Dos millones setecientos diecinueve mil ochocientos veintitrés segundos luz a la nostalgia
Hornos es una comunidad que no existe, al menos es así para Google Maps. De todas formas, una combinación de unos y ceros almacenados en algún lugar de este basto, basto, universo no puede engañar a mi nostalgia. Hornos existe, aunque —con certeza— ya no como lo recuerdo. Punto para Google Maps.
A una hora en tren desde Tupiza —una de las ciudades más grandes del sur de Potosí— hay un valle que huele a manzanas semi orgánicas, es decir, producidas con semillas de manzanas transnacionales y abonadas con bosta de chivos y ovejas. Suena a 4′33″ de John Cage y sabe a lawa de choclo ahumada en leña de churquis —un arbusto espinoso local que sirve, también, para hacer corrales—.
Desde la sala principal de exposiciones temporales del Museo Nacional de Arte en La Paz, en dirección (aproximada) a la tranca de Urujara, se encuentra Belén, en Palestina; es lo que dice un cartel en el piso. A dos millones setecientos diecinueve mil ochocientos veintitrés kilómetros. ¿Por qué la información de un recuerdo y la de un cartel en el piso resuenan en un mismo acorde átono?
En el marco de la 35ª Bienal de São Paulo se exhibe “Coreografías de lo imposible”. Adaptado en una sala secundaria, hay un cuarto oscuro con una banca en medio. Detrás, un proyector; delante, un par de parlantes. Se reproducen, en bucle, dos cortos de producción francesa. Me interesa el primero. Muestra la cotidianidad de una mujer, que deduzco es, palestina. Acá comienzan las similitudes entre nostalgia y sorpresa.
Es difícil distinguir si el primer plano del paisaje sonoro es un canto litúrgico o la bocina de carro que vende sal yodada. A la oscuridad de la sala, se suma la oscuridad de la madrugada. La mujer comienza su vida antes de la salida del sol, igual que mis bisabuelos en Hornos; eso cuando sus cuerpos físicos eran visibles en nuestro plano.
La mujer se cubre la cabeza y parte del rostro con un velo de color rojo. Prepara lo que parece ser su desayuno: un pan artesanal y una bebida caliente. El pan de la mujer se parece al pan de mujer de Hornos: un pan hecho con manteca animal, harina de maíz y agua de río, cocido en un horno de barro que funciona con leña. Después del desayuno, lava y guarda los utensilios. Raciona cada gota de agua, igual que mis bisabuelos. El agua, en Hornos, se llevaba a la casa desde el río —a, calculo, un kilómetro— en baldes hechos de latas de manteca de cerdo.
La mujer del velo rojo carga una botella pet con agua, la mete en una bolsa desechable de plástico y sale con prisa. Desde el patio, salen detrás de ella un grupo de ovejas. Espera a que la última salga y las guía a un lugar que desconozco. Las calles son de tierra, igual que las paredes de las pocas casas que la cámara enfoca. Los pasos de ella, los pasos de las ovejas, un poco de polvo al ras del piso, un perro flaco en segundo plano.
Es curioso, tengo imágenes de mis bisabuelos con los chivos y carneros. Van a un lugar lejano que no me permiten visitar porque —dicen— soy muy pequeño. Lo curioso: no recuerdo verlos volver a la casa de tierra cerca del río.
Veo la siguiente cinta con poco interés. Vuelvo a la primera sala y tomo una fotografía del cartel que indica la dirección y distancia a Belén. Hay otros carteles en el piso: con dirección a Oslo, a Jartum, a una ciudad de Estados Unidos de la que no recuerdo el nombre y a otras más.
El tiempo cambia a las cosas. Las cosas cambian con el tiempo. Yo cambio, aunque algo de mí está anclado a la nostalgia de un lugar que ya no existe en Hornos, un lugar tan parecido a un lugar a dos millones setecientos diecinueve mil ochocientos veintitrés kilómetros. Un lugar a dos millones setecientos diecinueve mil ochocientos segundos luz.

