Las dos historias en "Todos los caminos"

Miguel Carpio nos ofrece una reseña de la novela Todos los caminos (2019), escrita por Oscar Coaquira Alí. Al explorar diversas teorías, como la de Piglia acerca de las “dos historias”, el autor resalta con agudeza los elementos formales que destacan en esta intrigante obra.
Editado por : Juan Pablo Gutiérrez

Ya es bastante conocida la tesis de Piglia sobre las dos historias de un cuento. Aunque el cuento sea la estructura –sí, yo, que carezco completamente de formación académica literaria, tengo mi propia terminología en la que cuento y novela son estructuras– en la que esta teoría se pueda trabajar de manera más clara e ilustrativa, también es aplicable a la novela, con las características correspondientes. 

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Portada: Portada de la novela reseñada. / Ilustración: Editorial 3600.

No me acuerdo –y me da flojea hacer el esfuerzo de hacerlo– si fue el mismo Piglia o alguien más quien dijo que gran parte del genio de Kafka consistía en que, en lugar de concentrarse en la historia más “llamativa” (un hombre se convierte en escarabajo), la narración se enfoca en la historia más “íntima”. 

Así, en lugar de saber por qué sucede la metamorfosis de Samsa, Kafka nos cuenta la historia del protagonista en su nueva forma; las dificultades que tiene para levantarse de la cama y decir que no podrá ir al trabajo, o la angustia que le produce saber que ya no podrá pagar las clases de violín de su hermana.   

Todos los caminos (2019, Editorial 3600), de Oscar Coaquira Alí, es una novela que, justamente, parece aplicar esta fórmula a la novela policial. Pero, para explicarlo mejor, vamos por partes. 

Resumen de rigor: una corporación arma un campamento minero que crece hasta convertirse en una ciudad. Todos los habitantes del lugar, así como sus autoridades, son, en realidad, empleados de la corporación. En algún momento, Nolan, una especie de Keyser Söze, realiza una masacre de la cual logran escapar solamente tres personas; la exesposa del alcalde la ciudad y sus dos guardias. 

Ella, a quien llaman Emma B, es rescatada por Lee y Renata, una pareja que, como la sobreviviente, también escapa, aunque ellos tratan de alejarse de su pasado en búsqueda de un horizonte que les brinde algo de esperanza. 

La novela está constituida por tres partes que van armando la historia. García Márquez decía que, para lograr una narración eficiente, es importante enganchar al lector desde el principio. Aunque hay varias formas de hacer esto, una de las más eficientes es colocarlo en medio de la acción. Coaquira abre la novela poniéndonos en la huida. No sabemos, todavía, quiénes son los que huyen ni de qué se alejan, pero estar en medio del hecho dinamiza la lectura y nos lleva a preguntarnos qué pasó y qué va a pasar. 

Sin dar muchas pistas, narrando sobre todo los hechos que van ocurriendo casi en el momento, toda esta primera parte nos introduce en el lugar en el que la narración transcurre. Vamos entendiendo, al menos parcialmente, quiénes son Lee, Renata, Wilson, el alcalde y Nolan. Comprendemos las características de la ciudad y su relación con la corporación, además de conocer las motivaciones de los personajes principales. 

Existe una técnica –nuevamente, en mi nomenclatura es una técnica– llamada “iceberg”, la cual consiste en contar solamente una parte del conflicto, sosteniendo el relato en la intriga que el lector tiene sobre aquello que no se cuenta. Sabemos que Lee y Renata huyen y sabemos que Wilson busca al responsable de la masacre, aunque no terminemos de entender de lo que la pareja huye o qué es exactamente la corporación. 

Coaquira nos cuenta una historia sin decirnos mucho. Acá está, tal vez, uno de los puntos fuertes de la novela: su estilo. Con párrafos densos que tratan de ambientar la atmósfera de las escenas, el autor apuesta por mantener atento al lector construyendo cada escenario de la mejor manera posible. Nos describe los gestos, los objetos y los pensamientos de los personajes a quienes seguimos. Gracias a eso, sin tener todavía muchas cosas en claro, caemos en el artificio narrativo y seguimos adelante, hasta llegar a la segunda parte. 

En esta, el enfoque cambia. Ya no nos enteramos tanto de lo que los personajes hacen, sino de quiénes son; qué piensan, qué sienten, qué los llevó al lugar en el que se encuentran. Entendemos más de Wilson, de Lee, de Renata, de Nolan. El autor consolida la construcción de cada uno de ellos, y la novela pasa de una suerte de thriller a una historia con un tinte más existencial. Los párrafos, todavía densos, ya no se concentran en descripciones de acciones y escenarios. Se van poblando de muchas preguntas y de solo algunas respuestas. 

Como en su momento hicieron también Auster o Piglia –y seguramente hay otros nombres más que se pueden añadir a la lista, pero esos son los únicos que se me ocurren ahora–, el policial da un giro hacia el interior de los protagonistas en lugar de enfocarse únicamente en la trama. 

Con esto, Coaquira logra dos cosas: primero, aclarar varios aspectos que la primera parte dejó en duda, y poner atento al lector. El cambio de registro y de tono llama la atención, lo que nos hace preguntarnos de dónde estamos viniendo –en la historia, o también en la vida– y hacia dónde estamos yendo. Apostar por un lector activo es un recurso que suele funcionar mejor de lo esperado. 

Finalmente, la tercera parte es la que termina de unir los puntos. Acá resuena mucho un eco de McCarthy, aunque con un lenguaje completamente diferente. Terminamos de entender qué pasó, quién fue el autor de la masacre, por qué lo hizo y vemos el desenlace de todas las búsquedas y huidas que nos trajeron hasta este punto. La novela se remite a una máxima que, nuevamente, no me acuerdo quién dijo –y tampoco voy a buscar–: todas las historias tratan de amor y de muerte. 

Todos los caminos es una novela breve, pero con una propuesta bastante compleja y completa. El estilo es bastante eficiente en lo que respecta a la función narrativa; envuelve y dirige. El lector es guiado por una serie de preguntas, algunas explícitas, aunque no la mayoría, y termina resolviendo las cuestiones pendientes en el transcurso de la lectura. 

Sin embargo, quizás hay un punto que no termina de funcionar: las voces. Si bien el narrador de la novela es bastante sólido y consistente, las voces de los personajes, construidas con diálogos, se pierden en una ambigüedad de lenguaje que nunca termina de aclararse. En ciertos momentos, los personajes hablan con determinados modismos, pero la construcción del tono no es consistente. 

Hay pasajes en los que, sobre todo por el uso de ciertas palabras –y, sobre todo, insultos– se puede leer entrelíneas la forma de hablar de los personajes. Pero esa forma de hablar también tiene que reflejarse en la acentuación y características de las palabras. Por ejemplo, un personaje no diría “Toma, cojudo”; diría “Tomá, cojudo”. Aunque la entonación no sea gramaticalmente correcta, es la que corresponde a la voz del personaje debido al empleo de la palabra “cojudo” –que es, además, un término muy particular que delata la forma de hablar de ciertas regiones. 

Tal vez, dentro de varios aciertos, ese sea el mayor pecado; un pecado quizás menor, pero que, una vez que se agarra el ritmo de la lectura, hace ruido constantemente. Pecado, además, cuya culpa queda dividida entre el autor y el editor. 

En resumen, Todos los caminos nos recuerda que no importa cuánto intentemos escapar del pasado, de una culpa o un castigo; el tiempo y la fatalidad del destino siempre terminan alcanzándonos. Y, para nuestra fortuna, terminan lastimando más de lo que nos imaginábamos.

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