Baruch

Un libro que no encuentra en ninguna parte es parte vital de la obsesión del protagonista de este cuento con Spinoza y el Dios de Spinoza, en este fantástico y loco cuento de Leaño Martinet
Editado por : Miguel Carpio

La primera vez que escuché su nombre fue en esa famosa respuesta de Einstein “Yo creo en el Dios de Spinoza”.  Después no le di mucha importancia hasta muchos años más tarde, en los que su presencia se hizo permanente en mi vida.

Una noche, me encontraba esperando a mi querida amiga Victoria García en su sala de estar, mientras ella se alistaba para nuestra cita. Habíamos quedado en ver una obra del ballet de Ginebra; a ella le gusta mucho la danza, yo estaba algo nervioso, pues nunca entendí mucho del tema. Sin embargo, estaba muy interesado en formar una relación estable y Victoria era una persona por demás interesante, mi aburrimiento por el baile era entonces mi concesión para un futuro romántico.

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“Yo creo en el Dios de Spinoza” / Leaño Martinet

Para matar un poco el tiempo, comencé a hojear un libro que tenía en su mesita de café, era “Ética” de Baruch Spinoza. Ella me dijo que era de un antiguo novio suyo, que era filósofo y se lo había regalado. “Ni lo miré, si quieres quedátelo, ese hombre me aburría tanto con sus charlas existencialistas”, dijo justo antes de irse al baño.

Yo sabía que no iba a llevarme el libro, pero debí haberlo hecho pues ahí comenzó mi condena. El libro tenía más bien la forma de un manual, estaba lleno de proposiciones que parecen salidas de un libro de matemáticas, sin embargo, hablaban de metafísica, de amor y sobre todo de Dios. Me gustaba mucho el hecho de que se puede comenzar con una proposición cualquiera y saltabas a otra, y gracias a esa a otra, y así en bucles infinitos. De todos esos saltos, una llamó en demasía mi atención:

Proposición 19: Quien ama a Dios no puede esforzarse por que Dios le ame a su vez.
Demostración: Si el hombre lo intentara, desearía con ello (por 5/17c) que Dios, al que ama, no fuera Dios; y por tanto (por 3/19), desearía entristecerse, lo cual (por 3/28) es absurdo.

Ese libro me estaba atrapando, quería inmediatamente realizar los tres saltos que la proposición 19 me ofrecía, sin embargo Victoria salió del baño diciendo “¿nos vamos?”. Estuve a punto de llevarme el libro, pero recordé que ella se había aburrido de su anterior novio y preferí dejarlo en su sala de estar.

Durante todo el camino no podía dejar de pensar en el bendito libro, incluso Victoria me reprochó que esté tan distraído. “Tal vez no fue buena idea ir al ballet contigo”, fue la frase que me hizo componerme violentamente; “No, no, perdona, prometo estar más atento”. Llegamos relativamente rápido, en mi cabeza solo esperaba el silencio que la obra me ofrecería para seguir pensando en esas proposiciones, sobre todo en la 19. La cosa es que cuando inició el espectáculo mi mente comenzó a desvariar, “¿Cómo puede ser que Dios no me ame? ¿Acaso no es un ser de amor? ¿No debería amarnos por sobre todas las cosas? Además, no es absurdo estar triste por amor, eso le pasa a todo el mundo, rara vez uno está feliz amando, la mayor parte del tiempo se sufre pensando en las ausencias, los engaños, las inseguridades”.

Mi cabeza no paraba de maquinar, por cada respuesta que encontraba aparecían cuarenta preguntas. Spinoza se había apoderado por completo de mis pensamientos, intenté concentrarme vanamente en los bailarines. “¿Cómo se pueden dañar tanto el cuerpo? Literalmente estamos viendo a esta gente lastimarse y les aplaudimos. ¿Dios los amará a ellos? ¿Dios amará la danza?”. Al final, no sé si fue una mezcla de obsesión, aburrimiento, hastío o incomodidad, pero en medio del show me paré y salí afuera. Necesitaba respirar algo de aire fresco. Victoria estaba sorprendida, avergonzada, no quería quedarse sola y me acompañó apretándome el brazo. Ella necesitaba una explicación y yo no se la podía dar. No le dije nada porque no sabía qué decirle, en mi torpeza le comenté que cambié de opinión y que sí quería el libro que antes me había ofrecido. “¿Cuál libro? ¿Qué te pasa, idiota?”, fue lo último que me dijo antes de tomar un taxi enfurecida.

Yo decidí volver a casa caminando, de todas formas me esperaba la soledad de mi cuarto, así que no tenía ningún apuro. En el trayecto me quedé pensando por qué Victoria no recordaba el libro, tal vez con la rabia se olvidó que me lo había ofrecido. Al día siguiente, lo primero que hice fue ir a la librería a comprarlo, pero la vendedora no conocía ni el título ni el autor; inmediatamente después fui a la biblioteca del centro de la ciudad y tampoco tuve fortuna. “Son proposiciones metafísicas, hablan de Dios y del amor, hasta Einstein lo mencionó públicamente”, le comenté a la bibliotecaria. “Lo siento, jamás escuché de algo así, tal vez tenga otro título o no haya leído bien el nombre del autor”, fue su respuesta.

Era muy extraño, al principio pensé que estaba soñando, pero los eventos pasaban muy lentamente, podía sentir el aire de lo cotidiano en todo lo que pasaba, el libro realmente no existía. Durante un par de semanas busqué la obra por todo lado, les comenté del tema a casi todos los miembros de mi familia y a mis amistades. Los más cercanos me pusieron el apodo de “El loco Espinoza”, ya que era de lo único que hablaba. Algunas noches me desesperaba porque realmente quería volver a leer ese libro. Victoria me cortó el habla, ahora salía con un señor que me amenazó con golpearme o enjuiciarme si la volvía a contactar.

Decidí que si yo no encontraba el libro era porque el libro me estaba buscando a mí. Es una lógica un poco extraña, pero válida; Cortázar solía decir, con un acento francés, que eran los libros los que lo escribían a él y no a la inversa. Bueno, ahora no estoy seguro de que Cortázar haya dicho eso o que siquiera existiera. Seguro que si busco uno de sus libros, la bibliotecaria me responderá con desdeña y una fuerte negativa.

La cosa es que me dejé llevar y comencé a escribir proposiciones, todas conectadas unas con las otras; quería que tengan el mismo ritmo lúdico, así que me puse como regla hacerlas cortas y que tengan al menos tres conexiones entre sí. Comencé por la proposición 19, que era la única que recordaba de memoria, y avancé bastante rápido. Al cabo de unos días ya tenía una centena. Al principio eran todas sobre el amor, en cierta forma extrañaba a Victoria; pero rápidamente se convirtieron en proposiciones sobre Dios. Al final de cualquier debate siempre se llega a Dios, es inevitable, pues está en todos lados.

Durante todos esos días me sentí Spinoza, sentía su presencia, su esencia invadir mi cuerpo. No fue fácil escribir las proposiciones, pero tampoco era laborioso. Escribí, durante días enteros sin parar, sobre el amor, la humanidad, el todo, la nada y el universo.

Mi deseo por la lectura se había convertido en una voluntad por la escritura. Creo que fue mi primer acercamiento real con la tarea de un escritor; en cierta forma sentí que era un trabajo hasta trivial, pues lo único que hacía era convertir pensamientos en símbolos. Al cabo de unas diez semanas tenía el libro listo, hice un encuadernado algo casero y fui a dejarlo a la Biblioteca Nacional. Le conté a la bibliotecaria sobre mi ardua labor y me despedí diciendo “Ahora ya puede catalogar el libro ‘Ética’ de Baruch Spinoza en sus archivos”. Me dijo que así lo haría, con una sonrisa y muchas palabras de agradecimiento por mi noble trabajo.

“Me da pena ese loquito, Agustina, trato de seguirle la corriente, pero ya no sé ni que decirle. Mira, ha traído estos garabatos, dice que es un libro que tenemos que poner a disposición de la gente”.

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