Puesta en escena

Existen mitos creados alrededor de ciertos espacios; ese es el caso de la capilla de la virgen del Carmen o ‘la rotonda’, como muchos la conocen, en Sucre, una edificación construida a partir de un hecho que ha quedado en la historia. La restauración realizada recientemente ha llevado a Ana Gabriel Serrano a desempolvar un poco acerca de lo ocurrido y la desmitificación de ella.
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Hay una capilla en una ciudad, hay en la capilla una cúpula con seis ventanas; en la cúpula, una linterna y, en ella, una aguja. Hay un blanco deconstruyéndose a través de la luz del sol en una ciudad llamada Sucre y hay (o hubo) en la capilla las vestimentas ensangrentadas de la víctima que se ofreció cuando se erigió por primera vez.

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En la ciudad de Sucre se encuentra la capilla de la virgen del Carmen, “la rotonda”. / Fotografía: Pablo Montero.

Cuando Isidoro Belzu, “el turco encholado de los fríos páramos andinos”, o Manuel, “el príncipe morisco de doña Manuela Gorriti”, escribe la palabra ‘milagro’ piensa en la construcción de una capilla con cúpula; en 26 columnas asentadas sobre una plataforma y en una Carmencita importada de Europa.

Sentada sobre los rajados tablones de la Torre Eiffel del parque Bolívar, garabateo en la computadora mientras pienso en el acto paciente de recolectar datos y noticias, de recoger de los periódicos y diarios, y apurarse para concordarlos y resucitar así, poco a poco, el pasado; pasar el plumero sobre el polvo que se asentó, ser cuidadosa con las teclas y renunciar a toda teoría bastarda que elabora mi cabeza para respetar con ‘humildad’ los hechos más insignificantes que hacen a estas historias menos románticas y a mis pesares más amargos, al encontrar datos, fechas y nombres que desmitifican las historias que creemos conocer.

La rotonda es así. Pero primero hay que llegar a ella, no sin antes pasar por la alameda, atravesar el rosedal, quedarse frente a la estación e imaginar una edificación vertical de colores desconocidos (hoy habitada por el busto del señor del ferrocarril). Luego doblar, doblar sí, a la derecha, donde a trescientos metros se presentan una capilla blanca en medio de un jardín; una fecha (la del traslado) que reza en la puerta “1940” y unas rejas delante del blanco que tiran del sol de la mañana.

—Pase, señorita —Abre el portón de la reja—, gracias a Dios la alcaldía nos hizo caso. ¿Cuándo cree usted que empiecen la restauración? —Olga es una señora de unos 65 años, ciudadana devota y vecina del lugar. Cuando doña Olga saca de su mandil floreado pastel una llave diez veces más grande que una normal, me mira. Tiene los ojos claros y una mirada que tendrá otras veces durante el recorrido: expectante, enteramente aliviada, como quien dice, o quiere decir, “le creeré lo que me diga”.

—Esperemos sea pronto —respondo. Aunque no creo que la alcaldía lo ejecute, pienso en eso avergonzada.

—La capilla está abandonada y se cae a pedazos —exagera—. Viene poca gente y, ya sabe, solo se llena para alasitas. Por algún motivo la gente olvida la importancia de este templo. ¿Usted sabe del milagro de la construcción de nuestra virgen del Carmen, verdad? —me toma un examen.

—Claro —respondo—, lo del General Belzu.

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Manuel Isidoro Belzu habría mandado a edificar la capilla para agradecer el milagro que le salvó la vida. / Fotografía: Pablo Montero.

—Ese escapulario que llevaba en el pecho lo salvó del intento de asesinato. Lo protegió de la bala, ¡semejante milagro de nuestra Virgencita! y ahora véala, en ruinas —exagera de nuevo—; las autoridades no se preocupan.

Siento un malestar en el estómago, pero no es por la angustia de doña Olga. Quiero decirle que le faltaron contar balas y que a esas también les faltaron escapularios.

Repaso los datos que navegan en mi cabeza y me pregunto si muchos, como ella, tienen en su memoria el mismo ‘efecto Mandela’, pero quizá es algo más sencillo que eso, tal vez es solo una historia contada de oreja a oreja que, pretenciosa, mutó a través del tiempo. Más tarde googleo en internet sobre el milagro de la rotonda y me parece curioso encontrar en una revista a personajes públicos ilustrando historias que se inclinan por lo novelesco, sin embargo, siempre existen versiones y versiones; y en una de ellas, de repente, es viernes 6 de septiembre de 1850, y las escenas bucólicas de los rayos del sol se encaraman sobre las flores silvestres de la quebrada Santa Teresa (parque Bolívar) donde el invitado, general Belzu, pasea jinete a caballo, acompañado por su amigo y diputado, el Coronel Laguna, así como uno de sus edecanes de servicio.

“No se veía persona alguna en el Prado; pero de pronto surgió detrás de un tapial un embozado, quien enfrentándose con el Presidente y echando atrás el embozo, aunque ocultando el rostro en la falda del sombrero, alzó el brazo armado de una pistola amartillada y sin dar tiempo a actitud defensiva alguna, descerrajó dos tiros sobre el Presidente, quien, abandonando las riendas del potro encabritado, cayó de bruces al suelo sin que sus acompañantes tuvieran tiempo para evitarlo. Inclinados Laguna y el edecán sobre la víctima para prestarle auxilio, por sobre ellos un tercer disparo vino también a dar en el blanco: lo hizo Agustín Morales, que de corta distancia había contemplado la rápida escena anterior y que luego de asegurar su disparo y en el convencimiento de que Belzu estaba muerto, huyó precipitadamente con Sotomayor, pero no sin lanzar en la carrera grandes voces anunciando la muerte del Presidente y seguramente con la esperanza de provocar un movimiento popular del que pudiera obtener algún provecho”.[1]

En otra versión relatan que: “Una tarde en que el presidente paseaba por el prado de Sucre, es seguido por el coronel Morales juntamente con tres embozados, uno de los cuales se acerca al presidente y le dispara a boca de jarro un pistoletazo, con el que Belzu cae al suelo, luego Morales le dispara el mismo otro tiro que le da en el rostro y un tercer criminal trata de cortar la cabeza del caído presidente, cosa que evita el propio Morales. El general después del atentado y de habérsele considerado muerto fue recogido por sus amigos y después de una larga curación pudo salvar la vida”.[2]

En ambos textos hay concordancia, prescindiendo de algunos detalles; no obstante, a pesar de que el hecho se torna un tanto dramático, hay versiones como la de la entrevista googleada, que relatan que el general malherido es llevado por los campesinos del lugar a una casucha, donde le realizaron ceremonias y curaron sus heridas con plantas medicinales. Versiones como esta, cuya fantasía roza más el querer que el ser, no son del todo descabelladas, se sabe que el cariño de los campesinos bien le ganó al general el sobrenombre de Tata Belzu.

Dicen que, malherido y mientras se recuperaba en el Palacio, un infierno sobrevino. Entonces José Gabriel Telles asumió la presidencia y “como era hombre de carácter duro, espíritu rencoroso y tendencias crueles, empezó inmediatamente a ejercer violencias, con pretexto de vengar a Belzu, que hizo temblar al país con sus actos de barbarie, que él llamaba justicia, siendo su primera víctima el diputado Laguna, a quien mandó acusar como cómplice de la tentativa de asesinato, siendo rápida e injustamente ejecutado”.[3]

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Destaca, en color sepia, una foto tomada a una antigua fotografía enmarcada de la capilla; dicha imagen encuadrada corresponde a una recolección de fotografías por parte de las familias de la época y data de finales del siglo XIX, entre 1870 y 1890. / Fotografía enmarcada: s/d / Fotografía: Ana Gabriela Serrano.

Cuando Isidoro asumió el milagro para sí, edificó la capilla de la virgen del Carmen y otra obra más. Tuvo inspiración europea, esta vez en el templete de San Pietro in Montorio de Roma, en el lugar donde fuera atacado. Nadie imaginó a un presidente agradecido, lanzando monedas desde arriba de la capilla, ni a una edificación deconstruyéndose a sí misma.

—Es increíble, es como si la hubiesen levantado y colocado en su nuevo lugar —escucho decir cuando ven y comparan las fotografías. Pero no es cierto, no es la misma cúpula y tampoco son los detalles, mucho menos serán los mismos colores; otra historia asentada de polvo.

Ya son meses desde el descubrimiento de colores debajo del blanco enceguecedor, del intento por mostrarlos y su rechazo. Hoy, a días de su entrega definitiva después de su restauración, me siento sobre los rajados tablones de la torre Eiffel del parque Bolívar, mientras pienso en las horas que paso desde aquí o desde cualquier otro techo, cúpula o torre, mirando los techos naranjas, intuyendo lo que hay fuera, intentando concebir, libre, teorías bastardas, porque todo ahí fuera parece pedir “descíframe”; exigir “hazme notable, más colorido, más osado, más sincero; pero, hazme algo”, y yo solo quiero coleccionar metáforas sobre los espacios, sobre los vértices de los rincones o el claroscuro que las portezuelas recrean burlándose del tiempo; basar mis historias en fragmentos de colores, versos de algún poema o una canción, en anécdotas o situaciones de la vida cotidiana, la mía propia a veces, cada que tenga la oportunidad.

 


[1] García Quintanilla, Julio. Historia de la Iglesia de los Charcas o La Plata. Sucre: editorial Don Bosco, 1963.

[2] Íbid

[3] “A propósito del Presidente Belzu / Un hallazgo de valor histórico”. En: Boletín de la Sociedad Geográfica Sucre. Sucre, 1940.

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