamente ilusionada con salir al mundo exterior. Sus padres le dijeron que solo cuando su canino caiga estará lista para enfrentar los peligros de afuera, un lugar que ellos pintan como peligroso, salvaje y doloroso, pero que ella igual quiere conocer. 

Lo curioso es que la hija, por más que se atreve a mirar más allá de su burbuja, nunca pone en duda la verdad que le impusieron sus figuras de autoridad. No es que agarra y dice “me están mintiendo, afuera no debe ser tan malo”, sino que se arranca el diente porque todavía les cree, pero quiere salir a vivir el salvajismo de afuera. La última secuencia de la película nos muestra al padre que sale en su auto a buscarla, ignorante de que esta se escondió en la baulera. En la toma final vemos al auto sin vigilancia, el padre ha salido a buscar a la hija, y esta espera su oportunidad para salir. De pronto la película se funde a negro, dejándonos con la duda: ¿se animó la hija a salir hacia su libertad? Y si lo hizo, ¿sobrevivió al mundo pese a tener conceptos tan distorsionados de la realidad? Peor aún, ¿tuvo miedo y decidió quedarse encerrada? 

1443
Escena de la película Kynodontas

Por lo general los finales abiertos se sienten forzados, como una especie de intento de crear mística donde no necesariamente la hay. Pero después de haber sido expuestos a la intensidad visual y conceptual de Kynodontas, este final abierto se vuelve perfecto pues evita que tengamos un cierre y nos deja con varias interrogantes. Podemos convencernos de que todo salió bien, pero, ¿cómo podría salir bien? ¿Cómo un personaje atrapado en esa historia puede salir bien parado cuando todas sus alternativas son terribles? ¿Qué pasaría si yo estuviera en el lugar de la hija?

Quizás ese es el mejor modo de quebrar las burbujas: con preguntas. Cuestionándolo todo. Las burbujas limitan nuestras oportunidades de conocer el exterior y erosionan nuestra empatía y comprensión de clase e intercultural, haciendo mucho más difícil que surja un pensamiento comunitario, peor todavía en personas que pregonan burbujas sociales, políticas y/o religiosas. Quizás la democracia no sería tan débil si cuestionáramos más a nuestras figuras de autoridad, a nuestros mediocres medios de comunicación bolivianos, a nuestros complacientes algoritmos, a nuestras certezas, emociones y creencias personales.

Pero eso no va a pasar. El mundo no es tan simple y, la verdad sea dicha, ya suficientes problemas tenemos con la vida diaria como para estar pensando en dejar de odiar al pelotudo que me insulta sin conocerme. Lo trágico es que el verdadero progreso humano viene de la dificultad, de intercambiar ideas diversas para superar una situación incómoda, dolorosa y hasta peligrosa. Mientras existan muchas burbujas y pocos cuestionamientos, no habrá tampoco evolución en nuestras sociedades, lo cual acelerará la decadencia de nuestra especie. Pero, eso sí, estaremos super complacidos y cómodos, completamente felices de haber escrito una sarta de insultos para humillar a la gente que no piensa como nosotros y rumiando el mal sabor en la boca que nos dejará el futuro presidente de esta nación. Sea quien sea. 

En resumen: 2025, otro año más corriendo hacia el omnicidio.

82 me gusta
711 vistas