Tipson

Enrique Mendoza Urquidi nos toma de la mano para llevarnos a la mesa de té de su abuelo Tipson, donde junto con un Enrique pequeño, nos sentamos para escuchar a Tipson El Magnifico contar sus historias.
Editado por : Avril Pol

Ya se preparaba Don Tipson para leer el periódico, sentado en la mesa del comedor a la hora del té, que solía ser a las 16:00 en punto sin ningún tipo de dilación, “después ya no es la hora del té, es la hora de la cena” y no deben confundirse, me había aclarado varias veces en mis demoras, que por alguna de mis ocupadas tareas de niñez se presentaban. Pareciera que era un tipo muy rígido y totalmente tajante por ese simple detalle, pero era todo lo contrario. Era un personaje de mis historias imaginadas, era el mariscal de mis ejércitos en cada aventura inventada en el patio trasero de su casa, era mi personaje constante, es mi personaje inmortal.

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“No existían sombras en su semblante y los años no se marcaban en sus ojos”

No existían sombras en su semblante y los años no se marcaban en sus ojos, solamente en sus palabras, que eran certeras y noveladas en cada una de sus anécdotas. Confieso que no tengo pruebas de que todo aquello haya sucedido, pero sé con toda la certeza de que así fue. No hicieron falta fotografías, ni documentos ni testimonios adicionales, bastaron sus narraciones y la firme promesa de que un día, cuando yo tendría la posibilidad, esas palabras quedarían plasmadas en un papel. Promesa que tardó en llegar, pero después de tantos años, aparecen difuminadas en estas líneas al menos para que esa inmortalidad, esa magia de ser eterno se manifieste y pueda ser conocida en parte a través de este testimonio.

Quiero creer que guardé en la memoria cada una de las anécdotas, pero el tiempo seguramente las ha ido desvaneciendo. ¡Que no daría ahora por volver atrás! y aunque es un cliché; con una máquina del tiempo y poner en cada rincón de ese comedor cámaras de alta tecnología y micrófonos que registren correctamente sus palabras. Aunque ahora al cerrar los ojos recuerdo incluso el timbre de esa voz tranquila que se entrecortaba con un carraspeo ocasional, único síntoma para mi inocencia de que aquel personaje realmente era de carne y hueso.

El periódico en las manos, los anteojos a medio rostro, la mirada serena y el mismo sitial, presto a la entrevista de las 16:00, impostergable e invariable, me esperaba Don Tipson para comenzar una suerte de programa radial que aguardaba expectante. Recién me animo ahora y era difícil para mí llamarle por su nombre, o más bien por ese apodo formalizado por el cual le llamaban todos “Tipson”, “Don Tipson”, “Tipsito”. Para mí siempre era Abu, Abuelito Tipson, ese era su nombre de faena, su nombre de campaña, el mariscal Abuelito Tipson, no podía ser de otra manera. En mi cotidiano, aquel cómplice tenía para mí su chapa, una que muy pocos podíamos ponerle y de la cual éramos dueños absolutos.

Me espera atento, con el té en frente aún con la pequeña neblina saliendo de la taza. El pañuelo a medio bolsillo trasero y la flecha o resortera que servía para cualquier ocasión, como la presencia de un impertinente pájaro en la planta de locotos del jardín, presta para usarse como si fuera el viejo oeste. En realidad creo, por suerte, que nunca vi que le atinara a ninguno, pero era el emblema de su personaje, su arma representativa.

“Abuelito, ¿cuántos pilas mataste?”, le pregunto ni bien me siento a su lado, como un entrevistador amateur que comienza siempre por la pregunta más incómoda. Él me sonríe con la mirada por encima de los anteojos

“Cuando fui a la guerra pensé en todo: en las balas, en las bombas, en el hambre, en la sed, pero ¡Caramba!, nunca me puse a pensar en los piojos y en las pulgas. Contábamos quién tenía más, los veía subiendo en fila por la comisura de mi uniforme. A mí no me hacen volver ahí ni con grúa”

“¿Estuviste en muchas batallas abuelito?”

“Otros estuvieron en más. Yo caí prisionero al romper el cerco en Campo Vía, pero ¡por burro! Me acordé que hace tiempo cavamos un pozo cerca para tener agua, me fui a buscarlo y ¡lo encontré ché! estaba al tope de lleno, me metí de cabeza, tomé hasta saciarme. Cuando me levanté estaba rodeado de pilas, unos quince me estaba mirando, tranquilos, sin apuntarme. ‘¿Que hace boli?’, me dijo uno de ellos mientras se acercaba. No estaba nervioso, ellos tampoco, solamente se veían cansados. ‘¿Qué ruta está usando tu oficial para romper el cerco?’  Me preguntó mientras cargaba su cantimplora con el agua de mi pozo. ‘No sé, me perdí de la fila’, pero los escuchaba cerquita a los soldados bolivianos escapando por la ruta que estaba detrás nuestro. Fuimos caminando en la otra dirección, solamente después de unos minutos me pidieron mi arma reglamentaria que aún cargaba conmigo para llevarme al campo de prisioneros.”

“¿Las balas te daban miedo?”

“Me daba más miedo el hambre, pasar muchos días con el estómago vacío. Un día en la trinchera estábamos con un soldadito que era de Oruro y era hora del rancho, bueno teníamos que ir a ver si había. Vamos por el rancho le dije, ‘¡nay valor!’, me contestó arrastrando las palabras. Yo fui y pedí el rancho para él también, cuando volví al puesto el soldadito se había muerto. Hartos no aguantaban, era tremenda la sed también. Fue una guerra tonta, sin sentido, como todas las guerras.”

El año 2001 en el fortín Boquerón, que tiene un modesto monumento donde se pueden ver las banderas boliviana y paraguaya como recuerdo de una guerra insulsa, pude atestiguar parte de lo que vieron sus ojos, pude sentir la sed y el calor en el rostro mientras su voz en off venía a mi mente. Las palabras de mi héroe, de aquel mago, me supieron trasladar a todas sus historias, “Tipson el Magnífico”, dije casi en voz alta, yo conocía todos esos parajes sin haber ido allá nunca antes.

Si bien aquel benemérito no se había enlistado todavía cuando ocurrió la batalla de Boquerón, pude ver las trincheras de las que me hablaba, como una pequeña senda por el paso de los años y sacándome el sombrero que quizá el no pudo tener para cubrirse del sol calcinante, me nació cantar el himno nacional delante las cruces de sus camaradas. Ese mismo año, apenas un par de meses después se marchó, solamente en cuerpo, porque su magia no desapareció jamás.

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Este texto forma parte del especial ¡Basta de supergente!