Los “locos” y los “cuerdos” en el poder: una breve reflexión sobre la depresión y la manía en la política a propósito de Germán Busch

¿Qué fue lo que pasó con Germán Busch? Todos lo saben: se quitó la vida. Pero, ¿cómo comprender semejante acto? Diego Ayo se vale de tres libros y un documental para aproximarnos un poco más a esta figura histórica y toda la insanidad que rodeó el fin de su vida.
Editado por : Adrián Nieve

Siempre me costó entender cómo un joven tan intrépido, un héroe de guerra —amado y temido—, pudo pegarse un tiro en la sien. Causó fascinación su actuación en la Guerra del Chaco, incuestionablemente ponderada por su sagacidad, valentía y dominio del terreno. ¿En qué momento tomaste esta decisión, mi estimado y admirado Germán? 

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Imagen: iBolivia

Me gustaría preguntarle a ese jovencito la razón que tuvo para acometer ese crimen contra el presidente Germán Busch. Ese crimen contra sí mismo. No lo mataron los envalentonados “demócratas” en 1930 al defender al presidente Hernando Siles, no lo doblegó (ese mismo año) su destierro en San Ignacio de Zamucos al buscar las ruinas jesuíticas y —para nuestra fortuna— no lo venció el enemigo durante la Guerra del Chaco. ¿Por qué, pues, semejante ser humano, dotado de la más sólida convicción patriótica y encubierto por el amor de su señora y sus hijos a quienes, indudablemente, adoraba con mayor irracionalidad que la exhibida a cada paso en la espesura del Chaco, pudo atentar contra sí mismo disparando dos tiros? 

Leí un estudio que me ayudó a reflexionar sobre su vida. Locura de primera mano: desentrañando los engranajes entre liderazgo y enfermedad mental del profesor Nassir Ghaemi (A First-Rate Madness: Uncovering the Links Between Leadership and Mental Illness). ¿Qué explica este estudio que haya llamado mi atención? Imaginamos, sobradamente, que los “sanos” mentales son responsables, juiciosos y perfectamente adaptables a situaciones de conflicto. Vale decir, tenemos la certeza de que los ciudadanos sanos generan buenos resultados y que los insanos son un problema. El trabajo de Ghaemi se enfrenta a esa obviedad tan dominante en nuestra psiquis, sugiriendo que, bajo ciertas circunstancias, la in-sanidad produce buenos resultados y la sanidad es el problema. A ese estado mental es que el autor denomina la ley inversa de la sanidad: “cuando los tiempos son buenos, cuando la paz reina y el barco navega hacia adelante los políticos sanos funcionan bien. (Pero) cuando nuestro mundo está sumido en un tumulto, los líderes mentalmente enfermos funcionan mejor”. ¿Qué puede significar esta ley? Lo que parece significar: en un periodo de guerra, Busch fue el mejor. Jamás nadie se hubiese atrevido a creer que este héroe de guerra hubiese podido tomar la fatal decisión de arrebatarse la vida pocos años después. No es posible. No parece sensato.  

Volvamos a lo que sugiere esta reflexión: ¿cómo funciona esta ley inversa de la sanidad? La respuesta es contundente: “la enfermedad mental no significa que uno es simplemente insano, alejado de la realidad y/o psicótico. En verdad, los más frecuentes desórdenes mentales no tienen nada que ver con la capacidad analítica o lo que llamamos el pensamiento (que sigue funcionando perfectamente), sino con conductas anormales: depresión y manía. Estos “humores” no son constantes. La gente con enfermedades maniaco-depresivas no está siempre maniaca o depresiva. O sea, no está más que circunstancialmente insana y, por el contrario, está usualmente sana. La enfermedad, por ende, es la posibilidad de estar maniaco o depresivo, no el hecho de ser maniaco o depresivo (p. 11). Esta aclaración es fundamental pues dibuja un mundo único: aquel de personas sanas que pueden enfermarse circunstancialmente. El mundo puede volverse dual temporalmente con los sanos de un lado y los maniacos-depresivos del otro. Esta dualidad, por tanto, ocurre solo en momentos específicos. Los locos no andan sueltos, como suele pensarse. Por el contrario, los sanos pueden deprimirse o verse envueltos en episodios de manía. Los sanos pueden verse sometidos a una in-sanidad pasajera. ¿Es importante esta aclaración? Claro, el prejuicio contra los locos es enorme: admitir que tu pareja es maniaco o depresivo o maniaco-depresivo no es lo usual. Parecería que el “enfermo” vive en un universo de fantasía e irrealidad. Es poco probable que alguien en torno a la vida de Busch hubiese admitido esta in-sanidad. Es siempre mejor sostener la tesis del asesinato contra el presidente y/o, aún en caso de admitirlo —tesis dominante en el presente—, es mejor afirmar que “estaba triste, estaba frustrado, ya no podía más”.

Ambas hipótesis pretenden evadir el emblema pernicioso del suicidio. Una, negándolo, otra, aceptándolo como efecto de la “amargura” del afectado (“el día que murió había bebido mucho”, “lo habían operado de sus dientes y estaba muy dolido”). Lo dudo. Es cierto que Busch estaba amargado, pero esa condición humana no es suficiente como para pegarse un tiro. A decir del diccionario, “la depresión es un trastorno del estado de ánimo que afecta a su cuerpo, ánimo y pensamientos. Afecta la manera de comer y dormir, pensar sobre las cosas, y sentir sobre uno mismo. No es lo mismo que ser infeliz o estar ‘triste’. No es un signo de debilidad o algo que se pueda desear o hacer que desaparezca por voluntad propia. Las personas con depresión no pueden ‘salir de ella’ y reponerse”. ¿Qué quiere decir esta definición? Lo imprescindible para seguir abordando el análisis del presidente Busch: no parece razonable atribuir su muerte por mano propia a su melancolía, tristeza, amargura o como queramos llamarlo: lo suyo, por el contrario, fue un acto desprovisto de voluntad propia. Fue un asesino quien segó la vida del presidente Busch: el enfermo Germán Busch. Un enfermo anegado de depresión, siempre ocasional. ¿Heredó ese rasgo in-fortuito? Sí, su padre insinuó “matarse si su hijo no llegaba” (cuando iba a conocer a su padre, Germán tomó un avión que se atrasó horas generando un fatídico temor en su progenitor quien sintió una lacerante culpa) y sus hijos, dos de ellos, murieron por mano propia.  

Encendemos, pues, la hipótesis del realismo depresivo. Esta teoría argumenta que la gente deprimida no está deprimida porque distorsiona la realidad; está deprimida porque ve la realidad más claramente que otras personas (p. 11). No estamos frente a un “loquito” convencido que una rana en un lago es un dragón suelto y un árbol de navidad es una fortaleza de sañudas hormigas gigantes. Todo lo contrario: es una persona que ve mejor la realidad. No ve felicidad cuando todos la sienten, él solo ve el problema subyacente. Lo detecta antes que el resto. Ese es su mérito y su demérito. Ese es su don y su desgracia. 

Vayamos a los ejemplos: el libro del profesor Ghaemi dilucida su tesis con los siguientes personajes políticos, militares y económicos que vivieron entre el liderazgo y la locura: William Sherman, Ted Turner, Winston Churchill, Abraham Lincoln, Mahatma Gandhi, Martin Luther King, Franklin Roosevelt y John F. Kennedy; y aquellos personajes “normales”: Richard Nixon, George McClellan, Neville Chamberlain y posiblemente George W. Bush y Tony Blair. No puedo mencionar a todos ellos, pero distingo fácilmente la intrepidez del general Sherman a lo largo de la guerra civil estadounidense. El mejor general en tiempo de paz era McClellan, un hombre disciplinado y trabajador, frente a su colega Sherman, distraído e indisciplinado. Ambos generales de la Unión del Norte. Sin embargo, durante la guerra McClellan desertó y Sherman ingenió una estrategia de batalla absolutamente original basada en la siguiente pregunta: ¿cómo desmoronamos psicológicamente al enemigo? Nadie se hizo esa pregunta y él no solo la hizo: la aplicó, atacando ferozmente a la población civil, algo cruel e inédito, pero demoledoramente eficaz. Lo propio descuella como verdad durante la Segunda Guerra Mundial: el distinguido primer ministro Chamberlain (generó una época de ponderables indicadores sociales y económicos para el Reino Unido hasta antes del inicio de la guerra) llegó a acordar un vergonzoso pacto con Hitler y el perdedor de la batalla de Galipolli, Winston Churchill, se distinguió por su temple y honor hasta conseguir derrotar al dictador nazi. ¿Qué tiene que ver este par de ejemplos con la tesis sugerida? Ghaeman explica detalladamente la condición depresiva de estos personajes. Churchill sufría intensas depresiones y desde 1910 vivía atacado por sus pensamientos de suicidio (p. 59) y Sherman, un ciudadano bipolar maniaco-depresivo (p. 24) prefirió desistir de la posibilidad de ser ungido como presidente de los Estados Unidos. Ambos, en su súbito “malestar” fueron mejores que los sujetos “normales”.

¿Y otros personajes? Lincoln fue un político mediocre hasta que la guerra tuvo lugar y su grandeza comenzó a aflorar. Me recuerda al señor Schindler en la película de Steven Spielberg: un playboy más ocupado de sus conquistas que de salvar judíos, terminó siendo un héroe para los judíos. De no haber ocurrido la Segunda Guerra Mundial posiblemente Schindler hubiese fallecido en la quiebra tras haber dilapidado sus recursos en alcohol y fiestas. Salvando la enorme distancia podemos tener la certeza de que Lincoln sacó lo mejor de sí en los momentos más duros de la guerra. Solo ésta (la guerra) lo hizo pasar de “un político más” a un grandioso presidente. Pero, ¿qué problema lo afectaba? Sepamos que diversos “doctores trataron la enfermedad mental del Lincoln. En 1841, Dr. Anson medicó intensivamente al legislador de 32 años y un amigo relataba: “los doctores dicen que él está a milímetros de ser considerado un lunático de por vida. Era perfectamente loco muchas veces, y no tenía posibilidad de atender sus negocios bajo ningún criterio” (p. 70). Lincoln sufría severas depresiones. ¿Algún otro ejemplo? Los dos más llamativos: Gandhi y Luther King. Ambos personajes centrales de nuestra historia. El primero experimentó distintos ataques de depresión en específicas circunstancias de su vida y, por poner énfasis en lo acá analizado, en 1931, cuando era joven, intentó quitarse la vida como él mismo o relata en su Autobiografía. Su último ataque de depresión fue poco tiempo antes de ser asesinado: Gandhi sentía lástima por sí mismo al haber fracasado en su intento de solidificar un solo país con dos culturas: hindú y musulmán. No pudo ser y el país se desintegró. Eso lo mortificaba (p. 88). ¿Y Luther King? A decir del autor: “… a diferencia de Gandhi, King no tenía una personalidad distímica (con tristeza, timidez, ansiedad e introversión). No era un sujeto crónicamente depresivo, pero exactamente como con Gandhi, King experimentó probablemente al menos tres episodios depresivos al comienzo de su vida, en la mitad y al final, sabiendo que, en esa primera etapa, intentó quitarse la vida” (pp. 106-7). Ambos parecían programados en alguna aplicación para lucirse en los momentos más álgidos de su entorno: aquel, buscando la independencia de la India, éste, cuestionando el racismo como política oficial de los Estados Unidos. En tiempos de paz, Gandhi hubiese sido un anodino ciudadano enfrentando su timidez en asuntos mundanos y Luther King hubiese sido un abnegado pastor. 

¿Quién está en la vereda de enfrente como ciudadano “normal”? Nixon fue un presidente que tenía una enorme legitimidad a lo largo de su gestión. Sin embargo, el escándalo del Watergate apareció en su vida y fue devastador. Él había ordenado hacer acoso a opositores del gobierno valiéndose de información de la CIA y el FBI. La verdad salió a la luz y él no pudo sobreponerse. Tuvo que renunciar a su cargo de presidente en agosto de 1974. Los casos de George W. Bush y Tony Blair se inscriben, al menos este último, en lo que se conoce como el Síndrome de Hubris: excesiva pedantería que impide salir de la burbuja de la ilusión y enfrentar la realidad con todos sus bemoles. Ambos presidentes fueron “normales” y en esa condición condujeron al mundo a un momento de oscurantismo, mintiendo sobre Irak y sus misiles nucleares con el efecto visible del presente: islamistas radicalizados hasta el copete. No parecían ser los mejores para el tiempo que les tocó vivir. Sin embargo, este tipo de autoridades “normales” puede tener éxito en periodos de calma. Es precisamente lo que ocurrió con Reagan, Eisenhower y Truman. Su éxito no residió en resolver problemas gigantescos como la Segunda Guerra Mundial (ya casi terminada cuando Truman subió al poder), o la posibilidad de un ataque nuclear (Reagan jamás vivió algo similar a la crisis de los misiles con Cuba) o la crisis de los “derechos civiles” que enfrentaba el estatus con la población negra (Eisenhower intervino brevemente en Little Rock, pero no abordó el problema como si lo hizo Kennedy) (p. 223).  

¿Significa ello que la presidencia de Busch fue un fracaso? No, claro que no. ¿Significa que la presidencia de Churchill a pesar de su victoria en la Segunda Guerra fue un fracaso? Churchill sufría pensando que sus colonias se habían perdido o irían a perderse, ¡él era el culpable!, y el imperio comenzaba a desaparecer. ¿El quiebre de la India fue, del mismo modo, otro fracaso? Gandhi sentía lástima de sí mismo por el quiebre de su nación y el surgimiento de Pakistán, Bangladesh y Cachemira que “habían destruido a la India”. Sin embargo, en ambos casos el triunfo contra la Alemania nazi fue lo que puso la semilla de la Unión Europea años después y el logro de Gandhi puso la semilla de la India próspera del presente siglo en curso. Nada puede evaluarse en el momento. Hay que esperar. Del mismo modo, nuestro presidente se sentía descorazonado por el estado de la nación en aquellos años sin percatarse que su valor y talento nos permitieron tener el mar anhelado a través del Atlántico. Logró un acuerdo con Paraguay a lo largo de los tres años de guerra fría con este país recuperando una salida por la Hidrovía Paraguay-Paraná. Puso la cimiente para la derrota final de la “oligarquía” y el nacimiento de una Bolivia democrática y sentó las bases del Estado del 52 y, con ello, de un país más justo y democrático. Su presidencia fue clave para sedimentar esos avances que fueron construyendo la nación del presente. 

Quiero concluir con un ejemplo que ilustre lo que vengo reflexionando. Posiblemente Carlos Mesa, presidente de Bolivia de 2003 a 2005, sea o pueda ser ese ejemplo útil. Un hombre innegablemente inteligente y honrado fue posesionado como presidente en 2003. ¿Pudo enfrentar a las “hordas de los que no se bañan” (Zavaleta) a lo largo de su gobierno? Tengamos en cuenta que Bolivia vivía no solo un cambio de gobierno sino un brumoso cambio de época: de la democracia partidaria, la libertad de mercado y el multiculturalismo pasábamos a una Bolivia de democracia étnica/directa, Estado-empresarial y pluri-nacionalismo. Era un cambio tan magnánimo como aquel del 52 o del 85. Ya con estos antecedentes esclarecidos, volvamos a la pregunta: ¿pudo hacerlo? No. Renunció casi huyendo del cargo de presidente. ¿Qué puede significar este aterrizaje analítico en este presidente boliviano? Pues la certeza de que este tipo de presidente —un presidente “normal” — puede tener un inmenso éxito en periodos de paz (o de relativa paz), pero no cuando las “papas queman”. Y las papas quemaron. El presidente “normal” acabó despidiéndose. 

Hago esta comparación para mostrar justo el polo opuesto: ya en el periodo de posguerra: Germán Busch no parecía amoldado al cargo. No era precisamente paz lo que vivía el país de 1936 en adelante, pero era un periodo ciertamente esplendoroso de cambio. Difícil, por la ruptura del monopolio de los partidos censitarios liberales y republicanos, pero jamás con el riesgo de tener a un país vecino como invasor de nuestras fronteras. No hay comparación y, lo que podemos intuir, es que este singular periodo despertaba en Busch un pavoroso mal: se sentía inútil. Incapaz de solucionar los interminables problemas del día a día. Ese sentimiento despertaba en él esa depresión o manía. No lo sabemos, pero si sabemos que Roosevelt o Gandhi murieron y no vivieron ya durante ese periodo de paz; Lincoln y Luther King fueron asesinados y tampoco compartieron esa era de “normalidad”. Incluso Churchill no fue reelegido inmediatamente en 1945 tras la guerra y una vez retornado al cargo en 1951 dejó ya sólo una tenue huella. Un mero recuerdo del gran Winston. ¿Por qué? Lo suyo no parecía estar ligado a la rutina, a eso que hemos denominado “lo normal”. Germán Busch, a diferencia de estos presidentes, sí lo logró. Vivió en ambos momentos. Y, a diferencia de sus colegas fallecidos o asesinados, o de un Churchill disminuido, él consiguió sobresalir en ambas fases. Aun y a pesar de su muerte, vivió los dos grandes momentos. Lo hizo. Nadie más que él y con poco más de 30 años…

 

 

 

* Esta reflexión se logró gracias a la lectura del libro de Robert Brockmann, Dos disparos al amanecer. Vida y muerte de Germán Busch, Plural, La Paz, 2017; especialmente a los capítulos IX a XII del libro de Herbert Klein, Orígenes de la Revolución Nacional Boliviana. La crisis de la generación del Chaco, Editorial Juventud, La Paz, 1995, a Nassir Ghaemi, A First-Rate Madness: Uncovering the Links Between Leadership and Mental Illness, Penguin Press, Nueva York, 2011 y al documental de Pacho Michel, Vida y obra de Germán Busch, Siglo y Cuarto, La Paz, s/f.

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