Obras son amores por muy buenas razones

Beatriz Bedoya, o Bee, como la llaman sus compañeras, comparándola con una abejita trabajadora y constante, fue presidenta de la Asociación de Mujeres Bolivianas en Washington D.C., y su labor logró la ejecución de 13 proyectos que beneficiaron a jóvenes de zonas rurales.

Ha recibido una carta y su rostro resplandece de alegría. Son letras que vienen de corazones agradecidos, de aquellos que reconocen que no fueron olvidados, que piensan en un Dios que les extiende la mano a través de un grupo de mujeres. Doblando la carta y alejando los espejuelos de sus ojos, sonríe y dice: “Lo que se da a otros se multiplica en bendiciones”. Fueron 13 los proyectos que apoyó la Asociación de Mujeres Bolivianas en el Área Metropolitana de Washington D.C. durante la gestión de Beatriz Bedoya, y fueron muchas las actividades que se desplegaron para recaudar los fondos necesarios.

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Bee Bedoya, quien fuera presidenta de la Asociación de Mujeres Bolivianas en el Área Metropolitana de Washington D.C desde 2013 hasta 2019. / Fotografía: gentileza de la autora.

Por las tardes, un sábado de cada mes, mujeres bolivianas se reúnen para recordar los tés de Bolivia. Sobre una mesa, abundan, delicadamente expuestas, humitas al horno, empanaditas de queso, cuñapés, alfajores redondos y en rombo, queques de naranja, galletitas de almendra, salteñitas, tortas, sándwiches y otras delicias. La casa pertenece a una de las directoras. Todas ellas se han distribuido tareas para recibir a quienes son miembros —y algunos invitados— de la Asociación y pasar una tarde disfrutando costumbres bolivianas. Beatriz está en todo lugar: saludando a las que van llegando, guiándolas a la mesa donde se reciben las cuotas de entrada, entregando tickets para door prizes, observando si la mesa ha quedado bien surtida o si hay que comprar algún aperitivo adicional y conversando en los diferentes grupos que se van formando. Todos la llaman Bee. Sí, Bee, pronunciado: “bi”, es decir, abeja en inglés. Es su diminutivo, su nombre de cariño. Muchas indican que se merece ese apodo porque trabaja con tesón, organizando las actividades de la Asociación.

Beatriz cuenta que la Asociación nació un 20 de noviembre de 1963, a iniciativa de Matilde Carmona vda. de Busch, esposa del expresidente de Bolivia, Germán Busch. Todo comenzó cuando las esposas de empleados en organizaciones internacionales se reunieron para intercambiar experiencias y ayudarse mutuamente en su adaptación a la vida en un país con una cultura diferente a la de Bolivia, con nuevas reglas y diversas opciones. Al encontrarse en una posición de posibilidad económica más favorecida decidieron ayudar a niños y mujeres con menos oportunidades en Bolivia. Durante varios años se fortalecieron incrementando el número de socias.

En 1999, la Asociación logró concluir los trámites legales para ser declarada una organización sin fines de lucro y exenta de impuestos (501 c.3). En 2002 recibieron un reconocimiento del Congreso de los Estados Unidos. Beatriz comenzó siendo tesorera en 2009 y fue elegida presidenta en 2013, su gestión duró casi 6 años, hasta 2019. Debido a las reglas de la Asociación, se ocupan cargos por 3 años con posibilidad de reelección por otros 3 años adicionales. Ella no se siente segura si después de 6 años de descanso aceptaría retomar la presidencia. “Es arduo el trabajo”, comenta.

El olor del café desfila frente a las invitadas, también hay té y sidra caliente con canela. La voz aguda de una campanilla llama la atención de todas las presentes, claro, todas ansiosas de pasar a la mesa. Pero deben esperar, pues Beatriz toma la palabra y comienza a dar el informe sobre la recaudación en el anterior evento y durante el mes que pasó. También habla de las cartas de agradecimiento recibidas y comparte algunas anécdotas que le fueron transmitidas por las representantes de los proyectos. “En nuestro proyecto en Cala-Cala, que posibilita el almuerzo diario a 50 niños entre 5 y 14 años, se coló un niñito de 3 años. Decía que no iba dejar a su hermanito almorzar solo, pues necesitaba compañía. Así que ya tenemos 51 comensales, señoras”. Se escucha cómo sale la ternura de los corazones de las socias y las anima a seguir participando en las actividades. En este proyecto cada niño tiene que pagar 25 centavos por su almuerzo. Beatriz dice que el objetivo es enseñarles que en todo hay reciprocidad, que pedir limosna no es digno.

Cuando los platos ya portan la satisfacción de la merienda y las bandejas ya han donado su abundancia, llega la hora de sortear los door prizes. Beatriz me comenta: “Estos preciosos candeleros han sido donados por una socia y pasé toda una tarde puliéndolos, para que luzcan hermosos hoy”. —84 23..., 84 23..., señoras revisen sus boletos, 84 23 —la voz de una de las directoras se hace escuchar en todos los ambientes. —¡Yo!¡Yo! —alguien se aproxima gritando con felicidad. Es la ganadora de los candeleros.

Así, van saliendo vinos, adornos y otros regalos. La gente está emocionada, felicitando a los suertudos. Todas las participantes se despiden de la anfitriona, asegurando volver al siguiente mes. Claro, en otra dirección, en otra casa, la de otra directora. Beatriz puntualiza: “Las masitas, los regalos, todo viene de los bolsillos de las directoras y algunas socias. No se toca un centavo de los dineros donados. Todo es distribuido equitativamente en los 13 proyectos”.

Bee arribó a Nueva York cuando tenía un año. Al cumplir los doce, sus padres se trasladaron a Colombia, donde salió bachiller. Luego, comenzaría sus estudios universitarios en la carrera de Filosofía y Letras, y en 1964 su familia se establecería en Bolivia. Más adelante, Beatriz y dos amigas llegaron a Madrid para ampliar sus horizontes de trabajo. Allí, su corazón recibió la visita de cupido. Un amigo de La Paz que estaba estudiando en Londres le propuso matrimonio. Juntos volvieron a Bolivia iniciando su vida de casados en una hacienda de Santa Cruz de la Sierra. Su amor floreció en una hermosa hija. A Beatriz la enamoraba la vida en el campo, pero le entristecía observar, sin poder hacer algo, las necesidades de salud, educación y cobijo que sufrían los lugareños. Estaba muy lejos de adivinar que muchos años después se encontraría trabajando para paliar esas mismas necesidades de esos mismos pobladores, pero desde el extranjero.

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Bee Bedoya dando el discurso de fin de año, el evento más importante para las damas bolivianas en Washington por la suma que logran recaudar para ayuda social. / Fotografía: gentileza de la autora.

Sus ojos color marrón se agrandan, disparando mucha luz, cuando dice: “Yo admiro a la juventud campesina de Bolivia, aquella que se esfuerza para poder asistir a los programas de estudios de la Unidad Académica Campesina Carmen Pampa. Nosotras apoyamos ese proyecto y nos maravillan los resultados. Un joven egresado vino a una de nuestras reuniones para agradecer, en nombre de sus compañeros y suyo, nuestras contribuciones. Estos jóvenes son formados en agricultura y asisten a varias otras cátedras. Además, concluyen sus estudios hablando tres idiomas: su lengua de nacimiento, español e inglés. Deben saber inglés, ya que la Unidad es satélite de la Universidad Católica de Bolivia y es financiada por la Fundación Carmen Pampa, cuya sede está en Minnesota”.

Orgullosa, Bee indica: “Las directoras somos embajadoras de la cultura boliviana. A nuestros eventos no solo vienen bolivianas, también hemos recibido a muchas latinoamericanas que pertenecen a otros grupos y quieren apoyarnos, inclusive gente norteamericana, angloparlante, zero Spanish”, y sonríe. “En esos eventos ponemos música boliviana e invitamos a bailar. Así se entusiasman y vuelven a visitarnos. Pasan un buen momento con nosotras. Aprenden de nuestra Bolivia”, reflexiona con alegría.

Añorando, Bee cuenta que el acontecimiento más emocionante es el que celebran en agosto: “Lloramos al cantar nuestro himno y ver a nuestra bandera erguida frente a nosotras. Pero las lágrimas se escurren cuando suena la música y bailamos nuestra cuequita”. Bailando la cueca, Bee es deslumbrante, pero también es admirada por la oratoria descriptiva de sus discursos, aunque algunas socias los consideran largos. Ella dice que cuanto más informadas están las personas, mayor es su predisposición para cooperar.

El evento más esperado por todas es el que más trabajo ocupa: la Gala de fin de año. Es una cena con exposición de cuadros y subasta de adornos finos o preciosas vajillas. Bee relata que es toda una odisea conseguir un lugar, contratar comida, disc jockey, personal de ayuda para servir y luego para limpiar. Pero, según ella, “vale la pena”. Es una noche donde se lucen vestidos largos y peinados de salón. Los esposos y novios participan de la fiesta. Es el evento que entrega las más altas recaudaciones, a pesar de la inversión.

Durante la pandemia, la Asociación ha organizado eventos por Zoom, con excelentes expositores, aunque resultaron medianamente exitosos en cuanto a recaudación se refiere. Bee con resignación dice que influyó la cuarentena, que inclusive ella sintió la helada soledad del alma en estos últimos dos años y la tristeza que le produjo. Relata su desesperado peregrinaje por conseguir su primera vacuna, y cómo se levantó a las 6 am, con ansias, para ir a una escuelita pública donde le administraron la bien publicitada salvación. Levanta los hombros y dice: “Ya tengo hasta el refuerzo, pero con todo y ello sé que una amiga, con tres vacunas, igual se contagió”.

Levanta la cabeza y dice, como retomando el tema de la Asociación: “Así somos, voluntarias, nadie nos paga, lo hacemos por amor y por buenas razones”, luego se queda pensativa y callada por un segundo. “Sí, por muy buenas razones”, concluye.

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