El perro malo junto a usted - Reseña de 'Cosas pequeñas como esas' de Claire Keegan

Una novela puede expresar las cosas más terroríficas, como por ejemplo la muerte de 796 niños por negligencia. Descubre ese horror en este texto de Bernardo Paz donde reseña la novela Cosas pequeñas como esas (Eterna Cadencia, 2021) de la irlandesa Claire Keegan.
Editado por : Adrián Nieve

Tomó un envoltorio usado y volvió a cerrarlo como si llevara un caramelo dentro. “Yo no tenía idea del impacto de ese pequeño gesto”. Ofreció el envoltorio vacío a una de sus compañeras de colegio. “Tenía seis años y entonces me pareció gracioso”. La niña lo recibió y casi todos celebraron la broma. “Años después supe que esos niños nunca habían probado un dulce, esa niña pensó que iba a recibir uno y yo me reí de ella […] eso me horroriza desde entonces, me atormenta”, dice Catherin Corless, periodista irlandesa1. Ella se refiere a los niños que se criaban con monjas en los llamados “hogares para madres y niños” (Mother and Baby Homes). Estos lugares se conocían comúnmente como “lavanderías” porque ofrecían este servicio. “[Q]uienes trabajaban ahí eran usualmente huérfanas, jóvenes que se embarazaban fuera del matrimonio o cuyas familias no podían o no querían mantenerlas. Permanecían prisioneras sin percibir ningún sueldo”2. Luego, sus bebés les eran arrebatados y vendidos. Estas instituciones operaron durante el siglo XX en Irlanda, con el financiamiento del Gobierno y de la Iglesia católica. En el 2014, a sus 70 años, Corless ganó reconocimiento internacional tras publicar un artículo donde expuso pruebas de la negligencia que llevó a la muerte —y posterior encubrimiento— de 796 niños en uno de estos hogares ubicado en la localidad de Tuam, en el condado de Galway3. Los restos de algunos cuerpos fueron hallados por casualidad en una fosa séptica aledaña.

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Imagen: Bernardo Paz

Las primeras páginas de la novela Cosas pequeñas como esas (Eterna Cadencia, 2021)4, de la irlandesa Claire Keegan, llevan una dedicatoria a las madres y niños que padecieron en estos hogares5. La historia narrada, sin embargo, no aborda el tema directamente, sino a través de la experiencia particular de Bill Furlong, un personaje que gracias al cobijo de una viuda protestante —instalada en medio de una sociedad irlandesa profundamente católica— se cría en un ambiente seguro, lejos de las monjas y del convento en el que, bajo otras circunstancias, su madre habría sido recluida ante la inminencia del nacimiento de un hijo ilegítimo. En menos de cien páginas, esta novela, lejos de agotarse en una denuncia, explora las complicaciones éticas y morales de un contrarrelato: no focaliza su narración en quienes sufren, sino en quienes ven sufrir.

El pueblo donde transcurre esta historia —durante el invierno de 1985— está dividido por un río “oscuro como cerveza negra” (p. 11). De un lado está la colina donde se erige un convento: “lugar de aspecto imponente, con portones negros abiertos de par en par y una multitud de ventanas altas y brillantes […]” (p. 39). Y del otro lado están los habitantes de New Ross: 

[T]enderos y comerciantes, hombres y mujeres en la oficina de correos y en la cola de los desempleados, en el mercado de hacienda, la cafetería y el supermercado, en el bingo, en los pubs, y en el negocio que vendía pescado y papas fritas, […] marineros polacos y rusos con sus gorros de piel y sus abrigos largos abotonados (pp. 11-12). 

También de ese lado viven Bill Furlong, su esposa Eileen y sus cinco hijas pequeñas. Él dirige un negocio de venta de carbón, leña y otros materiales necesarios para sobrellevar el invierno. No sobra ni falta nada en su casa. Esa calma, sin embargo, es frágil:

[H]abía visto a muchos desafortunados […] había hombres […] que vivían en casas tan frías como bunkers, que dormían con sus abrigos puestos. Mujeres [que], el primer viernes de cada mes, hacían fila […] esperando para cobrar las asignaciones por hijos. […] [L]as vacas se quedaban berreando para ser ordeñadas porque el hombre que las cuidaba se había ido repentinamente y había tomado el barco a Inglaterra. [….] Y una mañana temprano, Furlong había visto a un chico en uniforme escolar tomándose la leche del cuenco del gato, detrás de la casa del cura (p. 20).

Bill es sensible a la realidad de New Ross. Entiende la miseria del pueblo “leyendo” su paisaje durante los recorridos que hace en su camión para repartir leña, y nota que, en tanto observador, su lugar en esa realidad es pasivo. Eso lo tiene constantemente intranquilo, tanto en la agitación de su trabajo como durante las noches quietas y cálidas en casa, bebiendo un poco de jerez con su esposa, quien en más de una ocasión tendrá que interrumpirse para preguntar: “¿Hay algo que te preocupa, Bill?” (p. 34).

La preocupación latente de Furlong por el malestar de otros habitantes del pueblo, sin embargo, no radica en un mero interés altruista, sino en una proyección: “[es] consciente de lo fácil que es perderlo todo” (p. 20). Y se trata de una proyección que apunta en dos direcciones: Furlong no sólo teme lo que podría ocurrir en el futuro, también ensaya las posibilidades de un pasado hipotético en el que luego de la muerte de su madre, en su condición de huérfano, de no haber recibido el cobijo de la familia protestante, bien pudo haber sido —digamos— aquel niño hambriento robando leche del cuenco de un gato. “Furlong había venido de la nada. De menos que la nada, diría alguno” (p. 15).

Un hecho particular magnifica estas ideas y altera la relación afable que mantiene Furlong con su esposa Eileen. Un día, entregando un pedido de carbón en el convento, Bill se topa, por accidente, con varias mujeres jóvenes trabajando en malas condiciones: “[E]ncontró a más de una docena de muchachas y de niñas, apoyadas en rodillas y manos, con trapos y latas antiguas de cera de lavanda, lustrando en círculos el piso, esforzadamente. Apenas lo vieron, reaccionaron como si se hubiesen quemado” (p. 41). Una de ellas le pide ayuda desesperadamente: “Señor, ¿nos ayudaría? […] Lléveme hasta el río. Es lo único que tiene que hacer […]. O al menos déjeme en el portón […] lléveme a su casa. Trabajaré para usted hasta que me caiga” (p. 42). Él se niega y este hecho lo altera profundamente porque, entendemos, ve en esa niña a sus propias hijas y a su propia madre (p. 45). Este es un momento central para la trama del libro porque Furlong comienza a cuestionar su pasividad y se pregunta si debería hacer algo respecto a este asunto: “Esa noche, en la cama, Furlong consideró si contarle o no a Eileen lo que había visto en el convento, pero, cuando se lo contó, ella se sentó rígida, y dijo que esas cosas no tenían nada que ver con ellos, y que no había nada que pudieran hacer” (p. 44). 

La discusión entre Furlong y Eileen complejiza el problema. No se trata ya de si deberían hacer algo o no, se trata de la percepción de sí mismo que tiene cada uno en tanto habitante de esa pequeña comunidad católica ultraconservadora. El asunto central, entonces, se plantea en esta novela como un conflicto moral y ético: ¿nos concierne un problema si no nos afecta directamente?, ¿debemos arriesgar la tranquilidad de nuestra familia por el bienestar de un desconocido? Esto supone un dilema para el protagonista y en esta tensión radica el peso de la novela: ¿desde dónde vemos sufrir?

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Claire Keegan, autora de la novela. / Imagen: Bernardo Paz

Un pequeño grupo de gente puede causar daño siempre y cuando cuente con la "ayuda pasiva de muchas, muchas otras personas que miran fuera de sí, desde las ventanas de sus hogares seguros y ven un cielo sin nubes”, dice Deborah Eisenberg en la introducción a Memorias de un antisemita de Gregor von Rezzori. No cabe duda de que el pueblo de New Ross –como gran parte de Irlanda en aquella época– está sometido al poder amenazante de la Iglesia. Son partidarios de un sistema que no admite opositores. Prefieren concentrarse en las cosas pequeñas del día a día. La voz de Eileen es la voz de muchos en el pueblo, podría operar como un coro en la novela. Por más que los habitantes sepan lo que ocurre en el convento, prefieren callar. En la víspera de Navidad, Furlong recibe un consejo:

No es asunto mío, como comprenderá, pero vale la pena que tenga cuidado con lo que vaya a decir sobre lo que pasa en ese lugar. Mantenga al enemigo cerca, al perro malo junto a usted y el perro bueno no lo va a morder. Usted entiende […] esas monjas están metidas en todo (p. 78).

A lo que Furlong responde: “Es probable que tengan tanto poder como nosotros les demos, ¿no, Mrs. Kehoe?” (p. 79). Con esa idea, el protagonista camina por las calles nevadas de New Ross, “sintiéndose como un animal nocturno de cacería y al acecho, recorrido por una corriente […] en la sangre” (p. 85).

Esta novela es una asombrosa combinación de simpleza en su forma y complejidad en su fondo. En veinte años, Claire Keegan ha escrito dos novelas breves y dos libros de cuentos6. Su lenta producción ofrece una prosa impecable, destilada en su más justa medida. Y en otro acto, también justo, esta novela expone el peso de una deuda histórica por parte del gobierno de Irlanda y de la Iglesia católica con muchas familias dañadas directa e indirectamente. Las últimas páginas del libro llevan una breve nota en la que se expone este contexto histórico, donde se menciona, claro, la investigación de Catherin Corless. Este tema también ganó impulso con una adaptación cinematográfica de la novela de Keegan dirigida por Tim Mielants y protagonizada por el irlandés Cillian Murphy, que se estrenó hace un par de meses en la Berlinale 2024.

No puede decirse que la Iglesia haya cambiado radicalmente su actitud desde el siglo pasado. Por eso el artículo de Catherin Corless supuso también un acto de valentía y quizás de redención frente a los abusos que presenciaba cuando era niña. Luego de que su artículo se publicara y se hiciera conocido internacionalmente, las investigaciones a estas lavanderías –que operaron incluso entrado el siglo XXI– se extendieron al resto de Irlanda. Hasta 2021, la cifra de niños muertos llegó a 9000. “Los hogares para madres y niños fueron nuestro propio holocausto”, dice Carmel Larkin, una de las víctimas sobrevivientes7.

 

 

1 Las cursivas son mías. La anécdota es narrada en esta entrevista realizada para Nieuwsuur: https://acortar.link/KdOfSj
2 O'Loughlin, E. (2018, 18 de enero). “Irlanda se pregunta si es mejor borrar el pasado o conmemorarlo”. The New York Times. Recuperado de https://acortar.link/D7DNzp
3 El artículo completo puede leerse aquí: https://acortar.link/4OgWOG
4  Que originalmente publicó en inglés, el mismo año, la editorial Faber & Faber bajo el título Small Things Like These. La traducción al español la hizo el poeta argentino Jorge Fondebrider, quien ha traducido ya otros títulos de la autora. En Bolivia, este título puede encontrarse en la librería La Audacia.
5  Así como un fragmento del Acta de Proclamación de la República de Irlanda de 1916 —elegido por Keegan con ironía— donde el gobierno provisional de la república se compromete a velar por los derechos y la libertad de cada ciudadano y por valorar a todos los niños de su nación por igual. 
6  Antartica (1999), Walk the Blue Fields (2007), Foster (2010) y Small Things Like This (2021).
7  Ibbetson, R. (2021, 12 de enero). “9,000 children died in Ireland's brutal homes for unmarried mothers and babies run by the Catholic Church in the 20th century, damning report reveals”. Daily Mail. Recuperado de https://acortar.link/QG9wAE

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