Breve historia del antihéroe
Desde el alba del mundo, los seres humanos han necesitado de héroes, aquellos referentes épicos con los cuales identificarse, soñar, ilusionarse. Los perdedores no entraron fácilmente en los imaginarios colectivos de la humanidad. Héctor no es menos valiente que Aquiles, y en su lado frágil resulta ser también más simpático. Héctor y Aquiles nos demuestran hacia dónde han ido las predilecciones de la historia. De niños se podía ser cowboys o indios, pero nadie deseaba perder y el trato era siempre entre héroes y villanos.
Esta nuestra época ha barajado horizontes y esperanzas.
Entro en la Khôra derridiana, ahí me parece que se halla el amor que recoge todo lo imposible y el perdón incondicional: nos acercamos al Mito. Tal vez ahí encontraremos a los héroes anónimos que siempre han estado en nuestro imaginario adolescente, y los de hoy: los que apagaron infernales incendios en la Amazonía boliviana o los desconocidos ciudadanos que enviaron medicamentos y agua a esas zonas martirizadas. Es otro el lenguaje, es otro el aprendizaje. De ellos no sabremos el nombre y nunca llegaremos al fondo de sus almas. Ahí puede surgir una “puesta a prueba de lo político”. Héroes por un instante, sin épica y sin tragedia, sin nombres y sin rostros, sin escenificación, mañana simplemente humanos.
Para que existan antihéroes necesitamos sus antítesis, como al negro el blanco, al día la noche, al mal el bien, en una dicotomía que no logra aún descarrillar nuestro eterno caminar binario. En lo desconocido se fusionan la quimera y la acción. El antihéroe no desea revelarse, conservando así toda su belleza y su misterio. El encanto de una fascinación que pueda seguir creando versos, un día Cyrano, otro día capitán Fracasse. Cada uno de nosotros tiene su antihéroe secretamente custodiado en su memoria o en el rincón menos frágil de nuestra esencia, a veces, es nuestro alter ego, será la otra cara de la moneda, la última carta que descubriremos, la última ficha en un imposible juego entre nuestra imaginación y la realidad. Es el origen y el final de nuestras peripecias, una máscara, un espejo.
Cuántas veces los encontramos en nuestro cotidiano andar. Conocí a la cuidadora de los gatos del Coliseo en Roma, que todos los días iba a ofrecerles un lauto alimento y el agua vital, en las tórridas tardes de agosto como en enero cuando el soplo del grecale alcanza hasta la Ciudad Eterna; de niños nos emocionábamos con la solidaridad de un mundo campesino hoy eclipsado, no era la caridad sino la compasión enraizada en estos seres simples y tan perfectos para nosotros.
Son pequeños sus gestos y pequeñas acciones, son sus miradas firmes e inocentes, por eso antiheroicas. Evitando retóricas y narraciones, han ido encontrando en poetas y holgazanes de los pueblos y de las ciudades una imagen, una memoria, una presencia.

