La bicicleta es mi ciudad

Hugo José Suárez se sube a su bicicleta y se dedica a conocer su ciudad pedaleando. En esta pequeña crónica nos narra su historia sobre dos ruedas y cómo la bicicleta puede ser una clave a la hora de conectar con lo comunitario.
Editado por : Adrián Nieve

En aquellos años, a mediados de los setenta del siglo pasado, mi barrio quedaba en las orillas de una ciudad (en La Paz, Bolivia) que no paraba de crecer. Cerca de los cerros y los ríos no entubados —libres, divertidos y amenazantes—, y de pastores y animales del campo circulando libremente, los niños nos apoderábamos del entorno sin medir riesgos. Trepábamos árboles, bajábamos montañas, nos revolcábamos en el barro. Pero nada era tan estimulante como salir en bicicleta. 

Mi padre, que fue el responsable de enseñarme a dominar el equilibrio en dos ruedas, trajo a casa una bicicleta Hércules para mi hermana. Era un poco más grande que yo, así que me daba miedo montarla; además esta bicicleta tenía un diseño más adecuado para recorrer distancias largas, lo que estaba lejos de mi interés de entonces. Poco después llegó lo que se convertiría en mi juguete consentido: una BMX. Era una bicicleta ruda, de freno en la llanta trasera con pedal, sillín largo, sin más aditamentos, ideal para el uso para el que fue creado: practicar bici-cross. 

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Fotografía: Hugo José Suárez

Mi bici fue mi medio de socialidad, no de movilidad. La usé hasta el límite de que me salieran ampollas en las palmas de las manos para que luego se conviertan en callos. Diariamente salía a jugar con ella. En el barrio teníamos un grupo de amigos con quienes pasábamos horas montados. No nos desplazábamos mucho, siempre alrededor del barrio, pero vaya cómo disfrutábamos. Toda la zona estaba en construcción, incluidas las calles, por lo que había muchos pequeños promontorios que servían de pistas improvisadas de cross. También jugábamos a policías y ladrones, unos escapaban y los otros atrapaban. Aprendimos la técnica de hacer caer al otro golpeando su llanta trasera con la delantera del agresor, o cerrarle el paso entre dos a quien estaba decidido a huir. No faltaban quienes cultivaban la acrobacia y ganaban la competencia de permanecer el mayor tiempo en una sola llanta. 

Nunca recorrí grandes distancias; como mi zona tenía demasiadas pendientes, y el modelo de la BMX no ayudaba, no supe en ese momento que la bicicleta podía ser un medio de transporte. Hasta ahí, solo servía para pasarla bien con los amigos del barrio. Alguna vez quise ir a mi colegio pedaleando, a menos de dos kilómetros. Fue una mala idea, la bici y yo no dábamos la talla, no volví a hacerlo. Pero la semilla de la pasión estaba sembrada.

Pasaron años y cada que podía, en cada ciudad a la que llegaba, me compraba una bicicleta. Viví en Lovaina-la-Nueva en Bélgica rodando por autopistas y bosques, y hasta alguna vez me encontré con una familia de preciosos ciervos que parecían sacados de una película. Luego hice una estancia académica en Nueva York, donde disfruté de aquellas amplias avenidas y de pedalear al lado del río. Ya de vuelta, en la Ciudad de México compré una Benotto muy simplona, y salí a las rodadas de domingo por avenida Churubusco. Pero hubo un problema mayor: como mi bicicleta era muy pesada, de muchos cambios innecesarios, de llantas gruesas y amortiguadores para montaña, no era funcional. Tenía que guardarla en el último piso del edificio donde vivía, cargándola cuatro pisos al hombro; imposible usarla a diario de ese modo.

Mi nueva relación con la bicicleta comenzó cuando viví dos años en París por razones universitarias. Llegué a la bella ciudad en el 2018. Me recibió, a los pocos meses, una de las prácticas más arraigadas en la cultura política francesa: la huelga. Por largos meses no hubo servicio de transporte público, así que me animé a comprarme una bicicleta. Gasté lo que hubiera invertido en tres meses de abono para el metro, pero lo recuperé rápidamente. Poco a poco, como gato curioso que explora su territorio, daba vueltas en los lugares cercanos de mi barrio, en Montmartre. Seguía las ciclovías y exploraba calles. Luego emprendí rutas más largas, hasta que al final llegué a aventarme por todos lados. Iba a la Biblioteca Nacional de Francia que estaba del otro lado del Sena, visitaba los lugares turísticos y los parques. La ciudad se me hacía chica, y no había lugar al que no llegase en pedaleando. 

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Fotografía: Hugo José Suárez

Los domingos temprano daba una vuelta grande por la ciudad: partía de Montmartre hacia el Arco del Triunfo, luego la Tour Eiffel, continuaba por el Sena hasta la Cité y volvía a subir rumbo al hogar, no sin antes pasar por la panadería y el servidor de agua gaseosa gratuita. El clima duro, la lluvia, el frío, imponían sus propias exigencias, pero nunca impedían salir en bici; la ciudad con pocas pendientes, facilitaba todo movimiento. Aprendí a manejar como lo hacen los parisinos: sin respetar reglas, tomando rutas en sentido contrario, pasándome los altos. Seguía la máxima que aprendí de niño: “en el país donde estuvieses, has lo que vieses”, y me iba bien, todos pensaban que era un ciclista parisino más. Aunque en París se roban bicicletas como billeteras en el metro, y me advirtieron que debía tener mucho cuidado, a mí nunca me pasó nada serio. Alguna vez se llevaron mi alforja cuando dejé la bici estacionada a la salida de un metro y me descuidé, no más que eso. Aprendí dónde estacionarla, cerca de lugares seguros, si es posible a la vista de algún guardia y con doble candado. Un día me encontré con un hombre mayor, ciclista de muchos años que me dio dos sabios consejos: tener una bici barata y poco atractiva, para que los ladrones no se tienten, y no dejar de usarla nunca para tener salud física y emocional. Y así fue.

Dejé París para dirigirme a mi tierra de origen, La Paz, para gozar de un año sabático. Era una sensación extraña, volvía a mis calles, a mi mundo luego de años de haberlo dejado, ya de adulto, pero la semilla del amor a la bicicleta sembrada en la infancia ya había dado frutos. 

Me compré rápidamente una bici. La geografía de la ciudad es compleja, con demasiadas pendientes y muy desordenada. Salía poco por la ciudad, solo algunas veces, a tomar café. Aunque es una urbe inclinada y de tráfico caótico, sí podía hacer micro-recorridos prácticos por avenidas menos circuladas. Además, está permitido tomar el teleférico con bicicleta; cierto: cruzaba cielos y montañas y pedaleaba tranquilo, o solo las bajadas. A menudo subía a la ciudad vecina, El Alto, que es totalmente plana, con avenidas amplias y con natural vocación ciclista —heredera del uso de la bicicleta en el área rural—. 

Pero lo más sorprendente del ciclismo paceño era trepar cerros. Me vinculé con uno de los tantos clubes, y cada domingo tenía un recorrido a cual más exigente y estimulante. Pedaleando pocos kilómetros en cualquier dirección, uno sale de la ciudad y se encuentra una parte de esta no del todo destrozada por la construcción de edificios y el ecocidio dominante. Se encuentra uno con cerros de colores, con vistas impresionantes. Con una buena bicicleta de montaña, las subidas son menos duras, pero, sobre todo, la recompensa de lo que uno podrá ver, impulsa cada vuelta de rueda. Además hay múltiples paseos cercanos, como el impactante “Camino de la muerte”, de La Paz a Coroico, que implica una bajada de más de dos mil metros de altura en pocos kilómetros al borde del precipicio, o la desafiante competencia que es la ruta contraria, de subida, que dura varias horas y solo algunos pueden lograrla. 

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Fotografía: Hugo José Suárez

Volví a México al finalizar mi sabático con un espíritu ciclista diferente. Ya sabía que no dejaría las dos ruedas. Lo primero que hice fue comprar una bicicleta adecuada a la ciudad: liviana, un solo plato delantero, frenos hidráulicos de disco. Adquirí de todo lo que necesitaba para la seguridad: casco, chaleco visible, luces. Empecé a rodar descubriendo primero que la ciudad es menos peligrosa de lo que parece, teniendo las precauciones y la prudencia necesaria —a veces mucha paciencia— se puede rolar sin correr demasiados riesgos. 

Aunque muchos digan lo contrario, para mí, manejar bicicleta en CdMx es menos agresivo que ir en coche, donde hay un código de violencia urbana, de competencia y de “respeto” —muy masculino y torpe—. La bici es una máquina menor que no está compitiendo con ganar un espacio, lo que en ocasiones genera incluso amabilidad. En esta ciudad hay que saber no entrar en desafíos absurdos ni en tensiones innecesarias, saber cómo evitar automovilistas agresivos o peatones distraídos. Aprendí a encontrar rutas menos concurridas que los ejes viales, saber cuáles son las calles alternas con menos tráfico donde se recorre más seguro. Descubrí cierta hermandad con tres tipos de ciclistas: los que trabajan con y en ella (vendedores de tamales, atoles, afiladores, jardineros o los inconfundibles que cargan los tacos de canasta); los que la usan como deporte (identificables por sus atuendos caros y específicos para rodar con seguridad y comodidad); los que se desplazan a sus puestos de trabajo (sea con bicicletas propias o acudiendo al sistema público de ecobici). Con todos, de distinta manera, me sentí colega: teníamos algo en común. 

También disfruté de los fines de semana cuando el gobierno de la ciudad cierra varios kilómetros de calles y privilegia el tránsito ciclista. Por primera vez llegué a avenida Reforma y estuve por el centro de la capital en bicicleta, no en coche, no pasando a la rápida para no ser atropellado, sino recorriéndola y disfrutándola mientras pedaleaba. Me vi abajo del Ángel de la Independencia, entré por la Alameda, llegué hasta el Zócalo, volví por Reforma y llegué hasta la Villa de Guadalupe. En un solo día hacía muchos kilómetros siendo dueño de mi ciudad, viéndola como nunca la había visto, de cerca, lento, sin prisa. Tuve el privilegio de vivir en la Alcaldía Benito Juárez, a ocho kilómetros de mi oficina en la UNAM, a la misma distancia de La Condesa, a menos de un par de kilómetros de la Cineteca y del centro de Coyoacán. Dejé guardado el coche para la salida los fines de semana fuera de la metrópoli. Los cafés, el súper, los amigos, el trabajo, el doctor, el parque, todo me quedaba a unos minutos de pedaleo.  

Desde entonces, mi bicicleta se ha convertido en mi medio de transporte, y mucho más. Es la manera cómo me conecto con el sentido de colectividad, es como me conecto conmigo mismo, con mi cuerpo y con el entorno. Es mi manera de renovar la alegría de vivir en la ciudad.

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Fotografía: Hugo José Suárez
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