Muerte. Festejo y transformación

El duelo, el recuerdo y la manera de lidiar con las ausencias de seres que nunca retornarán, son los temas que el autor aborda en este texto. Temas universales, pero, al mismo tiempo, tremendamente particulares. Este peculiar escrito surgió como producto del Taller de Análisis Literario del El laberinto de la soledad del premio Nobel Octavio Paz organizado por el Club de Lectura La Paz, con el apoyo de la Embajada de México en Bolivia.
Editado por : Lourdes Reynaga

¿No es, entre tanto, nuestro duelo una propuesta cambiante?

¿No es, acaso, nuestro derecho redimir la muerte desde el llanto o la alegría?

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Ph: Julita en Pixabay.

La muerte y la soledad se conectan por un hilo conductor muy estrecho y delgado, entre la melancolía y el júbilo; entre el letargo y la expresividad ilimitada. Olvida una realidad, un tiempo. Una creadora; la otra, inventada. Madre o tumba que algún momento profirió Octavio Paz, señalando la distancia entre lo terrenal y lo espiritual. 

Tiembla la voz de los familiares, tiembla el tiempo de ausencia, es la hora, hora del último adiós o el próximo ¡hasta luego!

Los familiares presentes recurren a vestimentas oscuras; entre palabras de aliento renace el brillo acuoso de aquellos ojos, cuyos rostros no reconocen ni su propio reflejo. Gimoteos, llantos, abrazos y condolencias se sirven en bandejas de plata entre propios y extraños. Las melodías afligidas entonadas por guitarras, tambores, zampoñas o quenas, deciden favorecer el descanso eterno del que en vida fue…  

Momento de transición, de viaje, de tiempo o de movimiento que forma parte de una estructura dialéctica. Movimiento que va desde lo infinito a lo finito y de lo finito a lo infinito, recitaba Hegel a través de su pensamiento filosófico.

La muerte solo se lleva el cuerpo, lo desgasta y carcome hasta volverlo parte del alimento de la tierra, pero el recuerdo perdura. El retorno espiritual renace cada primero de noviembre, renace su presencia, se alimenta en la mente de cada familiar viviente. 

La fastuosidad gastronómica que domina los hornos, el espejismo transparente de la niebla humeante, dan noticia de todos los preparativos condicionados por los familiares y más allegados amigos para el recibimiento del ajayu (alma) de aquel ser que se adelantó al mundo espiritual.

Los hornos que construidos con ladrillo, barro o cemento dan cuenta del sincretismo cristiano religioso y andino que se prestan a favorecer la cocción de infinidad de variedades panificadoras a espera de saciar el hambre de quien se encamina del mundo de los espíritus.


En las zonas rurales, las cañas de azúcar, los collares de frutas engalanan el portal improvisado para dicha visita, que, como buenos ciudadanos ingleses, llegan a las 12 en punto del mediodía, cada primero de noviembre, y simbólicamente acompañan la alegría o tristeza de los familiares presentes, simplemente por 24 horas. En los cementerios se alistan las mesas con panes de diversa forma: las escaleras, los caballos, las estrellas y por supuesto, las famosas t’ant’awawas1 que se encuentran a la espera de compartir con el espíritu y celebrar un ciclo de vida, una transición de lo corpóreo a lo espiritual. La espera de este ente trae consigo esperanza. Aquella esperanza de un año de mucha fecundidad y fertilidad agrícola, promoviendo una buena siembra y prosperidad para aquella que fue y será su comunidad. El ciudadano aymara traduce este retorno espiritual como una nueva oportunidad y no así como un trágico evento. Espera reencontrarse con el alma de su familiar a la espera de buenas nuevas, un cambio positivo que guarda una relación armónica con la vida. Celebra el momento, celebra la vida y la prosperidad comunitaria.

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“En los cementerios se alistan las mesas con panes de diversa forma: las escaleras, los caballos, las estrellas y por supuesto, las famosas t’ant’awawas”. / Ph: Lourdes Reynaga

La fiesta trasciende, llega a la urbanidad que consigo lleva cambios. En el camino hacia la ciudad se transforma, se convierte en otro festejo, que engalanado con otros tintes brinda otra cara, una más de aventura y reverberante alegría. El alma llega a una fiesta preparada. La cuidad se deslinda de lo rural, adopta una nueva y espera paciente. El alma se incorpora a una programación festiva y preparada en algún salón pequeño o en el patio de la que alguna vez fue su casa.  Los sonidos de las bandas u orquestas se prestan a recibir a cuanta alma este presta a visitarlos y brindarles sus mejores canciones para su propio deleite.

Las horas pasan sin obstrucciones ni temores. Llega el momento de la nueva despedida, las 24 horas se convirtieron en un festejo conjunto y colectivo. Sin embargo, esta despedida no estaría completa sin el trueque de alimentos que fueron preparados para dicha ocasión, por el precio módico de una oración aymara o española que, los imprevistos invitados, entonan para despedir el alma de quien, en su mayoría, ni conocen. Alma Oración Katuspan2

Para el ciudadano boliviano, por más que represente una serie de simbolismos de bienestar emocional o de futura benevolencia agrícola, el recuerdo del ser fallecido impondrá, en su mentalidad, un grato momento de cercanía. El hálito incipiente de 24 horas de duración brinda la nueva esperanza de un recuerdo que poco a poco va disipándose del pensamiento de los familiares, que por condicionamiento anual solo se prestan a revivirlo por 24 horas. Como diría Víctor Bascopé, las almas contribuyen en la restauración de la armonía y el equilibrio de las relaciones existenciales. Son tiempos propicios para el inicio de una nueva vida.

 

1 Pan en forma de persona (representación simbólica de la persona fallecida)
2 Que se reciba su oración.

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