Buck no podía leer los periódicos

Un conmovedor texto en el que, al hablar de “El llamado de la selva”, Axel Luna reflexiona sobre la escritura creativa.
Editado por : Adrián Nieve

“Buck no podía leer los periódicos”, dice papá, Yo, cinco o seis años de edad, escucho. Pienso en Buck. ¿Quién es? ¿Qué es? ¿Es importante que lea los periódicos? ¿Por qué no puede hacerlo? No soy totalmente consciente de estas preguntas en ese momento, ni que las mismas serán respondidas conforme papá siga leyendo. Solo sé que quiero seguir escuchando, atento. Tampoco soy consciente de que ahí, a la luz de una lámpara de noche, se está forjando uno de los recuerdos más hermosos de mi infancia y de mi vida entera. Y ni siquiera tengo idea de que estoy dando los primeros pasos en una carretera sin final y sin retorno en aquel mundo infinito cuyas ventanas te abren los libros. 

Cierta vez, un profesor de Escritura Creativa me enseñó que la primera oración de un texto narrativo debería plantear: personaje, problema y contexto. No estoy seguro de si el inicio de La llamada de la selva cumple con todos estos requisitos. Pero sí estoy seguro de que cumple con una función que considero más importante: te plantea preguntas. Eso también me lo enseñó otro profesor. “La Literatura no da respuestas, sino preguntas”, dijo. Y no podía estar más de acuerdo con aquella afirmación. Las preguntas a las que te enfrenta el íncipit de aquella novela de Jack London se podrían resumir en una sola, importante, decisiva, y que todas las historias deberían tener como ingrediente principal: ¿Qué pasará después? 

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Ilustración: Jessica Kale

“Buck no podía leer los periódicos”, dicen las palabras impresas en el papel. Tengo quince o dieciséis años. Mis ojos persiguen silentes las curvas y líneas de las letras, descifrándolas. Aunque atesoro el recuerdo de papá leyéndome el libro en voz alta, reconozco con cierta culpa que leerlo así, en silencio, es mejor. La adolescencia ya es suficientemente ruidosa por sí sola. Y en este espacio solitario y silencioso, puedo descansar de ella un momento. Puedo vislumbrar mejor el blanco de la nieve que a veces parece eterno en aquellas montañas de Alaska donde Buck vive sus aventuras. Puedo escuchar el aullido de los lobos a través de los árboles. Puedo detenerme cuando siento que, al igual que Buck y los otros perros de la historia: cansados, hambrientos y maltratados, ya no puedo continuar con la lectura pues todo se ha tornado demasiado cruel, imposible. Pero la pasión por la lectura será más fuerte. Y después de un necesario respiro, continuaré acompañando a Buck en su viaje, hasta verlo liderar una manada de aquellas fascinantes criaturas aullantes. 

Durante mucho tiempo creí que leer un libro cuyo final ya conoces no tiene sentido. Creía que se pierde la emoción de no saber qué pasará después. En ese sentido, el único texto al que me atrevía a volver era La llamada de la selva, tal vez por cariño, por nostalgia. Fue a partir del año 2019, cuando comencé a participar en talleres de Escritura Creativa, que encontré otra obsesión equiparable a mi pasión por la lectura: la relectura. En palabras de otra profesora: “Es como un juego, como desarmar un rompecabezas”. Y sí, la relectura es fascinante porque ese desengranar una historia para entender los mecanismos que la hacen funcionar lo es. Aunque pienso que lo más fascinante aún es cómo una historia, ya leída una vez, puede aterrarte, emocionarte, y romperte de formas distintas cada vez que vuelves a ella. Creo que leer así es como escuchar una canción que te gusta mucho. Tal vez no entiendes cómo te llegó a gustar tanto. Pero no es tan relevante. Lo único que importa es que te encanta. Y que la volverás a escuchar siempre que puedas. Y eso está bien. La llamada de la selva es pues, una de mis canciones favoritas. 

“Buck no podía leer los periódicos”, digo. Me detengo. Sonrío. Después de más de veinte años transitando esta carretera infinita cuyos primeros pasos los di a los cinco escuchando a papá leer, mi forma de leer ha evolucionado, ha madurado. En esta ocasión, mi lectura se centrará en la “Ley del garrote y del colmillo”, que parece regir la vida mucho más de lo que quisiera imaginar. Mi lectura analizará las transformaciones, las cosas que cambian y vuelven a su origen. Sin embargo, ese maravillarme detrás de cada página, ese preguntarme por qué Buck no puede leer los periódicos, se mantendrán. Por eso sonrío. Porque recuerdo la luz de la lámpara de noche. Recuerdo a papá.  Recuerdo a aquel niño de cinco años que amaba desenterrar historias. Quiero pensar que, aunque mi forma de leer ha crecido conforme yo lo he hecho, ese niño curioso, ansioso por saber qué pasará después con Buck, sigue ahí, en algún lugar. Leo en voz alta para él, como invocándolo, como abrazándolo. Como diciéndole, a través del tiempo, que no lo he olvidado.

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Este texto forma parte del especial Especial del 2024