Flores para sanar, justicia para enfermar

Con la presente crónica, Liz Morales nos conduce a la zona de San Pedro, la calle, plaza y penal; desde ese lugar se reflexiona en torno a la estigmatización persistente hacia la planta; sin tomar en cuenta las razones y los diferentes contextos.
Editado por : Daniela Murillo

“La lucha contra el narcotráfico es una lucha contra una enfermedad y de pronto al luchar contra esa enfermedad estamos atacando a las plantas. No podemos echarle la culpa a las plantas de los problemas que ocasionamos los humanos y obviamente lo más grave es que al pelear esta guerra se está produciendo más muertos que la misma enfermedad”, Jorge Hurtado Gumucio (psiquiatra y fundador del movimiento cocalero en Bolivia).

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Flor femenina prohibida, sus pistilos de colores naranjas anuncian su fertilidad y comienzo de la etapa de floración. / Foto cortesía del autor.

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Es viernes y son casi las diez de la noche en la calle Otero de la Vega en La Paz. Detrás del penal San Pedro, están las mejores ofertas de bebidas alcohólicas, todas ellas se ajustan al bolsillo de los consumidores; es la zona central más conocida para suministro de alcohol, porque “siempre hay” y porque está a un par de cuadras de El Prado.

Llegando a la esquina, en la calle Cañada Strongest, un grupo de jóvenes y reilonas amigas visten jeans y tacos y, a pesar del frío, un par de ellas lleva escote pronunciado. Al parecer, aguardan algo. Miran sin disimulo el alto muro del penal de San Pedro, pero su espera está acompañada de un fernet y, a medida que llenan sus vasos plásticos, sus atentos ojos no se quitan de la pared de la cárcel paceña. Una de ellas habla por celular y agita las manos como si reclamara algo; enseguida cae del cielo una bolita de bolsa nailon color verde e inmediatamente la levanta como cuando te encuentras una moneda en la calle. Luego, se sirven un “salud-seco” y se retiran del lugar. 

Ella, la líder del grupo, camina hacia la plaza Sucre y junto con sus amigas se apropian del “honguito”, una especie de escenario circular techado en una esquina de la popular plaza del barrio que lleva el mismo nombre que el penal. 

Con la botella de fernet a menos de la mitad, entre risas y los habituales “yaaa” de la expresión paceña, la líder del grupo se encarga de abrir la bolita de bolsa nailon. La curiosidad puede más que ellas y todas desean oler el regalo que les cayó del cielo. 

Entre sus manos, la joven líder resguarda lo prohibido y lo aproxima a cada una de las amigas para que todas puedan, por ahora, disfrutar de su olor. Pero esperan algo más, ya casi logran su objetivo.

La joven lleva, en la mano izquierda, una pipa artesanal; en la mano derecha, un encendedor. Con la pipa encendida van quemando a la hija prohibida de la Pachamama, la hierba satánica; haciendo gala de su desobediencia civil, de lo socialmente incorrecto, en plena plaza pública, ante los ojos de una sociedad, muy arraigada a lo tradicional que, paradójicamente, consume drogas legales casi habitualmente.

Aquel grupo de mujeres jóvenes, consumidoras de una droga ilegal, no serían capaces de delinquir, pero para conseguir esta planta, llamada marihuana, se mueven en el campo de la ilegalidad y, a consecuencia de este consumo, sufren una estigmatización social. No se puede asegurar que todas las drogas son igual de letales y no se puede relacionar a todos los consumidores con la delincuencia. “No tenemos la cultura de usar las plantas prohibidas”, decía en vida el doctor Jorge Hurtado, médico psiquiatra, especialista en psicoactivos y embajador de la hoja de coca (durante los primeros años del gobierno de Evo Morales). El especialista en rehabilitación acompañó el tratamiento de jóvenes y adultos adictos a diferentes sustancias. Con su experiencia, aseveraba que no hay una progresión automática de una droga a otra. Sino, que existen personas que incrementan su consumo y otras que lo disminuyen, pero, en su mayoría, el consumo responde a una moda, una tendencia intermitente. 

Al otro lado del muro, los enfermos invisibles

Hombres por la puerta derecha, mujeres por la puerta izquierda, nombre del interno, nombre del visitante y parentesco. Parece sencillo el protocolo de ingreso al penal de San Pedro, pero todos y todas pasan por un control riguroso, los familiares deben pararse con las piernas y brazos abiertos, mientras las y los oficiales de la policía verifican a detalle el ingreso de objetos no permitidos.

Luego de pasar la revisión, en la fila, una señora canosa de 60 años aproximadamente lleva de la mano a una niña de 6. Su voz se quiebra intentando distraerla, sus lágrimas caen, no alcanza a contenerlas; ingresa a visitar a Sergio, su único nieto de 26 años. 

—¿En qué sección está su nieto? — pregunto.

—No sé, estaba en Álamos, pero tuvo una pelea y le han cambiado de sección, dice que está en enfermería —responde susurrando.

Sergio es psicólogo, daba clases en colegios particulares y comenzaba a montar su propio consultorio. Tenía pocos amigos, no salía a fiestas y se dedicaba a Belén, su hijita que se quedó huérfana de madre. Él y la renta de su abuela Cristina mantenían los servicios de su pequeña casa en la zona de Alto San Pedro. 

Su delito fue dejar crecer seis plantas de marihuana en su casa, porque su dealer (distribuidor de sustancias controladas) lo amenazaba con denunciarlo si no compraba determinada cantidad, además que la hierba solía estar sucia, contaminada con hongos y mezclada con otras sustancias desconocidas, razones que lo llevaron a plantar. No obstante, fue una decisión que lo condenó a cargar un delito.

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Amor prohibido, la unión de una planta macho con una hembra produce, naturalmente, la polinización. Esta planta dará a luz una decena de semillas. / Foto cortesía del autor.

En junio del 2022, la Fuerza Especial de Lucha Contra el Narcotráfico (FELCN) irrumpió en su casa, 8 encapuchados y armados buscaban a las plantas prohibidas. Los vecinos pensaron que se trataba de un asesinato, una violación, un suicidio… La abuela Cristina nunca olvidará la última vez que vio a su nieto, enmanillado, junto a sus seis plantas de marihuana y, a pesar de no resistirse a la detención, la policía actuó violentamente. Lo hallaron culpable del delito de plantación y tenencia para el consumo, según la ley del Régimen de la Coca y Sustancias Controladas (ley 1008) del año 1988. 

La ley 1008 lleva adelante la lucha contra el narcotráfico, por ello existen programas de interdicción donde el Estado busca reducir la “prevalencia del consumo de sustancias psicoactivas respetando los derechos humanos” y “articular los esfuerzos de tratamientos a drogodependientes en un marco de respeto del individuo”. Pero en el caso de Sergio y su abuela Cristina no fue así, al igual que para una mayoría de internos preventivos imputados por el mismo delito.

Dicha ley en su definición de ‘consumo’ describe “el uso ocasional, periódico, habitual o permanente de sustancias controladas”, y que se entiende por ‘rehabilitación’ “la readaptación bio-psiquico-social del consumidor para su reincorporación a la actividad normal de la sociedad”. Bajo esta lógica, no existe una distinción entre el consumidor problemático y no problemático; la ley 1008 considera que todos los ciudadanos que acceden a drogas ilícitas son un riesgo o un peligro latente para la juventud. Es decir, la ley no contempla un usuario de consumo ocasional, solo existen ciudadanos altamente peligrosos e inadaptados sociales.

Para los vecinos de doña Cristina, este joven padre que cuidaba de su hija y su abuela ahora es estigmatizado como un peligroso drogadicto y maleante que no debe salir de la cárcel, hasta que aprenda a dejar los malos vicios y se rehabilite. Los vecinos también recuerdan que el operativo policial provocó mucha susceptibilidad, pero lo que más llamó su atención fue la manera de tratar a las plantas. ¿Deberían detener a las plantas por ser prohibidas? ¿Es necesario estar armado para luchar contra una planta? ¿Puede una planta hacer daño a una sociedad? 

El peso oficial de las seis plantas de marihuana llegó a casi diez kilos. 

—¿Cómo puede pesar tanto una planta? —consulto.

—Pesaron junto a la tierra y las macetas —responde Alan C. el abogado de Sergio. 

En el artículo 21 de la Constitución Política del Estado Plurinacional indica que las bolivianas y bolivianos tienen derecho a la privacidad, intimidad, honra, honor, propia imagen y dignidad. Son derechos fundamentales en cuanto responden a los espacios de libertad, pero los derechos dejaron solo a Sergio.

Las plantas aún no florecían, tenían 30 centímetros de un fino tallo, con las típicas hojas delgadas de apenas cinco puntas de las siete oficiales. Siendo así, se suman más errores al procedimiento de interdicción, porque son las flores las que contienen la sustancia psicoactiva llamada tetrahidrocannabinol (THC), principio activo de la planta que está en la lista de sustancias controladas.

Pero ahora, Sergio es parte de la población de más de dos mil internos en el penal de San Pedro, imputado por el tercer porcentaje más alto de delitos, después de violación a niños y adolescentes y robo agravado.

La última vez que doña Cristina visitó a Sergio, apenas podía verle los ojos, los tenía hinchados, al igual que las manos inflamadas por las peleas que tuvo con otros internos. A falta de un médico, el veterinario que cura sus heridas cuenta que cuando está en su sano juicio habla de su pequeña hija y de su abuela, recuerda las risas de Belén y las tortas preparadas por su “mamá Cristina” cada cumpleaños. 

Pero ahora tiene las pupilas dilatadas, los pómulos sobresalidos, las ojeras marcadas, el cabello largo, viste ropa ancha, no tiene celda, la vendió al igual que todas sus pertenencias. No tiene hambre, su mejor estado es estar anestesiado y sobrevivir con una falsa emoción de placer intenso que le dura un poco más de diez minutos, porque después de sentirse tan extasiado, experimenta el otro extremo emocional de la depresión, con psicosis y paranoia. Sergio es adicto a la pasta base de cocaína o crack, también conocida como “sata” o “satuco” porque “una vez que te agarra, no te suelta”. 

El crack es una sustancia accesible, compuesta por el clorhidrato de cocaína y bicarbonato sódico, que afecta a todo el sistema respiratorio. El “sata” se está comiendo a Sergio, tiene los dientes amarillos, sufre de dolores agudos de garganta y pulmones, suda bastante, tiene la presión alta y un sinfín de problemas de convivencia. De día es una especie de esclavo de quien costea sus vicios; y de noche, cuando todos entran a sus celdas, se queda bajo la sombra de uno de los pasillos comunes, lo tienen aislado porque suele ser agresivo y muchas veces —por pena— le lanzan su sobrecito de crack, para falsamente calmar los efectos de su adicción. 

La guerra contra las drogas ha fracasado

Sergio no era adicto, pero ahora lo es, no era un consumidor problemático, pero ahora lo es y está enfermo, necesita un tratamiento de rehabilitación. La ley en el artículo 49 indica que “el dependiente y el consumidor no habitual que fuere sorprendido en posesión de sustancias controladas en cantidades mínimas, que se supone son para su consumo personal inmediato, será internado en un instituto de farmacodependencia público o privado para su tratamiento hasta que se tenga convicción de su rehabilitación”. La guerra contra las drogas ha discriminado los diferentes perfiles de consumidores de drogas ilícitas. La persecución y la criminalización han destruido familias y han incrementado el consumo. 

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La empoderada y clandestina más deseada en plena afloración. / Foto cortesía del autor.

Las consecuencias del uso de drogas en la salud de los seres humanos han llevado a la sociedad a controlar dicho consumo, lo que a su vez ha generado una economía ilegal. La actual estrategia prohibicionista para enfrentar el fenómeno de las drogas ilícitas, políticas represivas y punitivas, han agravado las consecuencias negativas, tales como el aumento en el consumo adolescente, el hacinamiento penitenciario y la marginación social que hace imposible la rehabilitación.

El último informe mundial sobre drogas de la UNODC (Oficina de las Naciones Unidas sobre Drogas y Crimen) reconoce que las Convenciones de las Naciones Unidas sobre drogas ilícitas produjeron varias consecuencias negativas, como el crecimiento de un mercado negro controlado por el crimen y la estigmatización de personas adictas, que son marginalizadas socialmente, sufriendo dificultades para obtener tratamiento adecuado.

Desde un enfoque de calidad de vida, esta planta prohibida se ha convertido en un remedio efectivo para algunas enfermedades degenerativas y ha dado un giro de esperanza a pacientes desahuciados. Gilberto —a quien también se cambia el nombre en este reportaje— es uno de ellos.

Enfermos, no delincuentes

A Gilberto le diagnosticaron esclerosis múltiple a los 25 años, tenía mucho dolor y adormecimiento en las piernas. El tratamiento tradicional consistía en dosis altas de analgésicos con fuertes efectos colaterales. “Los efectos colaterales eran peores que los síntomas de la enfermedad”, menciona y recuerda que era totalmente dependiente. Utilizaba pañales, su hermana le ayudaba a comer y, con mucha dificultad, ingería únicamente alimentos licuados.

Su enfermedad lo llevó a buscar otras opciones medicinales. En sus fotos, cuando tenía 26 años, utilizaba un bastón y tenía la espalda doblada; aparentaba ser mayor de 30. En la búsqueda de tratamiento alternativo, conoció a la Dra. Stella Dall, oncóloga y neuróloga especialista en cannabis medicinal, actualmente una de las más reconocidas especialistas en terapia funcional a base de marihuana en São Paulo, Brasil.

Paso a paso, Gilberto encontró su dosis de cannabis medicinal para caminar erguido con la ayuda de su bastón, para dejar los pañales y, sobre todo, recuperar su independencia. Ya son más de 5 años que Gilberto vive entre São Paulo y Santa Cruz; aceptó caminar con su enfermedad, compartiendo su experiencia de calidad de vida con otros pacientes que buscan controlar el dolor. 

En esta búsqueda, de los beneficios medicinales de la planta, menciona a dos sustancias que son utilizadas para diferentes enfermedades: El Canabidiol (CBD) que funciona como un analgésico, sedativo y anticonvulsivo, usado en el tratamiento de epilepsia, Parkinson, esquizofrenia y dolores crónicos. Y el Tetrahidrocannabinol (THC) utilizado como antidepresivo, estimulante de apetito y anticonvulsivo. Su extracto ha sido aplicado en el tratamiento de Parkinson, síndrome de Tourette, asma o glaucoma.

Gilberto está en contra de fumar, sabe que cualquier sustancia que se fuma ocasiona daños al sistema respiratorio, “mejor hay que comerla”, asegura y me muestra su frasco de semillas de marihuana. “Probalas, son ricas con yogurt” y aquella bebida parece una mezcla de chía con yogurt, a diferencia de la semilla más pulposa y altamente nutritiva por contener omega 3, 6 y 9. 

Gilberto tiene una colección de productos hechos a base de esta planta: jaboncillo, champú, crema hidratante, pasta dental, ungüento, parche para el dolor, además de su kit cannábico compuesto por un gotero con extracto de marihuana de uso sublingual, cápsulas blandas de CBD, supositorios con THC y pomadas de uso tópico. 

Los avances investigativos en São Paulo con respecto de los usos medicinales de la marihuana enseñaron a Gilberto a buscar la calidad certificada de los extractos y derivados de esta, es decir, tiene la garantía de un producto que cumple todos los protocolos sanitarios junto al acompañamiento médico pertinente.

En cambio, en Bolivia se desconoce la procedencia de la planta y es muy probable que el grupo de amigas que beben su fernet en el honguito de la Plaza San Pedro estén fumando una hierba contaminada, junto a la toxicidad de su pipa hecha de papel aluminio.

A unos pasos de ellas se puede sentir el olor a quemado, algunas tosen queriendo aliviar el humo tóxico inhalado y es cuando aprovecho para entrometerme en su círculo para regalarles papelillos y filtros. La líder del grupo sabe de lo que se trata y muy hábilmente, con sus pequeños dedos enrola la hierba entre el papelillo, consiguiendo un cigarro de marihuana. 

Es casi media noche, si la calle Otero de la Vega hablara diría que es cómplice del tráfico y consumo de sustancias legales e ilegales, diría que de día y de noche circulan consumidores, unos más problemáticos que otros, pero callar, por ahora, es la mejor opción.

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