Los amores imposibles

Inauguramos esta pequeña sección dedicada a destacados textos de ficción con un cuento del autor Óscar Coaquira, parte de su libro de cuentos Y llegará la paz (Ed. 3600), disponible en la FIL El Alto 2024 y por delivery con Venbo.
Editado por : Willy Camacho

Para Clara Lilí

Me llamo Santiago porque nací en el día del Tata Santiago, y Oliveiro porque me dio la gana ponerme ese nombre. Antes me llamaba Santiago a secas, pero en la pubertad empecé a leer y a escribir un poco. Y, como en ese tiempo supe que los escritores usaban seudónimos, me inventé uno. No fui muy original, pues adopté uno ya conocido. En aquellos días, Oliverio Girondo sonaba muy fuerte en mi cabeza y entonces decidí bautizarme como él, con la diferencia de que mi nombre terminaría en “eiro” y no en “erio”. Me pareció una terminación musical. Ahora la gente me dice Oliveiro Santiago. 

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Imagen: Editorial 3600

Nunca fui un alumno brillante. En la escuela siempre pasaba raspando. Me conformaba con notas regulares. Siempre creí que la culpa la tenían mis padres y los profes; incluyo a mis padres porque ellos también fueron profesores. No tuve una buena educación. Siempre quise abandonar la escuela, pero mis viejos decidían por mí. Ahora es otro el rollo, yo decido por mí. Vivo solo y me baño una vez a la semana. Trabajo de mesero en una chifa de La Ceja de lunes a sábado, ocho horas diarias. En las noches, me transformo en un escritorcillo que sueña ganarse la vida con sus historias. 

Tengo 25 años y no asisto a la universidad. Pienso que solo en los libros y juegos de computadora debes depositar tu confianza y formación. Mi único problema es que soy un enfermo enamoradizo; fuera de esto, no tengo otro inconveniente. 

Veintiún veces me han roto el corazón y, pese a ello, no me canso de intentar enamorarme. Tengo un amigo llamado Mauro que también se hace pasar por poeta. Él me dice y me increpa que nada gano enamorándome de cualquier chica que se me pone en frente; yo le contesto que no es cualquier chica, sino una mujer especial y él indica que todas son iguales. “Tú nomás te haces la idea que ella es especial”, me dice y se ríe conchudamente. “¿Por qué te ilusionas rápido, Oliveiro, por qué siempre tratas de enamorarte?”, me pregunta. Yo le respondo: “Porque quiero ser feliz”. Y él, socráticamente, me vuelve a preguntar: “¿Y qué es la felicidad para ti?”, y yo le vuelvo a decir que mi felicidad es que ella, la mujer que amo, se sienta feliz conmigo; y entonces volvemos a lo mismo. Él se ríe nomás. 

El Mauro es la persona que mejor me entiende.

En el colegio, nunca quise tener amigos; todos mis compañeros me parecían hipócritas y pendencieros. Sin embargo, las mujeres eran otra cosa; a ellas les guardaba respeto y cariño. 

La primera en la que me fijé fue la Grifdia Gómez, la que más o menos era la bonita del curso. Me gustaba porque tenía las tetas más crecidas de todas las chicas. Era mediana y tenía un cuerpito aceptable. Nunca me hizo caso. Es más, un día me dijo que, de los veintitrés chicos de la clase, yo era el más feo y que prefería estar con el Chinahuanca antes que conmigo. Y el Chinahuanca era un monigote, un gorila de 1,80; yo era un mocoso enclenque de aproximadamente 1,60. Años después, me enteré de que se había embarazado de un chico menor que nosotros. Pobrecita de ella; nunca más supe de su vida. Supongo que ahora sus tetas deben ser mucho más grandes, pero ya deben estar algo caídas. 

También guardo un recuerdo muy especial de la Dennis, la inolvidable Dennis Villarroel. Yo cursaba el último grado del bachillerato y ella apenas entraba en la pubertad; estaba en primero de secundaria. La muchacha era un palo de escoba, aún su cuerpecito se definía; pero, eso sí, tenía una carita de ángel. Nos conocimos por medio de la Paola Medina, una amiga regordeta que se moría por mí. Una noche jugábamos Monopolio en casa de la Paola junto con el Williams y el Eduardo –ambos amigos de la Pao– y ella se apareció con una chompita blanca que me anunció su pureza. Entró en la sala y también en lo más hondo de mi corazón. 

Su casa estaba en las viviendas de la Mutual y, después de aquel encuentro, yo cada tarde iba a las canchas del lugar a jugar fútsal. Finalmente, la conquisté. 

Escribí más de treinta cartas de amor solo para ella. En aquellos tiempos, leía las historias de Cyrano de Bergerac y también los poemas de Pedro Salinas. No sé cuántos versos plagié para complacerla. Pero a ella le importaba un comino la poesía. Una tarde me confesó que jamás había leído una carta mía y después me terminó. Sin embargo, pasé las mejores tres semanas de mi vida al lado de una chiquilla que me creía aburrido. Con el tiempo se fue haciendo más linda, hasta llegó a ser la miss del colegio. Yo siempre decía en tono de orgullo: “Después de mí, hasta el perro” cada vez que la veía abrazada de un chico. 

Desde aquellos tiempos de adolescencia, yo era un lector apasionado, un mortal que era excluido de la realidad, un sujeto que se refugiaba en la ficción y vivía copiando poses y discursos. A los quince traté de publicar unos garabatos que llamaba poemas románticos. Rimbaud había publicado a los diecisiete años el Barco ebrio y rápidamente fue reconocido y aclamado en los círculos literarios. Yo pensaba realizar la hazaña con solo quince, pero el editor de la revista Crepúsculo literario me mandó a que me limpiara el poto con las cuarenta páginas de mi poemario. No sabía por qué me rechazaban, para mi corazón y ojos los poemas que escribía eran perfectos. Siempre había oído decir que los poemas vienen del corazón y no del calzón ni de la razón, pero después supe que había que escribir con rimas y desarrollar un lenguaje  propio que los críticos llaman estilo. 

Anduve deprimido por largas semanas después de aquel rechazo, no sabía qué pretexto ponerme ni qué hacer. Si acaso seguía escribiendo poesía, tendría papel de baño para rato; pero si me retiraba, me moría; pues, la verdad, no sabía qué más hacer. 

En esos días apareció la temible “piquitos” –así le decían los chicos del colegio por razones obvias–. Se llamaba en realidad Fabiola Callejas y se parecía a la Misqui Simi porque tenía los labios gruesos. Hija de chola, blancoide y presumida, se jactaba de ser la más hermosa del colegio. Y de verdad que era la más guapa de todo el colegio. Muchos chicos andaban babeando por la “piquitos”, pero ella solo tenía ojos para el “palo García”, un tipo sumamente delgado que lucía una escasa barba, la cual le brindaba un aire de chico maduro. Desde ya, la “piquitos” estaba fuera de mi alcance por culpa de él. Si bien ella era blancoide y presumida por ser de ese color, el “palo García” era un cobrizo que la había doblegado hasta hacerla cojear de una pata. Todos sabían que la “piquitos” estaba enamorada, pero ella siempre lo negaba, pues quería que él se declarase primero. Una princesa de su altura no podía rebajarse a sentir amor por un cobrizo. Claro que si él se lanzaba primero, las cosas cambiarían. Sin embargo, ambos eran orgullosos y nadie quería lanzar la primera piedra, o eso aparentaban.

Como ambos andaban distanciados, yo me puse manos a la obra con el asunto de la “piquitos”. Pensaba que el estrés provocado por la negativa del editor se esfumaría si me enamoraba profundamente. Y así lo hice. Me ilusioné, me enamoré por completo de la terrible “piquitos” y, para variar, fue un amor no correspondido. En mis delirios románticos, siempre pensaba en un pasaje de la novela Crónica de una muerte anunciada de García Márquez. En aquel pasaje se muestra a Ángela Vicario hablando con su madre en el día de su boda. Ángela no desea casarse con Bayardo San Román porque no lo ama y su madre, tan paciente, tan como son las madres, le indica que eso no importa porque el amor también se aprende, con el tiempo llega. En mis sueños locos creía que la Fabiola aprendería a quererme. Pero, cuando le declaré mis sentimientos, ella se rio. “¿Cómo crees que yo me voy a fijar en alguien como vos?”, me dijo y se fue caminando coquetamente por una ancha calle. Meses después, oí que se había escapado con el “palo García” porque se había preñado. 

La poesía había muerto junto con el recuerdo de la “piquitos” para mí. Nunca más quise escribirla y la canjeé por la narrativa. Los años de la pubertad se disiparon junto con mi torva lírica. 

Metido hasta los codos en los proyectos narrativos, me puse afanoso escribiendo historias de poca monta a las que llamaba cuentos. Si bien esas historias no tenían forma y eran medio tediosas y pueriles, significaban un gran avance. Historias como las del “Chuyma lunthata” (El ladrón de corazones) o el “Caunastián” (La historia secreta de un Cumbrero) llegaron a ver las páginas de una revista pequeña. La lectura y los amores me posibilitaban cumplir mis sueños. 

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Imagen: Editorial 3600

Al principio, no me fue fácil adaptarme al medio, pues necesitaba horas enteras para dedicarme a escribir. Vivía en casa de mis padres y trabajaba diez horas seguidas tecleando sin conseguir nada. Los viejos no entendían, para ellos yo solo perdía el tiempo jugando y escribiendo. Por las tardes, salía a caminar y visitaba a las pocas amigas que tenía; regresaba muy de noche y me ponía a trabajar hasta el amanecer. Dormía hasta la hora del almuerzo y los viejos se quejaban de que perdía el tiempo. “Mi hijo es un vago”, decían, “es un jayra y un burro que no pisará la universidad”, decían… 

Justo en ese tiempo, conocí a una chilena que quedó impresionada por el candor de mi personalidad. Salimos por una semana y nos enganchamos en una relación sentimental. Se llamaba Francisca y estaba de visita en la ciudad por corto tiempo. Después de que se fue, continuamos la relación por el chat. Nuestro amor fue creciendo y yo estaba decidido a irme a vivir con ella. Hicimos la promesa de vernos nuevamente; aunque a ella le preocupaban ciertos detalles. 

“En Chile la vida es cara y difícil, sobre todo si no tienes un título universitario. ¿De qué vamos a vivir, Oliveiro?”, me decía la pobre Francisca. “Ten paciencia, ¿no ves que soy escritor? Además, los concursos literarios dan mucha plata. Ahorita mismo estoy esperando la respuesta de uno que arroja más de veinte mil dólares. Ten calma, Francisca”, escribí por el chat. “Voy a ganar porque mi amigo es uno de los jurados”. Y bueno, no pasó nada, ni gané ni hubo ganador. 

Al enterarme la desastrosa noticia del concurso, tuve que recurrir a la magna sapiencia del Mauro Alwa, mi poeta amigo. “Maurito, no sé qué hacer en El Alto, solo quiero largarme del país, irme a vivir con mi bella chilena”. Y él, con el humor de siempre, me dijo: “Claro, debes estar al lado de tu musa, Oliveiro. ¿A ver, conoces a Roberto Bolaño?” “Sí”, dije. “Bueno, él tampoco estudió y se fue a vivir a México de muy chico, después de pasar penurias y hambre le llegó la fama en los últimos años de su existencia. Todo se puede Oliveiro, así que debes marcharte, dar alcance a tu amada y ser el próximo Bolaño”. Con esa ironía que siempre lo caracterizaba, Mauro me dijo que estaba chispado y algo alocado; pero yo realmente me sentía enamorado. 

Francisca y yo seguimos chateando un tiempo; parecía que el amor se mantenía en ambos. Pero pasó lo inevitable. “Déjate de huevas, Oliveiro, yo no pienso criarte ni nada”, me dijo la Francisca. “Allá tú si deseas venirte para acá y vivir una aventura desastrosa, por lo que a mí respecta esta relación se va al carajo por tu falta de madurez. ¿En qué pensaba? Por un momento creí que tú podías vivir conmigo”, me escribió la última vez que chateamos. Otra vez quedé derrumbado. El cielo de mi universo se vino abajo. De nuevo, mi mundo había quedado manoseado y desgajado. El amor por las chicas me condujo a los abismos de la depresión y la estupidez. 

Tenía 23 años cuando definitivamente abandoné mi hogar. Conseguí un cuarto en alquiler y me mudé. 

En ese tiempo, me enamoré de nuevo y, como siempre, fue un amor no correspondido. Me enamoré de la Clara, una profesora de Literatura que conocí en un viaje; creí que se había enamorado de mí. Por dos largos e intensos meses, salimos juntos. Ella salía de una relación larga, yo venía recuperándome de un amor platónico. Supuestamente yo era la excusa para terminar con un noviazgo que iba a conducirla al matrimonio y la felicidad. El tipo se llamaba Rossel y su nombre me recordaba al personaje del prólogo de El último lector de Piglia, aquel extraño fotógrafo que tenía en su casa del barrio de Flores una maqueta exacta de la ciudad de Buenos Aires. 

Antes de conocer a la Clara, creía que toda la educación pública te convertía en un sujeto fragmentado, incapaz de elegir un solo camino, que toda la culpa la tenían los desganados profes y, en parte, los descarriados estudiantes como yo lo fui. Ahora pienso que no es tanto así, pues la Clara me mostró el otro lado de la moneda. Ella me invitó a una clase suya para demostrarme que los chicos sabían lo que hacían. Sobre todo, me mostró que hay lectores que se interesan por las historias sencillas y los poemas romanticones.

Un extraño no sé qué me alejó definitivamente de la profesora. Ella decía amar a Rossel y sentir cariño por mí. Había guardado los reclamos y los sentimientos en el ático de la abstinencia. “Una burbuja de efímero esplendor” que duró tan solo dos meses y reventó una mañana de aguacero. Por ese entonces, deseaba sentar cabeza. Eso implicaba casarme y llevar una vida tranquila. Pensé mi vida al lado suyo; sin embargo, ella estalló en miles de partículas y me dijo que deseaba encontrase por completo y que le era imposible seguir con la relación.

***

Todos los días trabajo ocho horas diarias en una chifa de La Ceja. Por las noches –aún tengo las fuerzas– me pongo a escribir historias algo verosímiles. Quien haya leído en el Extra los cuentos del Kari Kari o del Zorro Antonio notará que esas historias están firmadas por un tal Enzo Chipana, que no es otro más que su humilde servidor. Hoy me he puesto a contarles mi historia por el simple hecho de que me siento con ganas de escribir. Creo que la escritura es una terapia que nos sana y enferma a la vez. Y si bien la ficción es una enfermedad que nos aleja de la realidad, paradójicamente la lectura nos acerca a la misma realidad, nos aproxima al piso del mundo y nos hace sentir diferentes, otros. 

Tengo 25 años y vivo solo en Villa Armonía. Veintiún veces me he enamorado y veintiún veces me han partido el corazón. Creo que aún no aprendo a sanar mis heridas. 

Por ahora estoy tras los huesos de la Mini López. La conocí en la Estrella del sur, un bar de shows de striptease y topless. Es la mujer más cara que he conocido, pues me cuesta doscientos pesos conversar con ella. Solo puedo hablarle dos veces al mes porque la plata no me alcanza. Pero sé que tarde o temprano va a caer y, después, todo va a ser gratis. Dicen que la Mini López es camba y quiere dejar el oficio de bailarina nudista para siempre…

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