Jacinto

Día a día nos cruzamos con un montón de personas e ignoramos las historias que los mueven. En este texto, Liliana Pozo se sienta por un rato para conocer la historia de Jacinto, un joven que esconde una pequeña gran historia; cotidiana, pero no por ello menos importante.
Editado por : Alicia Mariscal Monge

 “De la  igualdad — como si me dañara el dar a otros las mismas oportunidades y derechos de que gozo — como si no fuera indispensable para mis propios derechos el que otros lo posean”.
 Walt Whitman.

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¿Son los recuerdos capaces de motivarnos a cambiar nuestra realidad o se necesita algo más?

Todos los días pasaba por el mismo lugar al retornar a casa, en el trayecto, casi siempre me encontraba a Jacinto; un joven de unos 17 años, que solía rondar por el sector. A mi parecer, no era un mal muchacho, cuidaba autos en un parqueo que quedaba cerca de mi trabajo. Una de esas tardes, llegué al lugar y luego de una búsqueda minuciosa en mi cartera no encontré la llave de mi automóvil, por lo que, mientras esperaba a que me trajeran una de repuesto, Jacinto se acercó con un pequeño banco de madera para que me sentara.

—Siéntese ahí, señora— me dijo con voz amable y un poco tímida. Seguro notó que iba a esperar un buen rato.

Le agradecí por el gesto y comenzamos a conversar. Él era delgado, no muy alto, de tez clara, cabello castaño y unos ojos sorprendentemente hermosos, color avellana. Recuerdo que vestía una polera de manga corta, que en algún momento debío haber sido de color plomo, y unos pantalones  desgastados con cortes en las rodillas, que más que por moda se notaba que lucían así por el uso.

Se sentó en el borde de la jardinera mientras jugueteaba con un pequeño trapo, y me preguntó si había olvidado mi llave. Asentí y luego le pregunté si estudiaba; es una pregunta que siempre hago a los niños y jóvenes con los que tengo la posibilidad de conversar, una pregunta que a pesar de su simpleza persigue un afán motivador en mí y que por esa razón se ha vuelto una costumbre.

 —No, ‘seño’. Lo he dejado hace años— me contó.

—¿Por qué?— le pregunté, ansiosa de saber cuál era su historia.

—No me gustaba– afirmó, y ahí empezó a relatar lo que le había acontecido.

Jacinto, proveniente de una familia de seis hermanos, era el cuarto de ellos. Su padre era albañil y su madre, trabajadora del hogar. Todos vivían en una precaria casita construida por su padre en un lote que cuidaban hace bastantes años en las afueras de la ciudad de Sucre. 

A sus cinco años, Gregoria, su madre, lo inscribió en el kinder de su barrio, al que asistió con regularidad. Obviamente, no recordaba mucho de esa época, pero como posiblemente en todo niño, los colores y los juguetes aún conservaban un lugar importante en su memoria. Posteriormente, asistió a la escuela de la zona en la que vivía. Su  primer año, sin embargo, no fue divertido. Le gustaba mucho pintar y aprender los números y las letras, me contó entusiasmado. El nombre de su profesora era Martha y la recordaba como alguien agradable y buena. Noté que conforme proseguía su relato, Jacinto transmitía un aire triste al rememorar los posteriores años de escuela. Su padre enfermó, le habían detectado artritis reumatoide y una hernia discal complicada, por lo que ya no podía trabajar como albañil, situación que finalmente provocó que lo despidieran.

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¿Dependen solo del ‘querer’ el alcanzar una meta personal o transitar por un camino diferente en la vida?

—¿Qué pasó entonces?— le pregunté, y me contó que solo les alcanzaba el dinero para comer y comprar los medicamentos que tomaba su padre. 

Tenía un solo par de zapatos y su ropa la alternaba con sus hermanos, por lo que no tardó en aparecer un compañero, llamado Jaime, que casi todas las mañanas, al inicio de clases, solía burlarse de él, llamándolo “pobretón”. Cuenta que, junto con otros muchachos, formaban un círculo en cuyo centro estaba él siendo empujado de un lado a otro, y que esto era frecuente. Le quitaban la mochila para pasarla entre ellos y al final la botaban al basurero. Un buen día, se cansó de aguantar los abusos y respondió con golpes, razón que le valió una expulsión temporal.

—Olía mal— me dijo. No tenían dinero para comprar ropa y eso provocó que los otros niños lo aislaran. Noté que Jacinto recordaba con especial intensidad la ocasión en la que un compañero de clases repartió invitaciones para su fiesta de cumpleaños y que nunca le llegó una a él.

Un tanto avergonzado, me cuenta que los ataques eran cada vez más violentos y que llegaba a su hogar impotente, sin ganas de volver al día siguiente y con mucha rabia interna, situación que para nada se aliviaba en casa debido a la realidad que enfrentaban. Finalmente, a sus 12 años decidió no volver más a la escuela.

Percibí que el daño emocional era quizás más profundo que el físico. Se notaba en su actitud poco sociable. Aún así, Jacinto me dijo que le hubiese gustado continuar si tan solo encontraba alguien en quien confiar.

Pasó ese momento de espera para mí y de malos recuerdos para él. Entre palabras que iban y venían se había desatado un torbellino de anécdotas de una infancia complicada. Sin embargo, en sus expresiones se notaba carisma, entusiasmo y predisposición de encontrar un norte en su vida. Dios mediante, un buen norte, pensaba yo mientras me disponía a subir a mi vehículo.

Antes de partir, le recomendé que pensara en retomar el estudio (como si fuera tan fácil…). Sabía que lo volvería a ver y quizás tener otra conversación tan honesta como la primera. Me fui pensando en lo lejano que se encontraba él de sus querencias, en el tiempo que había pasado inadvertido y en la vida que había transcurrido ante sus ojos, como una nostálgica canción de invierno. En la ilusión de la mayoría, pronto llegaría la primavera a su vida y, entonces, si lograba  de alguna forma cambiar su rumbo, podría mirar lo distantes que habían quedado sus recuerdos, y vivir quizás una realidad diferente.

Jacinto se quedó con su pequeño trapo en las manos y su imagen que se reflejaba en el retrovisor  se fue perdiendo en la distancia.

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