Arcane: el discreto encanto de la cinematografía
“GG jg diff” escribe maliciosamente un yanqui que no sabe manejar la frustración mientras nuestra base implosiona y en la pantalla aparece la palabra “derrota” grande y llamativa, como para que no quede la menor duda. ¿Cómo sé que es yanqui? En este juego, el famoso battle arena online League of Legends (LoL), el seudónimo de esta persona es DonaldTrrrump y, al mismo tiempo, sé que no puede manejar la frustración porque desde la primera vez que alguien del equipo contrario lo mató, no ha parado de quejarse y tratar de convencernos de que, como equipo, nos rindamos, solo porque le estaba yendo mal.
Después de 45 minutos de estar sentado, decido levantarme y estirar todas mis extremidades. Mientras escucho mis huesos crujir, me consuelo a mí mismo por la derrota en una partida en la que, si hubiera tenido un equipo con más actitud para sobrellevar los contragolpes del enemigo, al menos habríamos tenido una chance de ganar o de perder con un poco más de dignidad. Pero los jugadores de LoL son famosos por su actitud tóxica: insultos, quejas, berrinches, si juegas LoL tarde temprano te tocará alguien que haga todo eso y si no te toca es porque el tóxico eres tú.
¿Por qué alguien estaría voluntariamente metido en esto? La respuesta es simple: es un juego divertido. No es el mejor juego de la historia, tampoco es para todo el mundo, pero incluso sin talento ni habilidad para jugarlo, es un juego entretenido cuyo gran problema son los otros jugadores. Casi como en la vida real: algunos son buenos, otros son malos, la mayoría son cretinos y depende de ti romper el ciclo de toxicidad. “Nadie te está obligando a estar aquí, tú lo eliges, disfrútalo como puedas”, me digo mientras oprimo el botón para empezar una nueva partida.
No es masoquismo, de verdad me gusta el juego. Lo descubrí en 2011, cuando todavía era un universitario y, como con una ex a la que no puedes superar, tenía mis ciclos de dejar el LoL y volver a jugar el LoL hasta que, por el 2015, lo dejé por completo y la verdad nunca habría recaído de no ser que un 31 de noviembre de 2021 entré a Netflix y decidí ver el producto audiovisual que me arrastró de nuevo a este videojuego: Arcane, la serie animada creada por Riot Games, basada en personajes de LoL.
Como siempre, el contexto
Este año LoL cumplió 15 años de vida, en ese tiempo han hecho de todo para mantener el juego actualizado e interesante para las muchas generaciones de personas que no saben manejar la frustración y quieren desquitar la mala onda en alguna parte. Con más de 150 personajes dentro del juego, cada uno con un trasfondo e historia ubicada en el universo de Runeterra, LoL no solo es un jueguito de internet, también es un eSport que mueve millones de dólares en competencias, casteos y premios. ¿No me creen? Vean cualquier edición del mundial de LoL, será más lujosa y competitiva que la Copa Libertadores.
Debido a una falta de informes financieros públicos anuales, es bastante difícil hacer un desglose detallado de las ganancias de Riot Games desde 2009, ya que no cotizan en bolsa. Sin embargo, esta compañía, también creadora de Teamfight Tactics y Valorant, está valorada entre 18 y 22 mil millones de dólares, según estimaciones recientes de analistas del sector. Esta cifra refleja su crecimiento constante desde su adquisición total por la compañía china Tencent, por un valor aproximado de 400 millones de dólares, entre 2011 y 2015. Y aunque es un juego gratuito, sí contiene muchas microtransacciones (más que nada estéticas) dentro del juego, lo cual ya desde 2016 le reportaba a Riot ingresos que rondaban los 1.6 mil millones de dólares que luego, para 2021, superaría: 1.8 mil millones, impulsado justamente por el estreno de la serie Arcane en Netflix.
Entonces, no fui el único idiota que (re)cayó en eso de jugar LoL solo por Arcane. Hay un montón de memes que juegan con eso de que Arcane es hermoso y LoL es horrible. Y vengo a decirles que no, LoL no es horrible, los seres humanos somos los horribles; pero más que nada vengo a alabar esa hermosa y simplona serie de dos temporadas: Arcane, cuya trama explora la creciente tensión entre la próspera ciudad de Piltover y la decadente Zaun, donde la creación de la revolucionaria tecnología Hextech y la droga Shimmer desatan un conflicto devastador. En ella seguimos a las hermanas Vi y Powder (quien se convertirá en Jinx), cuyas vidas toman caminos opuestos tras una tragedia que las separa. Mientras las luchas de poder, las ambiciones políticas y las traiciones dividen a las ciudades, los personajes enfrentan demonios internos en un mundo donde la magia y la ciencia colisionan.
Con tanta popularidad y dinero por detrás, era cuestión de tiempo para que un día saliera una serie o una película basada en el universo de LoL. Además, con el pasar de los años, el juego, por mucho que se fue renovando, igual fue perdiendo terreno frente a otros multiplayers online como Fortnite, por lo que la empresa siempre estuvo buscando formas de ampliar sus horizontes, llegar a nuevos públicos y atraerlos a su juego —“arrastrarlos al infierno”, dirían algunos—, pero también para expandir las tramas de League of Legends más allá del juego.
Ahí aparecen Christian Linke y Alex Yee, creadores de la serie, quienes querían profundizar en las relaciones entre Jinx y Vi para explorar la dualidad entre las ciudades ficticias Piltover y Zaun. Para ello se aliaron con Fortiche Productions, un estudio francés conocido por sus animaciones híbridas 2D y 3D. La idea era crear un estilo gráfico que se sintiera refrescante y crudo, con un toque realista que refleje las imperfecciones de estos personajes de género fantástico.
Y vaya que le metieron estilo. La ciudad Piltover tiene un airecito art nouveau mientras que la ciudad Zaun es un poco más cyberpunk y art déco en clave decadente. Hicieron animaciones en carbón, acuarela, buscaron diferentes formas, easter eggs y estilos visuales para darle personalidad a cada personaje, a cada pelea, a todos esos momentos clave de la trama. Sabían que desbordando estilo iban a capturar la exigente y usualmente dispersa atención de la gente de la actual época.
Pero también le metieron paciencia y dedicación. Es brutal enterarse que cada detalle en los fondos fue pintado a mano, añadiendo profundidad y textura al producto final o que todo el proceso de animación fue realizado con keyframes manuales, sin motion capture. Eso implica que los animadores primero se filmaron entre ellos para crear videos de referencia y luego de grabar casi toda la serie así, utilizaron esos videos para empezar a animar todo desde cero. Es por eso que tenemos movimientos y expresiones realistas en Arcane y no puedo dejar de remarcar la gargantua cantidad de trabajo meticuloso para cada escena que todo esto significa. No por nada el desarrollo de dos temporadas tomó seis años y costó un total de 250 millones de dólares.
El resultado: una serie aclamada tanto por la crítica como por el público. Algunos dicen que es por su narrativa que prioriza el desarrollo de personajes, otros lo atribuyen a los apartados visuales (detallados y cambiantes) que la hacen sentir fresca. Y es verdad. A diferencia de las más recientes entradas en el Universo Cinematográfico Marvel, la saga de Rápidos y Furiosos, o casi cualquier película de Michael Bay, Arcane no es para nada una serie confusa, visualmente mediocre y lineal. Arcane es una serie que, como las tres franquicias recién mencionadas, también se vale de historias simples, casi estereotípicas, y recursos narrativos básicos, pero que al invertir mucho en el apartado visual y de estilo, logró convertirse en algo refrescantemente mejor.
Lo mediocre versus lo refrescante
¿Se puede leer una película? Y no, no me refiero a los subtítulos. Me refiero a que la imagen sea algo más que solo lo que está pasando en la trama, a que haya algo en cómo se enfoca la cámara, qué plano se usa, el tipo de música, la ropa, los colores, en todo lo que contribuye a mandar un mensaje no verbal, uno que nuestro cerebro lee inconscientemente y que hace que el producto audiovisual sea más poderoso.
La respuesta es: sí, obvio. Tiene que ver con eso que te dice casi cualquier cinematógrafo y/o guionista: “No expliques con diálogos, muéstralo en la pantalla”. Y para mostrarlo sin explicarlo, hay todo un lenguaje visual y técnico que viene siendo desarrollado desde que nació el cine; al principio por un tema de limitaciones tecnológicas y después porque había gente que quería explorar aspectos más artísticos de lo audiovisual. Así, a lo largo de los años, se fueron juntando herramientas y elementos que ahora todo cineasta y cinematógrafo conoce (o debería conocer) para hacer que su película sea más acciones y menos bla bla.
Si algo existe, algún humano encontrará la forma de sobrepensarlo. Esa es la explicación para que los artistas audiovisuales hayan desarrollado todo esto que menciono, pero también lo es para que los miembros del público (entre amateurs y académicos) aprendieran a leerlo. En este caso, esto de leer una película se llama “análisis semiótico del cine” y te hace ver los productos audiovisuales con otros ojos: de pronto los detalles importan y las películas y series dejan de ser solamente su trama, pues tanto la belleza como la dinámica de las imágenes se vuelven claves para notar diferentes dimensiones que no pueden ser apreciadas superficialmente.
Pero eso es un arma de doble filo. No solo aumenta la probabilidad de que parezcas o te vuelvas un mamón hecho al cinéfilo fino, sino que también le quita ese saborcito delicioso al cine chatarra. Entonces películas como Birdman se vuelven impresionantes, pero a la vez solo podrás ver una vez Spiderman: No way home o Deadpool & Wolverine divirtiéndote, a las siguientes ya pensarás: “qué película más floja y mediocre”.
Eso no pasa con Arcane pese a que su trama es tremendamente predecible. Tanto si eres jugador y ya conocías el lore de los personajes, como si eres noob en este universo y con Arcane recién conociste a Jinx, Vi, Ekko y los demás, no es difícil predecir hacia dónde va la trama y el desarrollo de los personajes en las dos temporadas de la serie. Hay que pensar que LoL es un juego de peleas donde el trasfondo de cada personaje es un adorno que lo hace interesante, pero lo que cuenta es cómo se lo juega, no su historia; por eso es que muchas de sus biografías son bastante simples y estereotipadas, casi caricaturas que se adaptaban a las modas de la época en las que fueron estrenados (siempre con Riot Games buscando apelar a nuevos públicos para obtener más dinero). Entonces, por mucho que Arcane hace un increíble trabajo dándole profundidad dramática a personajes que antes eran prácticamente caricaturas, igual se mantiene en los límites del “buen gusto” mainstream; esto es: no hay una historia nueva, ni personajes crudos, ni giros de trama que te vuelen la cabeza, incluso a nivel de interacciones hay demasiados clichés. Todo es predecible, pero no por ello menos sorprendente.
Para mí eso es gracias a que sus guionistas hicieron un gran trabajo de equilibrio del fan service y manejo preciso del arco de cada personaje, pero más que nada lo atribuyo a cómo se aprovecharon de estas herramientas semióticas que mencionaba antes para crear imágenes poderosas y de mucho estilo que se quedan en tu cabeza y narran mejor la historia que lo que haría cualquier diálogo de exposición (esos son los diálogos en los que el personaje convenientemente explica todo lo que está pasando, un recurso abusado por Marvel, el animé, Vin Diesel y Michael Bay).
Entonces, por ejemplo, en la escena en que Jayce está a punto de dar un discurso por el trabajo que él y Viktor realizaron, vemos como justo cuando Jayce dice que la fama debería ser para los dos, una taza con la imagen de Jayce es puesta sobre una mesa, cubriendo a Viktor, resaltando cómo la fama de Jayce lo está haciendo desaparecer. O, ya en la temporada dos, cuando Jinx le está tiñendo el pelo a Isha, no las vemos a ellas sino a sus reflejos en un espejo roto, que tiene un agujero con rajaduras, perfectamente posicionado sobre el corazón de Jinx, haciendo un maravilloso y discreto foreshadow (prefiguración) de que Jinx va a sufrir después.
Esos son solamente dos pequeños ejemplos de una serie que ahonda en esta clase de elementos metafóricos y prefigurativos. Lo cual abre las puertas a que la primera vez que la veas sientas que hay mucho más de lo que parece y se dice, y que ya en tu segunda (tercera, cuarta, quinta…) vez viendo la serie, descubras cada vez más detalles. No solo hace que tu producto audiovisual se sienta fresco, sino que también lo convierte en un lugar al que puedes volver constantemente para descubrir cada vez más detalles del arduo trabajo que hicieron estos animadores por seis años con 250 millones de dólares de presupuesto; cifra que en Hollywood criticaron mucho, diciendo “cómo pues vas a gastar tanto en animación” y la respuesta es que cada cuadro de Arcane es como una pintura, y eso solo se logra con una inversión que permita dar tiempo y recursos a los artistas para lograr cierto nivel de detalle. O, como dijo Jason Scheier, diseñador de producción en la serie: “Arcane establece un nuevo estándar de calidad para la animación televisiva, donde la perfección requiere tiempo y recursos”.
(Tomá eso, televisión boliviana)
La importancia de que no te crean tonto
No suena a gran cosa, pero lo es. Narrar con la imagen y la cámara, establecer detalles y acciones metafóricas, hacer foreshadow sencillo y que contribuya al apartado emocional de cada personaje, todo eso es tremendamente enorme pues no todo el mundo lo hace. La mayoría de las películas y series prefieren ahorrarse trabajo haciendo tomas simples y explicándolo todo a través de un diálogo, como para que el público no se pierda si acaso dejaron de prestar atención. Hay un motivo por el que Marvel ya no tiene el éxito de antes: en su afán de mantenerse populares, se simplificaron en todas sus dimensiones (concedido, nunca fueron tan profundos) y ahora sus películas y series se sienten sosas, sin vida, sin nada que las haga interesantes más allá del personaje titular o la posibilidad de un cameo nostálgico.
Lo que hicieron Riot Games y Fortiche Productions fue confiar en las capacidades de lectura semiótica de su público y, por lo tanto, reconocer que están listos (al menos en lo visual) para productos un poco más complejos. Eso se llama “no subestimar a tu público”, confiar en la capacidad de la gente de entender algo sin que se lo deletreen y que, eventualmente, podrán comprender todas las dimensiones visuales y de la trama. Así es como conviertes a una historia sencilla y predecible como la de Arcane en dos temporadas hermosas y refrescantes.
Está también en el espíritu de la época. Estos son tiempos en los que la identidad personal depende mucho de lo visual. El afán de postear en redes sociales, o ser creador de contenido, incluso a nivel de moda y clase social, todo está atravesado por la imagen. Qué gran acierto de Arcane ponerle tanto empeño al apartado visual, no quedándose en el estilo sino narrando con detalles visuales y cinematográficos. Tal vez por eso la trama es tan simplona, porque el verdadero atractivo, el factor que hace que esta serie funcione, es que tenemos muchas capas visuales en las que perdernos, sin perder de vista una historia sencilla y personajes predecibles.
Ojo, con esta fórmula de historia simple y visualidad compleja (muy popularizada por el animé), Riot Games y Fortiche Productions tienen la chance de ser una suerte de nuevo Universo Cinematográfico Marvel, pero desde la animación y añadiendo a los videojuegos al circuito de estrenos y productos que comparten el mismo universo.
Y eso está bien.
Lo está porque al menos está poniendo un empeño particular en no subestimar al público, en propiciar un producto de interesante lectura semiótica. No son los únicos, por si acaso. Ya desde hace años que Denis Villeneuve se esfuerza por hacer sus películas así, siendo Incendies y Arrival las mejores muestras de una filmografía que se esfuerza por no ser mediocre. O Bong Joon-ho que en Parasite hizo un festival de lectura semiótica, pues cada escena tiene un detalle que profundiza en las temáticas de esa película. También series como Mr. Robot, Atlanta y Bojack Horseman, todos estos son productos audiovisuales que no subestiman al público y se prestan a varias rondas de análisis semiótico de sus escenas.
Ese es el discreto encanto de la cinematografía: sin palabras se puede decir mucho. Y aunque no lo sepas, lo presientes. Y cuando ya lo sabes, lo entiendes de otra manera. Y cuando lo entiendes de otra manera, se abren un millón de posibilidades de interpretación, de inspiración y de reflexión, haciendo que una película o serie sean más que solo un momento de ocio, sino que de alguna forma afecten a tu vida. Pero, más que nada, aprender a leer las películas es una gran forma de desarrollar criterio y capacidad de cuestionamiento para que un día a futuro, cuando venga alguien con su título de autoridad por delante a decirte que no puedes hacer algo, tú tengas herramientas para decirle que se calle y también tengas lo necesario para cuestionarlo.
Y Arcane es un maravilloso punto de partida. Sencillo, divertido, predecible y hermoso. No está a la altura de Parasite o Bojack Horseman, pero sí es una suerte de ABC de la lectura semiótica de cine que espero varias personas puedan disfrutar y que eso los lleve a ver con otros ojos cualquier producto audiovisual.

