“Huarjata”, un marginal entre los marginados

En su anterior entrega, Luis Fernando Cantoral nos narró la historia del asaltante Giuliano. En esta oportunidad, continuando con las crónicas de la cárcel, nos cuenta sobre la vida en San Pedro de Néstor Choque, quien fue aprehendido el 2015 por descuartizar a su vecino.
Editado por : Juan Pablo Gutiérrez

Lo vi una mañana de febrero en una de las callejuelas de la cárcel de San Pedro. Bajo un brazo llevaba una frazada; bajo el otro, cartones; a la espalda, una mochila; una pequeña olla de lata y chucherías atadas a su cintura. Parecía un Ekeko gris. Su pantalón haraposo mostraba sus piernas y muslos carcosos, y unos tenis reventados que alguna vez fueron blancos vestían sus pies. Su chaqueta raída y percudida cubría su torso, mientras una mata de cabellos caía sobre su frente mugrienta y rostro desangelado.

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Néstor Choque fue atrapado intentando deshacerse de los restos de la persona que asesinó. / Foto: Archivo (modificada por el autor).

–No tiene celda, duerme en la calle –me dice Giuliano que lo conoce muy bien. 

Hace una mueca y su risa se torna gutural cuando le digo que me gustaría contar su historia. En San Pedro, en la sección Guanay, era un recluso acomodado, con celda amplia y muebles suficientes para vivir tranquilo, pero las drogas lo lanzaron al infierno de dormir en rincones y bajo escaleras. Cuando regresé, ya no lo encontré, lo habían llevado al penal de Chonchocoro.

Néstor Choque, de 24 años, saltó del anonimato social a la fama de las portadas de los periódicos cuando la madrugada del 27 de abril de 2015 efectivos policiales hallaron por casualidad, en su mochila deportiva negra con la que paseaba, la cabeza y dos extremidades superiores de un hombre.

A eso de la 01.30 de aquel lunes, efectivos de la Policía de Auxilio Ciudadano (PAC) hacían pesquisas para detener a un grupo de pandilleros que atacó a un transeúnte por la Garita de Lima, una zona roja de la ciudad de La Paz conocida por su abrumadora concurrencia de vendedores ambulantes, salones de fiesta, peleas callejeras y robos menores.

Por la calle Juan Granier, que desemboca a la Garita, los efectivos identificaron a un grupo de cinco jóvenes como los posibles autores e intervinieron. Uno de ellos, de polera azul eléctrico, jeans y peinado raya al medio, llevaba un maletín. Al abrirlo, aquella madrugada bajo la luz deslucida de los faroles, la sorpresa fue mayúscula. La noticia estremeció a la población.

Néstor reconoció la autoría del crimen, de acuerdo a la versión policial, y llevó a los agentes hasta su casa, un cuarto modesto y maltrecho, construido con adobes y ladrillos, en la zona Alto Las Delicias, a seis kilómetros de la Garita, donde, en un bolsón negro, fueron halladas las partes desmembradas que faltaban al cadáver: el torso, y los miembros inferiores. El pene de la víctima también estaba en la vivienda junto a varios cuchillos y un hacha.

–Lo maté y lo descuarticé como a un pollo –confesó Néstor, según dio a conocer el entonces ministro de Gobierno, Hugo Moldiz, quien visitó el lugar de los hechos.

–Lo degolló primero y vació con una tranquilidad espantosa la sangre en un recipiente. Luego procedió a desmembrar el resto del cuerpo –relató el funcionario.

Las autoridades policiales creyeron estar frente a un asesino serial. Los cortes precisos al cuerpo cercenado hicieron pensar que se trataba de una retahíla de crímenes muy bien planificados, especialmente al encontrar cuatro carnets de identidad de diferentes personas.

Varias hipótesis surgieron para explicar el crimen. Desde un ajuste de cuentas hasta un crimen pasional. Incluso por el pene cercenado, la policía construyó la conjetura de que Néstor quiso sostener relaciones sexuales con la víctima y este no lo permitió. 

Néstor tiene su versión y rechaza esa suposición, aunque las explicaciones tengan como base un sustento extraterrenal.

En La Paz, Néstor se dedicaba a la albañilería. Era un joven callado, de pocas palabras que gastaba su dinero en banalidades de la vida y en satisfacer sus bajas pasiones. Era un asiduo concurrente a los prostíbulos de la Ceja de la ciudad de El Alto, que acampan en la zona 12 de Octubre. Recibía cariño y se sentía a gusto, pero el tiempo hizo que caiga en la monotonía y el sin sabor.

–Néstor me dijo que ya no se sentía bien tratado en El Alto, que las mujeres eran muy interesadas, por eso empezó a ir a Oruro, ahí se sentía más querido –me cuenta Giuliano que conversó con Néstor a su llegada a San Pedro en abril de 2015.

Dice que es un tipo un poco callado y raro. A veces lo veía discutiendo como si tuviera a alguien al frente, a quien reprochaba, y ese comportamiento se fue agravando con el tiempo. Culpa de ello al consumo de drogas, que abunda en el penal.

–Sus hermanos (de sangre) le ayudaban, le querían mucho, le consiguieron una buena celda, tenía sus cosas –dice Giuliano.

El domingo 26 de abril, el día en que ocurrieron los hechos, cuando Néstor regresaba de Oruro en bus, sentía que alguien le hablaba. Una voz le susurraba al oído palabras incomprensibles y eso lo perturbaba, lo ponía de mal humor, violento, rabioso. Sintió muchas ganas de beber, de emborracharse.

Al llegar a la terminal de buses de La Paz, ya era de noche. Caminaba por su zona cuando divisó a alguien que conocía de vista, pero a quien nunca había hablado. Era Boris Zambrana. Néstor le invitó a consumir bebidas alcohólicas en su habitación. 

–Néstor me contó que cuando estaban bebiendo, su vecino en un momento intentó besarlo y eso le molestó mucho, le golpeó la cabeza y lo dejó medio tonto, casi desmayado, y escuchaba que una voz le decía “¡mátalo!, ¡mátalo!”, le cortó el miembro porque lo quiso besar –refiere Giuliano.

Boris reaccionó cuando era degollado, nada pudo hacer para impedirlo. Los cortes, para ser albañil, fueron precisos y limpios como los de un cirujano o carnicero. Se supo que Néstor era cazador de venados en el Norte de La Paz, en su natal Caranavi.

Según los investigadores policiales, Néstor admitió haber cercenado a la víctima en seis partes con la intención de hacer desaparecer el cuerpo dispersándolo en distintos barrios de la ciudad.

En junio de 2016, la jueza Quinto de Sentencia, Lucía Fuentes, emitió la condena de 30 años sin derecho a indulto en el penal de San Pedro para Néstor por el delito de asesinato. Según los reportes periodísticos, él permaneció inmóvil por horas mientras la jueza leía a detalle el crimen que se le atribuía. Solo se rascó la nariz y giró el cuaderno que sostenía con las manos cuando escuchó la sentencia.

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En la casa de Néstor, a seis kilómetros de la Garita, “fueron halladas las partes desmembradas que faltaban al cadáver: el torso, y los miembros inferiores”. / Foto: Archivo (modificada por el autor).

Cuando el fiscal le preguntó a Néstor si comprendía la situación de los hechos y si era consciente de sus actos que ahora lo tenían frente a la justicia, este le respondió: “Vete a la mierda”, dice Giuliano. 

Con lo que, para el fiscal de la División Homicidios, Genaro Quenta, el Ministerio Público demostró con pruebas suficientes que “él es el responsable” debido a que “el procesado no ha podido sostener que estuviera enajenado mental o fuera un bebedor alcohólico”.

Néstor ingresó a San Pedro el 28 de abril de 2015. Tras su sentencia, aprendió hojalatería y se dedicó a hacer artesanías en ese material. También vendía gelatinas y ropa, dicen quienes lo conocieron. Solo consumía bebidas alcohólicas, pero en San Pedro, para lidiar con la depresión y la soledad, empezó a consumir yerba, luego pasta base de cocaína. La adicción a la pasta hacía que la consumiera casi a diario. Un Néstor de 25 años, joven y delgado, se fue desfigurando por el consumo de drogas con el paso del tiempo, y las voces que lo acompañaban fueron tomando cada vez más presencia. 

Un tiempo alojó a Husein, un privado de libertad que no tenía celda, por 10 bolivianos la noche. Los devaneos de Néstor cada vez adquirían más fama y algunos ya lo trataban de loco, pero por su carácter fuerte y voz atronadora, respaldada con una sentencia respetable de 30 años, muchos le temían: “Era muy fuerte”, me comenta Giuliano. 

Husein dormía en un colchón en el piso y recuerda que por las noches Néstor repentinamente se sentaba sobre su cama como impulsado por un resorte, lo miraba de reojo y mascullaba palabras sin sentido. Eso asustaba a Husein. Pero una noche, a eso de las 19.00, Husein tuvo que salir apresurado de la celda de Néstor, para no regresar. Mientras estaba en la cama con el brazo estirado, Néstor le dijo: “Con una cierra tu brazo es fácil de cortar”.

Husein acudió a la celda de Giuliano para contarle lo sucedido. Pasó ahí la noche.

–Hablaba con alguien como si estuviera presente, levantaba la voz, la bajaba, hacía señales –recuerda Giuliano. 

Giuliano dice que un día, cuando estaban en su celda y Néstor sentado al filo de su catre, empezó a voltear sus ojos hacia arriba y a hablar “como el diablo”, como en la película El exorcista: “Aquí tu no me vas a ganar, nosotros te vamos a ganar”.

–Ese día tuve mucho miedo, le dije, “Néstor, estás bien”, y empecé a rezar. 

Néstor, desesperado por las voces en su cabeza, fue al psicólogo y le dijo: “Oigo voces”. El psicólogo llamó a un teniente y lo aislaron por dos meses en Grulla, una zona de castigo. Le dieron una pastilla que le generó ruidos en su cabeza y terminaba con una resaca que lo hacía sentir peor. Desde ahí no quiso recibir nada. Les dijo que estaba mejor, para salir.

Néstor tuvo como 10 peleas en San Pedro, se ponía como un demonio cuando otros internos lo molestaban: “No me jodan, los voy a matar”, refunfuñaba.

Hablaba como prediciendo las cosas. Una tarde en la celda de Giuliano, dijo: “Yo sé lo que pasa en Guanay, en Cancha, en Pinos –secciones de San Pedro–, yo sé que hoy vendrá tal persona”. 

–Y, ocurría –evoca Giuliano.

Había veces en que Néstor acudía desesperado donde Giuliano, le decía: “Ya no puedo más con estas voces en mi cabeza, ayúdame”.

–Orábamos y se calmaba un poco –recuerda

Giuliano se ganó la confianza de Néstor y otros internos, principalmente consumidores de droga, a quienes pretendía rescatar con la palabra de Dios. Haber sido un asaltante de bancos y hoy religioso, le daba mucha credibilidad, dice que lo miraban como la prueba de que Dios obró sobre él y lo cambió.

En abril de 2020, Giuliano y su cohorte de seguidores, fundaron la Iglesia antisatánica “Los Pastores Callejeros de Jesús” y predicaban palabras de esperanza entre los más “irrecuperables” del penal. Logró bautizar a 12, entre ellos a Néstor.

El grupo afrontó la pandemia con absoluta fe y constricción. Por la mañana ayunaban y al mediodía oraban. Leían la biblia. Néstor participaba activamente. Mientras muchos internos caían como moscas en las puertas de sus celdas, en los callejones del penal, la congregación atravesaba el valle de muerte arropado por la fe.

Un día de esos, en plena oración, Néstor empezó nuevamente a poner los ojos en blanco mirando hacia arriba, que hizo temblar a los presentes. Era el diablo que le decía: “Anda para acá, anda para allá”, dicen los testigos.

–Algo hacía que hable solo, decía incoherencias –recuerda Maicol.

Levantadas las restricciones por la pandemia, los internos ya podían caminar por el penal, aunque con cautela. Los recuerdos de la masacre viral que se llevó a casi un centenar de internos, estaba muy presente. 

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Huarjata, antes de su traslado a Chonchocoro, dormía en las escaleras y no se le permitía el ingresar a las secciones. / Foto: Archivo (modificada por el autor).

Néstor llegó a tener un amigo, conocido como “Metal”, otro alucinado con el que consumía drogas. Pasaban mucho tiempo juntos por el vicio y ocupados en juegos que lidiaban con el más allá, fuerzas oscuras que en adelante tendrían consecuencias nefastas.

Maicol cuenta que un día Metal le dijo que quería matar al “Huarjata”, como conocían a Néstor en San Pedro. Era una reacción que lo dejó sorprendido, aunque esperada en el mundo del consumo de drogas.

–A ambos les gustaba el perico, se pasaban días enteros fumando, jugaban a la güija, yo creo que ahí surgió esa rivalidad demoniaca entre ellos –dice.

Metal, en las conversaciones con Maicol, “perico en mano”, le decía: “Néstor es pendejo, dice que su demonio es más fuerte que el mío”. La rivalidad fue creciendo a un punto irreversible, algo indetenible tenía que pasar. “Me han ordenado que lo mate”, dijo Metal.

Una mañana fría de junio de 2021, Metal fue a Prefectura, otra sección de San Pedro, y compró un cuchillo Tramontina y se lo mostró a Maicol. Le reiteró que debía cumplir una orden. Se dirigió a Guanay, donde Néstor tenía su celda en el balcón del segundo piso –y Metal al frente, en el tercer piso–, subió las gradas e ingresó a la celda. 

Un duelo dantesco entre demonios, encarnados en dos alucinados, definiría la fortaleza de cada cual. Metal, cuchillo en mano, enfrentó a Huarjata que solo atinó a escapar. 

–Se escuchaban cosas que caían, gritos, era un escándalo –dice Maicol

En la celda, Huarjata esquivaba las puñaladas sin éxito. Todo maltrecho intentó salir por una ventana posterior de su celda, que da al techo de otra sección, mientras, aún drogo y lerdo, recibía una seguidilla de puñaladas en la espalda.

–Trataba de escapar por la ventana, pero no podía, sentía que el tiempo no pasaba –le dirá a Giuliano.

Los presos corrieron a Guanay a parar la pelea. Maicol se encontraba en la callejuela de salida de la sección cuando Néstor fue sacado en camilla, ensangrentado, con 15 puñaladas –certificará el médico–, y detrás de él caminaba el Metal, con las manos amarradas hacia adelante, custodiado por los internos que hacen de seguridad, y al ver a Maicol, le soltó: “Causa, te dije”.

Néstor fue llevado de urgencia al hospital de Clínicas. Aún respiraba, pero su estado era grave. Metal fue llevado a la zona de castigo Muralla, donde murió. Locky, otro interno fumador, en una pelea le dio un fierrazo en la cabeza y él no se levantó más. Metal, hijo de un policía, estaba en la cárcel por asesinato. En San Pedro mató a otros dos.

Luego de dos meses, Néstor fue regresado a San Pedro. Los médicos le cosieron las heridas y le aliviaron el dolor, pero no pudieron quitarle la adicción ni acallar las voces que le hablaban. Al llegar, al ver a Giuliano, le expresó con convicción: “Le dije a Dios que me ayude, y me ayudó”.

Néstor siguió fumando. Ropas, zapatos, pequeños muebles salían de su celda para no regresar, era la forma de solventar su vicio. Llegó a vender todo y salir de su celda para alquilarla a 500 bolivianos al mes. Un día de visita, sus hermanos no encontraron nada en la celda y decidieron ya no visitarlo. Se sentían defraudados. Esa situación resintió mucho a Néstor, ya no contaba con el apoyo de su familia. 

–En 2022 le quitaron su celda, el delegado le buscó “cucho” y lo botó –recuerda Maicol.

El delegado no le quiso devolver los 5.000 bolivianos que su familia pagó por el cuarto. Desde entonces se volvió indigente. Andaba sucio, no se bañaba. “Macheteaba” a las visitas por una propina, robaba algunas ropas para vender, lo que le regalaban lo vendía, buscaba cualquier cosa que podía comerciar. Era el primero en la fila para el desayuno, por su sentencia de 30 años y su antigüedad los internos de cocina le daban dos panes. 

Por su aspecto y su locura no le permitían ingresar a las secciones, solo podía habitar los pasillos y los lugares comunes. Era un marginal entre los marginados. Dormía bajo la escalera sobre cartones y plásticos. Giuliano veía con tristeza cómo una de sus ovejas era ganada por el lado oscuro.

Santos, otro interno, conoció a Néstor cuando ambos estaban castigados en Muralla. Dice que Néstor siempre tenía una biblia a mano y la conocía de memoria. Pero hablaba solo y le daba miedo. Una noche, en la celda, encerrados todos, Néstor empezó a orar y pidió hacer silencio. Todos obedecieron. 

–Citaba Romanos, decía algo así como “Dios quiere llamarnos a dejar nuestro pecado y seguirlo para siempre…” –recuerda.

Antes de que fuera trasladado a Chonchocoro, un penal más brutal, Giuliano y Néstor rezaron. Le recomendó que solo la oración le ayudaría a acallar esas voces en su cabeza y a calmar su tormento. Que no se olvide de Jehová Padre y de su hijo Jesucristo, pase lo que pase.

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