No es para niñas

A Marisol Ticona siempre le dijeron que los videojuegos no son para niñas y durante mucho tiempo tuvo que jugar a solas, escondida, siempre buscando ese espacio donde no le salgan con el típico “no es para niñas” y en esta crónica nos cuenta todas las instancias en que tuvo que pelear con esa frase para seguir siendo toda una gamer.
Editado por : Adrián Nieve

“Los tilines no son para niñas”, frase inolvidable, repetitiva en mi niñez, recuerdo amargo del porqué nunca pude jugar en una consola. Pasaba lejos del cuarto prohibido: el tilín, la Sodoma y Gomorra de los juegos con sus bleeps resonando desde las consolas. “Suelo delincuencial”, decía don Arturo latigueando con el chicote sobre la humanidad de dos de sus dieciséis hijos. “No es para señoritas, estos malvivientes nomás entran”, me decía al verme y metía a empellones a mis vecinitos. Pero los bleeps no cesaban y la curiosidad crecía en mí. 

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Fuente: El periodico

Sabía qué era el dinero por las trasnochadas de mis padres por obtenerlo y aunque el bleep bleep sonaba a una cuadra, nunca me atreví a sacar moneda o billete para ir al tilín. Además, me daba mala espina el que ninguna niña entrara o, al menos, nunca las vi. “¡Bien chacra eres!”, “pero bien he juegado, el botón nomás una macana”, “¡cojudo eres! ¡las cagao la ficha!”, oía al pasar. Estiraba el cuello y veía las pantallas, el bleep bleep no se detenía. “¡Viene tu má!”, “¡carajo! Y el pan, ¿dónde está?”, “no es mi culpa mami...”, los diálogos se repetían todos los días, a veces con gritos extra y peleas entre el dueño del tilín y las progenitoras. Pero no importaban los desfiles de madres sacando niños a chicotazos y jalones de oreja, nada logró hacer cerrar el tilín. Excepto el tiempo. Eso sí que enmudeció el bleep bleep. 

Tengo la impresión de que los vicios de las personas están implícitos en su genética, por eso nunca se apagó mi interés en los juegos. Años más tarde, mis padres, desconociendo la caja de Pandora que tenían en las manos, la envolvieron en papel regalo y la pusieron bajo el árbol de Navidad: un Polystation. Siempre recordaré ese híbrido del Nintendo con cientos de juegos que mi hermano y yo instalamos muy emocionados al televisor y en el elegimos el Duck Hunt  para trasnocharnos jugando. 

Por un tiempo el cuac cuac cuac, los disparos, las risas, apagaron la frase “no es para niñas” y, por un largo tiempo, fui libre de oírla. Pero en algún punto el cuac cuac cuac se tuvo que interrumpir por “¡apaguen ese aparato!”, “¡se van a quedar sin ojos!” y otras frases cargadas del arrepentimiento paterno de habernos dado un primer vicio tecnológico y no poder lanzarlo al basural porque, claro, en aquel entonces esas cosas no eran baratas, ¿cómo lanzar a la basura algo así? Era ilógico. 

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Fuente: Nintendo

Me he acostumbrado a que esos “no” para mi género reaparezcan de vez en cuando. Supuestamente, las niñas somos menos audaces, digamos más cautas en escenarios nuevos. Lo descubrí cuando comenzamos a jugar con mi primo. Competir con la intrepidez nata de mi primo y mi hermano fue problemático, además que mi adaptación lenta a ciertos nuevos juegos de batalla reanimó la frase muerta: “no es para niñas”. Por eso ellos me ponían el Pac-man y no me dejaban jugar Street Fighter o Mortal Kombat. Porque “pelear es para niños”. Eso decían mientras seleccionaban a Chun Lee con el control. 

“Es que las niñas no aguantan”, era otra razón que exponían los niños, así que yo tenía que jugar sola, practicar sola y perder la partida infinidad de veces con mi Luigi en el Super Mario Bros 2. No Mario, ni Toad —Honguito le decía yo— o la princesa para jugar. Mi favorito era Luigi. Y aunque no era tan divertido jugar sola, al menos me sentía en la libertad de errar mil veces hasta vencer la dificultad. La bondad de los juegos es que te enseñan paciencia y constancia hasta lograr la meta. Y ese aprendizaje sí que “es para niñas”, ahora o aún en ese tiempo en que había una muralla china entre lo que era para los niños y lo que era para las niñas. 

Hay espacios en la vida donde te alejas de los juegos porque hay mil cosas que hacer y el tiempo no alcanza. Entonces piensas que no jugarás más, hasta que un día te presentan una pequeña consola que funciona a pilas. El Brick Game —ahora sé que se llama así, antes ni idea— el famoso de los 9,999 juegos en 1, ese que para los niños de hoy sería la peor porquería, sin color, con formas cuadradas, pero que tenía el Tetris. ¿Qué sería de los jugadores compulsivos sin el Tetris? Un juego que hasta la fecha sigue sobreviviendo en diversas formas y nombres, con más colores y formas. ¿Qué sería de los gamers sin los jueguitos sencillos como —sin desmerecerlo— Tarzan de Disney

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Fuente: Pinterest

En algún momento nos inundamos de juegos, la globalización nos los lanzaba sin permitir disfrutarlos como antes. A veces apenas los empezabas a jugar y ya aparecía otro. Esa fue mi historia con los Tamagotchis, las dichosas mascotas virtuales, las mismas que te pedían atención y, al primer descuido, se morían. Creo que hasta podría decir que la paciencia que aprendí con Super Mario Bros 2 fue seriamente afectada por dicha experiencia con el Tamagotchi, un juego que, según mis primas, “era para niñas”. 

Para mi suerte pronto apareció un aparatito llamado celular con un juego que muchos conocemos como Snake: la viborita, la culebrita, la que invadía bancos, colegios, paradas de transporte y todo rincón donde se tuviera que esperar por algún trámite. A veces la sencillez de un juego opaca los gráficos y colores. Fue linda esa etapa sin oír que “no es para niñas”, quizás por eso amé tanto mi Nokia. 

Pero luego volvió. Ese “no es para niñas”, esta vez con los juegos de estrategia. Eran más duros, especialmente si desconocías que había atajos de teclado. Recuerdo varias ocasiones que mis aldeas y soldados en Age of Empires II eran fulminadas y mi pequeño orgullo de jugadora quedaba humillado. Costó, pero continué practicando sola hasta toparme con el StarCraft, donde pude darme cuenta que aprender unas cuantas teclas de atajo no era suficiente, que había que revisar un manual más gordo que el Larousse para poder entrar en equipos de competencia, equipos de predominancia masculina, donde ya el “no es para niñas” iba disfrazado de “ya tenemos equipo completo”. En una oportunidad pusieron como primer premio una computadora, además de cursos en un prestigioso instituto paceño, pero ante la negativa de los chicos de aceptar una fémina, traté de encontrar un grupo enteramente de mujeres; lo triste —debo aceptarlo— es que en la mayoría de mis compañeras el chip de que hay juegos solo para niñas y otros solo de niños se ha quedado como una cicatriz de la niñez. Ninguna se animó. No por miedo al fracaso, sino por miedo a ser vistas en una competencia donde el paso de una mujer era para apoyar al equipo y llevar los refrescos. Esa vez me quedé con las ganas, sin equipo y otra vez con el “no es para niñas” todavía disfrazado, pero más obvio. 

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Fuente: Marisol Ticona

Me costó un poco más aprender a jugar juegos en red. Recuerdo que un amigo, sorprendido de que supiera jugar offline el StarCraft, me copio un libro de más de 900 páginas con teclas de control, claves, estrategias y sentí que, de a poco, el “no es para niñas” se iba perdiendo entre batallas de terrans, zergs y prottos. Y aunque, mucho después, me sentí atropellada con el World of Warcraft,  igual el dichoso WoW no me asustó, por el contrario me sentí feliz porque encontré jugadoras como yo, chicas que ya no tenían temor de usar nombres de usuarios femeninos, porque la idea de “no es para niñas” era nuestro Gul’Dan, nuestro villano personal al que eliminar.

Hoy por hoy, no me rindo. En mis ratos libres me doy un paseo por terrenos del Diablo Inmortal II como una cazadora de demonios; no es el personaje más fuerte, pero trabajo en desarrollar sus fortalezas, mientras avanza mi minibús lento en algún embotellamiento por la ciudad. A veces no encuentro equipo para las misiones, entonces peleo solitaria, usando lo que sé y alguien nota que moriré en el intento por completar la misión, me invitan y el “no es para niñas” se pierde en algún calabozo al fondo del Infierno.

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Fuente: Marisol Ticona
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Este texto forma parte del especial Mi vida y los videojuegos