Animales en mi casa

Ratones, gatos y aves de distinto plumaje visitan constantemente el hogar de Manuel Vargas y, en tanto buen vecino, el autor ha aprendido a observarlos, conocerlos y comprender ciertos mecanismos de su comportamiento. Así, el texto que nos ofrece permite que, como lectores, nos acerquemos a esta interesante fauna.
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A mi casa, ubicada en las afueras de la ciudad, llegan unas aves que antes solo conocía por dichos o por haber leído algún libro u otra publicación escrita. Son los allqamaris, míticas aves que, suponía, solo eran vistas por los viajeros en los solitarios caminos del Altiplano.                             

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Desde siempre, la humanidad ha atribuido un significado místico a la presencia de aves en zonas pobladas. / Fotografía: Daniel Vera.

Ya hace algunos años que me trasladé aquí, desde un populoso barrio del centro de La Paz. Es normal que en este barrio, junto con algunas vacas, ovejas y hasta llamas, aparezcan aves diversas por los alrededores. No hablo de las archiconocidas y sucias palomas urbanas. Más bien de pequeñas aves rapaces, impensados palmípedos de extraños cantos y colores (nunca sabré sus nombres: permanecerán como parte de mis sueños), junto a una buena cantidad de pajaritos que sin pedir permiso se asientan y caminan por los bravíos pastos de mi jardín. (También me topé en una senda –como si viviera en el campo– con un enjambre de hormigas voladoras brillando al sol, y con otro de abejas que pretendían hacer su panal en mis narices. Pero estas no entran en la categoría de aves, por eso van entre paréntesis). 

Antes de continuar con mi allqamari, debo informar que una vez, llegando yo de la calle, vi subiendo las gradas de mi puerta principal a un ratoncito. De un certero palazo de escoba lo liquidé sin darle vueltas al asunto. También me enfrenté a tres gatos: uno sucio y descolorido que se había entrado a la sala. Lo perseguí con la escoba, se entró a la biblioteca y, en su afán de escapar por las paredes cubiertas de libros, me hizo un estropicio intelectual innombrable. Últimamente, antes de irme a dormir, vi que salía de la sala un gatito limpio y hermoso. Tomé previsiones urgentes para no alarmar a la población humana, cerrando puertas y abriendo la principal para que por ahí huya, como lo hizo el primero. ¡Nada, señor! El gatito, que parecía de buena familia, muy orondo se bajó por las gradas del semisótano y yo bajé tras él, siempre dejando la puerta principal abierta. Él no sabía de puertas abiertas, buscaba una ventana, chillaba, daba saltos y no había libros donde sostenerse ni para derrumbar, no podía saltar a una de las pequeñas ventanas abiertas. ¡Maullaba fuerte! Cuando veo a otro gato arriba, en la ventana. ¡Era que había estado llamando a su madre! La cual estaba por bajarse a recogerlo. Subí de nuevo, pues tenía la puerta abierta y debía cerrarla para no llenarme de gatos. Bajé de nuevo, el bandido se había subido a otra de las ventanas, cerradas, y, como un inteligente niño, fue recorriendo hasta la ventana abierta y se fue junto con su madre.

Basta de gatos y de gatas. El allqamari es en realidad un águila pequeña. Mis visitantes son dos, seguramente macho y hembra; por sus plumas, desordenadas y requemadas por el sol, deben ser ya viejos. Acabo de comprobar que este tipo de aves gusta merodear o visitar casas vacías. No es el caso de la mía, pero igual vienen a los alrededores, donde sí hay otras casas vacías, y se detienen en cornisas, muros, simples promontorios de tierra, para tomar sol o impulso antes de partir en busca de alimento. Y yo soy quien las observo casi cada día, por la mañana, cuando para ellas y nosotros se inicia la jornada. Cuando el sol comienza a quemar se van en busca de caza o de frescura y mejores aires por los riscos y quebradas que circundan la zona. La apariencia de dichas aves es como me la imaginaba. Tienen tal estampa, presencia y color, que me emocionan, como si de pronto se hicieran realidad mis fantasías, o los cuentos que escuché desde niño.

Anoto algunas generalidades, tal vez nada poéticas, sobre esta humilde y significativa ave rapaz. Por ejemplo, su nombre científico: Alqhamari: phalcoboenus megalopterus, familia falconidae. Si bien es ave carroñera, come lo que encuentra. Llega a medir 50 cm de largo, sus plumas son blancas en el pecho, y negras, con matices azulados, en la espalda y las alas (mi par de visitantes ya perdió esos matices). Tiene el pico amarillo pálido, a veces rojinegro, y la cara de color naranja. Las puntas de sus alas son redondeadas.

Se dice que, antes de la época colonial, los líderes incas utilizaban sus plumas para su atuendo. Claro, además de las plumas vistosas de otras aves. Los habitantes de Chuani (en el valle de Ambaná, departamento de La Paz) los llaman “centinelas de los Achachilas”.

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Una vida latente existe en la intimidad de nuestros hogares y pocas veces se deja ver. / Fotografía: Daniel Vera.

 

De polluelo su color es más bien café, y de viejo tiende al gris. Cuando es joven y adulto se vuelve un pájaro en blanco y negro como el cine mudo. Reside tanto en los valles como en el ventoso Altiplano. No huye de los seres humanos, quienes lo conocen con diversos nombres: María, Mariano, Águila-María, Suerte-María. Y con algunos motes menos delicados: Caracara andino, Corequenque, Carancho andino, Carancho cordillerano…

Al contrario de ciertos animales, en especial las aves de malagüero, el allqamari es portador de venturas; si se lo encuentra en el camino –dicen los viajeros–, es buena suerte, hay que saludarlo alegremente. Como a mí me ignoran, yo no los saludo pero los contemplo, siempre con algo de sorpresa y placer. ¡Bueno!, los saludo con mi mirada. 

De él dicen los manuales: es sedentario, construye su nido entre las rocas y acantilados (mi casa está rodeada de ellos). Anida en octubre o noviembre, la hembra pone hasta tres huevos. Desde los límpidos cielos de los andes atravesando el verde de los valles, ha llegado a frecuentar las áreas urbanas, buscando alimento en los basurales y ríos contaminados, así como tranquilidad en los riscos y las casas silenciosas. Debido a lo cual, es decir, por gustar de la cercanía humana, por ser tan “buenito” con nosotros, los depredadores, corre el riesgo de desaparecer.

Cuando una persona se vuelve allqamari (allqamariquiptatha, en aymara), significa, según le contaron a Ludovico Bertonio en el siglo XVI, que el hombres “cobra ciencia y experiencia”. “De bobo hazerse prudente, de ignorante savio, de andrajoso bien vestido”.

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Diversas especies invaden las construcciones humanas, ¿no será que los hemos estado invadiendo nosotros? / Fotografía: Daniel Vera.

¿No es una maravilla?

Entonces, motivos me sobran para estar contento en esta nueva casa. A pesar de que con el paso de los años ya no está tan en las afueras, estos bichos siguen merodeando por los alrededores.

¿O nos estarán invadiendo...?

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