Hoy como ayer

Los espectáculos ofrecidos por los artistas circenses suelen estar asociados con nuestros recuerdos de infancia. Muchos de nosotros asistimos de pequeños a los mismos y nos maravillamos ante las presentaciones de los acróbatas; deliramos con las danzas de las bailarinas y reímos con los números de los payasos. Pero qué pasa cuando retornamos a estos espectáculos ya en una edad adulta, ¿continúan conservando la magia del pasado? A partir de esta pregunta, la autora se embarca en una maravillosa revisión de sus recuerdos de infancia, visitando un circo.
Editado por : Lourdes Reynaga

Mario Clavell, hace muchos años, entonaba una canción que decía “No hay nada igual a la ternura y emoción que el circo brinda al corazón” y nos invitaba a presenciar un espectáculo de “torbellinos de luz y color en la eterna alegría del circo”, aventurándose a afirmar que el espectáculo representa “la mágica alegría que nunca más se olvida”.

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Ph. desconocido en Pixabay

Las artes propias del circo se remontan a la antigüedad, aproximadamente 2 500 años antes de Cristo, en Egipto, ahí ya se practicaban rutinas para actos de equilibrio. En su origen etimológico, podemos evidenciar que este vocablo proviene del griego Kirkus, que quiere decir anillo

Al constituirse en una de las mejores representaciones en el mundo, se abre una puerta a la más sana recreación al alcance de toda la familia, recorriendo un sendero de fantasía, donde lo inimaginable puede ocurrir bajo la carpa de un circo, apelando a diversos matices que pueden ofrecer las emociones de los espectadores.

Costumbre familiar

Mi hijo de siete años llevaba días pidiéndome que lo llevara al circo, uno que se había instalado en la avenida Villarroel esquina Antofagasta en la ciudad de Oruro, así que el domingo nos dimos un tiempo para complacer esa petición. Hacía mucho que no íbamos a un circo; para ser precisa, desde el año 2019, cuando papá me llevó por última vez, de la mano, como cuando era niña. Siempre fue papá quien nos llevaba a mi hermano y a mí al cine, al parque, pero sobre todo al circo, pues disfrutábamos toda esa magia que tiene para ofrecer.

Siguiendo la premisa de Mario Clavell, “Pasen a ver el circo, hoy como ayer, el circo…”, ingresamos en medio de una improvisada plaza de comidas, donde se podían adquirir bocadillos de diversos tipos, tanto dulces como salados, para amenizar la función. En un principio, los precios llamaron poderosamente mi atención (casi el doble de lo que normalmente cuesta), sin embargo, me enfoqué en la experiencia más que en los precios y buscamos un sitio para sentarnos y así apreciar el espectáculo. Caminamos por en medio de las filas de sillas cerca al escenario y en el primer nivel de las graderías localizamos el lugar para poder apreciar mejor la función (en horario de tanda) de ese último día del circo argentino en Oruro.

La oscuridad fue total por unos segundos, antes de que comenzara la aventura. Cinco bailarinas contonearon su anatomía en la pista al ritmo de la música; eran muy bellas, llevaban trajes ajustados con diseño animal print y cintillos a juego en la frente. Dos de ellas llamaron mi atención, las observé con interés, la primera de ellas tenía un vientre que sobresalía gracias al diseño del traje y brillaba entre sus compañeras con gracia y delicadeza; por otro lado, la segunda bailarina que captó mi curiosidad fue la más pequeña, una niña de tan solo cinco años; me recordó una ocasión en la que llegó un circo y se instaló justo al lado de donde vivía una de mis tías, en ese circo había tres niños que usualmente iban a almorzar a casa de mi familiar; al hablarles, mi curiosidad pudo más y les pregunté cuándo iban al colegio, a lo que contestaron que no iban, esto debido a los constantes viajes que realizaban con su familia en el circo, por ende aprendieron con sus padres a leer y escribir.

La imagen de esa niña, de largos cabellos castaños, ojos marrones y piel canela, me trajo a la mente las palabras de aquellos niños que pese a su corta edad ya debían trabajar para subsistir, dejando de lado la formación académica en ambientes de una institución educativa para dedicarse de lleno a las tradiciones de la familia circense de la cual formaban parte.

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El trabajo que existe detrás de bastidores, antes y después de cada función, suele ser ignorado por los espectadores. /Ph. Mairinha en Pixabay

La función debe continuar

El regocijo de toda aquella gente se veía reflejado en los rostros medianamente iluminados por el brillo de los reflectores, acompañado del sonoro clap, clap, clap, propio de los aplausos. El magro público observaba con suma atención y agrado el espectáculo que da la niña, yo no dejo de pensar en la gran responsabilidad de marcar bien cada paso y movimiento de la coreografía en concordancia con el resto de sus compañeras, quienes la superan en estatura, mas no en grandeza.

Los siguientes números fueron igual de maravillosos, cada acto intercalado por rutinas de baile, payasos, danza aérea; cada actor, actriz y bailarina teniendo a su cargo uno o dos papeles a representar. Para cerrar la primera parte, presentaron a los intrépidos motociclistas quienes desafiando a la Parca se metieron en el globo de la muerte.

En el intervalo previo al segundo acto, pude observar a la niña sujetando una canasta con ambas manos, ofreciendo a la venta bolsas con pipocas, caminando cautelosamente por en medio de los asientos, casi todos los actores se dedicaron a la misma tarea con diversos productos. Terminada la tarea de recaudar unas cuantas monedas más, todos retornaron al escenario.

El presentador anunció un nuevo número que tenía como protagonista a la niña, quien realiza un acto de gimnasia rítmica con ula ulas, acto ejecutado con precisión y ritmo, como producto de horas de práctica. 

Hoy en día es muy difícil maravillar con espectáculos en vivo y en directo a un público alienado por la tecnología, que se ve imposibilitado de centrarse en el aquí y el ahora por estar pegado a una pantalla, incluso para presumir de todo lo que “disfrutan” fuera del entorno virtual. Ahí es donde reside el mayor desafío para los artistas del circo, recuperar el interés que ayer tenían de parte del público, recordemos los versos de Clavell con una cordial invitación, desde niños de dos años hasta personas de 90, a disfrutar “La mágica alegría que nunca más se olvida, siempre otra vez, vuelvan a ver, hoy como ayer, el circo”.

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