El sincretismo de la muerte
A las 9:30 de la mañana del 9 de junio del 2015, mi padre dio su último suspiro, después de diez años de agonía producto de una enfermedad terminal.
Esta transición de la vida a la muerte solo dura un segundo, e inequívocamente la nostalgia del recuerdo perdura toda una vida. Espiritualmente surge la ilusión del reencuentro, momento que está marcado en el día de Todos Santos, idiosincrasia que es compartida con México y varios países latinos; vale la pena señalar que en el texto El Laberinto de la Soledad, del autor Octavio Paz –en el ensayo “Todos Santos, día de los muertos”–, se resalta con especificidad lo más burdo del comportamiento de la población que en cierto modo gasta su dinero en una festividad que celebra la muerte, y cuyas costumbres son solo: “un pretexto para interrumpir el tiempo”.
Antes de hablar respecto de lo manifestado por el escritor Octavio Paz, es importante recordar que la tradición de Todos Santos, en México, inició en la etapa precuactémica, donde se asumió que los difuntos iban al “MICTLÁN” o “lugar de muertos”.
En este sentido, Ayaotekatl, nativo de Azcapotzalco, manifiesta: “Que la muerte significa alegría, trascendencia y regresar al lugar de origen: el cuerpo se desintegra, pero el espíritu vive por toda la eternidad”; de igual manera, en Bolivia, antes de la época colonial, esta celebración ya se venía practicando en las culturas Aymara, Tiwanacota e Inca, que creían que los difuntos vuelven a “WIÑAR MARCA” o “pueblo eterno”.
La muerte para estas culturas no existe, esta solamente es la transición para volver al lugar de donde uno sale. Es así que, con la llegada y dominación de los españoles, se adoptaron las costumbres de este país y ambas tradiciones, producto de la imposición religiosa, se fueron abigarrando. Algo es seguro, no pudieron hacernos olvidar a nuestros dioses, como son Viracocha, creador del mundo; al dios sol, Inti; la tierra, Pachamama; la luna, Killa; el rayo, Illapa; las montañas (Apus) y muchas otras deidades.
Han pasado más de quinientos años y aún en nuestros labios se pronuncia en idiomas aymara, quechua, entre otros, la invocación de protección a estas deidades. Es ahí donde el sincretismo de las culturas logra sobrevivir, y en esta festividad de Todos Santos es donde resalta la advocación religiosa tanto a las deidades foráneas como a las indígenas y muy especialmente de nuestros muertos, que vienen por un día, surgiendo la: Solidaridad, retribución, reciprocidad, reencuentro; en suma, el ayni, que es la devolución del bien común, como bien se dice “Hoy por ti, mañana por mí”.
Ya sea en la mesa de un pobre o de un rico, las masitas, dulces y flores que son de gusto y agrado de nuestros difuntos estarán presentes, especialmente en los tres primeros años después de su muerte. El reencuentro con la familia es propicio para recordar las buenas acciones y la huella que dejó ese ser querido en nuestras vidas. Es así que desde el punto de vista materialista, erogar dinero para este tipo de actividades no tiene sentido, sin embargo, el legado de las costumbres es más fuerte. Una bendición, un rezo, de un ajeno que desea para nosotros protección ante las adversidades, no tiene precio.
Sin lugar a dudas y conforme a lo afirmado por el autor Antonio Paredes, en la antigüedad; “Los cuerpos momificados de los difuntos eran también considerados como wak’as o entes sagrados, siendo objeto de una gran cantidad de ceremonias rituales en fechas especiales”.
Es bueno saber que somos un pueblo ritualista, donde las montañas imponentes nos protegen, tenemos una clara conexión con la naturaleza, que no se olvida a pesar del tiempo, porque el tiempo solo es un segundo en nuestras vidas.

