Mi venganza

Sergio Gareca nos lleva desde los días en que se chachaba de clases de la universidad para leer en la Biblioteca y Archivo Histórico de Oruro, hasta los días en que comenzó a buscar espacios para fomentar el arte en los colegios.
Editado por : Adrián Nieve

Estoy lejos de casa y de la biblioteca que fue mi hogar, el que cuidaba doña Marujita, responsable de la Biblioteca y Archivo Histórico de Oruro, a quien aprovecho de mandar un saludo. 

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Foto: Lucero Claros

Sería el año 2004. Yo salía de casa a las seis de la mañana para pasar clases en la universidad con el delicioso frío quemándome la cara y cuando llegaba a la facultad empezaba a aburrirme en la mismísima puerta. Así que huía a la Casa de la Cultura y me sentaba afuera esperando a que lleguen a abrir la biblioteca. Cuando llegaba doña Maruja, abría la puerta, entraban los funcionarios, empezaban su día y yo me sentaba al lado del escritorio donde cosían los libros en mal estado. 

Ella decía: “sálganse todos, le dejaremos que el joven lea” y me dejaba a solas —después de invitarme cafecito y pasancalla— con los cerca de 15.000 libros que eran parte de la biblioteca de Rosendo Villalobos y otros de colecciones particulares y donaciones.
 
Estaban ahí Verlaine, Holderlin, Victor Hugo, Goethe. Las desconocidas y maravillosas revistas ARGOS y Feminiflor. Pero también había mucho material sobre anarquismo, pues es una biblioteca de principios de siglo XX y ese material estaba candente para esa época. Recuerdo haber leído ahí las argumentaciones de los condenados en el juico a los anarquistas de Chicago y otros juicios similares de Europa. Por eso comienzo recordando la biblioteca, porque estoy lejos para verificar la fuente, y me empuja la nostalgia de esas bellas mañanas de soledad y lectura desenfrenada.

La cosa es que uno de los sentenciados, Spies, dice al juez, algo parecido a esto: 

¿Quién es usted? ¿Recuerda acaso el mundo quiénes fueron los jueces de Sócrates? ¿A los que juzgaron a Galileo? No. Ellos están muertos, pero Sócrates vive y Galileo Vive. Sus ideas han sobrevivido a las eras. De igual modo nuestros ideales sobrevivirán a ustedes. 

***

Vargas Llosa cada día me cae mejor. Sé que muchísima gente no va a compartir eso. Pero a mí me importa tres hectáreas de…, como bien diría mi amigo Marcelo Meneses, Alma Tunante. Así que voy a decir algo con respecto a Vargas Llosa que tiene y no tiene que ver con Vargas Llosa.

En una nota en Los Tiempos ponen:

El escritor peruano y ganador de un Nobel de Literatura, Mario Vargas Llosa, recordó hoy su infancia en Cochabamba como el lugar donde aprendió “lo más importante que me ha pasado en la vida: aprender a leer".

Es entonces cuando me pregunto: el profesor de Vargas Llosa, habrá dicho: “¿este chico se merece un premio Nobel?” ¿Quién era el profesor de Vargas Llosa? Un hermano de apellido Justiniano. 

Alguna vez también escuché a Vargas Llosa, en una entrevista, agradecer a España, decía algo como:

Gracias a que llegué a España pude realizarme como escritor, de haberme quedado en América hubiera terminando teniendo una mente provinciana, y no hubiera llegado a ningún lado. (disculpen mis inexactitudes).

Y ustedes podrán decir “qué facho”, pero yo digo que no.   

***

En el primer caso los jueces han sentenciado, han juzgado a las personas, y han “pre-juzgado” en su ignorancia, lo que no podían ver venir. 

En el segundo caso, el maestro de Vargas Llosa, ha juzgado a un niño y también se ha visto obligado a guardar silencio. Felizmente, según entendemos —por lo que dice—, un prejuicio positivo sobre su discípulo, pero no es la suerte de todos. 


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Foto: Bolivia.com

Se dice que los maestros son los segundos padres. Pero también podríamos decir que son los segundos jueces. 

Ya que es un artículo sobre recuerdos y recuerdos, diré que recuerdo que, en la Escuela de Maestros, mi compañera Johana Ballester estaba en un debate en aula e hizo unas propuestas sobre cómo debieran ser las cosas a nivel académico. La docente, representante de un “nuevo” modelo educativo le dijo: 

“Si usted quiere hacer eso, tiene que irse de Bolivia”.


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Un nuevo modelo no reemplaza una mente antigua, así sea en una cabeza a medio uso. Así como esa docente, América Latina está poblada de jueces en las aulas. Casi todos llenos de pre-juicios.

Ahora estoy lejos de Oruro y mi colega Johana también. Pero yo no me quiero seguir yendo. Por el simple hecho de que yo no creo que este sea un país de mierda. 

Nadie entra a su salón de clases pensando que están a punto de descubrir a un premio Nobel. Lo que trato de decir es que los maestros ni lo saben ni lo creen. Porque, simplemente, ya estamos en Bolivia (o Perú, o Chile, o Colombia) y aquí todos “debemos” ser lo que somos: la mediocridad nos precede en fama y autosugestión. El prejuicio: somos el país pobre, el país sin mar, el país del tercer mundo, de la mala economía. Por eso la gente considera que tiene el único deber de marcar tarjeta e irse.

Entonces las aulas son mataderos. Los niños llevan ahí sus sueños como sacrificios. A nadie se le educa pensando en su alto rendimiento académico. Solo se les deja morir en silencio, morir por dentro. 

Muchos, muchísimos de mis colegas artistas y científicos han sido, en época de estudiantes, las ovejas negras de sus aulas, los callados, los tímidos y los locos. La educación boliviana los sentenció y muchos de ellos han sobrevivido a la sentencia. Ahora son libres en los salones de arte, en los teatros, en el cine, en un magro espacio que nuestro país les da de mala gana. Pero muchos otros han quedado en el camino.

Sin embargo, estos chicos de talento sin expectativa siguen creciendo como flores sobre el asfalto. Y, de cuando en cuando, también aparecen noticias entre las violaciones y los asesinatos como:

 “Una estudiante boliviana descubre al único asteroide de este año y lo denomina GX13”.

***

En esta semana, estudiantes, tanto en Oruro (con Paddy Mamani) y Santa Cruz, han participado del concurso de cine UNICINE (aprovecho también para agradecer ese gran impulso de UNITEPC al cine boliviano). El viernes, Luz María, de cuarto de secundaria del Colegio Nueva América, ganó el concurso de monólogos. Ahora están filmando todavía otro cortometraje, gracias a Geraldine Ovando y el equipo de Kolibrí que vino a visitar mi unidad educativa.

Durante mucho tiempo artistas de todas las ramas hemos estado tocando la puerta de los colegios con la intención de compartir lo aprendido desde el talento y la marginalidad. Pero las escuelas no se abren o no se quieren abrir. Y el resultado de eso son las cárceles llenas y los museos vacíos.

Pero, después de varios pasadizos burocráticos y un cruento laberinto de prejuicios, al fin estoy adentro de las aulas. Yo sé que hay miles de niños y jóvenes sentenciados al anonimato en nuestro país y que apenas es una “Luz” en el escenario. Pero estos chicos ya son mi venganza.

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