Recuerdos de domingo en los 80
Me gustaban mucho los domingos cuando era niña. El aire matutino que se colaba por las ventanas de la pequeña vivienda de mi abuelita, mamá Maruja, era único. Una mezcla de pino, eucalipto y cera de pisos se fusionaba danzante con el reconfortante aroma del café “Extracto”, que en aquellos años mamá Maruja compraba por cuartos de kilo en el mercado de la Buenos Aires. En mi hogar, los sábados estaban destinados al mercado y los domingos a la limpieza; y —como quizás sabrán— desde aquellos tiempos o tal vez desde siempre, la limpieza se halla intrínsecamente ligada a la música.
Mis mañanas de domingo comenzaban al promediar las ocho. Las paredes del dormitorio que compartía con mi madre estaban forradas de posters y recortes de revistas y periódicos de artistas de los años 1980. En el muro izquierdo, entre los más famosos, figuraban el gitano Dyango, los hermanos Pimpinela, don José Luis Rodríguez “El Puma” y el sonriente e hirsuto “Rabito”. Cubriendo el espejo del ropero y en fracs, tan elegantes como siempre, reposaban Los Grillos y Los Golpes; y, por supuesto, ocupando el privilegiado espacio frente a la cama estaban los guapísimos Camilos.
Entonces, al despertar, lo primero que veía era el rostro impecable del españolísimo Camilo Sesto, el ídolo musical de mamá en esas épocas, quien serio y con mirada desafiante cada mañana me retaba a levantarme del tibio lecho, cosa peliaguda que hasta hoy me cuesta mucho. De él, alguna vez mi padre me contó que cierto día le había cantado a mamá con todo sentimiento: “Perdóname/ Perdóname/ Perdóname/ Si hay algo que quiero/ Eres tú/ Perdóname/ Perdóname/ Y no busques un motivo o un porqué/ Simplemente, yo me equivoqué/ Perdóoooooname”. Sin embargo, no, no lo perdonó.
La pequeña radiograbadora National Panasonic, empezaba a sonar en cuanto mamá despertaba. Enseguida, sintonizaba la Panamericana o la Continental, esas veces solo en 580 y 590 de AM (amplitud modulada), respectivamente. De inmediato se escuchaba a Los Iracundos, y mamá, tomando el cepillo como micrófono, a todo pulmón comenzaba a cantar: “Porque no vale la pena que volvamos a empezar/ Es mejor que terminemos, aunque tengamos que llorar/ Serás solo un recuerdo con un poquito de miel/ Serás solo un recuerdo que irá bajo mi piel”. A mí me gustaba más la de los: “40 grados, nena/ Yo me quiero quemar/ Vamos para las olas, jugando en el agua te quiero besar”. Creo que eso explica muchas cosas hoy, en fin.
Iban a dar apenas las nueve de la mañana y mamá Maruja, ya tenía preparado el desayuno. Mantequilla, queso, marraquetas y café nunca nos faltaron. A veces había suerte y además teníamos en la mesa deliciosa leche natural recién ordeñada que la Luisa, una risueña cholita con dientes de oro, traía desde Las Nieves. De esa leche que al hervirla inundaba la casa con su denso olor a bosta, mamá Maruja sacaba nata cremosa. Otras veces mi madre traía una pasta de hígado plomiza y sabrosa de la señora del frente de la Iglesia de la Recoleta, en la América. Esas mañanas eran las mejores.
Maullaba triste una guitarra eléctrica acompañando la voz del chileno Ángel Valiente, de Los Golpes, quien casi llorando recitaba: “Y si alguna vez, al pasar el tiempo/ En algún recodo de tu sola vida/ Tú te propusieras regresar conmigo/ Tenlo por seguro, que si me lo pides/ Volveré atrás, hacia lo perdido/ Pasarán los días, pasarán los años/ Nuevas ilusiones, otras despedidas/ Pero a ti olvidarte nunca/ Si juré contigo, olvidarte nunca”, entre tanto las madres colocaban las meriendas de manera que todos comíamos por igual, incluso Puki, el perro rasta y dorado.
Al terminar, ya mi madre había trasladado la limpieza a la sala, no sin antes haber pasado con su pierna firme y vigorosa la gruesa viruta de acero por las gradas, el pequeño pasillo y la pieza de la abuelita. La cocina y el baño se limpiaban a fondo, la primera después de almorzar y el otro cuando todas nos íbamos a bañar por la tarde, nada más por aquello de aprovechar el agua y demás recursos.
Iban a dar las once de la mañana y la abuela prendía puntual la cocina. Tenía dos horas para cocinar la comida ya que ella y mi madre creían firmemente en el ahorro y así como con el agua, el gas debía ser racionado y cada garrafa debía durar casi un mes. “Tiene la Tarara un vestido blanco/ que se pone negro cuando baila tanto/ La Tarara sí/ la Tarara no/ la Tarara baila tan bien como yo…”, sonaban Los Grillos desde un singular vinilo azul en el viejo tocadiscos RCA (Radio Corporation of America) de mamá Maruja, y el olor del almuerzo de domingo ya llenaba los ambientes con aromas tan buenos que alimentaban de tan solo olerlos.
Los domingos comíamos especial y más rico que en la semana. Las madres se encargaban de que no faltase el sustancioso chairo con un pedacito de chalona salada de cordero. Como segundo, el jugoso y picante chorizo de cerdo o el tierno asado de lomo de res, comúnmente acompañados de ensalada de lechuga crespita, harinosas papas khati, dulce oca soleada y terso camote de corazón anaranjado.
Con el sol en su cúspide cerca de las doce y media, la abuela salía al patio rumbo al batán para moler la infaltable llajwa hecha de dos tomates por un locoto “verde como el loro, bravo como el toro”, solía decir mamá Maruja, al tiempo que su laboriosa mano desparramaba cual mixtura las aromáticas hojitas de quirquiña sobre la piedra embarrada de aquel suculento puré. También era el único día de la semana que había gaseosa en la mesa; la Cascada, mediana, costaba cincuenta centavos en aquel entonces y era suficiente para saciar la sed de todas.
Cerca de la una de la tarde ya estábamos por almorzar y de pronto, en medio del mise en place, ya se escuchaba a coro desde la cocina: “Por eso vete, olvida mi nombre, mi cara, mi casa/ Y pega la vuelta/ Jamás te pude comprender/ Vete, olvida mis ojos, mis manos, mis labios/ Que no te desean…”. Las canciones de los hermanos Pimpinela me permitían imaginar las peleas de los amantes, de los esposos. Gracias a las cosas del destino, jamás viví ese tipo de situaciones puesto que desde que era yo muy pequeña mi madre había renunciado a una vida de violencia y abusos al lado de papá con sus problemas de alcohol e infidelidades.
En contraste con la comida de mediodía, la radio también se ponía caliente y sabrosa. Mamá sintonizaba entonces el programa “¡Viva la salsa!”, en el que de inmediato la inconfundible voz de Marco Antonio Noriega, anunciaba a los famosos Latin Brothers con su pegajosa melodía: “Por la calle voy mirando la gente que viene y va/ Tan contento que me siento cuando escucho saludar/ Hola, ¿qué tal? Hola, ¿qué tal? / ¿Cómo te va? ¿Cómo, cómo te va?” Con solo oírla nuestros ánimos subían a tope y nos poníamos a bailar re contentas. A continuación, don Rubén Blades narraba cantando su inigualable Pedro Navaja, que ante todo me enseñó dos cosas; la primera, que “un treinta y ocho 'Smith & Wesson' del especial” es un revólver y, la otra, mucho más importante, que “La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida ¡ay, Dios!”
Al dar las dos de la tarde, los quehaceres se mudaban al patio donde el agua para lavar la ropa acumulada en la semana reposaba en humildes bateas de fierro que el sol había calentado toda la mañana. A lo lejos, todavía se escuchaba la suave voz de “Rabito” en la radio que les cantaba a los enamorados diciendo: “Mi corazón ya sabe que salgo contigo/ Por dios te pido, niña, que le des cariño/ Piensa ¡ay! te pido, mi amor/ Junto con él sufro yooooo”, seguido de un “Oye chica, nunca me abandones/ Cariño grande dónde encontrarlo/ Vida si es que no es a tu lado/ Yo mi amor sincero quiero darte/ Cariño grande dónde encontrarlo”, canción de Los Signos que al igual que Los Ovnis de Huanuni, con su “Minero eres tú/ Pulmón de metal/ Tu vida entera/ Casi por nada/ Tú lo das”, trajeron buena música desde las minas del sur de Potosí.
Como a las tres, la tranquila y productiva tarde se veía interrumpida de repente por la intermitente y aguda bocina de un ocasional heladero. Uniformado en níveo traje y con su gorrita de capitán naval, un amable viejito cargaba en su espalda una caja azul oscuro de madera en la que resaltaba a colores la palabra SUPEREL. Aquella caja se nos antojaba inmensa cada vez que era abierta ritualmente por el anciano. La primera tapa dejaba escapar sugestivamente aromas perfumados de frutas y esencias dulzonas, luego dos capas de nylon grueso, una azul y la otra transparente, y por último la tapa de plastoformo del térmico. Mamá siempre escogía una paleta de canela y mientras la abuela tomaba un vasito de crema, yo era feliz con una cassata de frutilla, chocolate y vainilla; curiosamente, los sabores que menos me agradan actualmente.
Al dar las cuatro treinta, sucedían dos cosas casi al mismo tiempo. Pitaba el silbato de cambio de turno para los trabajadores del Servicio de Caminos, en tanto el eco lejano del chirrido de los raíles de un tren era acompañado por el característico silbido de su locomotora que, al acercarse cada vez más, paulatinamente pintaba el paisaje frente a la casa con el rojo intenso de sus vagones de carga. Los predios de Caminos se hallan situados desde aquellas épocas en medio de la Autopista La Paz - El Alto, frente a mi barrio, el Plan Autopista, debajo de la Ciudadela Ferroviaria y de los rieles de los trenes que iban rumbo a Llallagua, Uyuni o Villazón en aquel tiempo. Hoy esos rieles ya no existen más.
Estos sonidos funcionaban como una suerte de reloj con alarma para mamá Maruja, quien jamás había portado un reloj en realidad. Pero ella siempre sabía la hora, creo que tal vez la tenía incorporada naturalmente a su cuerpo a plan de repetir todos los días la misma rutina. “Tendría que llorar por ti y me río como un loooco/ Tendría que llorar por ti y no tengo ni una lágrima/ Has tirado nuestro amor por la ventana/ Y me río, me río, me río, me río, me ríoooo”, entonaba “El Puma” desde otro vinilo que rotaba rítmico sobre su eje en el tocadiscos de la abuela, mientras ella encendía el fuego nuevamente. Esta vez para preparar el té.
Hubo una temporada en que la hora del té se retrasaba un poco. Todas debíamos apresurarnos en los quehaceres del hogar para ir a hacer fila al horno del barrio porque no había pan de manera regular. Aquellas tardes, mi melódica vocecilla de niña deleitaba a los vecinos interpretando a Dyango con su “Corazón, qué le has hecho a mi corazón/ Corazón, luna llena/ Canción de amor/ La vida siempre ha sido así/ Tú por tu lado y yo por ti/ Corazón mágico”, y mientras el olor del pan recién horneado anunciaba la próxima merienda, los vecinos reían alegres aplaudiendo mis cantos junto a las demás ocurrencias de los otros pequeños. Después de todo, era menester ser felices más que nunca ya que entre 1982 y 1985 transitábamos por un periodo hiperinflacionario fatal, producto de la dictadura militar de Luis García Meza. Entonces, la plata se contaba por fajos y se transportaba en bolsas de lino, muchas veces sin destino final pues no había qué comprar, sobre todo alimentos.
De pronto, cerca de las seis de la tarde, la puerta de la vivienda del horno se abría y doña Juana, la panadera, comenzaba a distribuir los panes de manera equitativa entre los vecinos, nadie podía comprar más de diez porque tenía que alcanzar para todos. En tanto, matizado por un precoz claro de luna, el brillo eterno de la Cruz del Sur, dibujada estelarmente en el ocaso celestial, hacía languidecer el domingo lentamente… Allá, por los años ochenta.
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