La artista que cruzó fronteras: Claribel Iris Arandia Torrez

El camino está hecho de oportunidades, pero también del coraje de tomarlas. Así lo demuestra la gran trayectoría de la artista Iris Arandia, la cual conocemos a través de este texto de Luz Quispe para 88 Grados.
Editado por : Adrián Nieve

“Aquí, como ves, tienes que correr tan rápido como puedas para permanecer en el mismo lugar. Si quieres desplazarte a otro, ¡Tienes que correr el doble de rápido!”

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Foto: Luz Quispe

Esta es una frase del libro Alicia a través del espejo de Lewis Carroll, en el que se nos retrata un mundo al revés. Para muchos eso es un tanto peculiar o muy inconcebible, sin embargo, en el mundo del grabado se maneja una lógica del revés donde lo que es negro es, en realidad, blanco y lo que es blanco es, en realidad, negro; en el mundo del grabado hay una lógica donde puedes o no existir, donde cuestionas constantemente el sentido de la vida. Claribel Iris Arandia Torrez es nativa de este mágico lugar. 

Cruzando la puerta de cristal camino hacia las escaleras, el sonido de mis pasos desata un eco en toda la edificación, subo las incontables gradas de azulejo color blanco al llegar al tercer piso del gélido edificio del decanato de Ciencias y Artes del Hábitat de la Universidad Pública de El Alto, pasando por las interminables aulas, las cuales albergan a los estudiantes, futuros artistas, con puertas que se encuentran cerradas por el horario de clases. Ingreso a la recepción de dirección de la Carrera de Artes Plásticas donde se siente la calidez, no solo por el trato acogedor sino por el calor que emana la estufa. Inmediatamente observo que la puerta de su oficina está abierta y pregunto si se encuentra la directora, pero al oír mi voz ella misma sale y me invita a pasar con su característica sonrisa. Su oficina tiene amplios ventanales que proveen una muy buena iluminación natural y, en el centro, hay una mesa de reuniones color blanco con alrededor de ocho sillas del mismo color, todas con nylon que no se han quitado después de su compra; también hay dos macetas con plantas de hojas lanceoladas, bustos de personajes ilustres que no logro reconocer, estantes de metal con centenares de folders y cartapacios ordenados de acuerdo a la gestión y un escritorio al fondo.

Claribel se sienta y, mientras habla conmigo, continúa firmando documentos. No son pocos, es un anillado muy grueso semejante al libro gordo de Petete. Al parecer el trabajo nunca falta.

En los años setenta sus padres —un pintor y una docente— se conocieron en la ciudad de La Paz, pero antes de casarse experimentaron el sirwiñacu. Claribel recuerda que su infancia fue muy alegre, rodeada de música y de mucho amor al ser la primera hija-nieta- sobrina de ambas familias. Estudió la primaria en la escuela Juana Azurduy de Padilla, la secundaria en el Liceo Venezuela y salió bachiller del colegio Lourdes de la ciudad de La Paz. Paralelamente ayudó a su madre cuidando a sus cinco hermanos menores, los cuales también heredaron la sensibilidad artística de los padres.

Al crecer en un hogar donde se respiraba el arte, para su padre era muy común verla dibujando y pintando en algún rincón de su casa, con la ilusión de que siguiera sus pasos. Su madre siempre la incentivó inscribiéndola a concursos, siendo el primero que ganó cuando solo tenía cuatro años. 

“Cuando se ingresa a estudiar artes, en el primer año, se cursan los talleres de escultura, pintura, dibujo y demás, pero llegando al tercer año se debe elegir una especialidad. En aquellos días mi papá era docente de la carrera de Artes Plásticas en la Universidad Mayor de San Andrés y él daba pintura, pero a mí me daba un poco de vergüenza pasar clases con él, que mi papá sea mi profesor. Más allá de esto, tenía temor de decepcionarlo. Pensaba que, si no era la mejor, él se iba a poner triste, entonces decidí especializarme en escultura, pero me quedó la espinita de no haber hecho todo lo que quería hacer. Entonces, paralelamente, entre a estudiar a la Academia Nacional de Bellas artes ‘Hernando Siles’ y en ella conocí a grandes maestros entre ellos Max Aruquipa y Diego Morales, ambos me dicen que se puede pintar, se puede hacer escultura y se puede hacer grabado, o sea, no es necesario que te encasilles en una sola área. El artista puede hacer de todo, este es un discurso que manejo hasta ahora”, cuenta Claribel.

Por eso decidió estudiar grabado, cerámica, tomar clases particulares de pintura y aprender de todo un poco; en ese transcurso surge también una necesidad económica: como estudiante necesita dinero para sus materiales y encuentra su sustento económico en el grabado.

“En el grabado se puede obtener un original, pero también puedes tener varias copias. El original se puede vender en un precio alto y las copias en un precio menor, entonces la gente por economía adquiere las copias. Una pintura tiene un costo muy alto, una escultura mucho mayor, pero un grabado es más accesible. Y es más fácil porque se puede sacar cien copias de una obra. Entonces con unas amigas, Adriana Bravo y Rocío Chuquimia, con las que hacíamos de todo, decidimos dedicarnos al grabado para sobrevivir. Juntas para poder comprar materiales, para tener platita, para viajar, para tener un ingreso económico y así comenzamos a hacer cosas muy vendibles: tarjetas, separadores de libros, obviamente obras que proponíamos al público y con las que comenzamos a tener una ‘pequeña empresa’ donde no solamente nos pedían grabados, sino también pinturas y varias cosas. Esto es ya en los últimos años de la universidad cuando el grabado resultó ser como mi segunda carrera por lo mucho que venía trabajando en esta técnica”.  

En esa época el nicho laboral del grabado era más amplio porque había pocos grabadores en Bolivia y la cantidad de mujeres artistas era ínfima, por lo tanto, las tres encontraron un lugar perfecto. “O sea, hay un montón de mujeres pintoras, un montón de mujeres escultoras y ceramistas, pero no hay muchas grabadoras” y por eso decidieron dedicarse 100% al grabado. Hasta el día de hoy siguen en ese camino.

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Foto: Luz Quispe

“El grabado es como cuando te enamoras de algo sin que lo sepas, como si te hubiera coqueteado todo el tiempo y resulta que es tu gran amor. El grabado es algo muy femenino porque es como cocinar: tienes que ser muy paciente, pero sobre todo tienes que aprender a mirar al revés. Tienes que enseñarle a tu cabeza a pensar al revés. Para mí eso era algo mágico. Te sientes poderoso. Yo me sentía así cuando salía una plancha bien hecha, cuando había calculado bien los tiempos, o lograba la proporción correcta para la mezcla de colores, ahí me sentía poderosa. Y pensaba: ‘¡cuánto se entiende la vida como mirando a un espejo!’ Cuando estás pintando ya viste el color de la referencia, sabes el tono, lo has estudiando, tienes tu rueda de color. En grabado no, hasta el final, porque prácticamente trabajas en tu cabeza y en tu placa, limpias tu placa y recién ves cual es el resultado y al imprimir te das cuenta si has pensado bien o mal. Es como ser un mago que está preparando sus pócimas, porque además los olores son así de fuertes”.

El grabado es una parte de ella, un proceso misterioso y oculto, también solitario. La ayudó a sentir fortaleza en la soledad cuando estudiaba en el extranjero, lejos de su familia. Pudo conocerse a sí misma, saber sus límites y temores, contraponerse a épocas oscuras hasta salir de ellas y reconocer dónde está la luz. Porque en el grabado lo primero que se aprende es a reconocer las luces y las sombras, luego los intermedios, porque esos son los dos límites, lo bueno y lo malo, lo correcto y lo incorrecto, continuamente cuestionando moralmente al artista.

“Cuando salí egresada de la universidad me hice la pregunta que varios jóvenes se deben hacer: ¿y ahora qué sigue? Tuve la posibilidad de trabajar con el maestro Ernesto Cavour que era mi vecino. Yo vivía por la calle Jaen y él tenía su museo. Un día me dijo: ‘bueno ya has salido de la universidad, ¿y ahora qué vas a hacer?’ Yo le dije: ‘estoy en eso. Viendo qué hago’. Me dijo: ‘Que te parece si me ayudas con la galería de arte, ¿te animas?’”

Fue así que contribuyó en el museo de instrumentos musicales de Bolivia, montando la exposición y, luego, abrió la galería de arte Nayra con la fabulosa colección de obras del maestro Cavour. Ambos espacios funcionan hoy en día. Después el maestro le cedió una beca para estudiar en Estados Unidos que le habían ofrecido a él.

“Por suerte mi madre, como profesora, siempre me inculcó la educación. Para ella era lo primero y lo sigue siendo. Me puso a estudiar idiomas muy joven, entonces ya hablaba inglés en esas épocas. Ernesto Cavour me pregunta: ‘¿te animas a ir?’ A lo que respondo que sí”. 

La beca era un postgrado de museología, museografía y apreciación artística que duraba seis meses. El problema era que no había terminado su tesis, por lo que tuvo que finalizarla en ocho meses, realizando su investigación y el primer trabajo monumental en escultura de la época.

“Creo que la vida está hecha de primeras oportunidades y no la pensaba dejar ir, además soy un poco testaruda. Era súper divertido porque estaba terminando de defender la tesis en la mañana y en la tarde estaba haciéndole escribir al director de la carrera la carta donde indicaba que ya había concluido la universidad para luego llevar esos papeles a la embajada. Solo el de arriba hace esas cosas, todo salió como tenía que salir. Dejé los papeles en la embajada faltando cinco minutos para que cierren. Me dijeron que en una semana me avisarían si había sido aprobada mi beca, después de la espera me comunicaron que tenía la oportunidad de ir a la Universidad George Washington en los Estados Unidos. Y como el grabado siempre me ha acompañado en la vida, en el día estudiaba en la universidad y en la tarde-noche iba a hacer grabado en una escuela en la que me inscribí, se llama Torpedo Factory, ahí dan talleres libres donde pagas para trabajar. Mi maestro se llamaba Alan Kanashiro, el japonés, con quien nos hicimos muy amigos”.

Pasaron los meses y en una plática convencional con su maestro, donde hablaron del sufrimiento que conlleva acostumbrarse a vivir en otro país, hablar otro idioma y tener un nuevo modo de vida, le comentó que pronto tendría que volver a Bolivia pues se acercaba el fin de su beca. Él la incentivo para postular como asistente de manager, pero esa idea quedó por mucho tiempo en el aire hasta que le propuso trabajar junto a él.

“Me dice: ‘te cuento que voy a ir a Bolivia al Museo de Etnografía y Folklore porque estamos abriendo el ala de arte indígena americano en el Smithsoniano. Se mi asistente. Tienes que hacer primero tres meses de voluntaria y después de eso entrarías a planta’. Yo le dije: ‘¿y si te fallo?’ Me responde: ‘No me vas a fallar, no me puedes fallar’”.

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Foto: Luz Quispe

Terminó trabajando por 6 años en el ala de American Indian y, paralelamente, en Torpedo Factory exponiendo y conociendo el Museo de la Mujer donde tiene una obra. En el año 2005, de forma aleatoria, escucha la canción El regreso de Matilde Casazola y decide volver a Bolivia después de la terrible Guerra del Gas.

“Llamé a una gran amiga, Adriana Bravo, ella vivía en México, las dos habíamos salido al mismo tiempo y le dije: ‘estoy pensando en volver a Bolivia’. Ella me contestó: ‘¡Estás loca! Ahora estás en el mejor momento en tu carrera de tu vida en otro país’. Me hizo dudar y pensé que tal vez sí, tal vez estaba botando todo lo que había construido a la nada, pero en mi cabeza retumbaba que todo ya estaba hecho en ese país, que yo era parte del engranaje y, tal vez, no iba poder marcar ninguna diferencia, porque no hay ninguna diferencia para hacer, porque todo ya está hecho y es casi perfecto. El primer mundo es así: frío y perfecto. Al mes me llamó Adriana y me dijo: ‘perdón por lo que te he dicho, pero he pensado de forma egoísta es verdad que en Bolivia hay que hacer un montón de cosas que no están hechas y nosotros malas hijas nos hemos ido y nos hemos olvidado de nuestra Pachamama, de nuestra madre, de nuestra familia y de nuestra tierra. Si quieres volver, anímate, vuelve’”.

Entonces le comentó a su profesor la idea de volver al país y él, como japonés migrante, comprendió perfectamente su situación. Así, con una maleta y un montón de proyectos en la cabeza, volvió, sin esperar nada. Llegó a Bolivia después de la Guerra del Gas, a un país fragmentado política y socialmente, sumido en una gran pobreza económica.

“Se notaba en mi casa que no había prosperidad en el buen sentido. No significa que tú casa esté vieja y que todo esté mal. No, sino que seguía como estaba antes. Yo siempre pongo este ejemplo: cuando pasan los años, tu ropa se percude de tanto lavar o por el sol, así es como yo sentía a mi país. Había tanto por hacer, pero nadie lo hacía y me molestaba”.

Le ofrecieron un empleo en Santa Cruz, en la editorial Santillana, para realizar libros en inglés, pero con el estilo boliviano. Trabajó allí por dos años y así se convirtió en una cliente habitual de la galería “Manzana 1”, donde continúa exponiendo su arte hoy en día. En una inauguración se encuentra ahí con el viceministro de culturas del nuevo gobierno, Pablo Groux, a quien ella conoció años atrás en la Oficialía Mayor de Culturas, en la época de su juventud, cuando realizaba proyectos culturales. Ni bien la ve, le propuso trabajar junto a él.

“Me dijo: ‘¿serías capaz? Sé que ya estás aquí, ganas bien, pero, ¿serías capaz?’  Y le pregunte: ‘¿qué tengo que hacer?’ Me dio una respuesta contundente: ‘Transformar este país’. Cuando yo descubro mi país y digo que hay muchas cosas por hacer y no se hacen, luego llega un hombre que me dice que me va a dar una chance para transformar el país. No lo pensé ni dos minutos, al día siguiente renuncié a Santillana”.

Trabajó dieciséis años en el Viceministerio de Culturas, iniciando lo que se llamó la revolución cultural cuando se acuñaban los conceptos de descolonización, despatriarcalización y los procesos inclusivos. También fue parte de la promulgación de la Ley del libro, la Ley 2206 (que exime a los artistas de impuestos por producción), del Registro de artistas, la creación de la Dirección de promoción cultural, la creación del Premio Eduardo Abaroa, la apertura de la galería de arte del Ministerio, volvió a los Estados Unidos para ir a la UNESCO donde realizó convenios entre el Museo de Etnografía y Folklore y el Museo del Smithsoniano junto a su ex maestro.

“Varias cosas que, si no hubiera decidido volver, no hubiera podido hacer. Entonces la decisión que tomé no fue tan loca, como al principio todos habían pensado, sino que cumplí con una misión que me había puesto en la vida: la de transformar la realidad de este país con pequeñas acciones. El tema de inclusión femenina es más fuerte en esta época y me siento muy humildemente parte de ese proceso de construcción. Lo mismo los artistas. No es que nuestra realidad haya cambiado, pero antes ni siquiera nos tomaban en cuenta. Se quedaron muchos aportes en el tintero porque cambiaron de gobierno. Por ejemplo, la ley del seguro de salud que el artista no tiene hasta el momento, tareas que se quedaron pendientes para las siguientes generaciones, otras mujeres y hombres que piensen en su país más que en uno mismo. Creo que es una misión que también hay que inculcar en los jóvenes”. 

Posteriormente trabajó en el BID, el Banco Interamericano de Desarrollo, donde realizó proyectos internacionales y, paralelamente, recibió la invitación para trabajar en la UMSA, su alma mater, y en la UPEA. Eligió la UPEA para dictar una materia. Al caer la pandemia, también cayeron muchos proyectos, sin embargo, el suyo siguió en pie, pese a una reducción de personal.

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Foto: Luz Quispe

“Uno de los docentes me dijo: ‘estamos yendo a elecciones por la carrera, no sé si te animarías’ y yo pensé que nadie me conocía, solo daba una materia los sábados, ni siquiera yo conocía al resto de los docentes y estudiantes. Creo que mi vida ha estado llena de propuestas así, de cosas locas, entonces nos lanzamos a hacer campaña en una semana. Y, cómo es la vida… a veces pienso que Dios me guió en los pasos que tuve que tomar. Me había ido con el corazón muy triste del ministerio al no poder terminar de hacer muchas cosas y una de ellas era trabajar con jóvenes”, dice Claribel, respirando pesadamente. 

Ganó las elecciones y hasta el momento dirige la carrera de Artes Plásticas. Quiere ser un buen ejemplo para las nuevas generaciones, un agente de cambio. Afirma que el talento está en El Alto, recuerda que hace seis años, cuando asistía a las exposiciones, veía el trabajo de los jóvenes y veía también el potencial. Ahora que pasaron los años, su teoría de que el futuro estaba en El Alto, poco a poco, se está haciendo realidad. Ver a varios alteños destacados que están exportando su arte como Rosmery Mamani y Cristian Layme, estudiante de la UPEA. Percibe que el arte ya no es solo un hobby, es un trabajo como cualquier otro.

“Esta mañana estaba en una reunión en el MUSEF y me decían: ‘nosotros estamos completamente entusiasmados con trabajar con la carrera de artes plásticas de la UPEA’. Entonces la vida, el tiempo, te van poniendo en el lugar donde eres útil. En un momento he sido útil allá (en Estados Unidos), he aprendido todo, pero ahora he venido a enseñar lo que he aprendido. No sé si es la experiencia que te enseña, pero te enseña a que siempre tienes que hacer lo correcto, lo importante y lo necesario en la vida. No para ti, sino para todos, porque inevitablemente te va a beneficiar”.

Claribel cree firmemente que Bolivia necesita más artistas. Si no hubiera compositores de música, si no hubiera escritores, si no hubiera poetas, si no hubiera pintores, escultores, grabadores, el existir del ser humano sería muy triste, la vida no tendría emoción. Solo nos dedicaríamos a trabajar, ganar dinero, dormir, comer, trabajar nuevamente, un ciclo sin fin de una existencia muy fútil. El arte le da el condimento al ser humano porque lo sensibiliza. 

“Es más fácil ser artista que un político, pero un artista no sabe el poder político que puede tener en sus manos. No lo digo yo, lo dice la historia. El gran Picasso cuando pintó el Guernica denunció un genocidio a nivel mundial. Con un pincel ha podido denunciar algo grande, pero también hacernos sentir que el hombre es estúpido cuando declara la guerra a otro ser humano. Ahí está la importancia de hacer, ser y sentir arte, pero, además, el arte es un derecho de todos y de todas, el arte no es un privilegio de alguna clase social”. 

Sigilosamente ingresa su asistente con otro cúmulo de hojas, ella sonríe mientras las recibe sujetándolas entre sus manos, las acomoda en la mesa y se dispone a firmarlas, marcando un ritmo. Su propio ritmo, con la paciencia que la caracteriza. Al parecer el trabajo nunca termina. Pero Claribel Iris Arandia Torrez no piensa ceder, hasta concluir su misión y continúa proyectando el futuro en tanto todos nosotros somos parte de su sueño.

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