Bristol

Hay encuentros que uno no sabe bien porqué se quedan impresos en la memoria. Así lo demuestra Christian Orsolini, con gran habilidad narrativa, en este breve texto que involucra un micro y varios almanaques Bristol.
Editado por : Adrián Nieve

“Cumplir un recado no es lo más ideal para hacer un domingo a las 11:30 de la mañana”, tomo nota para la próxima vez. Esa mañana tomé un micro en el centro hacia La Recoleta. Esperando a que el micro se llene, tarea de demandante paciencia —especialmente aquel día—, más para mí que para el propio chofer, subió un hombre, un mendigo extremadamente anciano. Se sentó a mi lado, en la hilera de dos asientos, mientras que yo iba en la que solo tenía una. Una señora que iba adelante, casi al lado del conductor, impidió con ademanes de soberana dignidad —fingida por supuesto— que el anciano pagase el pasaje, pero no lo pagó ella tampoco. El hombre llevaba un bastón chato de madera pulida, más por uso que por diseño, porque escoger es un lujo que un mendigo no se puede permitir. Cargaba consigo un aguayo que, al momento de sentarse, no se quitó, impidiendo que se repantigara a sus anchas y obligándolo a viajar incómodo en la punta del asiento. Sus ropas oscuras escondían a medias la suciedad y el polvo que en Sucre sopla y pulula. Adiviné que traía un saco, un pantalón de tela, una polera de algodón y abarcas peladas de cuero, opacas de tanto caminar. 

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Con su entrada, todo fue impregnado con un aroma terroso. El polvo se sentía con más fuerza que nadie en el bus.

No reparé más en el anciano y continué la lectura de un cuento de Fogwill. Noté por el ruido sutil y los movimientos lentos que a mi lado el hombre desprendía el aguayo de su espalda, lo abría y sacaba de él una figura cúbica anaranjada. Describo a grandes rasgos o casi nada sus movimientos porque traía la vista en el libro, aunque un poco después no pude evitar distraerme y separar mi consciencia del relato para adivinar, con el rabillo, la escena que sucedía a mi derecha. A todo esto, se me ocurrió mientras leía “La chica de tul de la mesa de enfrente” nombrarlo como “El viejo de abarcas del asiento de al lado”.

El micro partió por fin…

No pudiendo volver concentrarme en la lectura, giré la cabeza hacia su dirección y descubrí que era manco. No tenía la mano izquierda y la extremidad se cortaba casi a la mitad del antebrazo. Pensé cruelmente en una especie de injerto que serviría como arma de defensa, una espada filosa forrada de una piel requemada por el inclemente sol de diciembre, más inclemente de lo normal aquel año.  Vi cómo, laborioso y paciente, sin desprender la vista del camino, apilaba un montoncito de cuadernillos anaranjados en su regazo.

Me obligué a seguir leyendo, quería terminar el cuento antes de llegar a mi destino. Rodolfo Onrubia llevaba en un taxi a Marcela al taller de su amiga acuarelista, ambos con claras intenciones de desatar su consternación. “Van a coger por fin”, me dije sonriente y el morbo pudo conmigo. La narración fogwilliana es divertida de por sí y durante unas cuadras quedé atrapado hasta que, sin aviso ni pie a ninguna reacción, el anciano puso sobre la página noventainueve de mi libro uno de esos cuadernillos. 

ALMANAQUE PINTORESCO BRISTOL. MARCA REGISTRADA PARA EL 2024. 

La tapa entera estaba en mayúsculas. Era uno de esos almanaques que mamá solía comprar cuando era niño y que a los 15 minutos agotaba su lectura para nunca más volver a ser abierto, o echarlo a la basura la próxima vez que limpiase su cartera. 

Inmediatamente miré al indigente. Nos miramos. Estaba mirándome férreamente, entre corajudo y suplicante. Parecía un concurso de miradas. Sus pupilas tenían los bordes azules; arco senil le dicen, ahora lo sé. En mi ignorancia lo creí medio ciego y esa la razón de su victoria. 

—¿A cuánto? —pregunté asumiendo mi derrota en el imaginario concurso.

Su respuesta fueron balbuceos roncos que no logré entender y que él comprendió que estaban siendo incomprensibles. Levantó su mano derecha con la palma abierta para indicarme el precio. Yo refuté (con la verdad) que solo tenía un billete de diez pesos y ambos asumimos que la transacción se llevaría a cabo de todas formas. En el fondo acepto su trato por lástima más que por interés: lástima por mí y mi escasa voluntad para decir no. Su mano busca en el bolsillo del saco y suenan monedas, muchas monedas; la mía toma la billetera y siento el roce del papel doblado y sucio, es el billete. 

Continúo con la lectura y unas cuadras más adelante ya he terminado el cuento, el anciano ya ha guardado el billete y el resto de monedas, pero los almanaques siguen en su regazo firmemente apilados. Mi almanaque, como los demás que tiene el viejo, contiene una “tragicomedia” pésimamente dibujada a lo largo de sus páginas, registros meteorológicos para el año que viene, refranes comunes y chistes malos, las fases de la luna y “adivinaciones astrológicas” (el horóscopo, pues). Pienso que esto pueden imprimirlo todos los años exactamente igual y nadie se daría cuenta o daría cuenta a nadie de ello, entonces leo asombrado que esos almanaques tienen 192 años. Río en un arrebato.

Me percato de mi destino y anuncio mi bajada, cierro el almanaque —que seguro desecharé cuando lo vea de nuevo— y lo guardo en la mochila junto con el libro. Cuando me levanto de mi asiento noto tras de mí que una persona que iba de pie en el micro se dispone rápidamente a ocupar mi lugar. Escucho secuencialmente el ¡PAF! de un cuadernillo anaranjado cayendo sobre las faldas del usurpador de mi asiento. De espaldas, concentrado en agarrarme de asientos y aluminios, adivino la mirada del anciano, entre agresiva y doliente, hipnotizando la voluntad de otro que tampoco sabe que a ese tipo de ojos le dicen arco senil.

Hace calor, el motor del micro arrancando luego de mi bajada condensa la totalidad del ruido de la calle silenciosa en domingo. El sol cae pesado, el viento sopla polvo y una ronca y antigua voz trata de decirme el precio de las cosas, un gesto que jamás adivinaré.

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