El sincretismo de la muerte

¿Cómo comprendemos la muerte los latinoamericanos? Esta pregunta fue esencial para aproximarse al ensayo El laberinto de la soledad del premio Nobel Octavio Paz en el Taller de Análisis Literario organizado por el Club de Lectura La Paz, con el apoyo de la Embajada de México en Bolivia, y realizado durante el mes de enero. El resultado arrojó hermosos trabajos de no-ficción que provocaron comparaciones, cotejamientos y paralelismos entre la concepción de la muerte entre los mexicanos, a decir de Octavio Paz, y las tradiciones y costumbres que rodean a la misma en el contexto boliviano. Este texto, de potente intimidad, es uno de los producidos en dicho taller.
Editado por : Lourdes Reynaga

A las 9:30 de la mañana del 9 de junio del 2015, mi padre dio su último suspiro, después de diez años de agonía producto de una enfermedad terminal.

Esta transición de la vida a la muerte solo dura un segundo, e inequívocamente la nostalgia del recuerdo perdura toda una vida. Espiritualmente surge la ilusión del reencuentro, momento que está marcado en el día de Todos Santos, idiosincrasia que es compartida con México y varios países latinos; vale la pena señalar que en el texto El Laberinto de la Soledad, del autor Octavio Paz –en el ensayo “Todos Santos, día de los muertos”–, se resalta con especificidad lo más burdo del comportamiento de la población que en cierto modo gasta su dinero en una festividad que celebra la muerte, y cuyas costumbres son solo: “un pretexto para interrumpir el tiempo”.

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Ph Volfdrag en Pixabay.

Antes de hablar respecto de lo manifestado por el escritor Octavio Paz, es importante recordar que la tradición de Todos Santos, en México, inició en la etapa precuactémica, donde se asumió que los difuntos iban al “MICTLÁN” o “lugar de muertos”.

En este sentido, Ayaotekatl, nativo de Azcapotzalco, manifiesta: “Que la muerte significa alegría, trascendencia y regresar al lugar de origen: el cuerpo se desintegra, pero el espíritu vive por toda la eternidad”; de igual manera, en Bolivia, antes de la época colonial, esta celebración ya se venía practicando en las culturas Aymara, Tiwanacota e Inca, que creían que los difuntos vuelven a “WIÑAR MARCA” o “pueblo eterno”.

La muerte para estas culturas no existe, esta solamente es la transición para volver al lugar de donde uno sale. Es así que, con la llegada y dominación de los españoles, se adoptaron las costumbres de este país y ambas tradiciones, producto de la imposición religiosa, se fueron abigarrando. Algo es seguro, no pudieron hacernos olvidar a nuestros dioses, como son Viracocha, creador del mundo; al dios sol, Inti; la tierra, Pachamama; la luna, Killa; el rayo, Illapa; las montañas (Apus) y muchas otras deidades.

Han pasado más de quinientos años y aún en nuestros labios se pronuncia en idiomas aymara, quechua, entre otros, la invocación de protección a estas deidades. Es ahí donde el sincretismo de las culturas logra sobrevivir, y en esta festividad de Todos Santos es donde resalta la advocación religiosa tanto a las deidades foráneas como a las indígenas y muy especialmente de nuestros muertos, que vienen por un día, surgiendo la: Solidaridad, retribución, reciprocidad, reencuentro; en suma, el ayni, que es la devolución del bien común, como bien se dice “Hoy por ti, mañana por mí”.

Ya sea en la mesa de un pobre o de un rico, las masitas, dulces y flores que son de gusto y agrado de nuestros difuntos estarán presentes, especialmente en los tres primeros años después de su muerte. El reencuentro con la familia es propicio para recordar las buenas acciones y la huella que dejó ese ser querido en nuestras vidas. Es así que desde el punto de vista materialista, erogar dinero para este tipo de actividades no tiene sentido, sin embargo, el legado de las costumbres es más fuerte. Una bendición, un rezo, de un ajeno que desea para nosotros protección ante las adversidades, no tiene precio.

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“Para los antiguos mexicanos la oposición entre muerte y vida no era tan absoluta como para nosotros. La vida se prolongaba en la muerte. Y a la inversa” (Octavio Paz). /Ph, Maximiliano Estévez.

Sin lugar a dudas y conforme a lo afirmado por el autor Antonio Paredes, en la antigüedad; “Los cuerpos momificados de los difuntos eran también considerados como wak’as o entes sagrados, siendo objeto de una gran cantidad de ceremonias rituales en fechas especiales”.

Es bueno saber que somos un pueblo ritualista, donde las montañas imponentes nos protegen, tenemos una clara conexión con la naturaleza, que no se olvida a pesar del tiempo, porque el tiempo solo es un segundo en nuestras vidas. 

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