La casa del abuelo

Un viaje como pocos es lo que nos relata Luz Quispe en este desgarrador texto con el que muchos nietos y nietas van a sentirse identificados.
Editado por : Adrián Nieve

Me encuentro parada en el patio de la casa del abuelo, a lo lejos el sol brilla radiante de un color naranja rojizo, su reflejo en el lago se va combinando en una paleta de colores análogos: amarillo intenso, naranja, rojo y violeta rojizo. En segundo plano se observan las casas de piedra construidas rústicamente entre árboles y matorrales, de sus chimeneas sale humo que parece bailar al ritmo de las olas. Y en primer plano está la majestuosa iglesia de estilo colonial con su campanario blanco. Me pierdo en ese paisaje, el viento sacude mis trenzas; tengo frío, a pesar del sol. De fondo escucho el sonido de la leña quemándose y el ronco ronroneo del gato triste de la abuela que seguramente está en la cocina, seguramente está haciendo uso de sus dotes culinarias, como es de costumbre. Pronto será la hora de cenar.  

1161
El abuelo, Marcelino Ticona Chiquimia / Foto: Luz Quispe

Siento un movimiento brusco, el mismo que me devuelve al presente. Un presente en el que no quiero estar. Estamos de camino a Sampaya, el pueblo de mi abuelo, vamos junto a él. Vamos en el minibús del ahijado de mi mamá. Necesitamos ese transporte para que él y su suero, que se ha convertido en una extensión de su cuerpo en los últimos meses, vayan cómodos. Pero no solo es eso; vamos en el vehículo mi papá, mamá, dos tías, yo y dos perros de polizones. Uno de ellos es suyo, su “hijo” cómo suele llamarlo. Probablemente sea el último viaje que podamos hacer juntos. 

—Sufrió un infarto cerebrovascular y no es el primero. Observe que la mitad de su cerebro esta de color negro y el otro lado también tiene pequeñas zonas del mismo color. Su estado es irreversible. Ahora que lo estabilizamos, lo mejor es que lo lleven a su casa y lo cuiden ahí.

El viaje es pesado, el abuelo va recostado, ocupando dos filas de asientos que doblaron para que entre su colchón de aire especial y no le salgan escaras al no poder moverse por la hemiplejia causada por el infarto cerebral. Junto a él va Chiki su perro, un ch’api blanco juguetón que duerme a sus pies. Mi papá ocupa el asiento al lado del conductor y está encargado de hablar con él para evitar que se duerma, las tías están en la fila izquierda de asientos y en la fila detrás del conductor estoy yo junto a mi mamá y al otro perro polizón, Molly, así como todas las maletas, bolsas de pan y paquetes de refresco que llevamos.

Cuando era niña me gustaba ir de viaje a Sampaya, caminar por las calles de piedra color verde y crema, observar los muros de las casas cubiertas de kantutas rojas y flores —a las que solía llamar zapatitos porque tenían esa forma— hasta llegar al lago. Allí: respirar el aire fresco, lanzar piedras al agua, buscar caracoles y volver corriendo antes de que anochezca.

El olor del polvo entra por mi nariz, ese cosquilleo inconfundible a pesar de que todas las ventanas están cerradas. El polvo se escabulle por los lugares menos pensados. Pasan unos segundos y observo un letrero: “Sampaya 100 km”. Ya estamos cerca. Está anocheciendo y antes de ingresar hacemos una parada para orar. Agradecemos haber llegado sin ningún accidente y pedimos poder volver a la ciudad de la misma forma.

El cielo está nublado, pasamos por el cementerio que está al ingreso del pueblo, seguimos el camino hasta llegar a la casa del abuelo. Todos bajan para hacer los preparativos de nuestra estadía. Yo me quedo en la puerta del auto. A primera vista parece que el tiempo en este pueblo se hubiera detenido, los cambios son mínimos. Pero, a medida que avanzo, observo que hay postes de luz en cada cuadra, que entre las casas de piedra también hay casas que están construidas con ladrillos y techos de calamina, que la pintura de la fachada de la iglesia esta corroída por el tiempo y noto la existencia de novedosas tiendas. 

El abuelo ya está en su casa, está en el lugar donde había querido llegar desde hace mucho tiempo. Seguramente quería sentir el aire fresco, el olor de la leña al preparar la cena y oír el sonido de las campanas de la iglesia. Sentir la paz que da este lugar. El lugar donde nació y creció. El lugar al que volvía cada fin de semana y solía quedarse por meses, en algunas ocasiones. 

—Abuelo, ya llegamos —le digo mientras lo veo abrir los ojos y sonreír ligeramente. 

Esa misma noche emprendería un viaje al cual no podríamos acompañarlo.

47 me gusta
529 vistas